lunes, abril 21, 2008

Y hablando de hombres...

Hace un par de meses, leía en la revista Conozca Más un artículo en el que se mencionaba que en fecha reciente el cirujano plástico Stephen Marquardt había creado una máscara áurea que, asegura, pertenece al rostro humano perfecto,
Para obtener este prototipo, el citado médico se basó en la proporción divina o áurea, mejor conocida como phi (cuyo valor matemático es 1,618033988), con la que Leonardo Da Vinci creó el famoso Hombre de Vitruvio, Claude Debussy su música, y que al parecer está presente en el ADN, la espiral de las galaxias y hasta los girasoles.
Para crear el rostro humano perfecto, que se representó, claro, como una mujer, el cirujano hizo que la distancia de la parte inferior de la barbilla a la nariz y del nacimiento del pelo a las cejas fuera la misma, y que esta proporción fuera un tercio de la longitud de la cara.
Ya entrados en este tema, los autores de la revista Conozca Más decidieron hacer su listado de los ingredientes que, en su opinión, debería tener la mujer perfecta: El tamaño y proporción perfecto de la cabeza de Ingrid Bergman, la distancia entre los ojos de Audrey Hepburn, la armonía y simetría de la boca de Scarlett Johansson, el tamaño y proporción de ojos y boca de Halle Berry y la proporción ideal entre oídos y barbilla de Kerri Washington.
Pero hay que decir que los de esta revista no son los primeros hombres en hacer su propuesta de la mujer perfecta. Hace tan sólo unos meses ya había circulado por el mundo entero la noticia de que, según cientificos británicos, Jessica Alba tenía el cuerpo perfecto.
Los investigadores de la Universidad de Cambridge descubrieron a partir de fórmulas matemáticas, que la mejor relación cintura-caderas es un 0.7 y que esa es precisamente la proporción de las curvas de Alba.
Tras leer estas notas, recordé yo un episodio que me contó mi mamá. Un buen día, mi papá, platicando con ella, decidió hacerle una lista de las características que debía tener la mujer perfecta. Le hablo de cara, cuerpo, peso, actitud, vestuario y demás. Por un buen rato, mi mamá lo escuchó en silencio, hasta que de pronto lo atajó con una pregunta: ¿Y dime cómo sería el hombre perfecto que mereciera a esa mujer perfecta?
Touché, mamá
Porque sí, es muy interesante que los hombres nos digan cómo debería ser la mujer perfecta basados en pretendidas fórmulas matemáticas e investigaciones científicas, pero ya sería hora de que las mujeres contraatacáramos y dijéramos cómo debería ser el hombre perfecto que, en todo caso, mereciera a la mujer perfecta.
Por ello, decidí hoy hacer una lista de lo que debería tener el hombre perfecto. Es una lista subjetiva, como las antes mencionadas, porque por más que nos digan que utilizaron la ciencia, está claro que se le dio uso para que las cosas quedaran tal y como lo deseaban los hombres que propusieron a la mujer perfecta.
Se vale hacer nuevas propuestas, expresar desacuerdo y criticar a los elegidos. Todos los comentarios son bienvenidos.

Ingredientes para el hombre perfecto

Los ángulos de la cara de Johnny Depp. No me atreví a medirlos con la proporción divina, pero estoy segura que son perfectos.



La armonía entre nariz, ojos y labios de Orlando Bloom. Y esa mirada entre traviesa y sensual.



El cuerpo esbelto y estético de George Clooney. (Desde mi punto de vista, alguien debería hacerle saber a algunos hombres que el lavadero está bien para tallar la ropa, pero no para la barriga).



La estatura de David Schwimmer. (Dato curioso: la citada Conozca Más decía en otro artículo que los hombres altos tienen un mayor nivel de testosterona, en otras palabras que son más masculinos. ¿Será?)



Las manos de Mathew Perry. (Debo reconocer que esto puede sorprender a más de uno/a, pero esto de las manos masculinas es casi un fetiche para mí.)



La actitud de Hugh Jackman, que se sabe guapo pero no se ve preocupado en enviar miradas que matan a nadie, que regala sonrisas al por mayor y no siente pena de lucir a su esposa e hijos en público.



El sentido del humor de Billy Crystal. Esto del sentido del humor es vital para mí. Pero entiéndase, no es lo mismo un hombre vulgar o que quiere pasarse la vida contando chistes, que aquel que tiene un sentido del humor inteligente, que hace comentarios agudos casi sin querer y le arranca a uno carcajadas.



La agudeza intelectual de maestros como José Saramago y Gabriel García Márquez. (¿Esto sí que es vital, no? ¿y acaso los hombres mencionan este aspecto al hacer a su mujer perfecta?)



Por supuesto, ya poniéndonos generosos, yo podría aceptar a cualquiera de estos hombres el día que ellos lo determinaran. La cosa es que elaborar esta receta no fue una tarea para mí, que al fin y al cabo no soy más que una simple mortal, sino para encontrarle par a la mujer perfecta. Yo, por mi parte, ya tengo a mi hombre perfecto.

lunes, abril 14, 2008

De metrosexuales a machos alfa

Qué modita ésta de ponerles etiquetas a los hombres.
Empezó hace algunos años con los famosos metrosexuales, un terminajo inventado en Inglaterra en 1994 para definir a hombres preocupados en exceso por su imagen y cuyo dinero va a parar, casi en exclusiva, a frivolidades tales como la ropa de moda, servicios de manicure, pedicure y cosméticos para el rostro.
Los metrosexuales no son necesariamente homosexuales (aun cuando mi marido insista en que no se les puede llamar de otro modo) sino que "son hombres que no temen exteriorizar su lado femenino", según coinciden casi todas las páginas que abordan este tema en la red.
El futbolista inglés David Beckham es el prototipo del metrosexual, y sus innumerables fans en el mundo entero parecen ser la causa de que esta etiqueta se haya puesto de moda.
Yo podría decirles que el citado profesional del balompié es uno de los hombres más hermosos del mundo, pero así, de lejitos, porque el día que a mi marido se le ocurra compartir conmigo la polvera y el lápiz labial, ese día me divorcio. No hay nada más rico que tener a un lado un hombre que lo parezca, que tenga hábitos de limpieza y sea pulcro, pero no que quiera que hablemos de los últimos avances en cosméticos. Para eso, mejor me voy al salón de belleza.


Pero no conformes con el terminajo metrosexual y sus absurdas implicaciones, las revistas dedicadas a reseñar el mundo de la moda fueron más allá, y entonces aparecieron los tecnosexuales. Estos hombres, básicamente, comparten las características del metrosexual, pero además son fanáticos de los avances tecnológicos. Según el Diario Digital, de República Dominicana, quien porta el estandarte de este tipo de hombres es nada menos que el multimillonario Bill Gates, creador de Windows.
Flaco favor le hicieron al señor Gates, digo yo, porque decir que es tecnosexual es tacharlo de bonito (cosa que por cierto no lograría ser ni con todo el dinero que posee y, por lo tanto, parece una broma de mal gusto) y frívolo. ¡Qué cosa!



Obviamente, la moda de los metrosexuales, la posterior llegada de los tecnosexuales y la reacción de muchos hombres que se sentían ofendidos al ver la aparición de cosméticos masculinos en todas las revistas como invitándolos a convertirse en lo que no eran, propició otras etiquetas igual de absurdas.Están, por ejemplo, los retrosexuales, que según el anteriormente citado Diario Digital, son hombres que buscan erradicar la idea de que el hombre se depila las cejas y se hace manicure.
El retrosexual, que tiene como prototipos a Javier Bardem, Sean Penn y Clint Eastwood, entre otros, retoma en su arreglo estilos de los sesenta, setenta y ochenta.
¿Y eso será a propósito?, digo yo. ¿Estos actores se levantarán todos los días con la idea de que tienen que ser el modelo de retrosexual, o lo que pasa es que, como la mayoría de los hombres heterosexuales, para vestirse agarran lo primero que ven en su guardarropa?
Ojalá que sea esto último, porque si no, qué decepción.


Están también los übersexuales, cuyo prototipo, según las revistas de moda, es el guapísimo George Clooney. Al tratar de explicar este término, la página mujeraldia.com dice que el prefijo über, de origen alemán, significa muy o mucho, y eso quiere decir (no me explico por qué) que los übersexuales son hombres que defienden "un regreso a la masculinidad que se había difuminado en los últimos años" (¿y esa definición qué tiene que ver con el prefijo muy o mucho?).
Y me pregunto yo, ¿es que acaso estos hombres no eran así de masculinos antes de que les colgaran una horrible etiqueta?. Porque George Clooney y otros actores varoniles ya existían antes de que se inventara el terminajo éste y creo que a estas alturas los debe tener sin cuidado que los tachen de lo que sea. O al menos eso espero.



Pero ya el colmo de la osadía fue la etiqueta que vi recientemente: el macho alfa, que según todas las páginas que visité es un hombre que es líder y por esta condición tiene prioridad en procesos como el de la reproducción. (Al menos así es en el mundo animal e intuyen que por eso debe ser así en el humano)
El macho alfa es un Casanova, pues: socialmente popular, divertido, ameno, y sexualmente muy activo. Un machote de esos que tienen muchas mujeres y a todas les dan el gasto.
Ya aquí ya no supe a quién poner en la foto, porque no encontré el prototipo de este hombre en ninguno de los textos consultados; por ello copié la idea de otra página y me traje la carota de un león (perdonen, chicas).
Porque el macho alfa, como diría el poema A Gloria, de Salvador Díaz Mirón, pretende que su mujer sea una paloma para el nido mientras él es un león para el combate. ¡Qué triste!



Y yo no sé a quién podemos culpar de esta abominable explosión de etiquetas que han aparecido en los últimos años. ¿A la moda?, ¿a las mujeres que no somos capaces de entender que cada hombre actúa de manera distinta y por fuerza queremos apilarlos a todos en un único grupo?
En fin, yo les pido a todos los hombres que lleguen hasta aquí, amigos, hermanos, esposo, hijos, que empiecen a exigir que esta tendencia a etiquetarlos se termine de una buena vez. Hagan su liberación masculina, pero ya, por favor. Las mujeres que los rodeamos se los agradeceremos porque a mí, al menos, tanta etiqueta ya me da flojera. Conozco a muchos hombres, casi todos los que me rodean, que no encajan por fortuna en ninguna de las categorías expuestas y sin embargo son maravillosos. ¿No podemos dejarlos así y ya?

domingo, abril 06, 2008

Buscando trabajo por la red

¿Han buscado alguna vez trabajo por la red? ¡Qué cosa más divertida! Es lo más parecido que he visto a comprar un billete de la lotería: Todos los días entra uno a la bolsa de trabajo con la bella esperanza de que será un buen día, tan sólo para ver cómo se derrumban los sueños.
Hace un par de años se me ocurrió la idea de inscribirme en OCC, en vista de que no me había dado resultado ningún esfuerzo para conseguir trabajo por medios tangibles.
Empecé, como imagino que hacen todos, ofreciendo mi trabajo con entusiasmo y sólo a aquellas empresas que requirieran gente con mi perfil de edad, experiencia y capacidades laborales.
“Por supuesto que tengo con qué competir”, me repetía a mí misma, segura de que mis más de 15 años de experiencia en el periodismo, donde me había desarrollado como correctora, reportera, coeditora y editora bastaban para ser tomada en cuenta.
Pasaba un día y otro, y nada que recibía ni una llamada, ni un saludo, ni siquiera una grosería, pues.
Empecé a reflexionar en lo que podría estar pasando.
OCC, amablemente, me sugería, como a todos los candidatos, que al elaborar mi currículum resaltara mis logros; es decir, que no sólo me limitará a explicar en qué consistía el cargo que me habían encomendado en su momento. Lo hice, pero más días pasaron y nada.
OCC decía también que no me limitara a enviar mi currículum a aquellas empresas que solicitaban gente con mi perfil. Dudé un poco antes de atender esta sugerencia, sobre todo tomando en cuenta las amenazas que había en casi todos los anuncios, tales como: “No enviar el currículum si no cumple al 100 por ciento con el perfil”, o bien, “si usted manda su currículum sin cumplir con el perfil no se le volverá a tomar en cuenta si envía solicitud para otro puesto de esta empresa”.
Al final, de cualquier modo, y como seguían pasando los días sin que yo recibiera aviso alguno, empecé a obedecer la sugerencia de OCC, ya no con la esperanza de conseguir trabajo, pero sí con el deseo de divertirme imaginando a los reclutadores de las diferentes empresas chorreando espuma por la boca, locos de ira, porque una necia más no había leído que EXIGÍAN (así, con mayúsculas) que los candidatos cumplieran con el perfil.
Por aquel entonces conseguí un empleo, sin ayuda de OCC por supuesto, y sin embargo, desde aquel tiempo hasta la fecha sigo entrando a cada tanto a la bolsa de trabajo, más con un interés sociológico que otra cosa y sólo para comprobar, una vez más, que el abuso de poder, la sinrazón, la avaricia y las ganas de beneficiarse de los demás, abundan en todo el mundo hasta en cosas tan cotidianas como la búsqueda de empleo.
Explico a qué me refiero.
1.- De entrada me asombra el perfil de edad que piden las empresas. Generalmente oscila entre 20 y 27 años. Hay algunos osados que quieren gente experimentada y solicitan “abuelitos” de 30 a 35, pero ya de plano los de 38, como yo, somos material de asilo de ancianos para los encargados de las áreas de Recursos Humanos de las empresas.
Pienso yo, ¿a qué se debe este fenómeno? Bueno, a que el joven de 20 a 27 está saliendo apenas de la universidad o, incluso, está estudiando aún; por lo tanto, con el cuento de que no tiene experiencia, las empresas pueden latiguearlo a su antojo, darle sueldos de hambre, someterlo a jornadas inmisericordes y él, muy probablemente, no va abrir la boca seguro de que éste es un paso necesario en su camino al éxito.
2.- Me sorprenden de verdad, aquellas empresas que piden todo y no dan nada. Me encontré hace algunos meses un anuncio que, palabras más, palabras menos, decía lo siguiente: “Se solicita a licenciado en periodismo o letras, de 20 a 25 años, TITULADO, de escuela privada, preferentemente, que hable al 100 por ciento inglés, que tenga experiencia de mínimo cinco años en edición de textos, que sea desenvuelto, tenga tolerancia a la frustración (y ya nada más les faltó agregar que deseaban que supiera mover la panza para divertir al jefe en sus largos y aburridos días)”.
En el espacio reservado al sueldo de este exigente anuncio habían escrito, sin el menor asomo de vergüenza, que se ofrecían tres mil míseros pesos al mes (el equivalente a 300 dólares para los amigos del extranjero). Eso sí, advertían que el trabajo era de tiempo completo.
Yo inmediatamente pensé, ¿pero es que acaso alguien que cumpla ese perfil toleraría un sueldo como ese? Yo creo que no. Simplemente el dinero que pagué como colegiatura mensual de la universidad era un monto más elevado, así que mi inversión para ser profesionista no se vería compensada.
3.- El colmo, por supuesto, son aquellas empresas que con el pretexto de que solicitan “becarios”, contratan gente a la que de antemano le advierten que no habrá pago alguno, pero sí “vales para el comedor y estacionamiento”.
Hay una de las dos televisoras mexicanas, cuyo presidente apareció en las listas de Forbes como uno de los millonarios con más dinero del mundo, que constantemente pide personal bajo estas características. Un descaro absoluto, pues.
4.- Pero independientemente de este grupo de perlas de la crueldad humana que les he regalado, mis anuncios favoritos son todos aquellos que entre las características que le piden cumplir al candidato mencionan “trabajar bajo presión” y que “tenga tolerancia a la frustración”.
¿Por qué mis favoritos? Porque sé por experiencia propia que estas dos frases son la manera eufemística de decirle a los futuros empleados que tienen que trabajar en jornadas interminables, con jefes que insultan y faltan al respeto de su equipo, sin comer, sin ver a su familia, cumpliendo tareas que siempre eran para ayer, dejando a un lado la dignidad y el decoro y manteniendo una eterna sonrisa a pesar de remar contra corriente.
La culpa de todo esto, por supuesto, no la tiene OCC, sino los cientos de reclutadores sin madre que andan circulando por la red.
De cualquier manera, mi consejo es que si deciden entrar o ya están en alguna bolsa de trabajo similar, o en esta misma, dejen de tener esperanzas vanas y se conviertan, como yo, en una divertida observadora de la miseria humana.

jueves, abril 03, 2008

En busca de la sensualidad perdida

Mañana llegó a los 38 y mi propósito para este nuevo ciclo en mi vida es recuperar la sensualidad. Se me perdió entre las hojas de diversas redacciones, kilos de estrés, toneladas de prisa y un mundo de quehaceres cotidianos
Pero, primero, hay que aclarar aquí un punto. Con sensualidad no me refiero a lo que los medios quieren vendernos ahora como tal: una cantantilla o actriz de medio pelo, con un cuerpo moldeado en el quirófano que mira a las cámaras con los ojos entrecerrados, los labios húmedos y a medio abrir y al hablar lo hace con una voz chillona que pretende tener un tono infantil (lo de la voz, debo agregar, no podría hacerlo ni aunque quisiera, gracias a este tono cercano a lo varonil con que me dotaron mis padres al nacer).


Tampoco busco (sería una osadía de mi parte) convertirme en la versión 4 de mi admirada Marilyn Monroe, el icono sexual por excelencia.


Leía en Wikipedia la definición de sensualidad: “es la proyección erótica subliminal de un humano hacia otro que al decodificar el mensaje es interpretado como: Soy deseable sexualmente”.
Mi opinión es la siguiente: si bien me gustaría que mi propósito de ser sensual se refleje, al ser decodificado el mensaje, como que soy deseable, la verdad sería lamentable que lo único que estuviera buscando fuera una respuesta por parte de los demás.
La sensualidad que yo busco tiene más bien que ver con la postura filosófica planteada por el griego Epicúreo de Samos, quien afirmaba que la clave para ser feliz se hallaba en experimentar un continuo placer.
Para experimentar placer, decía el maestro Epicúreo, había que desechar el dolor o cualquier tipo de aflicción física o mental.
"Yo no sé cómo puedo concebir lo bueno, si elimino los placeres del gusto, y elimino los placeres del amor, y elimino los placeres del oído, y elimino las emociones placenteras causadas por la visión de una hermosa forma".
La sensualidad a la que quiero llegar, pues, no sólo es vestir una ropa seductora, tener un cuerpo espectacular, lanzar miradas llenas de coquetería o ser “una dama en sociedad y una tigresa en la cama”, como dirían muchas abuelitas.
Lo que yo deseo es eliminar el dolor, la prisa y todo aquello que a veces me impide disfrutar a plenitud de una mañana soleada, del contacto de mi piel con el agua, del olor de una flor recién abierta a la vida, del sonido de una de mis melodías favoritas.
Eso, supongo, se verá reflejado, y tarde o temprano se interpretara con el concepto que casi todo el mundo le da a la sensualidad.
Pero lo que yo busco es un trabajo personal. El resultado para los demás es lo que menos me importa.
Perdonen el egoísmo pero éste es mi autorregalo de cumpleaños.

domingo, marzo 23, 2008

El hambre es lo de hoy

Hace algunos años me tope una noticia en el periódico: “Encuentran en una universidad tubería carcomida, aparentemente, por ácidos gástricos provenientes del vómito de sus estudiantes”.
De entrada, me pareció que el texto era un broma de mal gusto, pero lo acompañaba la foto de un grupo de hombres que sostenía la tubería en cuestión efectivamente carcomida.
Más adelante, el texto hablaba de que el descubrimiento había servido para deducir que en esta universidad (una de las más caras de México, sólo para gente “bien”), la bulimia era el pan nuestro de cada día.
Eso era todo lo que exponía la nota. No había una propuesta de autoridad alguna para hacer una campaña en contra de la bulimia, no había una auténtica actitud de sorpresa ante el hecho de que cientos de mujeres jóvenes estuviera recurriendo a esta práctica para mantener un estándar de belleza y tampoco estaban las declaraciones de las estudiantes de la universidad en cuestión lamentando que los desórdenes alimenticios fueran uno de los demonios de esta época.
Eso sí, el director de cine Simón Bross fue de los pocos que utilizó la anécdota muchos años después para su película Malos Hábitos. Pero en el primer momento la reacción fue tibia.
Recordé entonces mis años de secundaria, cuando fui al Museo de las Culturas de la Ciudad de México, y me quedé sorprendida ante un minúsculo zapatito que guardaba un pie de barro completamente deforme y que dolía de sólo verlo.
A su lado, un pequeño cartelito rezaba, palabras más, palabras menos: “en la antigua China, era sinónimo de belleza una mujer con los pies pequeños. Por tanto, desde niñas, las mujeres chinas forzaban los huesos de sus pies utilizando zapatos de tallas mucho menores que las suyas”.



Parece, reflexioné, que la mujer de todos los tiempos se ha tenido que ver forzada a martirizar su cuerpo sólo para estar a la altura de lo que pide la sociedad, de lo que piden los hombres. Qué pena que a los hombres no les dé por pedir también mujeres que lean, inteligentes, preparadas y que se preocupen por algo más que por embellecer el cascarón. Imagino que entonces la sociedad sería distinta.
Poco después, otra vez en el periódico, me encontré con la nota de una exposición que traería a México, entre otras lindezas, una enorme pesera llena de vómito de bulímicas. Al parecer, el artista en cuestión pretendía que por medio del asco la gente reflexionara sobre este mal. Ignoro si logró su cometido, pero su trabajo no pasó de ser una mera anécdota.
Me pregunté entonces de quién era la culpa de que la bulimia y la anorexia estuvieran azotando al mundo de esa manera. “De los medios”, había oído decir alguna vez, “que son los que presentan mujeres esqueléticas en sus portadas y que hacen que las niñas quieran convertirse en eso”.
Bueno, me dije como buena periodista, los medios no presentan sino lo que hay, pero asumo que esta frase puede tener razón.
“La culpa es de las modelos y artistas que se presentan al mundo con esos cuerpos”, escuché decir en otra ocasión, pero también pensé que esas mujeres aparecían con esos cuerpos siguiendo un dictado general Y lo mismo pasaba con la infinidad de productos que se ofrecen para bajar de peso: son respuesta a una demanda.
Entonces concluí (y se los cuento sin la intención de vender una verdad absoluta, sino para exponerles mi punto de vista), que como muchos otros problemas del mundo, el de la anorexia y la bulimia es un mal que inicia en la casa, con madres que exigen a sus hijas verse delgadas a costa de lo que sea y para sentir un mal entendido orgullo sobre la belleza de su niñas.
También, por supuesto, favorecen el problema los hombres que no hacen otra cosa que hablar de lo bien que se ve la artista de moda (basten como ejemplo los casos de dos de los símbolos sexuales de esta época: Angelina Jolie y Jessica Alba), o bien, que chulean al esqueleto que va pasando por la calle, sin pensar en la repercusión que sus palabras tienen en las integrantes del sexo femenino.

Porque a pesar de que no lo crean, hombres de la audiencia, sus palabras sí tienen efecto. Hace algunos años, en una redacción me tocó trabajar con una jovencita que recién entraba al mundo de las anoréxicas. Ya era flaca, muy flaca, y seguía comiendo ensaladas y cereal como todo alimento. Entonces le pregunté ¿por qué quieres bajar de peso? “Es que a los hombres no les gustan las mujeres gordas”, me contestó. Afortunadamente, la chica logró ser salvada por sus padres, pero ignoro si sigue teniendo la misma idea en torno al pensamiento masculino.
De cualquier manera, en estos días he comprobado que es difícil sustraerse de esta tendencia hacía el cuidado enfermizo de las calorías. Es casi imposible dejar de comer para estar hecha un esqueleto y encajar con nuestras pequeñas sociedades. Yo ya estoy en mi régimen de hambre, aun cuando no hace mucho me sentía bien, saludable. Si en el proceso caigo en la anorexia, no se preocupen, al fin no acaba siendo sino una mera anécdota que quizá será relatada más adelante en la nota no muy grande y no muy propositiva de un periódico.

domingo, marzo 16, 2008

Piernillas de indias

A mediados de diciembre pasado, ociosa como estaba, sin trabajo, sin otro adorno navideño que colgar en la pared, con mis deberes personales hechos y mucho tiempo libre por delante, decidí entrar a formar parte del sistema hi5.
No estaba muy consciente de por qué lo hacía. En realidad sabía que era un espacio que exigía menos profundidad y compromiso que el blog, donde había que contestar alguna preguntas sobre gustos personales, incluir mensajes de tono amigable y un tanto frívolo y bajar muchas, muchas fotos para darse a conocer.
Algunos me lo habían definido como un gran chismógrafo, y a mí no me gustaba la idea de volver de nuevo a mi época de secundaria a contestar qué pijama uso, quién me gusta del salón y cuáles son mis colores favoritos.
Sin embargo, probé entrar, sólo para que no tuvieran que seguirme contando con qué se comía el hi5 y porque pensé que en una de esas le acababa tomando el gusto.
No tardé mucho en crear mi propia página de hi5 y casi nada en lograr que todos mis contactos de messenger (ex alumnos, hermano, ex compañeros de trabajo, cuñada, cuñado, primos) fueran incluidos como parte de mi lista de amigos. Junté a varias personas, pero no llegaban ni a 40.
Los días siguientes, recibí un par de invitaciones y envié otras cuantas a algunos de mis amigos que habían quedado rezagados, pero no aumentó mucho el número de mi lista.
Además, mi contador de visitas registró un redondo y deprimente cero varias semanas seguidas. ¿Por qué deprimente? Porque yo visitaba páginas de mis contactos que registraban 680 visitas, 1000 visitas, 7 mil visitas. A mí, en cambio, al parecer no me visitaban ni mis amigos ni algún despistado que por error hubiera entrado a mi perfil. La falta de popularidad sí lo hace sentir a uno un lobo solitario, no cabe duda
Me dije a mí misma que el problema se debía a que yo había iniciado recientemente con este sistema, pero luego entraba a páginas tan jóvenes o más que la mía que me excedían en número de visitas en unos cuantos días.
Ya estaba contemplando la posibilidad de cerrar el hi5, convencida de que había cometido un craso error, cuando de pronto, revisando las actualizaciones de mis amigos, descubrí una foto de una de las “amigas” que había incluido uno de ellos en su lista.
La foto de la susodicha era impactante hasta para mí como mujer, se trataba de una rubia de cuerpo esbelto y sinuoso, piernas largas y piel blanquísima, ataviada con un sugerente y pequeño short blanco que no dejaba nada a la imaginación y del que asomaba, provocativo, un tirante de lo que parecía ser una diminuta tanga negra.
La mujer en cuestión estaba recostada sobre una cama y mirando con coquetería a la cámara.
No pude resistir la tentación y entré a su página para saber quién era y cuántas personas tenía en su lista. No fue sorpresa encontrarme con que su número de visitas rayaba en los 30 mil y su lista incluía cientos de “amigos”, todos hombres, claro. No importaba que la joven fuera (o dijera ser rumana) y por lo tanto toda su página estuviera escrita en un idioma incomprensible para muchos de los inscritos. Lo importante es que la de presentación era tan sólo una de las varias fotos llenas de sensualidad que tenía en su galería.
Después, cada vez que entraba a revisar mi hi5, se me empezó a hacer manía poner atención en las actualizaciones de mis amigos, y casi del diario encontraba fotos de nuevas “amigas”, similares a las de la rubia impactante. No todas eran iguales, por supuesto. Algunas eran sugerentes y eróticas, y otras más rayaban en la pornografía.
Hace no muchos días, por ejemplo, encontré a una “amiga” que decidió poner un close up de su trasero vestido con una tanga que cubría sólo lo indispensable. Entré a su página y tenía 120 mil visitas. ¡Qué sorpresa!
Debo aclarar que no me he dado golpes de pecho con este asunto. No me asustó la reacción masculina, ni mucho menos comprobar, una vez más, que la carne vende. Al fin y al cabo, es universalmente conocido que los hombre son visuales, les gusta recrear la pupila o, como mexicanísimamente decimos, “echarse un taco de ojo”.
Me quedó claro también que yo no tenía visitas porque no había manera de competir con esos cuerpos jóvenes y hermosos que se exponían sin pudores a la vista de millones de voyeuristas en el mundo entero.
Mi fotito casera con una sonrisa y un pastel en los brazos no vendía, pues.
Lo que sí me generó curiosidad fue la manera en que los hombres daban con estas fotos, sobre todo porque el buscador de hi5 no ofrece muchas posibilidades de especificar, por ejemplo, "quiero un hombre musculoso, bronceado, erótico, de preferencia que tenga una foto sugerente en su presentación".
Después de darle varias vueltas a esta idea, decidí subir a mi hi5 la foto más “provocativa” que tenía, que es una de mis piernas que tomó mi marido, sólo para saber hasta dónde llegaba el asunto y qué tanto cambio había en la respuesta, hasta ese momento tibia, que había tenido mi página.




Empecé con este experimento hace apenas unos días y aunque mi foto sigue sin tener manera de competir con las mujeres voluptuosas de hi5, el resultado ha sido asombroso. Hombres que me conocían y no me habían incluido en su lista, decidieron unirme a su club, porque recién se dieron cuenta de que yo existía. Un chiquillo de 13 años, al parecer adicto a coleccionar fotos que recrean partes del cuerpo femenino, también me invitó a hacerme su “amiga” y yo tuve que aclararle que tenía un hijo casi de su edad por aquello de que él no malinterpretara las cosas. Pero lo más impactante es que he recibido ofertas de hacerme “amiga” de hombres de lugares muy remotos que quién sabe cómo llegaron a mi página. Por supuesto, no acepto todas las invitaciones, pero me divierte darme cuenta que los hombres comparten una misma actitud en el mundo entero y que la carne siempre tendrá un potente efecto publicitario. Al fin y al cabo, los humanos somos carnívoros.
La verdad, no pienso poner ninguna foto provocativa más por el momento, porque no tengo y porque la actitud abierta de mi esposo también tiene límites, pero sí continuaré con el experimento. Sobre todo porque la parte positiva de todo eso son las frases galantes que me han regalado mis verdaderos amigos, como Carlos o Víctor, que me conocen más allá del cascarón, me valoran por muchas otras razones y saben que esto es sólo una foto muy coquetona. Lo demás es lo de menos.

lunes, marzo 10, 2008

Pueblito y mi papá

Estaba de ociosa en Youtube, y de pronto encontré este video, donde sale mi papá, en su juventud, en la película Pueblito, de Emilio Indio Fernández.
Decidí traerlo aquí porque, si bien no habla mucho en este tramo en su papel de Gilberto, el campesino que mira a Don César (Fernando Soler), es una escena que quiero compartir por el simple hecho de ser uno de los legados de Gabriel del Río Ortiz que merece presumirse mucho.

viernes, marzo 07, 2008

Desolación

El diccionario de la Real Academia define la palabra desolar como "angustiarse o afligirse en exceso".
En la vida real, la desolación es una especie de melancolía a su máxima potencia. La tristeza se cuela sin prisa, pero sin pausa. Se siente uno derrotado, con la esperanza perdida.
Físicamente, el estómago se comprime, la cabeza duele de tanto pensar y por momentos parece que todo se sale de control.
No existe medicina para la desolación, así que se debe dejar pasar como un mal momento, en la esperanza de que siempre pueden venir tiempos mejores.

viernes, febrero 29, 2008

Su cielo particular



El no creía en la existencia de la vida después de la muerte. Alguna vez intentó creer, cerca del final de sus días, con la esperanza de no sentir ese enojo que le producía la idea de tener que morirse. Pero sus intentos fueron vanos. Su modo práctico de ver la existencia le impedía tener fe en que hubiera algo más allá de este mundo.
Sin embargo, con ese humor ácido del que siempre hizo gala, mi papá decía que para él, el infierno sería que lo sentaran en la banca de un parque a platicar, por toda la eternidad, con un pendejo.
Yo, que sí creo en que existe una vida después de ésta, estoy segura que el autor de mis días no está sentado en la banca aquella que me contaba y con la que tantas veces me arrancó carcajadas durante nuestras largas conversaciones.
No fue un hombre perfecto, es cierto, y como él mismo lo reconoció muchas veces, cometió grandes errores. Sin embargo, como lo dijo hace poco mi tío Salvador (su hermano), mi papá nunca actuó de mala fe ni con el deseo de lastimar a nadie. Estoy segura de que antes de morir ya le había sido reservado su paraíso particular.
Mañana se cumplen dos meses de su partida, así que en medio de mi duelo, decidí tratar de imaginarlo, no en su infierno, sino en ese cielo único y especial que fue preparado para él.
Lo veo joven y fuerte. Sus ojos brillantes, sin asomo de sombras. Ve todo y a todos. Está en un café con un aire viejo, de aquellos que él disfruta tanto; habla sin pausa de historia, de política, de su admirado Fidel Castro, de la situación tan difícil de México.
También platica con apasionamiento de su trabajo como periodista, de sus libros, de los fantasmas que lo persiguieron toda la vida, de sus amores y sus viajes, de esas historias casi fantásticas que sabe contar con un estilo narrativo que atrapa al que lo escucha.
A su alrededor, mucha gente que lo observa atenta lo sigue, le responde, discute con él, le da réplica. Él está feliz porque hasta ahora no percibe a ningún pendejo en la sala.
Decide narrar la historia de aquella vez, cuando tenía ocho años, que abrió una escuela primaria en su casa, con campana en la puerta y todo, y en vista de la situación que por aquel entonces tenía la educación en México, logró dar un curso completo a un grupo de alumnos tan sólo un par de años menores que él, los cuales aprendieron a leer gracias a sus clases.
“...Y después de que había acabado el curso, las mamás de esos niños fueron a ver a mi mamá porque tenían la intención de inscribir a sus hijos en otro año escolar; pero mi mamá les dijo, ‘oiga, no, pero si esto era algo así como un juego, ¿que no se da cuenta que el que le dio clases a su hijo es un niño?’”, dice con una mirada llena de picardía.
La gente ríe, especialmente la abuela Cecilia, su madre, que lo escucha atenta y con un aire de orgullo.
Esta historia inaugura las narraciones de anécdotas cómicas de mi papá, de las cuales tiene varias. Él relata ahora el día en que detuvo a una patrulla de policía para reprender a sus ocupantes por no llevar puesto el cinturón de seguridad. También comenta sobre el día en que fue detenido por haberse pasado un alto y les respondió a los oficiales que iba muy rápido porque su madre había muerto. Los oficiales lo dejaron ir. “Y yo no mentí”, dice sonriente, “mi madre había muerto, lo que no les dije es que eso había sucedido muchos años atrás”
Entre los oyentes está su hermano Eduardo, que lo mira sonriente, y a quien él se dirige una buena parte del tiempo. No puede creer que lo está viendo otra vez, después de tantos años de extrañarlo. También está su padre, el abuelo Eduardo, a quien mi papá se acerca de vez en vez para susurrarle en el oído que lo quiere mucho, una deuda que para él había quedado pendiente. Por si fuera poco está la tía María, su prima, con quien siempre se divierte tanto.
No hay tristeza en ninguno de los rincones de aquel café. El único toque nostálgico lo da un tango que inunda suavemente la atmósfera.
Mi papá, café expreso sobre la mesa y cigarrito en la mano, recibe de pronto la invitación de uno de sus escuchas de subir a cantar en un pequeño escenario ubicado al fondo del lugar. No espera a que le rueguen. Casi de inmediato toma el micrófono y se lanza con algunos temas de su repertorio bohemio: Cuesta abajo, Garufa, Beso asesino, Hipócrita.
Para animar a la audiencia echa mano de todo, baila, sonríe, incluso coquetea descaradamente con algunas damas del salón. La gente lo acompaña con entusiasmo y él se siente querido, respetado, admirado.
Después decide declamar. Empieza con algunas piezas suaves, “En paz”, de Amado Nervo; “Romance de las estrellas”, de Rubén C. Navarro, y “Poema 20”, de Pablo Neruda.
Se sigue con piezas que requieren cada vez más de sus instrumentos de actor: “Canción de cuna para dormir un negrito”, de Emilio Ballagas; “La Chacha Micaila”, de Antonio Guzmán Aguilera, y “Los Motivos del Lobo”, de Rubén Darío.
Sin embargo, la apoteosis llega cuando decide echar mano de su propia poesía: “Mexico Niño”, “El Socio” y “El Rebozo” son el regalo que le hace al público.
Sus oyentes se ponen de pie y aplauden sin pausa por largos minutos, mientras derraman lágrimas de emoción. El agradece el cariño. Se siente satisfecho. Es un placer indescriptible sentirse aclamado.
Cae en cuenta que no es ésta la vida que él conocía, ¡pero es tan bella, tan llena de las cosas que a él lo hacían feliz!
Ya no siente coraje contra la muerte, ya no hay tristeza, ya sólo está ese paraíso construido especialmente para él. Sonríe y le da un sorbo más a su café, que le dura para toda la eternidad, y una sabrosa fumada a su cigarro. Es éste el paraíso que el mismo construyó en vida.
En tanto, desde la tierra, su hija Negrita desea con todo el corazón que cada una de sus lágrimas se convierta en una plegaria para que sea así y sólo así como su padre esté en el otro mundo.

domingo, febrero 24, 2008

¡Este espacio estrena troll!



Pues sí, así como lo oyen. Hoy abro mis correos y descubro que un troll (de California, según el tráfico de mi página) decidió entrar y dejar un comentario en mi post “Cambiando de tema”.
El comentario, en un texto que habla sobre las mascotas, no tiene nada que ver con el tema, sino que es una larga retahíla de opiniones xenófobas contra los “latinos” (y de paso contra musulmanes e hindús), carentes de inteligencia y de cultura de parte de un gringo que no tenía, por lo que se ve, nada que hacer y que, como buen cobarde, entró como “anónimo”.
No leí el comentario entero porque era larguísimo y me dio mucha flojera prestarle mis ojos a un pobre fanático bueno para nada. Sin embargo, debo confesarlo, en un primer momento me enojé y se me llenó la cabeza de respuestas racistas contra los yanquis, de esas que a los latinoamericanos nos salen tan bien y que a mí me encantan.
Pensé en decirle desde palabras descalificantes como white trash y redneck hasta recitarle una larga lista de razones por las que su pueblo es considerado la escoria de la humanidad.
Sin embargo, como suelo hacer cada vez que algo me molesta, decidí pensarlo mejor, y una vez que se me enfrió la cabeza (un par de minutos después) recordé que hace tiempo mi querido hermano Grimalkin (mucho más conocedor del tema de los blogs) me había comentado lo que era un troll.
Le hablé entonces por teléfono y fue él quien, amablemente, me condujo a la página de wikipedia donde se expone de cabo y a rabo lo que es un troll. El sitio, para aquellos curiosos del tema es http://es.wikipedia.org/wiki/Troll_(Internet).
Sin embargo, puedo decirles aquí, en corto, que, según la enciclopedia virtual, “un troll es un mensaje u otra forma de participación que busca intencionadamente provocar reacciones predecibles, especialmente por parte de usuarios novatos, con fines diversos, desde el simple divertimento hasta interrumpir o desviar los hilos de las discusiones, o bien provocar flamewars, enfadando a sus participantes y enfrentándolos entre sí. El troll puede ser más o menos sofisticado, desde mensajes groseros, ofensivos o fuera de tema, a sutiles provocaciones o mentiras difíciles de detectar, con la intención en cualquier caso de confundir o provocar la reacción de los demás”.
Wikipedia sugiere, como parte de la solución contra estos pobres diablos, que uno no alimente al troll, es decir, que simplemente ignore su comentario e incluso lo borre.
Yo pensé, de entrada, borrar esta gloria de la estupidez gringa, pero después decidí dejar el comentario unos días para que ustedes puedan darse cuenta, bien a bien, lo que explica la enciclopedia virtual acerca de los trolls.
Eso sí, les advierto que si tienen ganas de ver lo que el troll de esta página se tomó el tiempo de escribir, deben hacerlo ahora porque su comentario se destruirá en cosa de una semana y el fulano éste ya no tendrá posibilidad de escribir algo más porque decidí impedir los comentarios anónimos, cosa que también es una pedrada contra los fulanos como éste, acostumbrados a ampararse en el anonimato.
De cualquier manera, quiero celebrar la llegada de un troll a esta página, porque al fin de cuentas, como diría Don Quijote, “ladran los perros, Sancho, es señal de que cabalgamos”.

lunes, febrero 18, 2008

Un reportero se columpiaba...

Hoy decidí hablar acerca de cómo se han hecho clichés en torno al trabajo de reportero en el cine y la televisión estadounidenses.
¿Por qué se me ocurrió abordar este tema tan extraño?, bueno porque en medio de la ociosidad, divagaba yo sobre mi carrera periodística, tan verde aún, y mi futuro. Pensaba en lo difícil que es el medio que elegí y de pronto empecé a recordar a algunos (sólo a algunos) de los “reporteros” que nos ha regalado Hollywood.
¡Qué feliz sería la vida si uno pudiera tener las oportunidades y esa historia llena de glamour que le cuelgan al reportero en el cine y la televisión y que dista mucho de la realidad!, me dije a mí misma, y entonces se me ocurrió bajar unas imágenes para ilustrar el tema y acto seguido pensé en la conveniencia de escribir un texto que las acompañara.
De entrada la primera imagen que bajé es la del reportero “típico”, es decir, el de traje muy al estilo de los cuarenta, con sombrerito adornado por una tarjetita que dice “prensa” y libretita, cámara o máquina de escribir de la era cuaternaria.



No sé a quién se le haya ocurrido esta imagen, pero supongo que fue hace mucho, mucho tiempo. ¿No sería hora de cambiar a una representación más a tono con el periodismo actual?: Los sombreritos, para empezar, ya no los usa nadie. Así que tendría que ser un dibujo de un reportero con traje de corte actual o traje sastre (en el caso de las mujeres), si se quiere retratar a aquellos que cubren fuentes como política y finanzas, algunos de los cuales jamás permiten que se les despeine un pelo.
O podría ser algo más cercano aún a la realidad de la mayoría de los periodistas: un modo de vestir sport, con jeans y zapatos cómodos, porque a la hora de corretear entrevistados el calzado de vestir y los tacones resultan un verdadero infierno.
De internet también bajé (¡y cómo evitarlo!) la imagen de Clark Kent, el reportero más famoso de la televisión, el cine y los comics en el mundo entero.



Quizá quienes no conozcan el trabajo de una redacción, podrían pensar, a partir del alter ego de Superman, que ser periodista es una profesión tan cómoda y relajada que da tiempo hasta para salvar al mundo. La realidad es que el reportero promedio cumple jornadas que van de las 10 de la mañana a morir, tiene entregas de cinco notas diarias, y debe viajar por toda la ciudad (o fuera de ella) más de una vez al día para cumplir con la agenda. A veces no da tiempo ni de comer, y dormir es siempre una bella ilusión.
Los reporteros, además, no pueden permitirse ser tímidos, como el señor Kent, pues para poder hablar con desconocidos y abordar extraños en las aceras para entrevistas se requiere audacia y valor. Tampoco pueden ser distraídos, pues el reportero es un testigo de su tiempo y no se puede dar el lujo de dejar de observar todo cuanto le rodea.
Pero todavía la historia del señor Kent me parece una visión romántica del periodismo. Grave, lo que se dice grave, es la “reportera mexicana” que aparece en la película Hombre en Llamas. Curiosamente, una parte de esa cinta, protagonizada por Denzel Washington se grabó en un periódico en el que yo trabajé y justo en la época en que yo continuaba en esa redacción.


Aún recuerdo las risas y los comentarios sarcásticos que provocó la aparición de esta reportera que, aparentemente, trabajaba en el citado diario.
Las burlas no tenían que ver con la actitud petulante y la apertura sexual de esta “profesional” del periodismo, sino en que la citada reportera contaba con chofer y limusina a su servicio.
Ya quisiéramos la mayoría de quienes hemos transitado por el periodismo ganar lo suficiente ya no digamos para esos lujos, sino para vivir holgadamente. Claro, la reportera en cuestión era una corrupta y visto desde esa perspectiva no sería raro su enriquecimiento ilícito. ¡Se dan tantos casos como éste, sobre todo en la televisión mexicana! La cosa es que el diario para el que trabajaba tiene reglas muy claras en cuanto a la ética de sus reporteros y dudo mucho que hubiera permitido algo así. ¿Por qué no se quejaron de esta visión que se presentó de su empresa? Porque tienen un extraño culto hacia Estados Unidos.
Me gusta mucho más la Rana René, de los Muppets convertida en reportero. Por lo menos se ve simpática con su gabardina y su sombrero, tiene un comportamiento serio y profesional y, casi sin querer, nos hace reír con sus necedades y sus tropiezos, cosa que le pasa a muchos.


Por supuesto que mis favoritos son los reporteros de La Pareja del Año, protagonizada por Julia Roberts, Billy Crystal, Catherine Zeta-Jones y John Cusack mucho más cercanos al universo de reporteros que conozco: algunos frívolos, algunos innecesariamente rudos, algunos medio cursis, otros un poco persignados, jóvenes, viejos, blancos y negros.


Claro, si este texto llegara a caer en manos de un “verdadero reportero de política o finanzas” esos que miran de reojo y con un gesto de desprecio a los reporteros de espectáculos por dedicarse a entrevistar artistas y hacer un género “menor” de periodismo, seguramente gritará escandalizado por el hecho de que me atreva siquiera a decir que los de La Pareja del Año son dignos de ser llamados reporteros.
Ustedes perdonarán, pero esa ha sido la fuente que yo he cubierto, en donde he hecho amigos y en donde he descubierto que no hay fuente pequeña, sino reporteros pequeños.

Este texto se lo dedico a todos mis amigos del medio, reporteros, editores, coeditores y diseñadores a los cuales admiro y respeto. Sobre todo a Víctor Hugo, Rosalinda, Ethel, Nora, Macarena, Paty, Vanesa, Victoria, Rubén, Lizbeth, Gabriela, Edgar, Juan Carlos, Stephanie, Jorgito y Marco. Espero verlos pronto.


miércoles, febrero 13, 2008

Arriba la cursilería

Mi idea era traerles aquí esta canción de Joaquín Sabina, que me dedicó mi marido hace algunos años, que sigue siendo nuestro tema y que aún me parece bellísima. ¿Por qué quería recetárselas? Bueno, porque hoy es el mero día de la cursilería y se vale unirse.
Desafortunadamente no conseguí el tema del Sabina, así que les regalo la letra, y ya ustedes se imaginan la música.
A resumidas cuentas, sólo quiero desearles un Feliz Día a todos los enamorados, a todos mis amigos y, por supuesto, al dueño absoluto de mi amor, Olivier.

Rebajas de enero

Joaquín Sabina

Huyendo del frío busqué en las rebajas de enero
y hallé una morena bajita que no estaba mal.
Cansada de tanto esperar el amor verdadero
le dio por poner un anuncio en la prensa local:

“Absténganse brutos y obsesos en busca de orgasmo”,
no soy dado a tales excesos, así que escribí:
"Te puedo dar todo –añadía- excepto entusiasmo".
Nos vimos tres veces, la cuarta se vino a dormir.

Apenas llegó
se instaló para siempre en mi vida.
No hay nada mejor
que encontrar un amor a medida.

Como otras parejas tuvimos historias de celos,
historias de gritos y besos de azúcar y sal.
Un piso en Atocha no queda tan cerca del cielo,
y yo, la verdad, nunca he sido un amante ideal.

Y contra pronóstico han ido pasando los años,
tenemos estufa, dos gatos y tele en color.
Si dos no se engañan mal puede tener desengaños,
emociones fuertes buscadlas en otra canción.

Apenas llegó
se instaló para siempre en mi vida.
No hay nada mejor
que encontrar un amor a medida.

martes, febrero 12, 2008

Un cuento de hadas

Cerró el libro y se dispuso a dormir, como todos los días.
Lo que seguía era casi una rutina. Ahora vendría el sueño en el que llegaba su príncipe azul, rubio y perfecto, montado en un caballo blanco y alado. La tomaría entre sus brazos, apretaría su cintura, le acariciaría el cabello, le daría un beso suave en los labios, y entonces se escucharía una voz optimista de narrador con el consabido “y vivieron felices para siempre”.
En el sueño, claro, ella no era ella, sino una princesa, con un amplio vestido celeste, una gargantilla de perlas y un peinado impecable.
Estaba segura que este sueño recurrente tenía que ver con su fascinación por leer cuentos de hadas. Era un vicio heredado de la infancia, un placer culpable del que casi nunca hablaba en voz alta, pero al que no lograba resistirse.
Se conocía todas las historias del género, pero su favorita seguía siendo La Cenicienta, la cual había disfrutado en sus muy variadas versiones literarias y fílmicas.
Esta noche, otra vez la había vuelto a leer, en un libro en cuyo final quedaban ciegas las malvadas hermanastras luego de que una paloma les sacara los ojos. Con todo y el final macabro, ahora vendría el sueño maravilloso, estaba segura.
Mañana, al levantarse, otra vez tendría que lidiar con la rutina de ir a la escuela, y luego al trabajo. Hablaría con muchos rostros conocidos y desconocidos, trataría de imprimirle a las cosas entusiasmo, se dibujaría una sonrisa, que a veces resultaba forzada, y lidiaría con su misantropía. Pero siempre estaba la noche, la bendita noche, que le permitía regresar a refugiarse en la fantasía de los cuentos de hadas.
Aunque triste, esta manía de apelar a la fantasía para olvidar los miedos no la convertía en un fenómeno. La única anormalidad que reconocía en sí misma era aquella incapacidad de mirarse en el espejo.
Se había negado a contemplar su reflejo un día, hacía ya muchos años, cansada de escuchar a sombras que aparecían de tanto en tanto en su vida y la llamaban fea, chaparra, morena, gorda. Decidió aprender a peinarse y a medio maquillarse a ciegas y no volvió a buscar en los espejos una autoafirmación que estaba segura que no llegaría.
Aquella noche, tras cerrar el libro, no se durmió de inmediato, como hacía siempre. Pensaba en si algún día llegaría hasta ella ese príncipe azul con caballo alado de sus sueños, pero no tenía elementos para pensar que un cuento de este tipo pudiera materializarse.
Pasaron los minutos y luego las horas y el sueño no llegaba. Se levantó a tomar un vaso de leche, contó borreguitos, dio vueltas por la casa, prendió el televisor para adormecerse con la aburrida programación nocturna y nada.
Trató de investigar en su inconsciente qué era lo que le quitaba el sueño. Buscó y rebuscó hasta que de pronto se dio cuenta. Un pensamiento empezó a taladrarla como si una vocecilla interna le estuviera hablando: “¿Realmente yo no podría materializar un cuento de hadas? ¿Realmente no merezco ser amada y valorada y vivir feliz para siempre? ¿Se puede acaso ser feliz, ya no digamos para siempre sino en el día a día?”
Pongamos, se dijo, que puedo conocer a un príncipe y además azul, ¿Pero y si llega, me ve, y lejos de mostrar ese deseo por tomarme entre sus brazos me regala una mirada de desprecio?
Después de todo, pensó, no sé siquiera si tengo algo que ofrecer. Está claro que no soy una princesa, pero hace tanto que no me miro en un espejo que tampoco puedo decir con certeza que no me he convertido en la bruja del cuento.
¿Y si empezara por mirarme al espejo?, se preguntó. Tendría que aprender a dejar de despreciarse a sí misma, aprender a quererse tal y como era y evitar volver a darle crédito a cualquier sombra que quisiera opacarla. La tarea se antojaba difícil y tenebrosa, pero en vista de que no llegaba el sueño, decidió hacer el intento por iniciarla lo antes posible.
Se levantó de la cama y fue directo al ropero. A oscuras, sacó y desempolvó el viejo espejo de cuerpo entero y lo colocó frente a ella. Antes de encender la luz decidió quitarse el camisón y la ropa interior hasta quedar completamente desnuda.
Encendió la luz y se observó. No tenía mucho que ver con aquella princesa de sus sueños, es cierto, pero no estaba mal aquella naricilla chata, ni esos ojos brillantes, ni esas piernas bien torneadas, ni la cintura estrecha, ni el cabello negro que caía como cascada sobre sus hombros.
Nada mal, se dijo a sí misma, mientras daba vueltas y vueltas para verse por completo.
Entonces, comenzó a llorar. Se pidió disculpas por haber dudado algún día de poder enamorar a un príncipe azul. Le pidió perdón a esos ojos, a ese cuerpo, a ese cabello que no eran los másperfectos del mundo, pero le servían y eran más suyos que cualquier otra cosa que la rodeara.
Por supuesto que puedo conseguir lo que quiera, se dijo. Por supuesto que puedo mirarme al espejo con orgullo. Por supuesto que puedo quererme. Por supuesto que puedo encontrar el verdadero amor.
Los días que le siguieron al descubrimiento, dejó de leer cuentos de hadas. Ya no le llamaban la atención como antes, y no encontraba hermoso imaginarse a sí misma como una princesa cuando había aprendido a aceptarse sin aquel vestido celeste y peinado perfecto. Los sueños también se habían esfumado.
Ya se miraba mucho en los espejos, y disfrutaba más de los rostros que la acompañaban, de su trabajo, de las clases, de la compañía de los amigos que le demostraban un cariño sincero.
Era un cambio de vida. Ya ni siquiera pensaba en si llegaría el príncipe azul, pues se mantenía muy entretenida en aprender a ser feliz.
Y un buen día lo descubrió. El príncipe azul había estado ahí, cerca de ella, desde hacía un par de
años atrás, pero en su imposibilidad de verse a sí misma, tampoco había podido verle a él.
Por supuesto, este príncipe no venía en caballo blanco y alado, ni vestía como el de sus sueños, pero tenía aquellos ojos serenos, aquel rostro hermoso, aquella vibración llena de bondad y calidez.
Cuando él la miró, le regaló una sonrisa de aceptación, y ella se vio, en el reflejo de sus ojos, convertida en una princesa. Él la tomó en sus brazos, le apretó la cintura, la besó muy suavemente. No vivieron felices para siempre, porque ambos consideraban que la felicidad perfecta era un mito y que, de cualquier manera, ser feliz todo el tiempo sería terriblemente aburrido. Pero vivieron enamorados, y fueron los mejores amantes, los mejores amigos y los mejores compañeros por mucho, mucho, mucho tiempo.

Como ya lo dijo mi Ovivi, “cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia”. Te amo, pollito.

viernes, febrero 08, 2008

Mi campeón


No lo hace como Martir Luther King, Fidel Castro, Adolfo Hitler, Profirio Muñoz Ledo o Gabriel del Río, mi padre, pero estoy segura de que mi hijo es un espléndido orador.
Entre su tío Américo y yo le explicamos la importancia de convencer con el discurso, de mirar de frente y con seguridad a la audiencia, de hacer que el cuerpo entero, incluido el rostro, se involucrara con cada una de las palabras dichas.
Practicamos con él ejercicios para mejorar su postura en el escenario, su dicción, su mirada, su entonación y el énfasis que le daba a cada uno de los términos.
Día a día entrenamos con él y lo vimos crecer, apoderarse de las palabras, hacer suyas las arengas sobre Benito Juárez, que era el tema que le habían dado para hacer su discurso.
Sin embargo yo, que tantas veces transité por concursos, estaba convencida de que no iba a ganar. A lo largo de mis participaciones en certámenes de oratoria y declamación me convencí que no siempre gana el mejor, sino el que le parece mejor a algunos miembros del jurado, el que les cae más simpático, el que tiene un discurso o un poema que haga más caravanas al sistema.
Hoy por la mañana, un par de horas antes del concurso, se lo dije: “Hijo, no aspiro a que ganes, aspiro a que superes este reto para ti mismo, a que al bajar del escenario te sientas satisfecho con lo que hiciste, a que sientas que aprendiste algo nuevo”.
Y no ganó, como era de esperarse. La ganadora era una alumna de escuela pública. Según me enteré después, casi siempre la decisión de los jurados favorece a los alumnos de escuelas públicas. Quizá un acto de populismo, pero no quiero ser suspicaz.
No importa que el discurso haya carecido de originalidad y haya aludido a la sobadísima frase de Juárez “entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”, que, por cierto, se empleó en la mayoría de los discursos.
No importa que quien obtuvo el segundo lugar haya dicho su texto a gritos y no con entonación.
Así es el sistema, y el de la Secretaría de Educación Pública mexicana es de los más anacrónicos que existen, no cabe duda.
De cualquier manera, tras el concurso yo le pregunté a mi Andrés lo que verdaderamente me interesaba, ¿cómo te sentiste? Y él me respondió como aspiraba a que lo hiciera. “Muy bien, lo hice muy bien, no me equivoqué, no me dio miedo, me gustó mucho que me aplaudieran y me felicitaran. Estoy contento”.
Para mí con eso es suficiente. Qué mejor premio puede haber que la satisfacción personal. Mi hijo fue el verdadero campeón. ¡Felicidades Andrés!

miércoles, febrero 06, 2008

El blog de mi enano

Como en mi casa lo que hace la mano hace la tras, mi benjamín, Dany, decidió abrir su propio blog. Y como soy una mamá gallina, siempre orgullosa de sus hijos, vine a invitarlos a pasar por ahí. Es http://zonahamburguesita.blogspot.com.
No tardo en publicar otro cursi texto sobre el mes. Regreso.

viernes, febrero 01, 2008

A tan sólo un mes

Un mes y no me lo creo. La vida no me deja creérmelo, papá.

Estoy preparando a Andrés, tu nieto, para participar en un concurso de oratoria ni más ni menos que con el tema de Juárez, que tanto te apasionaba.

Utilizo tus recursos. Saco de la memoria tus palabras. Escribí un discurso basándome en lo que me enseñaste. Intento respetar las reglas.

Le explico a tu nieto la importancia de la dicción, de la mirada, del énfasis, de la gesticulación, tal y como tú me lo dijiste en mi infancia.

El tío Américo. Actor, con esa voz tan parecida a la tuya, nos ayuda en la tarea.

Le hablo a Andrés de que su abuelito Gabriel ganó premios de oratoria, le comento que diste clases sobre esta materia, le digo que te sentirías orgulloso, le explico que hoy más que nunca tenemos que honrar tu memoria. Después, dejo correr las lágrimas.

Le pongo a mi hijo un video de tu admirado Fidel Castro dando un discurso, a sugerencia del tío Américo. Actor, quien en sus clases también saca a colación los recursos que tú utilizabas para convencer a la gente.

¿Cómo aceptar que te fuiste si estás de tantas maneras?

domingo, enero 20, 2008

Lo único que pude escribir

Poco a poco se le fue colando la tristeza por lo poros, sin pausa. El proceso empezó el día en que le confirmaron que sus ojos se habían llenado irreversiblemente de sombras y se dio cuenta que ya no podía ser el de antes, el que hacía que la gente se asombrara ante su presencia, el que gozaba admirando la belleza femenina, el que amaba la lectura y los viajes que le regalaban bellas imágenes del mundo.

La mujer que había compartido las últimas décadas de su vida con él tampoco resistió la noticia y con una alta dosis de egoísmo decidió abandonarlo a su suerte justo cuando ya no gozaba de la salud y la bonanza económica de antaño.

Por ello, no debería ser sorpresa que un día haya decidido abrirle las puertas a la muerte, entregarse en sus manos sin oponer resistencia. Simplemente decidió dejar que su cuerpo poco a poco se fuera consumiendo por dentro y lo guardó en secreto.

Esta fue la explicación que elaboró mi mente el primer día que entre a la sala de terapia intensiva, con el corazón en la garganta, y me paré ante la cama de mi padre llena de confusión y de lágrimas.

No pude encontrarlo consciente, justo cuando necesitaba respuestas. Yacía en la cama, completamente sedado, y con el cuerpo invadido de sondas, tubos y agujas. En sus 75 años de vida, ésta era la primera vez que ingresaba a un hospital, así que el impacto que me provocó su condición fue brutal.

Cuando logré controlar los sollozos intenté hablarle, me repetía a mí misma que su inconsciente me estaba escuchando. Acaricié su cabello, le besé las manos. Abrigaba todavía la secreta esperanza de verlo despertar.

En los siguientes días, los 60 minutos que me daban para visitarlo cada tanto se me hacían una eternidad. Se me acabaron las cosas que decirle, a mí, que por años le confié todas mis dudas, preocupaciones y secretos.

Por ello me quedaba observándolo fijamente, y trataba de encontrar en aquel cuerpo enfermo la imagen del padre de mi infancia, el implacable, inflexible y muchas veces injusto, el que con sólo una mirada podía controlarme, el que me provocaba reacciones nerviosas.

Trataba también de imaginarlo como lo vi tantas veces, imponente ante la máquina de escribir, con sus dedos volando ágiles sobre el teclado y la mirada totalmente concentrada, mientras yo, cual gato escondido en un rincón, lo observaba extasiada, con la idea de que no había nada que él no pudiera resolver.

Nada surtía efecto. Ante aquel cuerpo cansado sólo podía sentir el estómago vacío y la sensación de que él no se merecía algo como aquello.

Intenté extraer recuerdos de la adolescencia, los más difíciles. Me vi a mí misma enfrentándolo, rebelándome ante su dominio, reclamándole por su actitud hacia mi mamá, por el divorcio, por su opinión negativa hacia la mujer. Eran batallas en busca de mi propia identidad que muchas veces dejaron heridas dolorosas que sanaron al paso de los años y terapia de por medio.

Deseché de inmediato estos recuerdos y entonces empecé a buscar en los más recientes, mis favoritos, los que corresponden a la etapa en que mi papá y yo nos reencontramos y nos entendimos. Traté de imaginar la mirada enternecida que me regaló en mi boda, en mi graduación, en el nacimiento de cada uno de mis hijos. También busqué recuperar el recuerdo de su voz intentando calmar mi angustia cuando me robaron, cuando me citaron en el Ministerio Público, cuando me dijeron que tenía una arritmia cardiaca.

Quería que despertara y me tranquilizara otra vez, que me dijera que esto no estaba pasando, que era una pesadilla. Deseaba con el alma sentirme como aquel día, en mis primeros años, cuando después de salir asustada y llorosa de la casa de terror de una feria, mi papá se subió en la rueda de la fortuna conmigo y mientras me señalaba los edificios, los carros que circulaban por la calle, la gente que paseaba, me demostraba que el miedo era algo relativo y fácil de vencer si se pensaba otra cosa. Desde entonces, una de mis actividades favoritas es subirme a la rueda de la fortuna.

¡Háblame, papa! ¡Háblame ahora que me asalta el miedo! ¡Discute conmigo! ¡Consuélame!, repetía en silencio, sin encontrar respuesta.

Una noche, de esas que pasé durante aquellos días, en las que dormía a ratitos tan sólo para despertar sobresaltada, recordé a mi padre en los últimos años, cuando la tristeza lo invadió. Pensé en la cantidad de veces que le pedí que no se diera por vencido.

No había manera. Estaba decidido a no salir del túnel de la depresión, y rechazaba la idea de hacer el proceso más fácil: Que sus hijos no lo tomaran del brazo, no quería perro guía, tampoco bastón, no cursos para ciegos y débiles visuales, nada.

Un día le dije que quizá sus ojos, cansados de ver tantas cosas bellas, paisajes marinos, aéreos y terrestres, habían decidido descansar antes de tiempo, pero que él tenía esas imágenes visuales grabadas a fuego en la memoria. La tristeza siguió intacta.

¿Qué pasaría entonces si despertara y se viera así, maltrecho, él que siempre fue fuerte e independiente?, empezó a resonar con fuerza en mi mente.

Una tarde, mientras esperaba en su casa para asistir a la visita de la noche en el hospital, creí oír sus pasos entrando por la reja. Esos pasos suyos lentos, casi arrastrados, inconfundibles. Tal vez aquello era una jugarreta de mi cerebro, pero por las dudas, decidí hablarle, y saqué de algún lado la entereza para aceptar lo que estaba sucediendo: “Papá, si vienes porque aún tienes un pendiente aquí en tu casa, vete en paz que no hay nada que tus hijos no podamos resolver”, le dije.

El último día del 2007, por la mañana, acudí a la visita en terapia intensiva, y lo noté inquieto. Trate de decirle palabras que lo serenaran pero pronto me quedé en silencio. Así lo despedí, en medio de intentos desesperados por detener el miedo, la angustia, la tristeza que me provocaba en ese momento, como siempre, la idea de su muerte.

Al día siguiente me avisaron que había partido. Ya no pude verlo, pero creí haberle dicho todo lo que necesitaba decirle en los días previos.

Hoy no sé cómo me siento, no puedo definirlo. Estoy incrédula, asustada, deprimida. Pasará, me dicen todos, y supongo que así debe ser. Pero por hoy no me pesa llorarlo, extrañarlo, pensar todo el tiempo en él. Después de todo, es uno de los pilares que me sostuvo toda la vida y merece este último tributo de la memoria de una hija que siempre lo amó e intentó ser como él.

“Papá, no tienes idea de lo que significa extrañarte. Te amaré por siempre”

jueves, enero 10, 2008

De una hija a un papá


Esta vez no es mi pluma la que escribe. Esta vez es la de mi hermana Gabriela, quien tuvo mucho más valor y sabiduría que yo para enfrentar el dolor de perder a mi padre.

Pedí su permiso para bajar este texto, y generosa como es, me lo concedió.

Decidí hacerlo porque si bien esta es la visión del padre que a ella le tocó vivir, tiene muchas coincidencias con el que viví yo. Especialmente el Papá Trueno, el Papá Sordo, el Papá León, el Papá Niño.

Es un texto bellísimo, sublime, con el que he llorado mucho, pero doy por bien derramadas cada una de mis lágrimas.

Por lo demás, quiero aprovechar para presumirles a esta hermana mía, comunicadora, maestra, quien sin saberlo ha sido una inspiración para mí en muchas ocasiones.

Yo estoy tratando de escribir un texto de lo que me pasa por el corazón en estos momentos, pero tendrán que esperarme.

Por ahora, disfruten éste que es bellísimo.




En la tarde

Gabriela del Río



8 de la mañana
En las horas de tu tiempo llegué a las 8 de la mañana, Papá Grande. Soy tan pequeña que no hay mucho que ver, tal vez indagaste en mis rasgos para encontrar algun parecido, pero eso aún es incierto. No puedo mirarte bien, mis párpados todavía están hinchados, pero mis oídos alcanzan a escuchar tu voz de trueno, ¡otra niña!

10 de la mañana
Estoy sentada frente a la mesa de un café. Mis pies cuelgan y los balanceo con insistencia; procuro estar callada para no interrumpir la conversación que Papá Sueños sostiene con Mamá. Los ojos de él vislumbran un futuro luminoso. Los ojos de ella lo miran y le creen. Los míos no se apartan de ese rostro recio, de esos ojos intensos, anhelando que se vuelvan hacia mí. "Mírame, mírame" pienso con firmeza pero mi conjuro no surte efecto. En el adiós apresurado, Papá Sueños apenas me regala un sonrisa divertida y una breve caricia en la frente.

10:30 de la mañana
El cuerpo de Mamá me protege del cinturón que amenaza con golpearme. Frente a nosotras se alzan las figuras de mi hermana de piel blanca, de mi Abuela Nomegustanlosmorenos y de Papá Sordo. El miedo mantiene fuertemente cerrados mis labios, pero mi interior grita. "¡Háblame, pregúntame, escúchame, Papá Sordo. Mírame, mírame!".

11 de la mañana
Voy en el asiento trasero del coche. Muy quieta, intento no hablar, no moverme, no molestar para no despertar la ira de Papá León. Me bastaría con que en un alto volteara hacia atrás y me mirara a los ojos.

12:30 de la tarde
La única Nochebuena que recordaré en su compañía es ésta. Mi hernana Muy Blanca tiene novio. Hay que confesarlo y hacer las presentaciones. Empieza el ruido, las preguntas, los reclamos. Después, el ruido se convierte en estruendo. Papá Trueno grita, vocifera, manotea, amenaza. Mamá explica, concilia, suplica, pero los gritos continúan hasta que cae, implacable, la voz de Mamá que, a veces, tambiés es Trueno. La calle recibe al hombre furioso y yo me quedo tras la puerta cerrada. Hoy tampoco me miró.

1,2,3, 4 de la tarde
Leo con pasión, rompo reglas y ventanas, tomo café, protesto con rabia, beso a algunos, me amigo con algunas, grito en las calles, canto a Serrat, trabajo con miedo, conozco el amor, renuncio y respiro... pienso en ti.

5 de la tarde
Miro, incrédula, a este bebé durmiendo con la paz que nunca antes había conocido. Su rostro de manzana me habla del amor más dulce, del calor más tierno. Vuelvo a creer en Dios. Papá Asustado tardó mucho en conmoverse con esta ternura de talco y aceite. Ahora menos que nunca le pediría que me mirase. ¿Algún día comprenderá que la vejez es el precio de estar vivo?

6:50 de la tarde
Hoy más que nunca necesito que me mires. Mamá Paloma se fue. Papá Turbado está en deuda con ella y sus ojos van del féretro a la pregunta, de la pregunta al respeto, del respeto al adiós. La Paloma ha dejado tras de sí un camino sembrado de risas para que siempre la recordemos.

7 de la noche
Mis brazos vuelven a ser cuna. "La paloma canta en el olivo, cállate palomita que duerma mi niño..." A pesar del arrorró mi niño no cierra sus ojos, me mira atentamente y entonces juro por Dios que siempre miraré a los ojos de mis Hijos Viento, de mis Hijos Cielo, de mis HIjos Sol.

9:30 de la noche
Estoy parada en un tunel oscuro y frío. Tengo mucho miedo. Mírame, por favor, mírame, que mi Esposo Lobo, fiel y solitario, se fue sin decir adiós. No entiendo lo que pasa ni por qué. Un viento helado, que trae consigo sangre y soledad, me golpea de frente. Muchas voces, manos, brazos me consuelan. La voz de Papa Ternura también lo hace, pero hoy tampoco me miró a los ojos.

11:20 de la noche
Entro al bosque de altos árboles, busco el lugar más apartado. Cuando lo encuentro, caigo de rodillas y comienzo a llorar; primero las lágrimas duelen, laceran, pero poco a poco, del centro de mi cuerpo sube la ira guardada en tantas horas de este tu día. Mi voz se convierte en el grito del odio y el rencor.
¡Muere, muere! Golpeo con la fuerza del dolor y arranco la tierra con mis manos para cavar la tumba en donde quepa bien el hombre que estoy matando. Quiero que sea muy profunda y así la hago, en ella entierro de una vez y para siempre a Papá León, a Papá Trueno, a Papá Sordo. Pasan minutos y minutos y el llanto sigue. Es necesario un río de lágrimas para limpiar los despojos del rencor que la tierra y el lodo han removido...
Limpia y curada vuelvo sobre mis pasos y dejo tras de mí, en el olvido, una tumba. Aunque tú no lo sabes, voy a tu encuentro... Papá Bueno.

23:40 de la noche
Los pies cansados se arrastran muy despacio. Pone su mano sobre mi hombro y me convierto en lazarillo. Papá Niño se deja guiar. Sonrientes, nos sentamos frente a la mesa de un café. Miro sus ojos apagados, sus ojos sin luz y entonces me doy cuenta de lo que sucede: por fin, por primera vez, detrás de ese velo de sombras ¡me está mirando! Me mira una y otra vez, pregunta y escucha, escucha y calla... y me mira, me mira, me mira por largos segundos, por gloriosos minutos. Benditos los ojos que, sin ver, hoy me miran mejor que nunca.

23:58 de la noche
No te vayas, no me dejes ahora que nos hemos mirado.

23:59 de la noche
Perdóname. Atraviesa por fin la noche, que del otro lado encontrarás al sol.

24 horas
Gracias, Papá Luz.
Adiós, Papá Niño.
Hasta que nos volvamos a reunir frenta al calor de una taza de café, Papá Poeta.

viernes, enero 04, 2008

In Memoriam/Gabriel del Río Ortiz

Partió hacia el infinito el pasado 1 de enero de 2008 al punto del mediodía en Querétaro. Había nacido un 23 de marzo de 1932 en la Ciudad de México.

Pero decir eso no es más que relatar el principio y el final de Gabriel del Río Ortiz.

Le tocó nacer de una madre descendiente de una familia aristocrática venida a menos y un padre que cuando conformó la familia Del Río Ortiz ya venía de perder a dos esposas y a los hijos que tuvo con ellas en las garras de la muerte.

Ese aire entre triste, altivo y bañado de cultura le dio una personalidad peculiar a la familia que se ha ido transmitiendo de generación en generación.

De ahí que don Gabriel fue un bohemio, amante de la buena música: tango, bolero, melodías con aires tropicales, jazz, clásico. Había tomado clases de piano en la infancia a instancias de su hermano mayor Eduardo, violinista virtuoso y quien falleciera en el mar siendo aún muy joven. También le rascaba a la guitarra con mucho sabor para acompañar boleros y melodías de invención propia.

Estudió actuación y de su trabajo en ese sentido su obra más memorable fue Pueblito, película de 1962, dirigida por Emilio Indio Fernández, en la que compartió créditos con Fernando Soler, María Elena Marquez y Lilia Prado, entre otros.

Ese mismo camino convirtió a don Gabriel en declamador y uno de los mejores intérpretes de la obra de Rubén Darío, Pablo Neruda, Amado Nervo, Gustavo Adolfo Bécquer, Ramón López Velarde y Federico García Lorca, entre otros.

Su voz de trueno, su personalidad arrasadora y esas armas actorales de utilizaba como herramienta al servicio de la poesía lo hicieron llenar teatros y recibir aplausos de pie en más de una ocasión.

Sin embargo, la actuación pagaba poco y era un medio difícil de sortear para un carácter activo y belicoso como el de don Gabriel. Además, como el eterno enamorado que fue, muy joven ya se había convertido en esposo de doña Sara Luz Arrieta, con quien tuvo cuatro hijos: Gabriel, Isis, Guadalupe y Gabriela, de los cuales fallecieron los dos primeros siendo aún bebés.

Por ello, decidió dirigirse al mundo del periodismo, para aprovechar esa capacidad narrativa y gusto por las letras que le había sido heredada por línea materna.

En esta rama tuvo grandes logros, fue reportero de los de antes, de los que aprenden el oficio a punta de regaños y teclazos. También fue jefe de información y director de medios como el Diario de Jalapa. Su paso periodístico dejó huella en publicaciones diarias como Novedades, El Universal, Rotativo, El Zócalo y revistas como Impacto y Quehacer político, donde se desarrolló como un columnista belicoso y de izquierda.

Porque sí, antes que nada don Gabriel fue un hombre de izquierda, siempre preocupado por la injusticia del mundo, por los pobres, por la arrasadora y ruin actitud de los ricos.

De hecho, en su juventud viajó a Cuba y se instaló allá dos años, justo cuando se desarrollaba la Revolución de la isla. Incluso supo de cerca lo que era la represión.

Su vena de enamorado lo llevó a contraer un segundo matrimonio tras su regreso de La Habana, esta vez con doña Carolina Sánchez, con quien procreó tres hijos: Igor, Boris Gabriel y Brisa.

Y luego un tercero, con doña Taydé Ortega, con quien trajo al mundo a Taydé Cecilia, Juan Gabriel y Américo.

No se puede decir que como padre hizo el intento de convertirse en ocho personas para estar con todos. Sin embargo, a cada uno le legó lo mejor de él y su personalidad tan fuerte dejó huella en sus vástagos.

A finales de los años setenta. Don Gabriel vivió otra de esas historias pobladas de cosas extrañas que lo persiguieron en su vida. Era ya un periodista influyente y se acercaron a él unos personajes que le solicitaron les ayudara a conseguir un par de licencias para montar una discoteca.

Don Gabriel accedió pero solicitó a cambio convertirse en socio del lugar. Fue hasta que la discoteca abrió que se dio cuenta que se trataba de un antro gay. No era que don Gabriel fuera homofóbico, pero había asuntos que no empataban con sus valores y éste era uno de ellos.

Fue así que decidió abandonar el negocio, pidió que le dieran el dinero que le correspondía como socio y con él abrió un lugar como el que siempre había soñado: Una cafetería donde se podía escuchar música y compartir las inquietudes literarias, al tiempo que se tomaba un sabroso café y se fumaba un cigarro, tal como a él le gustaba. El nombre: La Peña de Gabriel del Río.

El lugar permaneció por más de una década abierto. Por su pequeño escenario desfilaron nombres escritos con letras de oro en el medio artístico nacional como Las Tres Conchitas, el Che Reyes, Paco Miller, Fernando Fernández y el bandoneonista Domingo Scapola, entre otros. Se le rindió homenaje al director Emilio Indio Fernández y al boxeador mexicano Julio César Chávez y hubo bohemia para dar y prestar.

Además, fue en ese lugar donde don Gabriel compartió su obra, la de su lado poeta, por el cual publicó libros como La Rebelión de las Flores, con poesía de corte combativo; Universo Cautivo, con haikais, y Desde la Azul Entraña, con temas mexicanistas. Era, como lo anunciaban los letreros para invitar a la gente a la presentación de uno de sus libros: El Poeta del Pueblo.

Claro ejemplo de ello es una de las estrofas de su poema El Rebozo, considerado por muchos una de sus obras mejor logradas: “Para ese rebozo amigo es el cincel de mis versos/ porque lleva entre sus pliegues carnes morenas del pueblo/ y trenzas bien apretadas de negro y frondoso pelo/. Porque es un paño de lágrimas y cruz en el cementerio/ porque en medio de las balas, sube a la sierra sin miedo/ Rayo de luz en la noche, virginal azul de incienso”.

Gabriel del Río Ortiz tenía además dos libros de ensayo: La Guadalupana es española y México, país de traiciones.

Es en esta obra donde radica la inmortalidad de don Gabriel. En esa y en sus ocho hijos, cada uno de los cuales lo honra a su manera, en su trabajo cotidiano, en su ideología, en su labor como padre o como madre de familia.

Yo, soy su hija, Taydé Cecilia, o la negrita, como me decía él. A mi me legó su amor por las letras, por la enseñanza, por la poesía y el arte en general.

Yo lo honro con mi trabajo periodístico, una ideología muy similar a la suya y con un espíritu belicoso que es parte de su herencia.

Pero su personalidad también está en Lupita, su hija médico y combativa como la que más; en Gabriela, también periodista, con su voz gloriosa, su capacidad de enseñar y su inteligencia privilegiada; en Igor, y su gusto por el buen vivir; en Boris y su amor por la declamación; en Brisa y su actitud espontánea; en Gabriel y su virtuosismo en la música; en Américo y su trabajo actoral.

Y yo, al igual que mis hermanos, no permitiré que su legado se pierda en la indiferencia de un país y de un sistema que sólo es capaz de alabar a los creadores que se bajan los pantalones ante el gobierno e ignora aquellos a quienes asiste la luz de la verdad.

¡Don Gabriel, papito lindo, seguiremos en la lucha y hasta la victoria siempre!

domingo, junio 10, 2007

Tarde y con tarea

Me ausenté mucho.
Les podría decir que el periódico me tiene comidas las horas, pero no hay pretexto para esta ausencia ingrata. Lo mejor que puedo decir en mi favor es que estoy extrañándolos como loca, que desafortunadamente la computadora del periódico no me da posibilidad para comunicarme con ustedes, pero que estoy acomodando mi vida para que me quede espacio y reanudar mi contacto con sus blogs y con el mío, que es un verdadero aliento en mi vida.
En tanto termino de organizarme, cumplo con una tarea que me encomendó mi querida J-Oda en su blog.
Tengo que decirles 8 cosas sobre mí y después, según lo indican las reglas del juego, redireccionar la tarea para otras 8 personas.
Las reglas del juego dicen también que tengo que avisarles a todos en sus blogs, pero la verdad me voy a saltar eso.
Bueno, ahí les dejo mi lista.

OCHO COSAS SOBRE MÍ

1.- Cante durante una semana en los vagones del Metro de la Ciudad de México. La verdad es que no soy una cantante muy dotada y de guitarra sé apenas unos cuantos acordes, pero lo hice como parte de una tarea cuando estudiaba la carrera de periodismo y fue una de las cosas más divertidas de mi vida. Gané dinero y la verdad es que cuando la paso mal económicamente, no descarto la posibilidad de volver a hacerlo.

2.- Me tomaron unas fotos desnuda. No, no piensen mal, no fue para el Playboy a pesar de que mi marido insiste en que nos haríamos ricos si yo aceptara posar para la revista (fíjense nomás hasta donde llega el amor de mi esposo, es un ángel). Tenía yo 19 años y posé para unas compañeras de trabajo que estaban estudiando fotografía. La verdad, nunca me he arrepentido de esa experiencia, aunque no lo haría ahora (pese a lo dicho por mi marido) porque ya no tengo el cuerpo ni la edad.

3.- Todavía, a mis 37 años, tengo el sueño de usar un vestido como de Cenicienta en el baile en el que conoce al príncipe. Verán, soy una romántica sin remedio y una niñota vive dentro de mí, así que espero, aunque sea a los 80, bailar con mi príncipe Olivier en un gran salón donde todos admiren lo hermosos que nos vemos.

4.- Mi sueño dorado sería vivir en una playa, siempre y cuando alguien me garantizara que no habrá huracanes la próxima centuria.

5.- Como diría Alejandro Dumas en los Tres Mosqueteros, para mí dormir es comer.

6.- Hubiera querido aprender a tocar el arpa, pese a que sé que no soy ningún angelito.

7.- Soy una bailarina profesional frustrada.

8.- Aunque no siempre lo menciono para mí Dios es un rector fundamental en mi vida, pero tengo una visión propia, muy alejada de lo que aprendí de niña.

Bueno, ahora ahí les van las:

REGLAS DEL JUEGO:
A. Cada jugador comienza con un listado de 8 cosas.
B. Tienen que escribir esas 8 cosas en su blog y junto con las reglas del juego.
C. Tienen que seleccionar a 8 personas mas invitar a jugar y anotar sus nombres o el nombre de su blog.
D. No Olvides dejar un comentario en sus blogs respectivos de que han sido invitados a jugar, refiriendo al post de tu blog "EL JUEGO".


Finalmente, dejo esta tarea, si tienen un tiempito, a Ilne, a Isaura, a Carlos, a Evan, a Cápsula y creo que ya.

Regreso, prometo tratar de no tardarme