martes, junio 17, 2008

La tía "emo"



En marzo pasado, la ciudad mexicana de Querétaro fue escenario de un acontecimiento deplorable: La golpiza de un numeroso grupo de jóvenes (dicen que alcanzaban el millar), que decidieron erigirse como jueces contra alrededor de 20 "emos" que acostumbraban darse cita en el centro del lugar.
¿A qué se debió la agresión? Según palabras de los atacantes, a un deseo de "limpiar" la capital del estado del mismo nombre de la presencia "repulsiva" de los "emos".
Apenas pasada la gresca, algunos de los golpeadores, haciendo gala de cinismo, se hicieron presentes a través de un blog para "debatir" acerca de lo que ellos consideran razones válidas para agredir a alguien que consideran diferente:
“y tambien no sean mamones la neta ni nos pasamos tanto de verga na mas (sic) era como 1 minuto de patadas ningun emo salio aka (sic) super puteadona mas alomejor (sic) con unos moretones en el cuerpo y unos golper (sic) en la naris (sic) boka (sic) y ojos no fue tan masakre (sic) y si ya sabian de este pedo pss (sic) pa q (sic) van los pendejos” es sólo un ejemplo de uno de los discursos esgrimidos por los agresores.
Pero ¿qué es un "emo"? ¿cuál es el daño a la sociedad que causa un joven que se reivindica como tal para provocar una reacción tan violenta? ¿por qué en México se ha puesto de moda odiar a los "emos"?
Según Wikipedia “una persona que se considere 'emo', fuera del ámbito musical, es una persona que expresa con su físico sus problemas emocionales y conflictos internos. Durante más de una década, el término 'emo' fue utilizado casi exclusivamente para describir el género de la música que predominó en los años 80; sin embargo, durante los años 90, como la música 'emo' comenzó a converger en el sentido popular, el término llegó a utilizarse como referencia más amplia que su denotación anterior de la música, y se convirtió en un estilo”.
El 'emo', dice la enciclopedia virtual, gusta de géneros musicales como el screamo, pop punk, post-hardcore y rock alternativo. En cine, prefiere una estética gótica, especialmente la de las películas de Tim Burton y, particularmente, The Nightmare before Christmas.
Según correos que han circulado por la red, el 'emo' tiene que ser, además, extremadamente delgado, alto (o usar plataformas para parecerlo), depresivo, con una vida miserable, sin ilusiones y amigo, en exclusiva, de otros "emos".
Mi experiencia, sin embargo, me ha dejado conocer un universo más amplio.
Coincidió que a finales del año pasado, tan sólo tres meses antes del acto de violencia "anti-emo" yo tuve que trasladarme a Querétaro, cuando mi papá ingresó en el hospital en estado grave.
En medio de mis horas de angustia, conocí a una sobrina, hija de mi hermana mayor y queretana de nacimiento, que no había tenido oportunidad de tratar en sus 14 años de vida porque las circunstancias nos habían mantenido alejadas a su madre y a mí.
Por entonces, yo no sabía qué era un "emo", y pensaba que aquel peinado peculiar de mi sobrina, con un flequillo que le cubría parte del rostro, era sólo un rasgo de coquetería.
Y la verdad, me alegro de no haber sabido entonces qué era un "emo", porque sin etiquetas de por medio, me di el gusto de conocerla, de platicar con ella, de saber sus inquietudes y sus sueños, sus romances y sus preocupaciones. Aprendí a quererla sin definir qué era.
Supe entonces que mi sobrina era una joven normal, con sueños románticos, con muchos amigos, sana, inteligente, divertida y amorosa, que además tenía la suerte de contar con una madre, médico de profesión, que se preocupaba constantemente por ella y su futuro.
No la vi depresiva, no noté que su cuarto fuera oscuro, no me pareció excesivamente delgada ni se pasó una tarde hablándome de las películas de Tim Burton, como dicen las descripciones que circulan sobre los "emo" por la red.
Cuando supe que era “emo“, meses después, me di cuenta que mi sobrina se reivindicaba como tal porque le gustaba un modo de vestir y de peinarse en particular, porque escribía en formas que a los demás nos parecerían extrañas (con profusión de zetas, kas y mezcla de minúsculas y mayúsculas) y porque tenía gustos musicales que la hacían sentirse parte de un grupo.
Y pensé en mí, y mis pelos indomables de los ochenta y mi rebeldía adolescente, que quizá se manifestó de una forma distinta a la de esta joven de 14 años, pero que finalmente existió.
Hace unas semanas, recibí un correo de mi sobrina en respuesta a una cadena "anti-emo" que anda circulando por internet, en la cual, entre otras linduras, acusan a los jóvenes que pertenecen a esta tribu urbana de ser seguidores de Hitler (tan sólo porque Hitler se peinaba con el flequillo a un lado) y piden que para contrarrestar la oleada "emo" se les hable a los jóvenes de Dios.
Mi sobrina respondía, con una línea, todo lo que podría responderse ante frases y acciones violentas como las anteriormente citadas: “Nos llaman anormales, pero yo pregunto, ¿qué es lo normal?”
Y sí ¿qué es lo normal?, digo yo, ¿quién dicta qué es normal y que no? Porque tan normal se siente el católico, como el ateo, el musulmán o el testigo de Jehová; normal puede decirse a sí mismo el heterosexual, con los mismos argumentos que puede defender el homosexual; normal puede considerarse el discapacitado al igual que quien no lo es.
¿Quién es el valiente que puede lanzar la primera piedra contra los "anormales"?
Hoy por hoy, yo soy la orgullosa tía de una "emo". Orgullosa, porque me hace feliz saber que mi sobrina es capaz de defender su forma de ser sin faltar al respeto a los demás.
Porque aquí, ya no es cuestión de pedir tolerancia para los "emos", simplemente se trata, como diría Benito Juárez, de que "Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz".

martes, mayo 20, 2008

Las tres preguntas

Dudé mucho en ponerlo. Sé que no es el mejor ejemplo de lo que puedo inventar, pero de todos modos decidí regalárselos.
Le había dado otro ataque de ansiedad y depresión, el tercero en este mes, y nuevamente había avisado a la oficina para poder quedarse como estaba ahora, tendida en la cama, en pijama y mirando fijamente a la ventana que le revelaba un cielo gris y unas gruesas gotas de lluvia corriendo como lágrimas por el cristal.
Todo iba bien en realidad. Tenía una vida profesional que los demás calificaban de exitosa, tenía amigos, vivía la independencia que siempre había querido vivir, pero aún así se sentía triste, derrotada, sin ánimos.
El cielo empezó a oscurecer, la habitación se empezó a llenar de sombras, pero ella no hizo el menor esfuerzo por encender la luz. Se sentía agotada y sumida en un pozo sin fondo.
De pronto, en medio de la oscuridad, una lucecilla apareció. Era nítida, como la que proviene de una linterna y sin embargo no le provocó curiosidad sino molestia.
“Algún niño jugando al detective”, pensó, y no movió ni una pestaña.
A pesar de su desidia, la luz empezó a crecer hasta convertirse en una figura amorfa flotando a un lado de ella. Sin embargo, estaba sumida en tal estado de agotamiento emocional que no quiso hacer esfuerzo ni para asombrarse por el extraño fenómeno. Se limitó a mirarlo, como quien ve un programa aburrido por el televisor.
De la figura amorfa emergió de pronto una voz que se dirigió a ella en un tono severo.
- Me han mandado aquí para ayudarte-, le dijo y no parecía dispuesto a hacer concesiones -puedes hacerme tres preguntas que te alivien la carga que sientes. Te sugiero que no hagas preguntas personales. Mejor ocupa este regalo en dirimir preguntas existenciales, de aquellas que le pesan tanto a lo hombres y no los dejan disfrutar de su existencia. Tienes apenas unos minutos, así que empieza ahora.
Ella sintió una gran pesadez. Pensó que estaba en medio de un estúpido sueño y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no reprimir su impulso inicial de darle la espalda a la figura que le hablaba. Sentía la boca seca, pero tragó saliva y se dispuso a hablar, casi sin pensar.
- ¿Para qué sirve el 90 por ciento de cerebro que los humanos no utilizamos?-, dijo mecánicamente y creyó percibir una sonrisa en la masa informe.
- En esa parte del cerebro humano se esconde la verdadera grandeza de hombres y mujeres. La capacidad de teletransportarse, de ver más allá de esta dimensión, sus poderes telequinéticos, su capacidad de autorregeneración, la vida eterna. Pero, y lo digo para que no gastes tu siguiente pregunta, el ser humano no la utiliza ni la utilizará porque su principal defecto es que no cree; tiene tal soberbia que piensa que exclusivamente esto que ve, esto que puede tocar, es lo que lo rodea. Tú misma, estás ahí, preguntando sin dar crédito a lo que estás viendo, pensando que tu depresión ha llegado a tal punto que te provoca alucinaciones. No quieres creer, no vas a creer.
Ella no puso atención a la crítica. La pasó por alto. Nada más faltaba que sus alucinaciones vinieran a regañarla. Era el colmo, ya bastante carga tenía con una vida gris, desprovista de verdaderas emociones.
Así que apuntó y lanzó la siguiente pregunta.
- ¿Existe otra vida después de ésta?- cuestionó en un tono que no denotaba curiosidad sino un profundo deseo por salir lo antes posible de aquello.
- Existe sí, y todos seríamos capaces de verla. Es otra dimensión, eso es todo. No hay cielos, no hay infiernos, no hay purgatorios y no hay limbos. Se trata de un espacio donde el alma evoluciona, adquiere nuevos conocimientos, crece y se expande. La otra vida se cruza permanentemente con ésta, todos los días, pero pocos son capaces de darse cuenta, y algunos de los que logran verla se dejan ganar por la ambición, por el deseo de tener una mejor vida en la tierra, e inventan toda suerte de tonterías para engañar a los que no pueden creer pero quieren tener esperanza.
- ¿Por qué te me apareciste a mí y no a otra persona?
- ¿Es así como piensas gastar la oportunidad de hacer una tercera pregunta que te dirima una duda existencial?- le replicó la luz amorfa en tono de regaño
- ¿De qué dudas existenciales hablas? ¿qué dudas puedo tener si hace mucho deje de creer en todo? ¿qué me puede importar a mí lo que diga una alucinación? ¿quién te pidió que vinieras?- dijo con absoluto fastidio
- Bien, me aparecí ante ti en un intento por darte un regalo que te hiciera feliz. Saber que no estás sola, que esto es sólo materia, que los problemas que vives aquí son nimios… no sé, pensé, pensamos, que esto te traería paz. Tal vez, después de esta charla quieras darte el tiempo de pensar, de dejar la soberbia, de volver a creer, no en lo que te han vendido como espiritual, pero sí en esto que acabo de decirte, que es un conocimiento vedado casi a toda la humanidad. Quizá, sólo quizá, puedas concentrarte en tu alma y no en tu cuerpo.
- Te prometo que lo pensaré.
- Está bien. eso es todo- dijo la luz informe y de pronto, con la misma rapidez con la que había llegado, desapareció.
-¿Y si fuera cierto?- se dijo ella - ¿y si realmente existiera algo más allá de esto que vemos que implique una verdadera evolución? No una evolución frívola, por supuesto, no esto que todos creen que es éxito y sin embargo resulta hueco, aburrido y absurdo, sino un crecimiento más allá de lo imaginable, algo que en verdad te motive a seguir.
La duda le dio una vaga sensación de entusiasmo. Quizá no valía la pena concentrarse en las piedras de este camino, como le había dicho la luz, sino tratar de ver más allá, usar algo de ese 90 por ciento del cerebro inutilizado, y dejar de atormentarse.
Se quedó ahí, meditando unos minutos en silencio, hasta que llegó a una conclusión.
- ¡Bah!- se dijo -nunca había oído que la depresión provocara este tipo de alucinaciones.
Entonces, decidió que al día siguiente hablaría nuevamente a la oficina para decir que no se sentía bien de salud y que tendrían que descontarle un día más porque, otra vez, no pensaba levantarse de la cama. La depresión le había ganado otra partida.

martes, mayo 13, 2008

Chequen mi Slide Show

En lo que acabo el texto que les estoy preparando y que va a cuentagotas, les dejo un slide con todos los seres que hacen bella y feliz mi estadía en este mundo.
Aquí está mi gran amor, Olivier, así como mi mami, mis hijos, mis hermanos, cuñados, mis logros profesionales. Disfrútenlo.



martes, mayo 06, 2008

El monstruo

perdón el cambio de tono, no lo pude evitar.


Lo llaman monstruo. ¿De qué otra forma se podría calificar a Josef Fritzl, el hombre austriaco que mantuvo en cautiverio a su hija Elisabeth por 24 años, la violó sistemáticamente, engendró hijos con ella e incluso se encargó de incinerar a uno de ellos tras su fallecimiento?
Leí la noticia de este caso la semana pasada, y no pasa un día sin que deje de pensar el martirio al que se vio expuesta esta mujer, apenas cuatro años mayor que yo, que por más de dos décadas no conoció otro mundo que el de un cuarto de 1.70 metros de alto, con poco oxígeno y sin ventanas.
¡Más de dos décadas encerrada!, pienso siempre, las mismas en las que yo tuve oportunidad de viajar, enamorarme, casarme con quien yo elegí, tener hijos, llorar y reír por las cosas cotidianas.
Las mismas en las que ame cada día a mi padre, porque a pesar de sus defectos, siempre fue un sólido pilar que me sostuvo.
No he visto fotos de cómo está Elisabeth ahora y, sin embargo, no puedo quitarme de la mente la idea de ese cabello blanco que dicen que le quedó a causa del encierro y la angustia.
No describen mucho de su rostro, pero lo imagino triste, con la sonrisa perdida desde los 11 años, cuando descubrió que su padre, el hombre que por obligación de vida tenía que cuidarla y protegerla, era el verdugo que abusaba de ella sin piedad.
Hace unos días escuchaba por la radio a una comentarista que se dio a la tarea de preguntar qué castigo deberían recibir los pederastas.
Las respuestas del público fueron furibundas casi en todos los casos. Había muchos que pedían que se les torturara, que los cortaran en pedacitos, que les aplicaran la ley del Talión: Ojo por ojo, diente por diente.
Pero para mí, la mejor respuesta fue la de un radioescucha que había sufrido abuso en su infancia, quien proponía darles pena de muerte, en vista de que ellos mataban en vida a sus víctimas. No pudo haber mejor respuesta, y se los asegura una sobreviviente de este delito.
Sin embargo, Josef Fritzl recibirá cadena perpetua, lo cual es decir nada tomando en cuenta que a sus 73 años está, lógicamente, en el último tramo de su vida.
Y la cadena perpetua, en todo caso, es por haber secuestrado a su hija, pero no por ser un pederasta. Si fuera por eso, según las leyes austriacas recibiría 15 años y probablemente ya estaría libre, aunque eso sí, las autoridades temen que en la cárcel lo torturen porque saben que en el código de honor de los presos sí se considera el máximo delito haber abusado de un niño. ¡Qué paradoja!
Lo que digo yo, en respuesta a otro artículo que leí acerca de las múltiples teorías sobre el fin del mundo que se han dado a lo largo de la historia, es que la humanidad tiene pocas perspectivas de continuar, en tanto se siga considerando que la pederastia es un delito menor.
¿A dónde vamos a llegar si se sigue creyendo que los pederastas, sean sacerdotes, padres de familia, patrones o hijos de vecinos, merecen perdón?
¿A dónde vamos a llegar si las víctimas siguen sintiendo que fueron culpables porque los sistemas de “justicia” del mundo no son capaces de defenderlas?
¿A dónde vamos a llegar con tantos niños que quedan muertos en vida tras un ataque y sin posibilidades de salvación porque sus verdugos pertenecen a su propia familia?
No estaría mal tomar las riendas del asunto en vez de sólo sorprendernos ante estas aberraciones. Suceden en todo el mundo y a cada segundo. De seguir así, no tendremos derecho a llamar civilización a la especie humana.

lunes, abril 21, 2008

Y hablando de hombres...

Hace un par de meses, leía en la revista Conozca Más un artículo en el que se mencionaba que en fecha reciente el cirujano plástico Stephen Marquardt había creado una máscara áurea que, asegura, pertenece al rostro humano perfecto,
Para obtener este prototipo, el citado médico se basó en la proporción divina o áurea, mejor conocida como phi (cuyo valor matemático es 1,618033988), con la que Leonardo Da Vinci creó el famoso Hombre de Vitruvio, Claude Debussy su música, y que al parecer está presente en el ADN, la espiral de las galaxias y hasta los girasoles.
Para crear el rostro humano perfecto, que se representó, claro, como una mujer, el cirujano hizo que la distancia de la parte inferior de la barbilla a la nariz y del nacimiento del pelo a las cejas fuera la misma, y que esta proporción fuera un tercio de la longitud de la cara.
Ya entrados en este tema, los autores de la revista Conozca Más decidieron hacer su listado de los ingredientes que, en su opinión, debería tener la mujer perfecta: El tamaño y proporción perfecto de la cabeza de Ingrid Bergman, la distancia entre los ojos de Audrey Hepburn, la armonía y simetría de la boca de Scarlett Johansson, el tamaño y proporción de ojos y boca de Halle Berry y la proporción ideal entre oídos y barbilla de Kerri Washington.
Pero hay que decir que los de esta revista no son los primeros hombres en hacer su propuesta de la mujer perfecta. Hace tan sólo unos meses ya había circulado por el mundo entero la noticia de que, según cientificos británicos, Jessica Alba tenía el cuerpo perfecto.
Los investigadores de la Universidad de Cambridge descubrieron a partir de fórmulas matemáticas, que la mejor relación cintura-caderas es un 0.7 y que esa es precisamente la proporción de las curvas de Alba.
Tras leer estas notas, recordé yo un episodio que me contó mi mamá. Un buen día, mi papá, platicando con ella, decidió hacerle una lista de las características que debía tener la mujer perfecta. Le hablo de cara, cuerpo, peso, actitud, vestuario y demás. Por un buen rato, mi mamá lo escuchó en silencio, hasta que de pronto lo atajó con una pregunta: ¿Y dime cómo sería el hombre perfecto que mereciera a esa mujer perfecta?
Touché, mamá
Porque sí, es muy interesante que los hombres nos digan cómo debería ser la mujer perfecta basados en pretendidas fórmulas matemáticas e investigaciones científicas, pero ya sería hora de que las mujeres contraatacáramos y dijéramos cómo debería ser el hombre perfecto que, en todo caso, mereciera a la mujer perfecta.
Por ello, decidí hoy hacer una lista de lo que debería tener el hombre perfecto. Es una lista subjetiva, como las antes mencionadas, porque por más que nos digan que utilizaron la ciencia, está claro que se le dio uso para que las cosas quedaran tal y como lo deseaban los hombres que propusieron a la mujer perfecta.
Se vale hacer nuevas propuestas, expresar desacuerdo y criticar a los elegidos. Todos los comentarios son bienvenidos.

Ingredientes para el hombre perfecto

Los ángulos de la cara de Johnny Depp. No me atreví a medirlos con la proporción divina, pero estoy segura que son perfectos.



La armonía entre nariz, ojos y labios de Orlando Bloom. Y esa mirada entre traviesa y sensual.



El cuerpo esbelto y estético de George Clooney. (Desde mi punto de vista, alguien debería hacerle saber a algunos hombres que el lavadero está bien para tallar la ropa, pero no para la barriga).



La estatura de David Schwimmer. (Dato curioso: la citada Conozca Más decía en otro artículo que los hombres altos tienen un mayor nivel de testosterona, en otras palabras que son más masculinos. ¿Será?)



Las manos de Mathew Perry. (Debo reconocer que esto puede sorprender a más de uno/a, pero esto de las manos masculinas es casi un fetiche para mí.)



La actitud de Hugh Jackman, que se sabe guapo pero no se ve preocupado en enviar miradas que matan a nadie, que regala sonrisas al por mayor y no siente pena de lucir a su esposa e hijos en público.



El sentido del humor de Billy Crystal. Esto del sentido del humor es vital para mí. Pero entiéndase, no es lo mismo un hombre vulgar o que quiere pasarse la vida contando chistes, que aquel que tiene un sentido del humor inteligente, que hace comentarios agudos casi sin querer y le arranca a uno carcajadas.



La agudeza intelectual de maestros como José Saramago y Gabriel García Márquez. (¿Esto sí que es vital, no? ¿y acaso los hombres mencionan este aspecto al hacer a su mujer perfecta?)



Por supuesto, ya poniéndonos generosos, yo podría aceptar a cualquiera de estos hombres el día que ellos lo determinaran. La cosa es que elaborar esta receta no fue una tarea para mí, que al fin y al cabo no soy más que una simple mortal, sino para encontrarle par a la mujer perfecta. Yo, por mi parte, ya tengo a mi hombre perfecto.

lunes, abril 14, 2008

De metrosexuales a machos alfa

Qué modita ésta de ponerles etiquetas a los hombres.
Empezó hace algunos años con los famosos metrosexuales, un terminajo inventado en Inglaterra en 1994 para definir a hombres preocupados en exceso por su imagen y cuyo dinero va a parar, casi en exclusiva, a frivolidades tales como la ropa de moda, servicios de manicure, pedicure y cosméticos para el rostro.
Los metrosexuales no son necesariamente homosexuales (aun cuando mi marido insista en que no se les puede llamar de otro modo) sino que "son hombres que no temen exteriorizar su lado femenino", según coinciden casi todas las páginas que abordan este tema en la red.
El futbolista inglés David Beckham es el prototipo del metrosexual, y sus innumerables fans en el mundo entero parecen ser la causa de que esta etiqueta se haya puesto de moda.
Yo podría decirles que el citado profesional del balompié es uno de los hombres más hermosos del mundo, pero así, de lejitos, porque el día que a mi marido se le ocurra compartir conmigo la polvera y el lápiz labial, ese día me divorcio. No hay nada más rico que tener a un lado un hombre que lo parezca, que tenga hábitos de limpieza y sea pulcro, pero no que quiera que hablemos de los últimos avances en cosméticos. Para eso, mejor me voy al salón de belleza.


Pero no conformes con el terminajo metrosexual y sus absurdas implicaciones, las revistas dedicadas a reseñar el mundo de la moda fueron más allá, y entonces aparecieron los tecnosexuales. Estos hombres, básicamente, comparten las características del metrosexual, pero además son fanáticos de los avances tecnológicos. Según el Diario Digital, de República Dominicana, quien porta el estandarte de este tipo de hombres es nada menos que el multimillonario Bill Gates, creador de Windows.
Flaco favor le hicieron al señor Gates, digo yo, porque decir que es tecnosexual es tacharlo de bonito (cosa que por cierto no lograría ser ni con todo el dinero que posee y, por lo tanto, parece una broma de mal gusto) y frívolo. ¡Qué cosa!



Obviamente, la moda de los metrosexuales, la posterior llegada de los tecnosexuales y la reacción de muchos hombres que se sentían ofendidos al ver la aparición de cosméticos masculinos en todas las revistas como invitándolos a convertirse en lo que no eran, propició otras etiquetas igual de absurdas.Están, por ejemplo, los retrosexuales, que según el anteriormente citado Diario Digital, son hombres que buscan erradicar la idea de que el hombre se depila las cejas y se hace manicure.
El retrosexual, que tiene como prototipos a Javier Bardem, Sean Penn y Clint Eastwood, entre otros, retoma en su arreglo estilos de los sesenta, setenta y ochenta.
¿Y eso será a propósito?, digo yo. ¿Estos actores se levantarán todos los días con la idea de que tienen que ser el modelo de retrosexual, o lo que pasa es que, como la mayoría de los hombres heterosexuales, para vestirse agarran lo primero que ven en su guardarropa?
Ojalá que sea esto último, porque si no, qué decepción.


Están también los übersexuales, cuyo prototipo, según las revistas de moda, es el guapísimo George Clooney. Al tratar de explicar este término, la página mujeraldia.com dice que el prefijo über, de origen alemán, significa muy o mucho, y eso quiere decir (no me explico por qué) que los übersexuales son hombres que defienden "un regreso a la masculinidad que se había difuminado en los últimos años" (¿y esa definición qué tiene que ver con el prefijo muy o mucho?).
Y me pregunto yo, ¿es que acaso estos hombres no eran así de masculinos antes de que les colgaran una horrible etiqueta?. Porque George Clooney y otros actores varoniles ya existían antes de que se inventara el terminajo éste y creo que a estas alturas los debe tener sin cuidado que los tachen de lo que sea. O al menos eso espero.



Pero ya el colmo de la osadía fue la etiqueta que vi recientemente: el macho alfa, que según todas las páginas que visité es un hombre que es líder y por esta condición tiene prioridad en procesos como el de la reproducción. (Al menos así es en el mundo animal e intuyen que por eso debe ser así en el humano)
El macho alfa es un Casanova, pues: socialmente popular, divertido, ameno, y sexualmente muy activo. Un machote de esos que tienen muchas mujeres y a todas les dan el gasto.
Ya aquí ya no supe a quién poner en la foto, porque no encontré el prototipo de este hombre en ninguno de los textos consultados; por ello copié la idea de otra página y me traje la carota de un león (perdonen, chicas).
Porque el macho alfa, como diría el poema A Gloria, de Salvador Díaz Mirón, pretende que su mujer sea una paloma para el nido mientras él es un león para el combate. ¡Qué triste!



Y yo no sé a quién podemos culpar de esta abominable explosión de etiquetas que han aparecido en los últimos años. ¿A la moda?, ¿a las mujeres que no somos capaces de entender que cada hombre actúa de manera distinta y por fuerza queremos apilarlos a todos en un único grupo?
En fin, yo les pido a todos los hombres que lleguen hasta aquí, amigos, hermanos, esposo, hijos, que empiecen a exigir que esta tendencia a etiquetarlos se termine de una buena vez. Hagan su liberación masculina, pero ya, por favor. Las mujeres que los rodeamos se los agradeceremos porque a mí, al menos, tanta etiqueta ya me da flojera. Conozco a muchos hombres, casi todos los que me rodean, que no encajan por fortuna en ninguna de las categorías expuestas y sin embargo son maravillosos. ¿No podemos dejarlos así y ya?

domingo, abril 06, 2008

Buscando trabajo por la red

¿Han buscado alguna vez trabajo por la red? ¡Qué cosa más divertida! Es lo más parecido que he visto a comprar un billete de la lotería: Todos los días entra uno a la bolsa de trabajo con la bella esperanza de que será un buen día, tan sólo para ver cómo se derrumban los sueños.
Hace un par de años se me ocurrió la idea de inscribirme en OCC, en vista de que no me había dado resultado ningún esfuerzo para conseguir trabajo por medios tangibles.
Empecé, como imagino que hacen todos, ofreciendo mi trabajo con entusiasmo y sólo a aquellas empresas que requirieran gente con mi perfil de edad, experiencia y capacidades laborales.
“Por supuesto que tengo con qué competir”, me repetía a mí misma, segura de que mis más de 15 años de experiencia en el periodismo, donde me había desarrollado como correctora, reportera, coeditora y editora bastaban para ser tomada en cuenta.
Pasaba un día y otro, y nada que recibía ni una llamada, ni un saludo, ni siquiera una grosería, pues.
Empecé a reflexionar en lo que podría estar pasando.
OCC, amablemente, me sugería, como a todos los candidatos, que al elaborar mi currículum resaltara mis logros; es decir, que no sólo me limitará a explicar en qué consistía el cargo que me habían encomendado en su momento. Lo hice, pero más días pasaron y nada.
OCC decía también que no me limitara a enviar mi currículum a aquellas empresas que solicitaban gente con mi perfil. Dudé un poco antes de atender esta sugerencia, sobre todo tomando en cuenta las amenazas que había en casi todos los anuncios, tales como: “No enviar el currículum si no cumple al 100 por ciento con el perfil”, o bien, “si usted manda su currículum sin cumplir con el perfil no se le volverá a tomar en cuenta si envía solicitud para otro puesto de esta empresa”.
Al final, de cualquier modo, y como seguían pasando los días sin que yo recibiera aviso alguno, empecé a obedecer la sugerencia de OCC, ya no con la esperanza de conseguir trabajo, pero sí con el deseo de divertirme imaginando a los reclutadores de las diferentes empresas chorreando espuma por la boca, locos de ira, porque una necia más no había leído que EXIGÍAN (así, con mayúsculas) que los candidatos cumplieran con el perfil.
Por aquel entonces conseguí un empleo, sin ayuda de OCC por supuesto, y sin embargo, desde aquel tiempo hasta la fecha sigo entrando a cada tanto a la bolsa de trabajo, más con un interés sociológico que otra cosa y sólo para comprobar, una vez más, que el abuso de poder, la sinrazón, la avaricia y las ganas de beneficiarse de los demás, abundan en todo el mundo hasta en cosas tan cotidianas como la búsqueda de empleo.
Explico a qué me refiero.
1.- De entrada me asombra el perfil de edad que piden las empresas. Generalmente oscila entre 20 y 27 años. Hay algunos osados que quieren gente experimentada y solicitan “abuelitos” de 30 a 35, pero ya de plano los de 38, como yo, somos material de asilo de ancianos para los encargados de las áreas de Recursos Humanos de las empresas.
Pienso yo, ¿a qué se debe este fenómeno? Bueno, a que el joven de 20 a 27 está saliendo apenas de la universidad o, incluso, está estudiando aún; por lo tanto, con el cuento de que no tiene experiencia, las empresas pueden latiguearlo a su antojo, darle sueldos de hambre, someterlo a jornadas inmisericordes y él, muy probablemente, no va abrir la boca seguro de que éste es un paso necesario en su camino al éxito.
2.- Me sorprenden de verdad, aquellas empresas que piden todo y no dan nada. Me encontré hace algunos meses un anuncio que, palabras más, palabras menos, decía lo siguiente: “Se solicita a licenciado en periodismo o letras, de 20 a 25 años, TITULADO, de escuela privada, preferentemente, que hable al 100 por ciento inglés, que tenga experiencia de mínimo cinco años en edición de textos, que sea desenvuelto, tenga tolerancia a la frustración (y ya nada más les faltó agregar que deseaban que supiera mover la panza para divertir al jefe en sus largos y aburridos días)”.
En el espacio reservado al sueldo de este exigente anuncio habían escrito, sin el menor asomo de vergüenza, que se ofrecían tres mil míseros pesos al mes (el equivalente a 300 dólares para los amigos del extranjero). Eso sí, advertían que el trabajo era de tiempo completo.
Yo inmediatamente pensé, ¿pero es que acaso alguien que cumpla ese perfil toleraría un sueldo como ese? Yo creo que no. Simplemente el dinero que pagué como colegiatura mensual de la universidad era un monto más elevado, así que mi inversión para ser profesionista no se vería compensada.
3.- El colmo, por supuesto, son aquellas empresas que con el pretexto de que solicitan “becarios”, contratan gente a la que de antemano le advierten que no habrá pago alguno, pero sí “vales para el comedor y estacionamiento”.
Hay una de las dos televisoras mexicanas, cuyo presidente apareció en las listas de Forbes como uno de los millonarios con más dinero del mundo, que constantemente pide personal bajo estas características. Un descaro absoluto, pues.
4.- Pero independientemente de este grupo de perlas de la crueldad humana que les he regalado, mis anuncios favoritos son todos aquellos que entre las características que le piden cumplir al candidato mencionan “trabajar bajo presión” y que “tenga tolerancia a la frustración”.
¿Por qué mis favoritos? Porque sé por experiencia propia que estas dos frases son la manera eufemística de decirle a los futuros empleados que tienen que trabajar en jornadas interminables, con jefes que insultan y faltan al respeto de su equipo, sin comer, sin ver a su familia, cumpliendo tareas que siempre eran para ayer, dejando a un lado la dignidad y el decoro y manteniendo una eterna sonrisa a pesar de remar contra corriente.
La culpa de todo esto, por supuesto, no la tiene OCC, sino los cientos de reclutadores sin madre que andan circulando por la red.
De cualquier manera, mi consejo es que si deciden entrar o ya están en alguna bolsa de trabajo similar, o en esta misma, dejen de tener esperanzas vanas y se conviertan, como yo, en una divertida observadora de la miseria humana.

jueves, abril 03, 2008

En busca de la sensualidad perdida

Mañana llegó a los 38 y mi propósito para este nuevo ciclo en mi vida es recuperar la sensualidad. Se me perdió entre las hojas de diversas redacciones, kilos de estrés, toneladas de prisa y un mundo de quehaceres cotidianos
Pero, primero, hay que aclarar aquí un punto. Con sensualidad no me refiero a lo que los medios quieren vendernos ahora como tal: una cantantilla o actriz de medio pelo, con un cuerpo moldeado en el quirófano que mira a las cámaras con los ojos entrecerrados, los labios húmedos y a medio abrir y al hablar lo hace con una voz chillona que pretende tener un tono infantil (lo de la voz, debo agregar, no podría hacerlo ni aunque quisiera, gracias a este tono cercano a lo varonil con que me dotaron mis padres al nacer).


Tampoco busco (sería una osadía de mi parte) convertirme en la versión 4 de mi admirada Marilyn Monroe, el icono sexual por excelencia.


Leía en Wikipedia la definición de sensualidad: “es la proyección erótica subliminal de un humano hacia otro que al decodificar el mensaje es interpretado como: Soy deseable sexualmente”.
Mi opinión es la siguiente: si bien me gustaría que mi propósito de ser sensual se refleje, al ser decodificado el mensaje, como que soy deseable, la verdad sería lamentable que lo único que estuviera buscando fuera una respuesta por parte de los demás.
La sensualidad que yo busco tiene más bien que ver con la postura filosófica planteada por el griego Epicúreo de Samos, quien afirmaba que la clave para ser feliz se hallaba en experimentar un continuo placer.
Para experimentar placer, decía el maestro Epicúreo, había que desechar el dolor o cualquier tipo de aflicción física o mental.
"Yo no sé cómo puedo concebir lo bueno, si elimino los placeres del gusto, y elimino los placeres del amor, y elimino los placeres del oído, y elimino las emociones placenteras causadas por la visión de una hermosa forma".
La sensualidad a la que quiero llegar, pues, no sólo es vestir una ropa seductora, tener un cuerpo espectacular, lanzar miradas llenas de coquetería o ser “una dama en sociedad y una tigresa en la cama”, como dirían muchas abuelitas.
Lo que yo deseo es eliminar el dolor, la prisa y todo aquello que a veces me impide disfrutar a plenitud de una mañana soleada, del contacto de mi piel con el agua, del olor de una flor recién abierta a la vida, del sonido de una de mis melodías favoritas.
Eso, supongo, se verá reflejado, y tarde o temprano se interpretara con el concepto que casi todo el mundo le da a la sensualidad.
Pero lo que yo busco es un trabajo personal. El resultado para los demás es lo que menos me importa.
Perdonen el egoísmo pero éste es mi autorregalo de cumpleaños.

domingo, marzo 23, 2008

El hambre es lo de hoy

Hace algunos años me tope una noticia en el periódico: “Encuentran en una universidad tubería carcomida, aparentemente, por ácidos gástricos provenientes del vómito de sus estudiantes”.
De entrada, me pareció que el texto era un broma de mal gusto, pero lo acompañaba la foto de un grupo de hombres que sostenía la tubería en cuestión efectivamente carcomida.
Más adelante, el texto hablaba de que el descubrimiento había servido para deducir que en esta universidad (una de las más caras de México, sólo para gente “bien”), la bulimia era el pan nuestro de cada día.
Eso era todo lo que exponía la nota. No había una propuesta de autoridad alguna para hacer una campaña en contra de la bulimia, no había una auténtica actitud de sorpresa ante el hecho de que cientos de mujeres jóvenes estuviera recurriendo a esta práctica para mantener un estándar de belleza y tampoco estaban las declaraciones de las estudiantes de la universidad en cuestión lamentando que los desórdenes alimenticios fueran uno de los demonios de esta época.
Eso sí, el director de cine Simón Bross fue de los pocos que utilizó la anécdota muchos años después para su película Malos Hábitos. Pero en el primer momento la reacción fue tibia.
Recordé entonces mis años de secundaria, cuando fui al Museo de las Culturas de la Ciudad de México, y me quedé sorprendida ante un minúsculo zapatito que guardaba un pie de barro completamente deforme y que dolía de sólo verlo.
A su lado, un pequeño cartelito rezaba, palabras más, palabras menos: “en la antigua China, era sinónimo de belleza una mujer con los pies pequeños. Por tanto, desde niñas, las mujeres chinas forzaban los huesos de sus pies utilizando zapatos de tallas mucho menores que las suyas”.



Parece, reflexioné, que la mujer de todos los tiempos se ha tenido que ver forzada a martirizar su cuerpo sólo para estar a la altura de lo que pide la sociedad, de lo que piden los hombres. Qué pena que a los hombres no les dé por pedir también mujeres que lean, inteligentes, preparadas y que se preocupen por algo más que por embellecer el cascarón. Imagino que entonces la sociedad sería distinta.
Poco después, otra vez en el periódico, me encontré con la nota de una exposición que traería a México, entre otras lindezas, una enorme pesera llena de vómito de bulímicas. Al parecer, el artista en cuestión pretendía que por medio del asco la gente reflexionara sobre este mal. Ignoro si logró su cometido, pero su trabajo no pasó de ser una mera anécdota.
Me pregunté entonces de quién era la culpa de que la bulimia y la anorexia estuvieran azotando al mundo de esa manera. “De los medios”, había oído decir alguna vez, “que son los que presentan mujeres esqueléticas en sus portadas y que hacen que las niñas quieran convertirse en eso”.
Bueno, me dije como buena periodista, los medios no presentan sino lo que hay, pero asumo que esta frase puede tener razón.
“La culpa es de las modelos y artistas que se presentan al mundo con esos cuerpos”, escuché decir en otra ocasión, pero también pensé que esas mujeres aparecían con esos cuerpos siguiendo un dictado general Y lo mismo pasaba con la infinidad de productos que se ofrecen para bajar de peso: son respuesta a una demanda.
Entonces concluí (y se los cuento sin la intención de vender una verdad absoluta, sino para exponerles mi punto de vista), que como muchos otros problemas del mundo, el de la anorexia y la bulimia es un mal que inicia en la casa, con madres que exigen a sus hijas verse delgadas a costa de lo que sea y para sentir un mal entendido orgullo sobre la belleza de su niñas.
También, por supuesto, favorecen el problema los hombres que no hacen otra cosa que hablar de lo bien que se ve la artista de moda (basten como ejemplo los casos de dos de los símbolos sexuales de esta época: Angelina Jolie y Jessica Alba), o bien, que chulean al esqueleto que va pasando por la calle, sin pensar en la repercusión que sus palabras tienen en las integrantes del sexo femenino.

Porque a pesar de que no lo crean, hombres de la audiencia, sus palabras sí tienen efecto. Hace algunos años, en una redacción me tocó trabajar con una jovencita que recién entraba al mundo de las anoréxicas. Ya era flaca, muy flaca, y seguía comiendo ensaladas y cereal como todo alimento. Entonces le pregunté ¿por qué quieres bajar de peso? “Es que a los hombres no les gustan las mujeres gordas”, me contestó. Afortunadamente, la chica logró ser salvada por sus padres, pero ignoro si sigue teniendo la misma idea en torno al pensamiento masculino.
De cualquier manera, en estos días he comprobado que es difícil sustraerse de esta tendencia hacía el cuidado enfermizo de las calorías. Es casi imposible dejar de comer para estar hecha un esqueleto y encajar con nuestras pequeñas sociedades. Yo ya estoy en mi régimen de hambre, aun cuando no hace mucho me sentía bien, saludable. Si en el proceso caigo en la anorexia, no se preocupen, al fin no acaba siendo sino una mera anécdota que quizá será relatada más adelante en la nota no muy grande y no muy propositiva de un periódico.

domingo, marzo 16, 2008

Piernillas de indias

A mediados de diciembre pasado, ociosa como estaba, sin trabajo, sin otro adorno navideño que colgar en la pared, con mis deberes personales hechos y mucho tiempo libre por delante, decidí entrar a formar parte del sistema hi5.
No estaba muy consciente de por qué lo hacía. En realidad sabía que era un espacio que exigía menos profundidad y compromiso que el blog, donde había que contestar alguna preguntas sobre gustos personales, incluir mensajes de tono amigable y un tanto frívolo y bajar muchas, muchas fotos para darse a conocer.
Algunos me lo habían definido como un gran chismógrafo, y a mí no me gustaba la idea de volver de nuevo a mi época de secundaria a contestar qué pijama uso, quién me gusta del salón y cuáles son mis colores favoritos.
Sin embargo, probé entrar, sólo para que no tuvieran que seguirme contando con qué se comía el hi5 y porque pensé que en una de esas le acababa tomando el gusto.
No tardé mucho en crear mi propia página de hi5 y casi nada en lograr que todos mis contactos de messenger (ex alumnos, hermano, ex compañeros de trabajo, cuñada, cuñado, primos) fueran incluidos como parte de mi lista de amigos. Junté a varias personas, pero no llegaban ni a 40.
Los días siguientes, recibí un par de invitaciones y envié otras cuantas a algunos de mis amigos que habían quedado rezagados, pero no aumentó mucho el número de mi lista.
Además, mi contador de visitas registró un redondo y deprimente cero varias semanas seguidas. ¿Por qué deprimente? Porque yo visitaba páginas de mis contactos que registraban 680 visitas, 1000 visitas, 7 mil visitas. A mí, en cambio, al parecer no me visitaban ni mis amigos ni algún despistado que por error hubiera entrado a mi perfil. La falta de popularidad sí lo hace sentir a uno un lobo solitario, no cabe duda
Me dije a mí misma que el problema se debía a que yo había iniciado recientemente con este sistema, pero luego entraba a páginas tan jóvenes o más que la mía que me excedían en número de visitas en unos cuantos días.
Ya estaba contemplando la posibilidad de cerrar el hi5, convencida de que había cometido un craso error, cuando de pronto, revisando las actualizaciones de mis amigos, descubrí una foto de una de las “amigas” que había incluido uno de ellos en su lista.
La foto de la susodicha era impactante hasta para mí como mujer, se trataba de una rubia de cuerpo esbelto y sinuoso, piernas largas y piel blanquísima, ataviada con un sugerente y pequeño short blanco que no dejaba nada a la imaginación y del que asomaba, provocativo, un tirante de lo que parecía ser una diminuta tanga negra.
La mujer en cuestión estaba recostada sobre una cama y mirando con coquetería a la cámara.
No pude resistir la tentación y entré a su página para saber quién era y cuántas personas tenía en su lista. No fue sorpresa encontrarme con que su número de visitas rayaba en los 30 mil y su lista incluía cientos de “amigos”, todos hombres, claro. No importaba que la joven fuera (o dijera ser rumana) y por lo tanto toda su página estuviera escrita en un idioma incomprensible para muchos de los inscritos. Lo importante es que la de presentación era tan sólo una de las varias fotos llenas de sensualidad que tenía en su galería.
Después, cada vez que entraba a revisar mi hi5, se me empezó a hacer manía poner atención en las actualizaciones de mis amigos, y casi del diario encontraba fotos de nuevas “amigas”, similares a las de la rubia impactante. No todas eran iguales, por supuesto. Algunas eran sugerentes y eróticas, y otras más rayaban en la pornografía.
Hace no muchos días, por ejemplo, encontré a una “amiga” que decidió poner un close up de su trasero vestido con una tanga que cubría sólo lo indispensable. Entré a su página y tenía 120 mil visitas. ¡Qué sorpresa!
Debo aclarar que no me he dado golpes de pecho con este asunto. No me asustó la reacción masculina, ni mucho menos comprobar, una vez más, que la carne vende. Al fin y al cabo, es universalmente conocido que los hombre son visuales, les gusta recrear la pupila o, como mexicanísimamente decimos, “echarse un taco de ojo”.
Me quedó claro también que yo no tenía visitas porque no había manera de competir con esos cuerpos jóvenes y hermosos que se exponían sin pudores a la vista de millones de voyeuristas en el mundo entero.
Mi fotito casera con una sonrisa y un pastel en los brazos no vendía, pues.
Lo que sí me generó curiosidad fue la manera en que los hombres daban con estas fotos, sobre todo porque el buscador de hi5 no ofrece muchas posibilidades de especificar, por ejemplo, "quiero un hombre musculoso, bronceado, erótico, de preferencia que tenga una foto sugerente en su presentación".
Después de darle varias vueltas a esta idea, decidí subir a mi hi5 la foto más “provocativa” que tenía, que es una de mis piernas que tomó mi marido, sólo para saber hasta dónde llegaba el asunto y qué tanto cambio había en la respuesta, hasta ese momento tibia, que había tenido mi página.




Empecé con este experimento hace apenas unos días y aunque mi foto sigue sin tener manera de competir con las mujeres voluptuosas de hi5, el resultado ha sido asombroso. Hombres que me conocían y no me habían incluido en su lista, decidieron unirme a su club, porque recién se dieron cuenta de que yo existía. Un chiquillo de 13 años, al parecer adicto a coleccionar fotos que recrean partes del cuerpo femenino, también me invitó a hacerme su “amiga” y yo tuve que aclararle que tenía un hijo casi de su edad por aquello de que él no malinterpretara las cosas. Pero lo más impactante es que he recibido ofertas de hacerme “amiga” de hombres de lugares muy remotos que quién sabe cómo llegaron a mi página. Por supuesto, no acepto todas las invitaciones, pero me divierte darme cuenta que los hombres comparten una misma actitud en el mundo entero y que la carne siempre tendrá un potente efecto publicitario. Al fin y al cabo, los humanos somos carnívoros.
La verdad, no pienso poner ninguna foto provocativa más por el momento, porque no tengo y porque la actitud abierta de mi esposo también tiene límites, pero sí continuaré con el experimento. Sobre todo porque la parte positiva de todo eso son las frases galantes que me han regalado mis verdaderos amigos, como Carlos o Víctor, que me conocen más allá del cascarón, me valoran por muchas otras razones y saben que esto es sólo una foto muy coquetona. Lo demás es lo de menos.

lunes, marzo 10, 2008

Pueblito y mi papá

Estaba de ociosa en Youtube, y de pronto encontré este video, donde sale mi papá, en su juventud, en la película Pueblito, de Emilio Indio Fernández.
Decidí traerlo aquí porque, si bien no habla mucho en este tramo en su papel de Gilberto, el campesino que mira a Don César (Fernando Soler), es una escena que quiero compartir por el simple hecho de ser uno de los legados de Gabriel del Río Ortiz que merece presumirse mucho.

viernes, marzo 07, 2008

Desolación

El diccionario de la Real Academia define la palabra desolar como "angustiarse o afligirse en exceso".
En la vida real, la desolación es una especie de melancolía a su máxima potencia. La tristeza se cuela sin prisa, pero sin pausa. Se siente uno derrotado, con la esperanza perdida.
Físicamente, el estómago se comprime, la cabeza duele de tanto pensar y por momentos parece que todo se sale de control.
No existe medicina para la desolación, así que se debe dejar pasar como un mal momento, en la esperanza de que siempre pueden venir tiempos mejores.

viernes, febrero 29, 2008

Su cielo particular



El no creía en la existencia de la vida después de la muerte. Alguna vez intentó creer, cerca del final de sus días, con la esperanza de no sentir ese enojo que le producía la idea de tener que morirse. Pero sus intentos fueron vanos. Su modo práctico de ver la existencia le impedía tener fe en que hubiera algo más allá de este mundo.
Sin embargo, con ese humor ácido del que siempre hizo gala, mi papá decía que para él, el infierno sería que lo sentaran en la banca de un parque a platicar, por toda la eternidad, con un pendejo.
Yo, que sí creo en que existe una vida después de ésta, estoy segura que el autor de mis días no está sentado en la banca aquella que me contaba y con la que tantas veces me arrancó carcajadas durante nuestras largas conversaciones.
No fue un hombre perfecto, es cierto, y como él mismo lo reconoció muchas veces, cometió grandes errores. Sin embargo, como lo dijo hace poco mi tío Salvador (su hermano), mi papá nunca actuó de mala fe ni con el deseo de lastimar a nadie. Estoy segura de que antes de morir ya le había sido reservado su paraíso particular.
Mañana se cumplen dos meses de su partida, así que en medio de mi duelo, decidí tratar de imaginarlo, no en su infierno, sino en ese cielo único y especial que fue preparado para él.
Lo veo joven y fuerte. Sus ojos brillantes, sin asomo de sombras. Ve todo y a todos. Está en un café con un aire viejo, de aquellos que él disfruta tanto; habla sin pausa de historia, de política, de su admirado Fidel Castro, de la situación tan difícil de México.
También platica con apasionamiento de su trabajo como periodista, de sus libros, de los fantasmas que lo persiguieron toda la vida, de sus amores y sus viajes, de esas historias casi fantásticas que sabe contar con un estilo narrativo que atrapa al que lo escucha.
A su alrededor, mucha gente que lo observa atenta lo sigue, le responde, discute con él, le da réplica. Él está feliz porque hasta ahora no percibe a ningún pendejo en la sala.
Decide narrar la historia de aquella vez, cuando tenía ocho años, que abrió una escuela primaria en su casa, con campana en la puerta y todo, y en vista de la situación que por aquel entonces tenía la educación en México, logró dar un curso completo a un grupo de alumnos tan sólo un par de años menores que él, los cuales aprendieron a leer gracias a sus clases.
“...Y después de que había acabado el curso, las mamás de esos niños fueron a ver a mi mamá porque tenían la intención de inscribir a sus hijos en otro año escolar; pero mi mamá les dijo, ‘oiga, no, pero si esto era algo así como un juego, ¿que no se da cuenta que el que le dio clases a su hijo es un niño?’”, dice con una mirada llena de picardía.
La gente ríe, especialmente la abuela Cecilia, su madre, que lo escucha atenta y con un aire de orgullo.
Esta historia inaugura las narraciones de anécdotas cómicas de mi papá, de las cuales tiene varias. Él relata ahora el día en que detuvo a una patrulla de policía para reprender a sus ocupantes por no llevar puesto el cinturón de seguridad. También comenta sobre el día en que fue detenido por haberse pasado un alto y les respondió a los oficiales que iba muy rápido porque su madre había muerto. Los oficiales lo dejaron ir. “Y yo no mentí”, dice sonriente, “mi madre había muerto, lo que no les dije es que eso había sucedido muchos años atrás”
Entre los oyentes está su hermano Eduardo, que lo mira sonriente, y a quien él se dirige una buena parte del tiempo. No puede creer que lo está viendo otra vez, después de tantos años de extrañarlo. También está su padre, el abuelo Eduardo, a quien mi papá se acerca de vez en vez para susurrarle en el oído que lo quiere mucho, una deuda que para él había quedado pendiente. Por si fuera poco está la tía María, su prima, con quien siempre se divierte tanto.
No hay tristeza en ninguno de los rincones de aquel café. El único toque nostálgico lo da un tango que inunda suavemente la atmósfera.
Mi papá, café expreso sobre la mesa y cigarrito en la mano, recibe de pronto la invitación de uno de sus escuchas de subir a cantar en un pequeño escenario ubicado al fondo del lugar. No espera a que le rueguen. Casi de inmediato toma el micrófono y se lanza con algunos temas de su repertorio bohemio: Cuesta abajo, Garufa, Beso asesino, Hipócrita.
Para animar a la audiencia echa mano de todo, baila, sonríe, incluso coquetea descaradamente con algunas damas del salón. La gente lo acompaña con entusiasmo y él se siente querido, respetado, admirado.
Después decide declamar. Empieza con algunas piezas suaves, “En paz”, de Amado Nervo; “Romance de las estrellas”, de Rubén C. Navarro, y “Poema 20”, de Pablo Neruda.
Se sigue con piezas que requieren cada vez más de sus instrumentos de actor: “Canción de cuna para dormir un negrito”, de Emilio Ballagas; “La Chacha Micaila”, de Antonio Guzmán Aguilera, y “Los Motivos del Lobo”, de Rubén Darío.
Sin embargo, la apoteosis llega cuando decide echar mano de su propia poesía: “Mexico Niño”, “El Socio” y “El Rebozo” son el regalo que le hace al público.
Sus oyentes se ponen de pie y aplauden sin pausa por largos minutos, mientras derraman lágrimas de emoción. El agradece el cariño. Se siente satisfecho. Es un placer indescriptible sentirse aclamado.
Cae en cuenta que no es ésta la vida que él conocía, ¡pero es tan bella, tan llena de las cosas que a él lo hacían feliz!
Ya no siente coraje contra la muerte, ya no hay tristeza, ya sólo está ese paraíso construido especialmente para él. Sonríe y le da un sorbo más a su café, que le dura para toda la eternidad, y una sabrosa fumada a su cigarro. Es éste el paraíso que el mismo construyó en vida.
En tanto, desde la tierra, su hija Negrita desea con todo el corazón que cada una de sus lágrimas se convierta en una plegaria para que sea así y sólo así como su padre esté en el otro mundo.

domingo, febrero 24, 2008

¡Este espacio estrena troll!



Pues sí, así como lo oyen. Hoy abro mis correos y descubro que un troll (de California, según el tráfico de mi página) decidió entrar y dejar un comentario en mi post “Cambiando de tema”.
El comentario, en un texto que habla sobre las mascotas, no tiene nada que ver con el tema, sino que es una larga retahíla de opiniones xenófobas contra los “latinos” (y de paso contra musulmanes e hindús), carentes de inteligencia y de cultura de parte de un gringo que no tenía, por lo que se ve, nada que hacer y que, como buen cobarde, entró como “anónimo”.
No leí el comentario entero porque era larguísimo y me dio mucha flojera prestarle mis ojos a un pobre fanático bueno para nada. Sin embargo, debo confesarlo, en un primer momento me enojé y se me llenó la cabeza de respuestas racistas contra los yanquis, de esas que a los latinoamericanos nos salen tan bien y que a mí me encantan.
Pensé en decirle desde palabras descalificantes como white trash y redneck hasta recitarle una larga lista de razones por las que su pueblo es considerado la escoria de la humanidad.
Sin embargo, como suelo hacer cada vez que algo me molesta, decidí pensarlo mejor, y una vez que se me enfrió la cabeza (un par de minutos después) recordé que hace tiempo mi querido hermano Grimalkin (mucho más conocedor del tema de los blogs) me había comentado lo que era un troll.
Le hablé entonces por teléfono y fue él quien, amablemente, me condujo a la página de wikipedia donde se expone de cabo y a rabo lo que es un troll. El sitio, para aquellos curiosos del tema es http://es.wikipedia.org/wiki/Troll_(Internet).
Sin embargo, puedo decirles aquí, en corto, que, según la enciclopedia virtual, “un troll es un mensaje u otra forma de participación que busca intencionadamente provocar reacciones predecibles, especialmente por parte de usuarios novatos, con fines diversos, desde el simple divertimento hasta interrumpir o desviar los hilos de las discusiones, o bien provocar flamewars, enfadando a sus participantes y enfrentándolos entre sí. El troll puede ser más o menos sofisticado, desde mensajes groseros, ofensivos o fuera de tema, a sutiles provocaciones o mentiras difíciles de detectar, con la intención en cualquier caso de confundir o provocar la reacción de los demás”.
Wikipedia sugiere, como parte de la solución contra estos pobres diablos, que uno no alimente al troll, es decir, que simplemente ignore su comentario e incluso lo borre.
Yo pensé, de entrada, borrar esta gloria de la estupidez gringa, pero después decidí dejar el comentario unos días para que ustedes puedan darse cuenta, bien a bien, lo que explica la enciclopedia virtual acerca de los trolls.
Eso sí, les advierto que si tienen ganas de ver lo que el troll de esta página se tomó el tiempo de escribir, deben hacerlo ahora porque su comentario se destruirá en cosa de una semana y el fulano éste ya no tendrá posibilidad de escribir algo más porque decidí impedir los comentarios anónimos, cosa que también es una pedrada contra los fulanos como éste, acostumbrados a ampararse en el anonimato.
De cualquier manera, quiero celebrar la llegada de un troll a esta página, porque al fin de cuentas, como diría Don Quijote, “ladran los perros, Sancho, es señal de que cabalgamos”.

lunes, febrero 18, 2008

Un reportero se columpiaba...

Hoy decidí hablar acerca de cómo se han hecho clichés en torno al trabajo de reportero en el cine y la televisión estadounidenses.
¿Por qué se me ocurrió abordar este tema tan extraño?, bueno porque en medio de la ociosidad, divagaba yo sobre mi carrera periodística, tan verde aún, y mi futuro. Pensaba en lo difícil que es el medio que elegí y de pronto empecé a recordar a algunos (sólo a algunos) de los “reporteros” que nos ha regalado Hollywood.
¡Qué feliz sería la vida si uno pudiera tener las oportunidades y esa historia llena de glamour que le cuelgan al reportero en el cine y la televisión y que dista mucho de la realidad!, me dije a mí misma, y entonces se me ocurrió bajar unas imágenes para ilustrar el tema y acto seguido pensé en la conveniencia de escribir un texto que las acompañara.
De entrada la primera imagen que bajé es la del reportero “típico”, es decir, el de traje muy al estilo de los cuarenta, con sombrerito adornado por una tarjetita que dice “prensa” y libretita, cámara o máquina de escribir de la era cuaternaria.



No sé a quién se le haya ocurrido esta imagen, pero supongo que fue hace mucho, mucho tiempo. ¿No sería hora de cambiar a una representación más a tono con el periodismo actual?: Los sombreritos, para empezar, ya no los usa nadie. Así que tendría que ser un dibujo de un reportero con traje de corte actual o traje sastre (en el caso de las mujeres), si se quiere retratar a aquellos que cubren fuentes como política y finanzas, algunos de los cuales jamás permiten que se les despeine un pelo.
O podría ser algo más cercano aún a la realidad de la mayoría de los periodistas: un modo de vestir sport, con jeans y zapatos cómodos, porque a la hora de corretear entrevistados el calzado de vestir y los tacones resultan un verdadero infierno.
De internet también bajé (¡y cómo evitarlo!) la imagen de Clark Kent, el reportero más famoso de la televisión, el cine y los comics en el mundo entero.



Quizá quienes no conozcan el trabajo de una redacción, podrían pensar, a partir del alter ego de Superman, que ser periodista es una profesión tan cómoda y relajada que da tiempo hasta para salvar al mundo. La realidad es que el reportero promedio cumple jornadas que van de las 10 de la mañana a morir, tiene entregas de cinco notas diarias, y debe viajar por toda la ciudad (o fuera de ella) más de una vez al día para cumplir con la agenda. A veces no da tiempo ni de comer, y dormir es siempre una bella ilusión.
Los reporteros, además, no pueden permitirse ser tímidos, como el señor Kent, pues para poder hablar con desconocidos y abordar extraños en las aceras para entrevistas se requiere audacia y valor. Tampoco pueden ser distraídos, pues el reportero es un testigo de su tiempo y no se puede dar el lujo de dejar de observar todo cuanto le rodea.
Pero todavía la historia del señor Kent me parece una visión romántica del periodismo. Grave, lo que se dice grave, es la “reportera mexicana” que aparece en la película Hombre en Llamas. Curiosamente, una parte de esa cinta, protagonizada por Denzel Washington se grabó en un periódico en el que yo trabajé y justo en la época en que yo continuaba en esa redacción.


Aún recuerdo las risas y los comentarios sarcásticos que provocó la aparición de esta reportera que, aparentemente, trabajaba en el citado diario.
Las burlas no tenían que ver con la actitud petulante y la apertura sexual de esta “profesional” del periodismo, sino en que la citada reportera contaba con chofer y limusina a su servicio.
Ya quisiéramos la mayoría de quienes hemos transitado por el periodismo ganar lo suficiente ya no digamos para esos lujos, sino para vivir holgadamente. Claro, la reportera en cuestión era una corrupta y visto desde esa perspectiva no sería raro su enriquecimiento ilícito. ¡Se dan tantos casos como éste, sobre todo en la televisión mexicana! La cosa es que el diario para el que trabajaba tiene reglas muy claras en cuanto a la ética de sus reporteros y dudo mucho que hubiera permitido algo así. ¿Por qué no se quejaron de esta visión que se presentó de su empresa? Porque tienen un extraño culto hacia Estados Unidos.
Me gusta mucho más la Rana René, de los Muppets convertida en reportero. Por lo menos se ve simpática con su gabardina y su sombrero, tiene un comportamiento serio y profesional y, casi sin querer, nos hace reír con sus necedades y sus tropiezos, cosa que le pasa a muchos.


Por supuesto que mis favoritos son los reporteros de La Pareja del Año, protagonizada por Julia Roberts, Billy Crystal, Catherine Zeta-Jones y John Cusack mucho más cercanos al universo de reporteros que conozco: algunos frívolos, algunos innecesariamente rudos, algunos medio cursis, otros un poco persignados, jóvenes, viejos, blancos y negros.


Claro, si este texto llegara a caer en manos de un “verdadero reportero de política o finanzas” esos que miran de reojo y con un gesto de desprecio a los reporteros de espectáculos por dedicarse a entrevistar artistas y hacer un género “menor” de periodismo, seguramente gritará escandalizado por el hecho de que me atreva siquiera a decir que los de La Pareja del Año son dignos de ser llamados reporteros.
Ustedes perdonarán, pero esa ha sido la fuente que yo he cubierto, en donde he hecho amigos y en donde he descubierto que no hay fuente pequeña, sino reporteros pequeños.

Este texto se lo dedico a todos mis amigos del medio, reporteros, editores, coeditores y diseñadores a los cuales admiro y respeto. Sobre todo a Víctor Hugo, Rosalinda, Ethel, Nora, Macarena, Paty, Vanesa, Victoria, Rubén, Lizbeth, Gabriela, Edgar, Juan Carlos, Stephanie, Jorgito y Marco. Espero verlos pronto.


miércoles, febrero 13, 2008

Arriba la cursilería

Mi idea era traerles aquí esta canción de Joaquín Sabina, que me dedicó mi marido hace algunos años, que sigue siendo nuestro tema y que aún me parece bellísima. ¿Por qué quería recetárselas? Bueno, porque hoy es el mero día de la cursilería y se vale unirse.
Desafortunadamente no conseguí el tema del Sabina, así que les regalo la letra, y ya ustedes se imaginan la música.
A resumidas cuentas, sólo quiero desearles un Feliz Día a todos los enamorados, a todos mis amigos y, por supuesto, al dueño absoluto de mi amor, Olivier.

Rebajas de enero

Joaquín Sabina

Huyendo del frío busqué en las rebajas de enero
y hallé una morena bajita que no estaba mal.
Cansada de tanto esperar el amor verdadero
le dio por poner un anuncio en la prensa local:

“Absténganse brutos y obsesos en busca de orgasmo”,
no soy dado a tales excesos, así que escribí:
"Te puedo dar todo –añadía- excepto entusiasmo".
Nos vimos tres veces, la cuarta se vino a dormir.

Apenas llegó
se instaló para siempre en mi vida.
No hay nada mejor
que encontrar un amor a medida.

Como otras parejas tuvimos historias de celos,
historias de gritos y besos de azúcar y sal.
Un piso en Atocha no queda tan cerca del cielo,
y yo, la verdad, nunca he sido un amante ideal.

Y contra pronóstico han ido pasando los años,
tenemos estufa, dos gatos y tele en color.
Si dos no se engañan mal puede tener desengaños,
emociones fuertes buscadlas en otra canción.

Apenas llegó
se instaló para siempre en mi vida.
No hay nada mejor
que encontrar un amor a medida.

martes, febrero 12, 2008

Un cuento de hadas

Cerró el libro y se dispuso a dormir, como todos los días.
Lo que seguía era casi una rutina. Ahora vendría el sueño en el que llegaba su príncipe azul, rubio y perfecto, montado en un caballo blanco y alado. La tomaría entre sus brazos, apretaría su cintura, le acariciaría el cabello, le daría un beso suave en los labios, y entonces se escucharía una voz optimista de narrador con el consabido “y vivieron felices para siempre”.
En el sueño, claro, ella no era ella, sino una princesa, con un amplio vestido celeste, una gargantilla de perlas y un peinado impecable.
Estaba segura que este sueño recurrente tenía que ver con su fascinación por leer cuentos de hadas. Era un vicio heredado de la infancia, un placer culpable del que casi nunca hablaba en voz alta, pero al que no lograba resistirse.
Se conocía todas las historias del género, pero su favorita seguía siendo La Cenicienta, la cual había disfrutado en sus muy variadas versiones literarias y fílmicas.
Esta noche, otra vez la había vuelto a leer, en un libro en cuyo final quedaban ciegas las malvadas hermanastras luego de que una paloma les sacara los ojos. Con todo y el final macabro, ahora vendría el sueño maravilloso, estaba segura.
Mañana, al levantarse, otra vez tendría que lidiar con la rutina de ir a la escuela, y luego al trabajo. Hablaría con muchos rostros conocidos y desconocidos, trataría de imprimirle a las cosas entusiasmo, se dibujaría una sonrisa, que a veces resultaba forzada, y lidiaría con su misantropía. Pero siempre estaba la noche, la bendita noche, que le permitía regresar a refugiarse en la fantasía de los cuentos de hadas.
Aunque triste, esta manía de apelar a la fantasía para olvidar los miedos no la convertía en un fenómeno. La única anormalidad que reconocía en sí misma era aquella incapacidad de mirarse en el espejo.
Se había negado a contemplar su reflejo un día, hacía ya muchos años, cansada de escuchar a sombras que aparecían de tanto en tanto en su vida y la llamaban fea, chaparra, morena, gorda. Decidió aprender a peinarse y a medio maquillarse a ciegas y no volvió a buscar en los espejos una autoafirmación que estaba segura que no llegaría.
Aquella noche, tras cerrar el libro, no se durmió de inmediato, como hacía siempre. Pensaba en si algún día llegaría hasta ella ese príncipe azul con caballo alado de sus sueños, pero no tenía elementos para pensar que un cuento de este tipo pudiera materializarse.
Pasaron los minutos y luego las horas y el sueño no llegaba. Se levantó a tomar un vaso de leche, contó borreguitos, dio vueltas por la casa, prendió el televisor para adormecerse con la aburrida programación nocturna y nada.
Trató de investigar en su inconsciente qué era lo que le quitaba el sueño. Buscó y rebuscó hasta que de pronto se dio cuenta. Un pensamiento empezó a taladrarla como si una vocecilla interna le estuviera hablando: “¿Realmente yo no podría materializar un cuento de hadas? ¿Realmente no merezco ser amada y valorada y vivir feliz para siempre? ¿Se puede acaso ser feliz, ya no digamos para siempre sino en el día a día?”
Pongamos, se dijo, que puedo conocer a un príncipe y además azul, ¿Pero y si llega, me ve, y lejos de mostrar ese deseo por tomarme entre sus brazos me regala una mirada de desprecio?
Después de todo, pensó, no sé siquiera si tengo algo que ofrecer. Está claro que no soy una princesa, pero hace tanto que no me miro en un espejo que tampoco puedo decir con certeza que no me he convertido en la bruja del cuento.
¿Y si empezara por mirarme al espejo?, se preguntó. Tendría que aprender a dejar de despreciarse a sí misma, aprender a quererse tal y como era y evitar volver a darle crédito a cualquier sombra que quisiera opacarla. La tarea se antojaba difícil y tenebrosa, pero en vista de que no llegaba el sueño, decidió hacer el intento por iniciarla lo antes posible.
Se levantó de la cama y fue directo al ropero. A oscuras, sacó y desempolvó el viejo espejo de cuerpo entero y lo colocó frente a ella. Antes de encender la luz decidió quitarse el camisón y la ropa interior hasta quedar completamente desnuda.
Encendió la luz y se observó. No tenía mucho que ver con aquella princesa de sus sueños, es cierto, pero no estaba mal aquella naricilla chata, ni esos ojos brillantes, ni esas piernas bien torneadas, ni la cintura estrecha, ni el cabello negro que caía como cascada sobre sus hombros.
Nada mal, se dijo a sí misma, mientras daba vueltas y vueltas para verse por completo.
Entonces, comenzó a llorar. Se pidió disculpas por haber dudado algún día de poder enamorar a un príncipe azul. Le pidió perdón a esos ojos, a ese cuerpo, a ese cabello que no eran los másperfectos del mundo, pero le servían y eran más suyos que cualquier otra cosa que la rodeara.
Por supuesto que puedo conseguir lo que quiera, se dijo. Por supuesto que puedo mirarme al espejo con orgullo. Por supuesto que puedo quererme. Por supuesto que puedo encontrar el verdadero amor.
Los días que le siguieron al descubrimiento, dejó de leer cuentos de hadas. Ya no le llamaban la atención como antes, y no encontraba hermoso imaginarse a sí misma como una princesa cuando había aprendido a aceptarse sin aquel vestido celeste y peinado perfecto. Los sueños también se habían esfumado.
Ya se miraba mucho en los espejos, y disfrutaba más de los rostros que la acompañaban, de su trabajo, de las clases, de la compañía de los amigos que le demostraban un cariño sincero.
Era un cambio de vida. Ya ni siquiera pensaba en si llegaría el príncipe azul, pues se mantenía muy entretenida en aprender a ser feliz.
Y un buen día lo descubrió. El príncipe azul había estado ahí, cerca de ella, desde hacía un par de
años atrás, pero en su imposibilidad de verse a sí misma, tampoco había podido verle a él.
Por supuesto, este príncipe no venía en caballo blanco y alado, ni vestía como el de sus sueños, pero tenía aquellos ojos serenos, aquel rostro hermoso, aquella vibración llena de bondad y calidez.
Cuando él la miró, le regaló una sonrisa de aceptación, y ella se vio, en el reflejo de sus ojos, convertida en una princesa. Él la tomó en sus brazos, le apretó la cintura, la besó muy suavemente. No vivieron felices para siempre, porque ambos consideraban que la felicidad perfecta era un mito y que, de cualquier manera, ser feliz todo el tiempo sería terriblemente aburrido. Pero vivieron enamorados, y fueron los mejores amantes, los mejores amigos y los mejores compañeros por mucho, mucho, mucho tiempo.

Como ya lo dijo mi Ovivi, “cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia”. Te amo, pollito.

viernes, febrero 08, 2008

Mi campeón


No lo hace como Martir Luther King, Fidel Castro, Adolfo Hitler, Profirio Muñoz Ledo o Gabriel del Río, mi padre, pero estoy segura de que mi hijo es un espléndido orador.
Entre su tío Américo y yo le explicamos la importancia de convencer con el discurso, de mirar de frente y con seguridad a la audiencia, de hacer que el cuerpo entero, incluido el rostro, se involucrara con cada una de las palabras dichas.
Practicamos con él ejercicios para mejorar su postura en el escenario, su dicción, su mirada, su entonación y el énfasis que le daba a cada uno de los términos.
Día a día entrenamos con él y lo vimos crecer, apoderarse de las palabras, hacer suyas las arengas sobre Benito Juárez, que era el tema que le habían dado para hacer su discurso.
Sin embargo yo, que tantas veces transité por concursos, estaba convencida de que no iba a ganar. A lo largo de mis participaciones en certámenes de oratoria y declamación me convencí que no siempre gana el mejor, sino el que le parece mejor a algunos miembros del jurado, el que les cae más simpático, el que tiene un discurso o un poema que haga más caravanas al sistema.
Hoy por la mañana, un par de horas antes del concurso, se lo dije: “Hijo, no aspiro a que ganes, aspiro a que superes este reto para ti mismo, a que al bajar del escenario te sientas satisfecho con lo que hiciste, a que sientas que aprendiste algo nuevo”.
Y no ganó, como era de esperarse. La ganadora era una alumna de escuela pública. Según me enteré después, casi siempre la decisión de los jurados favorece a los alumnos de escuelas públicas. Quizá un acto de populismo, pero no quiero ser suspicaz.
No importa que el discurso haya carecido de originalidad y haya aludido a la sobadísima frase de Juárez “entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”, que, por cierto, se empleó en la mayoría de los discursos.
No importa que quien obtuvo el segundo lugar haya dicho su texto a gritos y no con entonación.
Así es el sistema, y el de la Secretaría de Educación Pública mexicana es de los más anacrónicos que existen, no cabe duda.
De cualquier manera, tras el concurso yo le pregunté a mi Andrés lo que verdaderamente me interesaba, ¿cómo te sentiste? Y él me respondió como aspiraba a que lo hiciera. “Muy bien, lo hice muy bien, no me equivoqué, no me dio miedo, me gustó mucho que me aplaudieran y me felicitaran. Estoy contento”.
Para mí con eso es suficiente. Qué mejor premio puede haber que la satisfacción personal. Mi hijo fue el verdadero campeón. ¡Felicidades Andrés!

miércoles, febrero 06, 2008

El blog de mi enano

Como en mi casa lo que hace la mano hace la tras, mi benjamín, Dany, decidió abrir su propio blog. Y como soy una mamá gallina, siempre orgullosa de sus hijos, vine a invitarlos a pasar por ahí. Es http://zonahamburguesita.blogspot.com.
No tardo en publicar otro cursi texto sobre el mes. Regreso.

viernes, febrero 01, 2008

A tan sólo un mes

Un mes y no me lo creo. La vida no me deja creérmelo, papá.

Estoy preparando a Andrés, tu nieto, para participar en un concurso de oratoria ni más ni menos que con el tema de Juárez, que tanto te apasionaba.

Utilizo tus recursos. Saco de la memoria tus palabras. Escribí un discurso basándome en lo que me enseñaste. Intento respetar las reglas.

Le explico a tu nieto la importancia de la dicción, de la mirada, del énfasis, de la gesticulación, tal y como tú me lo dijiste en mi infancia.

El tío Américo. Actor, con esa voz tan parecida a la tuya, nos ayuda en la tarea.

Le hablo a Andrés de que su abuelito Gabriel ganó premios de oratoria, le comento que diste clases sobre esta materia, le digo que te sentirías orgulloso, le explico que hoy más que nunca tenemos que honrar tu memoria. Después, dejo correr las lágrimas.

Le pongo a mi hijo un video de tu admirado Fidel Castro dando un discurso, a sugerencia del tío Américo. Actor, quien en sus clases también saca a colación los recursos que tú utilizabas para convencer a la gente.

¿Cómo aceptar que te fuiste si estás de tantas maneras?