miércoles, marzo 28, 2007

Se escuchan penas

En realidad, la idea no es mía. La leí hace un par de meses en la novela Vivir la Vida de Sara Sefchovich.
Resulta que Susana, la protagonista, es una mujer que va viviendo la vida casi por accidente y decide poner el letrero en la puerta de su edificio: “Se escuchan penas y pesares, departamento tres a”.
Cuando leí esta parte del libro me hipnotizó, no sólo por la originalidad de una idea como ésta, sino porque pensé que sería buen negocio el de escuchar penas.
De hecho, yo a menudo me topo con gente que apenas conozco y que decide abrirme su corazón y desahogarse conmigo.
Sin ir más lejos, el día de hoy me sucedió, cuando ya había escrito los primeros párrafos de este texto.
Me subí a un taxi a la carrera e inicié la típica conversación impersonal con el conductor sobre el clima, los hijos, la gripa. De pronto, sin que me diera cuenta, la plática dio un giro y me descubrí escuchando los problemas del taxista con su esposa.
Me contaba que su mujer había anunciado que se iría de la casa porque no estaba de acuerdo en que él ayudara a una de sus hijas que tenía problemas de dinero. Se sentía injustamente acusado, pues él lo único que quería era ser un buen padre.
Yo lo escuchaba en silencio y asentía lo suficiente para que se diera cuenta que le estaba prestando atención, pero en un punto de su plática me di cuenta que en realidad el taxista estaba hablando para sí mismo y que yo sólo había servido de pretexto para su desahogo.
Fue tan emotivo su monólogo que hubo un momento en que noté como al hombre se le quebraba la voz y le corrían las lágrimas por el rostro.
Al bajarme del taxi, él se disculpó por haberme contado su historia, pero yo le dije lo que suelo pensar en estos casos “todos necesitamos desahogarnos de vez en cuando”. A cambio, él me devolvió una sonrisa y un “Dios la bendiga”, y yo le regresé las mismas palabras con toda la sinceridad de mi corazón.
Escenas como ésta me pasan a menudo.
De hecho, una amiga fotógrafa decía que yo era especialista en hacer llorar a mis entrevistados cuando era reportera. Pero puedo decir en mi defensa que yo les hacía una pregunta cualquiera y eran ellos los que decidían abrir su corazón.
El caso es que he comprobado que las penas vienen en frascos de todos tamaños y en una gama variadísima de colores. Las hay grandes, medianas y pequeñas, lo mismo por la pérdida de un amor o un ser querido que por la enfermedad de un pariente, la situación económica o los conflictos de trabajo.
Sin embargo, este sentimiento nos es común a todos, y para cada cual, su pena es única y tan válida como todas las del mundo.
He comprobado que cuando alguien cuenta una pena, no hay palabra de aliento que valga, no sirve de nada animarlo con frasecillas hechas. En casos así, es más valioso el silencio, unos oídos atentos y unas manos dispuestas a una caricia en caso necesario.
Por supuesto, hay quien es adicto a la pena, y ningún exceso es bueno, ya lo sabemos. ¿Pero acaso es malo sentir pena cuando algo nos pasa? ¿Se vale pretender que la vida sólo son momentos felices? ¿No es mejor abrazar la pena y después dejarla ir?
En fin, que después de toda la reflexión surgida a partir de Vivir la Vida, de Sara Sefchovich, decidí que seguiré teniendo oídos atentos a los corazones atribulados. Aunque eso de cobrar, como que se me hizo un poco descabellado.
Así que, “Se escuchan penas y pesares. Zona Infinita”.


jueves, marzo 22, 2007

El meme de las rarezas

Mi querida maestra Feri me encomendó la tarea de responder a un meme, y como la quiero mucho y siempre fui una alumna responsable, vine inmediatamente a cumplirlo.
Además, en estos días las musas andan de vacaciones y esto me da un excelente motivo para escribir.
Bueno, ahora tenemos que responder cuáles son nuestras “rarezas” o “particularidades”.
Tarea difícil, sin duda, porque si soy honesta, yo soy una rareza en mí misma.
Pero bueno, veamos algunas de mis particularidades:

* No puedo irme a dormir si no he verificado dos o tres veces que la estufa está bien apagada. Esto se volvió una verdadera obsesión, tras el fallecimiento de una querida amiga y su familia a causa de una fuga de gas.

* Tengo el vicio de tomar café, pero aunque quienes me conocen creen que bebo litros y litros de esta bebida al día, la verdad es que no tomo más de tres tazas. Lo que pasa es que me sirvo un café por la mañana, pero sólo es la mitad de la taza y además le voy dando sorbitos poco a poco durante horas. Es tanto el tiempo que dejo pasar entre que me preparo un café y termino de tomarlo que me lo acabo bebiendo totalmente frío.

* Me gusta mucho bailar, pero cada vez soporto menos las fiestas y menos si hay mucho alcohol de por medio. (No se confundan, no soy abstemia, simplemente que a veces siento que el clima se enrarece con el alcohol).

* No me gusta oír sonar el teléfono. No sé bien qué me produce, pero siempre me pone nerviosa. Claro, una vez que contesto, trato de que el que llama no note el malestar.

* Pongo unos ojos de toro loco cuando alguien me interrumpe mientras estoy escribiendo.

* Cuando voy a un restaurante, no soporto a la gente que platica demasiado fuerte o ríe a carcajadas.

* Me provocan malestar los tumultos.

* Le tengo aversión a los insectos, especialmente a las arañas grandes y he llegado a pegar de gritos cuando me aparece una por sorpresa. De hecho, creo que fue una de ellas la que aceleró mi primer parto.

* No me gusta ir al dentista ni visitar al médico.

* Cuando riego las plantas, les platico.

* No puedo dormir si no lo hago recostada sobre mi lado derecho.

* Me incomoda cuando alguien me dice que soy bonita porque no me lo creo y pienso que es una broma.

* No me caen bien los hombres que se las dan de galanes.

* Siempre que me dan regalos me quedo con la sensación de que no los merecía. Definitivamente me gusta más dar que recibir.

* Cuando he tenido que ir a un funeral, siempre me siento fuera de lugar porque no encuentro palabras para consolar a los dolientes.

* El agua es un placer para mí, ya sea como bebida, cuando me baño o en una alberca.

* Hablo dormida, y siempre incoherencias.

* No puedo trabajar con música.

* No me gusta dejar un libro a medias ni estar leyendo varios al mismo tiempo.

* Me encantan los chocolates y si son semi amargos, mucho mejor.

* Me fascinan los juguetes. Si pudiera, tendría un cuarto lleno de ellos, especialmente de muñecas.

* También me gustan los zapatos. Si fuera millonaria, los tendría todos.

* A diferencia de muchas mujeres que se fijan en los hombres por su torso, su rostro, su brazos, su voz, yo en lo que me fijo es en las manos masculinas. ¡Es casi un fetiche! Me gustan las que son grandes y varoniles.

* No puedo dormir sin leer un rato.

* Me cuesta trabajo separarme de mi esposo, así sea cuando tenemos que cumplir obligaciones. Sin embargo, estoy trabajando para que se me quite esta dependencia, sobre todo ahora que está viajando mucho.

* Me enoja la gente que no hace su trabajo con alegría.

* Escribo mejor cuando estoy deprimida.

* Puedo doblar mis dedos hacia atrás (bueno, no totalmente pero sí anormalmente), como si fueran de hule.

* Tengo una rutina nocturna peculiar: Ver un poco de televisión, charlar con mi marido, leer el Tarot y el I Ching, leer un libro y ¡a dormir!

* Soy un vampiro, funciono mejor de noche que de día.

Y ya, ahí le dejo, hay más, pero creo que es muy pronto para que se den cuenta que soy o un fenómeno o una verdadera loca.

De hecho, para que comprueben que sí tengo zafado un tornillo, cierro este texto con mi última rareza.

* Entre mis canciones favoritas, hay varias que aluden al tema de la locura: Cartón Piedra, de Joan Manuel Serrat, Balada para un Loco, de Piazzola, A la Sombra de Un León, de Joaquín Sabina, en fin… loca soy, pero eso sí, muy feliz.

Y bueno, les dejo el meme a toda lista de Amigos Infinitos. Si tienen tiempo y ganas, adelante, pero sí no, que sea como ya lo dijo Feri, sin compromisos.

lunes, marzo 19, 2007

Qué bella es la vida

¿Qué significarán estas imágenes?

Mis hipótesis:
A) En realidad, mis hombres y yo fuimos una familia de osos polares en otra vida.
B) Tenemos espíritu de osos polares en casa.
C) La vida nos da siempre ocasión para recordar que formamos parte del maravilloso reino animal y para recuperar la humildad al saber que sólo somos una elemento más del universo.

En fin, de cualquier manera, son dos imágenes que me parecieron hermosas, y quise compartirlas, porque son descubrimientos como éste los que me hacen saber que soy una mujer muy afortunada.


Espacio sin límite para conocer

Como saben los visitantes de este espacio, la lista Amigos Infinitos está dedicada a todos aquellos blogs que, en mi humilde opinión, merecen ser leídos, ya sea por los temas que tratan o por la forma en que éstos son abordados.
Son, además, mis sitios favoritos, a los que acudo sistemáticamente y que me parecen ampliamente recomendables.
En esta ocasión, acabo de incluir un link especial para mí. Se trata de Espacio sin Límite, que es un blog de reciente factura, pero con mucho camino por delante.
El autor es Adrián Colín, mexicano y periodista como yo, a quien además le guardo un afecto muy especial, no sólo por ser la pareja de mi mamá desde hace 18 años, sino porque he aprendido a quererlo por su actitud siempre amable, solidaria y cariñosa.
Adrián es poseedor de una mentalidad abierta, ágil y progresista que seguramente nos regalará los más variados y ricos textos.
Yo los invito a todos a que se den una vuelta, estoy segura que no se arrepentirán. Sólo denle click al link que dice Adrián, México, ¡y listo!

Le regalo esta foto de Adrián, mi mami y doña Soco, la mamá del nuevo bloggero, para que lo vayan conociendo todos los amigos.

miércoles, marzo 14, 2007

La Mariquita

Tardé un poco, pero por fin lo reconstruí.
Les decía que este es un cuento que mande a un concurso. Se trataba de un certamen que organizó una revista femenina a nivel Latinoamérica y del cual obtuve el lugar número 15.
Pero más allá del premio, lo importante es que este cuento fue motivado por una noticia que leí algún día y me dejo sin dormir las noches siguientes.
La verdad no sé si con la reconstrucción el relato ganó o perdió, ya que, como suele sucederme con mucho de lo que escribo, perdí el orginal.
Sin embargo, me parece una historia conmovedora que siempre vale la pena rescatar.

Nadie supo nunca cuándo ni de dónde vino. Su presencia resultaba tan cotidiana que había quienes pensaban que había estado ahí desde siempre.
No tenía un nombre, al menos no uno oficial, aunque alguien le había llamado alguna vez “La Mariquita” y así era conocida por el barrio.
Su edad era indefinida. Ocho, nueve, diez años, quizá. Era casi imposible adivinar la fecha de su nacimiento y nadie se había tomado la molestia de preguntársela.
Lo cierto es que La Mariquita aparecía por todos los rincones y a toda hora del día. La veían los oficinistas que salían temprano en la mañana hacia el trabajo, las madres y los niños que iban y venían de la escuela, las amas de casa que salían a toda prisa hacia el supermercado, los viejos que gustaban de pasar un rato con sus amigos en el parque.
De baja estatura y extremadamente delgada como era, La Mariquita siempre se veía mucho más pequeña enfundada en aquellos vestidos y suéteres enormes que sacaba de quién sabe dónde.
De los zapatos, ni hablar. Cuando había suerte, traía algún par de dos o tres tallas más grandes que la suya. Cuando no, iba descalza, pisando el pavimento caliente, piedras, basura y cristales rotos sin el menor asomo de dolor.
A veces, La Mariquita aparecía en alguna esquina con una caja de dulces que ofrecía a todo el que pasaba; en otras ocasiones, se la veía con una botella de jabón líquido, dispuesta a dar servicio de limpieza en los parabrisas de los coches, y había días que aparecía sentadita en la banqueta, con el rostro moreno, cansado y sucio, y una mano extendida para pedir limosna.
Cuando corría con suerte, algunos transeúntes le regalaban una moneda, con lo cual acallaban su conciencia y podían seguir tranquilamente con su vida unos días, meses o años más.
Sin embargo, la mayoría de las veces, la gente del barrio pasaba a su lado sin prestarle atención, o bien, la veían a lo lejos y decidían ignorarla una vez que les tocara caminar a su lado.
Nadie reparaba nunca en esos ojillos negros, de mirada opaca, inusuales en una niña tan pequeña; ni en sus diminutas manos cenicientas y llenas de cicatrices, que revelaban un abandono total.
Si la hubieran observado, quizá se habrían dado cuenta que comía sólo cuando podía y que en algunas ocasiones había tenido que recurrir a la inhalación de cemento para mitigar el hambre.
Si se hubieran detenido a hablar con ella, hubieran sabido que su madre drogadicta la había echado de la casa, y sin embargo, La Mariquita regresaba de vez en cuando a darle el producto de su trabajo para que no se muriera de hambre.
Si hubieran querido conocerla, se habrían enterado que dormía donde la agarraba la noche, ya sea en una coladera, debajo de un auto o en el portón de una tienda, y a veces no contaba ni siquiera con viejos periódicos para cubrirse del frío.
Pero nadie tenía tiempo de mirar ese rostro que había perdido la inocencia; la prisa de la ciudad impedía que alguien se detuviera a preguntarle nada o a llamar a las autoridades para exigir la protección de la pequeña desamparada.
Además, todos se habían vuelto lo suficientemente desconfiados como para no contemplar la posibilidad de invitar a La Mariquita a tomar un plato de sopa o a guarecerse en una noche de frío. Mucho menos, claro, a vivir en su casa.
Y sin embargo, ¡qué reacción la que provocó su muerte!
Los vecinos se enteraron temprano por la mañana, cuando la policía se dio cita en el único lote baldío de la zona.
Ahí había aparecido el cuerpo sin vida de La Mariquita, pero los investigadores no acertaban a dar con las razones de su muerte. ¿Hambre?, ¿frío?, ¿estrangulamiento?
Tampoco le veían mucho caso a dedicar tiempo a una niña por la que estaban seguros que nadie levantaría la voz.
Entre la gente del barrio, sin embargo, había una gran conmoción.
“¡Cómo es posible que una niña pierda la vida de esta forma! ¡Qué clase de sociedad es ésta en la que vivimos!”, repetían las vecinas indignadas, e inmediatamente acallaban la voz interna que les gritaba que sí, que aunque ellas no lo quisieran, también eran parte de esa sociedad que criticaban con dedo flamígero.
Algunos emotivos decidieron poner flores en el espacio que dejó el cuerpo inerte de la niña. Otros, decidieron agregar una cruz y un grupo más extendió una petición formal para que la calle donde estaba aquel lote baldío cambiara el nombre para llamarse desde ese momento La Mariquita.
Las autoridades decidieron aceptar ese último tributo, seguros de que era lo único que podían hacer por esa niña cuyo destino final había sido la fosa común.
Sin embargo, el paso de los días, los meses, los años, y la aparición de otras tantas criaturas como ella por los rincones del barrio, cubrieron con el polvo del olvido el recuerdo de La Mariquita.
De hecho, la otra noche, entre un par de amigos que caminaba por las calles del barrio se registró la siguiente conversación.
- Oye, ¿y por qué se llamará Mariquita esta calle, si en esta colonia las avenidas tienen nombres de próceres de la historia mundial?
- Pues quién sabe, tú. Tal vez algún romántico, en un ataque de locura, decidió nombrar esta calle en honor a esos pequeños insectos de color rojo, que son inofensivos y simpáticos, que dicen que te dan mala suerte si los matas, pero a los que muchos les cortan las alas.

domingo, marzo 11, 2007

Y siguen los 52 días...

Paciencia, es una de las principales recomendaciones del I Ching, y siempre pienso que se trata de un arte difícil de cultivar.
Pero ahora me toca a mí pedirle a todos los amigos que hagan uso de ella y no se me desesperen por la lenta caída de textos.
Verán, los 52 días antes de mi cumpleaños me han regalado esta gripa de la que todavía no escapo, un ojo enfermito y muchas cosas qué reorganizar en mi casa y mi vida en general.
Pero yo lo pienso así: Los dos años pasados la vida me dio algunas palizas por aquí y por allá; conocí gente que me dejó un mal sabor de boca y viví momentos difíciles.
Ahora, siento yo, estoy entrando en un proceso de purificación, y cual si fuera una fiebre, mis poros están expulsando todas las toxinas para que el ciclo que venga sea mucho mejor.
(Hey, no se rían por favor de mi teoría, que estoy tratando de ser optimista).
Y bueno, aún así, quiero contarles que estoy recomponiendo un cuento con el que alguna vez gané el lugar 15 en un concurso. Es un cuento triste, así que recomiendo que preparen los pañuelos en lo que regreso.
Trataré de no tardar mucho.
Gracias a todos por el cariño y la paciencia.

jueves, marzo 08, 2007

La historia de Lina

La conocí hace seis años, cuando entró a trabajar conmigo para ayudarme con la limpieza de la casa una vez por semana. Venía muy bien recomendada por un círculo de amigos míos, así que la recibí con confianza y cariño, aunque nunca pensé que se volvería un ser tan entrañable para mí.
La empecé a admirar por el amor con que hacía su trabajo, siempre pendiente de que las cosas quedaran exactamente como yo quería, aun cuando no le pidiera nada en específico.
Después, me asombró saber que, aunque era tan sólo tres años mayor que yo, ya tenía hijos adolescentes por quienes profesaba un amor incondicional.
Sin embargo, no me enteré de su historia hasta un día que decidió abrirme su corazón y contarme que vivía en un matrimonio con un marido que le había llevado dos amantes a la casa, era alcohólico y acostumbraba ser violento con ella y con sus tres hijos.
Cuando me contó su situación, ella estaba empezando a barajar la posibilidad de divorciarse, así que yo, como todas las personas con las que trabajaba, le aconsejé que tomara la decisión de separarse de una vez por todas y le ofrecí mi apoyo.
Como es una mujer humilde, me tocó verla librar la batalla ante los tribunales de justicia que irónicamente acostumbran ser injustos con quien menos tiene. Más de una vez la vi a punto de desistir, pero siempre le ofrecí todos los medios a mi alcance para que continuara en su lucha.
Sin embargo, con el paso del tiempo, me enteré de que ésta era sólo una de las batallas que Lina había librado en su vida.
Nacida en un hogar humilde, su mamá la había dejado al cuidado de su abuela, quien a su vez la puso a trabajar a los cinco años de edad en el servicio doméstico.
Lina, por lo tanto, tuvo una escoba, un cepillo y un trapeador, mucho antes de saber lo que era una muñeca.
Por lógicas razones, ella se casó joven, a los 14 años.
En su matrimonio del que nació una niña y dos varones, nunca tuvo un momento de descanso, porque su marido la hizo trabajar a la par de él desde el principio, no sólo para llevar sustento al hogar y mantener la casa a flote, sino en la construcción de dos casas en las que lo mismo hizo labores de albañilería, que de plomería y electricidad.
Ella lo dice orgullosa: "Para mí no hay días de descanso, porque cuando no trabajo haciendo limpieza de casas, estoy construyendo en mi terreno".
Sin embargo, a pesar de todo, Lina siempre hace todo con alegría y cuenta su historia sin renegar de nada: ni de la madre que la abandono al cuidado de la abuela, ni de la abuela que la hizo trabajar tan pequeñita, ni del marido que le hizo la vida difícil, ni de los hijos a quienes se dedica en cuerpo y alma.
Por el contrario, si bien antes lamentaba que por trabajar desde niña no había podido conocer la playa, estudiar una carrera o esperar más tiempo para casarse, su visión de la vida siempre ha tenido un toque positivo.
De hecho, esa actitud optimista le ha permitido cumplir sueños pendientes como el de conocer Acapulco, ir al teatro, comprarse un coche y concluir su proceso de divorcio.
Además, es una mujer hermosa, que se ve joven y guapa, que se hace querer con facilidad y en quien las amarguras no han dejado huella.
La última batalla de Lina inició hace unos meses, cuando su hija de 22 años le confesó que estaba embarazada de un hombre casado.
Lina, que había tratado de aleccionar a sus hijos para que no cometieran el error de embarcarse en un matrimonio sin amor como el de ella, se sintió decepcionada. Sin embargo, fiel a su actitud de lucha ante la vida, decidió apoyarla sin condiciones.
Para cuando esto pasó, Lina ya no trabajaba conmigo, sino con mi mamá, pero aún seguía viéndola de vez en cuando, así que me tocó oírla hablar, con gran emoción, del próximo nacimiento de su nieta.
A lo largo de la semana pasada, la hija de Lina estuvo en labor de parto. Empezó el lunes, el martes fue hospitalizada pero fue hasta el miércoles que nació la bebé, porque los doctores decidieron no atenderla a tiempo. El problema es que este retraso provocó que la pequeña tragara líquido amniótico, con el peligro de sufrir daño cerebral, por lo que tuvo que ser hospitalizada en cuanto nació.
Mi mamá me cuenta que Lina, que estaba muy molesta, fue a quejarse al hospital por el retraso en la atención de su hija.
La respuesta de los médicos fue: "Debe saber que un parto es muy caro, y a usted le salió gratis porque éste es un hospital público, así que ni se queje".
Lina, acostumbrada a no dejarse vencer por la adversidad, respondió: "Mire, tal vez yo sólo soy una sirvienta y no tengo los estudios que tiene usted, pero lo único que le puedo decir es que yo siempre hago mi trabajo con amor. Usted no puede decir lo mismo".
¿Podría haber un argumento más certero?
Afortunadamente, como suele sucederle a Lina, la batalla terminó con bien, y desde ayer ya tiene a su nieta en los brazos. Una nieta que nació cuando ella no cumple todavía los 40 años. Una nieta por la que todos los que la queremos estamos celebrando con ella.
Yo sé que la historia de cada mujer es diferente, pero personas como Lina me han enseñado una de las grandes virtudes de mi género. Las mujeres difícilmente nos dejamos vencer, siempre luchamos, siempre sacamos el as bajo la manga, tenemos un nivel de tolerancia altísimo y una capacidad de adaptación fuera de serie.
Quise contar esta historia hoy, que es el Día Internacional de la Mujer, para homenajear a todas las heroínas que, como Lina, sortean día con día batallas pequeñas o grandes y aun así conservan la sonrisa, el anhelo y las ganas de seguir en la lucha.
Ya me tocará hablarles más adelante de mi mamá, la mujer más fuerte que conozco.
En tanto, muchas, muchas felicidades a todas y muchas gracias a todos los que nos complementan.

martes, marzo 06, 2007

De mis grandes placeres

Uno de mis grandes placeres son ustedes, los amigos que he hecho a través de esta Zona Infinita, como mi querida Ixa, Carlos, El Poeta, mi amigo anónimo, Boris, en fin, todos los que me orientaron para resolver el problema que tenía con el blog.
Deben saber que les hice caso y me di cuenta que sí, el canijo sistema me tendió una trampa, todo con el fin de que bajara el famoso Mozilla Firefox. Sin embargo, con tal de estar aquí con ustedes, bien valió la pena caer en la treta.
Bueno, verán, en estos días he estado de enfermera del Ghost Boy y su hermanito, así que mis neuronas andan concentradas en a qué hora dar los medicamentos, cómo hacer para bajar la fiebre y demás.
Por ello les había preparado un texto ligero sobre otro de mis placeres. Aquí se los dejo.

Debo decir que en cuanto a pasatiempos soy una mujer muy aburrida. Conozco a quienes se apasionan con la colección de los más diversos objetos, desde discos e historietas hasta monedas, llaves, cerillos y un sinfín de monerías. Hay otros más que son declarados fanáticos de la música, el cine o los videojuegos y aparte de tener un amplio archivo del tema de su interés, hablan de él tan apasionadamente que no puedo evitar sentir admiración y en algunos casos un poco de envidia.
“A mí me gusta bailar y leer”, respondo automáticamente siempre que me preguntan cuál es mi “hobbie”. Pero la verdad, ni siquiera en estos dos temas puedo considerarme una experta como tanta gente que tengo el privilegio de conocer.
El caso es que, aunque nunca la menciono por cotidiana, cocinar es una tarea que sí me apasiona.
Creo que el amor por esta actividad me llegó por herencia directa de mi mamá, que también siente la misma inclinación, aunque lo he ido perfeccionando a lo largo de mi vida.
De niña, recuerdo que jugaba, como muchas, a los pasteles y los guisos imaginarios, y por supuesto, entre mis juguetes preferidos se encontraba un refrigerador y una estufa (que sí enfriaban y calentaban un poco) y mi dotación de mini enseres de cocina.

Pero mis primeros acercamientos reales a la tarea de cocinar se los debo a mi mamá, que en la infancia me dejaba experimentar a su lado con pasteles de todos los sabores posibles, desde vainilla y chocolate hasta plátano y mamey. También a Chepina Peralta, una señora que aparecía en la tele preparando y dando recetas de cocina y cuyo programa se encontraba entre mis favoritos junto con las caricaturas, para asombro de todas mis pequeñas amigas de aquel entonces.
Después, cuando entré a cursar la secundaria, decidí estudiar el taller de cocina, a pesar de las protestas de mi mamá que anhelaba que yo entrara al taller de belleza para que aprendiera a maquillarme, peinarme y arreglarme como Dios manda. (Imagínense cómo me veía)
En el taller de cocina, tenía yo una maestra muy severa que siempre me decía, “ay, Del Río, Del Río, usted cocina delicioso, pero sus presentaciones siempre dejan mucho que desear”.
Porque han de saber que sí, me han alabado el sabor de mi comida muchas veces, a pesar de que en ocasiones el aspecto que presentan mis platillos esté años luz de las fotos que aparecen en los libros de cocina.
El caso es que ahora, si bien es una tarea que tengo que hacer diariamente, cocinar sigue siendo una de mis pasiones, un pasatiempo al que me dedicó en cuerpo y alma, no como una actividad pesada y obligatoria sino como un verdadero placer.
Cuando estoy en la cocina, me siento en mi espacio y antes de empezar el gran concierto que para mí supone hacer la comida, sigo siempre el mismo ritual: Procuro que todas las zonas estén limpias, y tener a mano todo lo necesario para preparar las recetas, tanto ingredientes como utensilios.
Después, empiezo paso por paso, primero lavo lo que haya que lavar, pico y licuo aquello que lo requiera, y entonces sí, una vez que todo está listo, llega mi proceso favorito que es mezclar los alimentos y disfrutar con los olores y las sensaciones que me producen al cocinarse.
Mientras estoy en esta tarea, yo procuro concentrar mi atención al 100 por ciento, porque una de las cosas que he aprendido es que la cocina es una amante celosa que castiga la menor distracción.
Uno de los mayores ejemplos del celo de la cocina me sucedió hace algunos años. Preparaba yo lo que en México se conoce como Pan de Muerto, que se prepara para las ofrendas del 2 de noviembre, día de los Fieles Difuntos, y de pronto, sin que me diera cuenta, se apagó el horno.
En vez de seguir la regla que indica que cuando sucede algo así uno debe esperar a que se ventile el área para volver a prender el horno, yo encendí de inmediato el cerillo y provoqué un flamazo y una pequeña explosión.


Siempre bromeo con eso y digo que en lugar de Pan de Muerto yo estaba a punto de preparar pan con muerto.
Afortunadamente, el saldo fue menor: tan sólo un par de mis dedos con quemaduras de segundo grado, pero debo confesar aquí que dejé de usar el horno varios años por temor a repetir la experiencia.
Cocinar también me ha dejado huellas en brazos y manos por quemaduras con aceite y agua que son producto de mis descuidos. Aunque déjenme decirles que estas cicatrices las muestro con orgullo, como un trofeo de las batallas que he vivido en la cocina.
Al preparar los alimentos, la práctica me ha permitido dominar cada vez más todos los aspectos e incluso experimentar en un mismo platillo, agregando y quitando especias y condimentos a mi gusto.
Además, siempre estoy en la búsqueda de nuevas y apetitosas recetas, ya sea en libros que compro, en recortes de revistas o pidiéndolas aquí y allá. Una vez que tengo la receta en cuestión procuro prepararla varias veces, porque estoy convencida que, como dice el dicho, "la práctica hace al maestro"
Sin ir más lejos, en estos días he estado trabajando en la hechura de las tortillas de harina que hace mi mamá (que son como las famosas tortillas de maíz con que los mexicanos comemos tacos, pero éstas se hacen con harina de trigo) y con un pastel de chocolate que se prepara en olla exprés.
Y como no puede hablarse de cocina sin compartir una receta (al menos en mi opinión) les dejo aquí la del pastel. Los ingredientes son fáciles de conseguir, la preparación es muy sencilla y queda delicioso. No se pierdan el placer de prepararlo.

PASTEL EN OLLA EXPRÉS (U OLLA DE VAPOR)



Ingredientes:

2 tazas de harina de trigo
2 tazas de azúcar
¾ de taza de aceite vegetal
1 ½ tazas de leche
4 huevos
2 cucharadas de vainilla
4 cucharadas de cocoa en polvo
2 cucharaditas colmadas de polvo para hornear

Preparación
1.- Engrasar y enharinar la olla exprés
2.- Mezclar los ingredientes con batidora o en licuadora.
3.- Verter la mezcla en la olla exprés. Aquí el truco es no hacerlo en directo, sino sobre una cuchara, para permitir que el engrasado y enharinado permanezcan intactos.
4.- Se tapa la olla, pero sin la válvula y se pone a cocer con fuego medio.
5.- Cuando empiece a salir humo y aroma a pastel de la olla, se baja el fuego al mínimo.
6.- El proceso de cocción, desde que se pone la olla al fuego hasta que se termina el pastel, dura 50 minutos.
7.- Una vez listo, decorarlo al gusto.

miércoles, febrero 28, 2007

Los 52 días

Yo no sé bien de dónde vino esta idea, el caso es que mi mamá dice que 52 días antes de cada cumpleaños, uno entra un periodo destructivo, en el que es presa fácil de enfermedades, pequeños obstáculos y problemas de todo tipo. De acuerdo con la autora de mis días, esto tiene que ver con el cierre de un ciclo en la vida.
El caso es que como cada año, a poco más de un mes de mi cumpleaños ya estoy con la gripe de esta temporada y a mi alrededor siento un ambiente turbulento. No sé si la teoría de mi mamá sea cierta, pero me queda claro que esto siempre me pasa un mes y medio antes del 4 de abril. Supongo que el proceso puede deberse a una simple sugestión, o quizá no me lo han detectado, pero soy alérgica a la primavera y/o a los cumpleaños.
Debería ser un aliciente la otra parte de esta hipótesis de los 52 días, que sostiene que pasado el cumpleaños, uno entra en una etapa constructiva, donde la vida le sonríe, la salud parece de hierro y las tormentas quedan atrás. Pero nunca he podido comprobar que así pase, al menos en mi caso, y además no tengo espíritu optimista para estas cosas. ¡Qué se le va a hacer!
Lo cierto es que cumplir los primeros 37 años de mi vida ya es algo inevitable, un hecho que está a la vuelta de la esquina.
No sé ni siquiera cómo me siento. Me miro en el espejo y veo que mi pelo ya peina un lunar de canas. En la calle me dicen señora, un título que me resulta un poco molesto y lo peor es que ni siquiera sé por qué. Volteó hacia atrás y veo que sí, son muchas las anécdotas que he podido acumular, los recuerdos de una vida que he transitado casi sin proponérmelo.
He sido una loca en el mejor sentido de la palabra y me gusta la idea. Me he dado permiso de cantar en el Metro, de posar desnuda para una sesión de fotos, de participar en el papel de prostituta en un cortometraje universitario, de acudir a marchas y mítines, de conocer los extremos de la sociedad, lo mismo los socialité que los espíritus desamparados. He comido y bebido cuanto he querido, he viajado tanto como he podido y he sido congruente con lo que siento y pienso.
He tratado de vivir mi vida por mí, y no pretender que los demás lo hagan. No cargo de culpa a nadie por mis éxitos o fracasos, por mi pobreza o mi riqueza. Tengo más amigos que enemigos, y estos últimos jamás me han quitado el sueño porque son completamente inofensivos. Además, a pesar de los momentos amargos y de mi natural melancolía, me revienta el hígado ser la víctima de la historia, y tengo poca tolerancia a quienes tienen esa actitud de vida.
A estas alturas, creo, debería sentir como muchos que ya me ataca la etapa de la madurez en la vida. Después de todo, ya están a la vuelta de la esquina los temibles 40 y tengo un hijo preadolescente, pero el caso es que me veo al espejo y me siento como una o dos décadas atrás, joven, traviesa, fuerte y sana.
Me sigue gustando ver caricaturas, vestirme con jeans y tenis, disfrutar el placer de un buen helado, bailar en donde me dejen y reírme a tambor batiente.
Los 37 se acercan, sin más, y me suena que es una edad considerable, sin embargo no puedo ponerme seria por más que quiero, caramba.
Así que, como siempre, por lo pronto sólo me dispongo a vivir estos 52 días destructivos, con todo y la gripe y los escollos.

lunes, febrero 26, 2007

Y al final...


Llegó y se fue la 79 entrega del Oscar y yo, como lo anuncié aquí, seguí la transmisión de cabo a rabo.
De entrada, la ceremonia inició con noticias esperanzadoras para los nominados mexicanos: las estatuillas para Mejor Dirección de Arte, Mejor Maquillaje y Mejor Fotografía se quedaron en manos de los paisanos que trabajaron para El Laberinto del Fauno, de Guillermo del Toro.
A mí me dio mucho gusto este hecho, incluso me atreví a brindarles algunos aplausos desde la lejanía, no sólo por su triunfo sino porque ver a compatriotas recibir un reconocimiento de cualquier tipo en el extranjero no es algo a lo que estemos muy acostumbrados los mexicanos.
También aplaudí cuando el argentino Gustavo Santaolalla ganó el Oscar por la banda sonora de Babel, que a decir verdad me pareció muy acertada.
Y hasta ahí quedaron las esperanzas mexicanas. No puedo decir que haya sido sorpresa que no obtuvieran el Oscar ni Babel, ni Alejandro González Iñárritu, Alfonso Cuarón o Adriana Barraza. No es que sea pesimista, pero desde siempre sentí que las posibilidades de triunfo eran escasas.
Además, sería imposible afirmar que fue una injusticia el triunfo de Martin Scorsese y su película Infiltrados, o de la actriz y cantante Jennifer Hudson quien se llevó la estatuilla en lugar de Barraza, por citar algunos ejemplos.
De hecho, el único Oscar que si lamenté que no fuera para México era el más sencillo de todos: Mejor Película Extranjera. En esta categoría estaba nominada El Laberinto del Fauno y de haber ganado, hubiera sido la primera vez que mi país se llevaba esa estatuilla.
Sin embargo, más allá de triunfos y fracasos de los mexicanos, hubo algo que llamó mi atención en esta ceremonia y que tengo que desahogar aquí porque da vueltas y vueltas por mi cabeza.
¿Recuerdan que yo decía que quizá las nominaciones de muchos de mis paisanos podrían ser un guiño para el pueblo de México?
Pues bien, al ver la ceremonia me di cuenta que en realidad el guiño no era para mi país sino para el mundo entero.
Ver la 79 entrega del Oscar fue semejante a escuchar a un niño lanzar el siguiente discurso: “Ya ven que en mi casa todos parecemos malos, y que los vecinos están enojados con nosotros porque somos intrigosos y nos metemos aquí y allá para provocar peleas y para estar presentes hasta en lo que no nos importa. Pero mírenos bien, somos buenas personas, aceptamos a todos por igual, sin importar el color, la nacionalidad, la preferencia sexual. El corazón nos alcanza para todos”.
Me di cuenta de este hecho, porque, como nunca, en esta ceremonia estaban presentes representantes de todas las razas y edades. Entre los nominados había latinoamericanos, asiáticos, negros, blancos, niños, jóvenes y viejos.
Además, la conductora era Ellen DeGeneres, una mujer que ha hablado abiertamente de su condición homosexual, y por si fuera poco, se aprovechó la presencia del Al Gore para tocar insistentemente el tema de las preocupaciones en torno al calentamiento global del mundo, las cuales fueron recreadas a través del documental An Inconvenient Truth, donde aparece este político y ex candidato a la presidencia de Estados Unidos.
Pero no sólo eso, hubo otros hechos inusitados en la ceremonia:
Antes de la entrega del Oscar a la Mejor Película Extranjera, distinción a la que generalmente se le daba el tratamiento de premio menor, se presentó un emotivo video de Giusepe Tornatore en el que se homenajeaba a la cinematografía del mundo a través de las películas de distintos países que se han hecho acreedoras a la estatuilla.
El Oscar para reconocer una trayectoria no fue, como suele ser, para un estadounidense, sino para el italiano Ennio Morricone, autor de la banda sonora de cintas como El Bueno, el Malo y el Feo, Los Intocables y Nuovo Cinema Paradiso.
Y ya para rematar, poco antes de que se entregaran las estatuillas principales para actriz, actor, director y película, se presentó un video sobre películas estadounidenses que mostraban, y en algunos casos criticaban, los verdaderos ángulos del american way of life, con todo y sus guerras y la amalgama de culturas que lo conforman.
El caso es que yo, suspicaz como soy siempre y tras haber estudiado comunicación durante mis años de universidad, sé que no hay mensajes inocentes, lanzados solamente porque sí, y me quedé pensando qué puede haber motivado esta serie de guiños al mundo que quiso lanzar la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Estados Unidos.
¿Será que les empieza a pesar saber que el mundo no siente simpatía por su país? ¿Será remordimiento porque su gobierno mantiene una guerra en Iraq sin fundamentos para ello? ¿Será que de veras se sienten apenados porque los experimentos nucleares de Estados Unidos son la causa principal del calentamiento global y ellos saben que lo sabemos? ¿Será que les pesan las críticas por el trato a los inmigrantes y a otras minorías dentro de su territorio? ¿Será que les enviaron una línea desde el gobierno de Estados Unidos para que dieran este discurso? ¿O será que, en el tenor de lo que comentó mi amigo Fantasma de la Libertad en el post pasado, decidieron darle palmaditas en la espalda al mundo en esta ceremonia para poder olvidarlo en las sucesivas?
No lo sé, y me gustaría mucho que me dieran sus puntos de vista porque después de ayer, tras ver la entrega del Oscar, sólo me quedé con una idea ambigua y simple rondando en mi cabeza:
“A veces debe resultar difícil ser ellos”.

viernes, febrero 23, 2007

Consideraciones del Oscar

Aclaración primera. La mayor parte de mi vida profesional la he dedicado a ser reportera de temas como el cine, la música y la televisión y me casé con otro periodista que se dedica al área del cine, además de ser un fanático confeso de la industria fílmica.
De ahí que para mí y para mi pequeño clan, una ceremonia del Oscar sea tan importante como para otros lo es la final de un Mundial de Futbol.
Generalmente, los días en que se entrega el premio de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos, mi marido y yo tratamos de cumplir con todos los pendientes por la mañana, preparar a tiempo una suculenta botana y a eso de las seis de la tarde desconectamos teléfono, ponemos letrero de no molestar en la puerta y nos aplastamos cual largos somos ante al televisor, dispuestos a autorrecetarnos todos los pormenores de la ceremonia: desde los vestidos y peinados que desfilan en la alfombra roja hasta la entrega de cada uno de los premios, por pequeños que sean.
Este año, la entrega del Oscar tiene un significado distinto para nosotros. Después de todo, hay una película, tres directores, una actriz, guionistas y cinefotógrafos mexicanos nominados.
En entrevista con EFE, Alejandro González Iñárritu, realizador de Babel, que es una de las cintas nominadas a Mejor Película, decía que ésta es la primera vez que hay tantas nominaciones al Oscar para personas de un país de habla no inglesa.
Sin embargo, mis sentimientos como mexicana hacia la entrega del Oscar son encontrados.
Les cuento algunas conclusiones:

1.- Lo primero que sentí fue suspicacia. Primero, porque los mexicanos estamos poco acostumbrados al triunfo en certámenes, olimpiadas, mundiales de futbol y entregas de premios.
Pero además hay un antecedente que apuntala mi desconfianza. En 1991, México y Estados Unidos estaban en pláticas para signar el Tratado de Libre Comercio (TLC), pero las negociaciones estaban en el pantano aún, debido a la resistencia de muchos sectores de la sociedad mexicana que sentían que era un acuerdo que no favorecía a mi país en lo absoluto. Entonces, de buenas a primeras, una mexicana, Lupita Jones, gana Miss Universo, en un hecho sin precedentes.
De inmediato, la señorita en cuestión fue rebautizada con el nombre de Miss TLC por sus paisanos, porque el hecho de que hubiera ganado la corona se interpretó como un guiño amistoso de parte de los estadounidenses para lograr mayor simpatía del pueblo de México en las negociaciones y no como el triunfo limpio de una concursante en un certamen de belleza.
Hasta ahora no hay nadie que haya demostrado con pruebas que el famoso guiño realmente existió, pero lo cierto es que desde entonces ninguna otra mexicana ha ganado Miss Universo y se logró la firma del TLC poco después de este “triunfo”.
Ahora, con las nominaciones de tanto mexicano al Oscar me pregunto si Estados Unidos no está queriendo hacer algo similar a lo del 91. Sabedores de que México se ha convertido en una bomba de tiempo, por el descontento que existe entre su población hacia un presidente que llegó al poder de una manera truculenta, los estadounidenses pueden querer distraer la atención de los mexicanos en esta entrega del Oscar y darnos un motivo artificial de unión para que se calmen los ánimos.
Sin embargo, también he pensado que tener esta visión de las cosas resta mérito a los personajes que fueron nominados, como Alejandro González Iñárritu, Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón y Emmanuel Lubezki, quienes han recibido reconocimiento en el mundo entero más de una vez y han crecido y dado muestra de sus capacidades a la vista de todos.

2.- De las películas mexicanas nominadas sólo he visto Babel. No puedo decir que es una mala película. De hecho, me gustó en más de un sentido con su mensaje acerca de la incomunicación humana. Me molestó, eso sí, el acto de coquetería de González Iñárritu hacia los gringos, que en su filme quedan como los buenos, los sufridos, muy en la línea del american way of life, pero entiendo que a veces el que paga manda, y fue Estados Unidos y no México quien le proporcionó los recursos para llevar a cabo este proyecto. Tampoco me gustó esta insistencia del director mexicano por unir varias historias con un mismo hilo conductor, porque es lo que hizo también en sus anteriores cintas (21 Gramos y Amores Perros), pero pienso que tal vez no iba a estar conforme hasta que el mundo le aplaudiera este estilo, y como ya lo logró, quizá se aventure por otros caminos narrativos en sus próximos trabajos.





3.- De las otras dos películas de mexicanos nominadas (El Laberinto del Fauno y Niños del Hombre) he oído buenas críticas, pero como no las he visto, sólo puedo decir que le voy mucho más al Fauno de Guillermo del Toro que a la cinta de Alfonso Cuarón, simplemente a la luz de los trabajos anteriores que he visto de ambos realizadores.



4.- Como mexicana, eso sí, me da alegría ver a compatriotas que son reconocidos en un evento de este tipo.
Por supuesto, al contrario de muchos de mis paisanos, no creo que este triunfo “sea de México”, porque son ellos, González Iñárritu, Cuarón, Del Toro, Emmanuel Lubezki, Adriana Barraza, Guillermo Arriaga y demás quienes trabajaron y destacaron y no todo el país.
Además, el hecho de que estos mexicanos hayan tenido que salir al extranjero para triunfar, porque su propia nación no les daba el apoyo que requerían, me hace sentir más tristeza que orgullo.
Sin embargo, el triunfo de mis paisanos me resulta inspirador en muchos sentidos. Porque al igual que yo, estos artistas del cine crecieron en México, estudiaron en México, trabajaron en México, pero no se quedaron con la cultura chata de su país, que los obligaba a una mediocridad por falta de apoyo, sino que tuvieron el valor de romper las fronteras, hacer suyo el mundo y triunfar.
No cabe duda que querer es poder.

Y yo me quedo con este último punto. El próximo domingo, mientras vea el Oscar trataré de no pensar en las suspicacias que me han asaltado y sí disfrutaré el hecho de que por primera vez un evento de este tipo huela a México.

miércoles, febrero 21, 2007

El arte de dejar partir



La Navidad pasada me regalaron la versión del director de Nuovo Cinema Paradiso, una película por la que siempre he sentido una fascinación particular.
En la entrevista que viene como material adicional del DVD, Giusepe Tornatore explica que en realidad esta versión que ahora se ofrece como "del director" es la original del Nuovo Cinema Paradiso y que incluso así fue presentada en un festival europeo. Sin embargo, el cineasta italiano añade que se vio obligado a cortar su propio filme cuando la crítica lo catalogó de excesivamente largo y el público respondió con tibieza ante él.
El caso es que en esta "versión del director" del Nuovo Cinema Paradiso, el romance adolescente entre Salvatore y Elena no se queda en un simple recuerdo que cobra vida cuando "Toto" regresa a su pueblo natal.
Esta vez, los protagonistas se reencuentran por casualidad, cuando ya se han convertido en un hombre y una mujer maduros y con vidas que tomaron caminos muy distantes.
A pesar del paso de los años, Salvatore y Elena se confrontan, se echan en cara el abandono, se dicen el uno al otro que nunca olvidaron aquel romance adolescente, se perdonan, se regalan un último momento de amor, y después, a pesar de las protestas de Toto, los dos personajes se despiden para siempre.
Lo que me sorprendió de esta nueva visión de la película, no fue tanto el reencuentro de la pareja como la valentía que tuvo Elena para tomar la decisión de despedirse para siempre de quien fue su gran amor.
Se utiliza mucho para frasecillas baratas, pero esto de dejar ir a los demás no es cosa sencilla.
Al menos a mí siempre me ha costado lidiar con la idea de separarme de los seres que alguna vez he querido. De niña, por ejemplo, me asaltaban unas terribles pesadillas en las que perdía a mis padres. Más adelante, me costaba trabajo aceptar que algún amigo decidiera dejar de hablarme o que un novio quisiera cortar conmigo. Hasta que un buen día comprendí que había que permitir a los demás hacer ejercicio de su libertad y decidí repetirme a mí misma la frase "déjalo ir" cada vez que me asaltara el dolor por el alejamiento de alguien, ya fuera amigo, amiga, padre, madre, hermano, esposo, hijos.
La tarea no ha sido fácil, pero cada vez me resulta más comprensible cuando alguien decide partir. Sigue doliendo a veces, pero he logrado crear un círculo en el que al dolor sigue un proceso de entendimiento de las razones que tuvo el otro para irse.
Algunos regresan, y entonces me encuentran con los brazos abiertos y sin reproches. De los que no, guardo el recuerdo, aunque eso sí, previamente trato de despojarlo del polvo de rencor, que es tan dañino, y después lo coloco en un cofre especial del que lo saco cuando necesito revivir buenos momentos de mi vida.
Sin embargo, me siguen asombrando personas como Elena, que las hay en la vida real, capaces de entender sin más explicaciones que no se puede pretender que el afecto sea para siempre, que nadie nos pertenece, que no existen los vínculos obligatorios, que siempre será mejor la separación a mantener un lazo insano y que por ello debemos cultivar el difícil arte de dejar partir.
Se dice fácil ¿no?

(Debo confesarles que decidí hablar de este tema porque me interesa, sí, pero también porque quise que fuera un pretexto para regalarles este tema de amor del Nouvo Cinema Paradiso, que a mí siempre me extrae algunas lágrimas. Ojalá lo disfruten)

martes, febrero 20, 2007

Un vicio llamado blog


Bueno, recordarán los amigos de este espacio que hace un par de entregas escribí sobre los workaholic y mencioné, de pasada, que un artículo de Wikipedia consideraba que entre quienes sufrían este trastorno se encontraban los adictos al blog.
Fue entonces que en los comentarios la bella Ferípula me sugirió escribir sobre este tema y de inmediato mi cerebro empezó a buscar la hebra de la madeja para poder abordar el asunto de una manera medianamente inteligente.
De inmediato me dirigí a Wikipedia, segura de que la definición del neologismo blogger no estaría disponible más que en un espacio como éste.
Pues bien, lo primero que encontré es una obviedad: blogger, o bloggero, como le decimos en español, es aquel que sostiene un weblog.
Sin embargo, una vez que di el correspondiente click a la palabra weblog, encontré cosas mucho más interesantes.
De entrada, claro, dice que un blog es un website generado por un usuario, con entradas estilo bitácora, con un orden cronológico invertido y que provee comentarios o noticias sobre un tema particular como puede ser comida, política, noticias locales o diarios personales (nótese lo limitado del asunto, porque si la definición fuera un poco más precisa tendría que hacer una larga lista de etcéteras, ya que éstos son sólo algunos de los muchísimos temas que se tratan en las diferentes páginas).
También se menciona la inclusión de fotografías, video y música como parte de los blog y se explica que la raíz del término proviene de la contracción de las palabras en inglés web y log.
Un poco más adelante, la enciclopedia virtual narra un poco de la historia del blog, a partir del año 1994, y menciona que es Justin Hall, un estudiante de la universidad estadounidense Swarthmore, uno de los precursores de este tipo de espacios.
En este punto, hubo un dato curioso que llamó mi atención como periodista. Wikipedia menciona que en los albores del blog la mayoría de quienes participaban en espacios de este tipo se llamaban a sí mismos periodistas o escribanos. Se me ocurrió que quizá no fuera que se autoproclamaran reporteros, sino que realmente eran profesionales de los medios que se habían sentido cautivados, como yo, por la posibilidad de tener un espacio propio, donde no hubiera limitaciones en cuanto a líneas editoriales.
Por otro lado, pensé que en caso de que los primeros bloggeros no fueran periodistas profesionales, de cualquier manera merecían llamarse así, por ser cronistas de su tiempo como lo son ahora muchos de los que participan en este tipo de ejercicio.
En fin, el caso es que me leí la definición completa, que incluía el desarrollo del blog, pero no encontré ninguna explicación para abordar el tema de la adicción a este tipo de espacios, así que, para no variar, la única forma que hallé para explicar el asunto es mi propia experiencia.
Mi primer contacto con los blog data un par de años atrás y se lo debo a Pablo, un ex alumno que abrió una página para publicar su poesía, y a mi hermano Grimalkin el Bardo, quien instaló su Región 440 tiempo ha; sin embargo, en aquellos entonces, si bien atendí la invitación para asistir a las dos páginas, no me volví fanática del tema.
Fue hasta el año pasado, después de que salí de mi último trabajo de planta, cuando empecé a entrar nuevamente a Región 440. Las primeras veces, y como suele pasarme, me quedé cautivada con el estilo narrativo de mi hermano y a ello atribuí que poco a poco se me fuera haciendo el vicio de entrar sistemáticamente a su página. Después me enteré que también podía entrar a leer lo que escribía mi cuñada, Gaby del Río y el interés creció.
De pronto, descubrí que ya se me había convertido en una blogadicta, porque noche a noche prendía con desesperación la computadora, sólo para verificar si Gaby o Grimalkin habían publicado un texto nuevo.
Así, un buen día, decidí apretar el botoncito que decía Blogger, sólo por la curiosidad de ver cómo era que se abría un espacio de este tipo. Y la curiosidad mató al gato, dice el dicho, así que cuando me di cuenta, ya había abierto Zona Infinita.
Les confieso que de entrada me dio un poco de miedo, porque siempre he sido un tanto indisciplinada para escribir. Pero por otro lado me dije, “este puede ser el motivo que te haga sentarte frente a la computadora sistemáticamente y obligarte a seguir desarrollando el oficio”.
Alguna vez el director de un afamado periódico mexicano me dijo que un estudiante había llegado hasta él pidiéndole que lo dejara escribir. La respuesta del director fue: “¿Quieres escribir? Pues escribe”. Y lo primero que pensé era que mi blog me daría la posibilidad de seguir esta receta. Creo que hasta ahora no me he equivocado y en ese sentido me ha sido de gran utilidad este espacio.
Lo que sí nunca pensé fue que hubiera alguien interesado en leer mis experimentos, y eso ha sido todo un descubrimiento para mí, pues hasta antes de Zona Infinita yo había publicado textos en periódicos y revistas para lectores que yo imaginaba que existían pero que casi nunca respondían a mis escritos.
Sin embargo, no ha sido acumular lectores, sino el deseo de escribir lo que me ha hecho adicta al blog. Además, descubrí un placer del que Grimalkin me había hablado y que he experimentado en carne propia: Una página personal nos da la posibilidad no sólo de hacer un texto sin límite de temas o espacios, sino que podemos editarla, ponerle fotos y agregar todo aquello con que a uno le gustaría aderezarla. Es como tener un periódico o una revista hecha a la medida y eso para mí siempre será un motivo de gozo.
Pero no sólo eso, ahora he desarrollado un vicio alterno, que es el de entrar casi cada noche a recorrer blogs que he ido descubriendo y me gustan por diferentes motivos. Por supuesto, el paseo nocturno inicia siempre con Región 440, bajo la impecable batuta de Grimalkin, Los Textos de Gaby del Río y la página de mi pequeño Ghost Boy, a quien le sigo la pista paso a paso.
Después, una visita que se me ha vuelto placenteramente obligada es al espacio del Fantasma de la Libertad, que siempre me cimbra con la manufactura impecable de sus textos y la profundidad de sus análisis; me doy una vuelta con mi amiga Ilne, y su visión siempre artística de las cosas y visitó más tarde a Isaura, que me asombra por esa mezcla de profundidad y buen humor con que dota a sus textos.
El recorrido prosigue con Boris, y su defensa férrea y sensible de los derechos humanos, me cargo de buenas vibraciones y de energía femenina en los blogs de Feri, Palita y Norka, le doy su visita a mi querida Apologista, y su estilo joven e inteligente de escribir, paso por Tertulias Bohemias para seguir el rumbo de cada texto, y voy descubriendo nuevos espacios que me gustan como los de Gustavo, Carlos, Diego y Cápsula del Tiempo, entre muchos otros.
El caso es que, hoy por hoy, no sé si es escribir o leer lo que me ha recrudecido la adicción por los blogs, pero la tengo.
Lo noto porque después de cenar, cuando ya se fueron mis hijos a dormir y mi esposo disfruta del ratito de silencio que priva en la casa leyendo o viendo la televisión, yo corro a la máquina, cafesito en mano, dispuesta a leer, y a veces a escribir. El caso es que no me puedo ir a la cama sin haber pasado aunque sea un rato conectada al blog.
La verdad es que empiezo a pensar que si sigo así, seré la precursora del primer grupo “blogadictos anónimos” porque me he dado cuenta que cuando estoy paseando por la bloggosfera o inyectando mi Zona Infinita con otros textos, entro en un estado de concentración tal que no me doy cuenta del paso de las horas ni de si explota una bomba a mi lado.
Si eso es ser workaholic, como dice Wikipedia, me confieso culpable.
¿Qué dicen ustedes?

sábado, febrero 17, 2007

El alumbramiento

Abres los ojos por la mañana. Un breve calambre en el vientre te despierta. Aun no puedes identificar si se trata de una contracción. Después de todo, este es tu primer parto.
Decides tomártelo con calma, nueve meses de espera han fortalecido tu capacidad de ser paciente, así que te recuestas nuevamente en la cama, un tanto inquieta, eso sí, porque adivinas que ese puede ser EL día.
Una hora después el dolor se repite, un poco más agudo, un poco más prolongado, lo suficiente para que puedas decirte a ti misma que el proceso ha comenzado.
El doctor te dice que te lo tomes con calma, eres primeriza y tu cuerpo tardará en abrirse por la falta de costumbre en este tipo de menesteres, así que tratas de controlar tus nervios y los de tu esposo y sin prisas empiezas a verificar que todo está listo: la maleta con las pequeñas prendas de vestir, tu ropa para el hospital e incluso una sonaja de plata porque piensas que tu pequeño tendrá deseos de divertirse en sus primeras horas en el mundo.
“Es curioso”, le dices a la personita que pugna por salir de tu vientre, “¿recuerdas que ayer te decía que teníamos que ser fuertes y hábiles, y que debíamos lograr que esto del parto nos saliera bien por aquello de no darle dolores de cabeza a papá? Y mira, ya estamos aquí. No te olvides de lo que te dije, ¿de acuerdo?”.
En medio del baño, nuevamente el dolor te asalta y esta vez te toma por sorpresa, porque ocurrió 45 minutos después del anterior.
Cada vez las contracciones son más claras, así que cuando te da la siguiente tienes que apoyarte en la pared y ensayar las respiraciones que aprendiste para controlar el dolor. La verdad es que no te sirven de mucho, pero al menos te brindan serenidad.
Las horas siguientes las pasas escuchando música suave, la cual te distrae de los dolores que se suceden en lapsos de tiempo cada vez más cortos. No estás sola. A tu lado está una mano fuerte que te apoya, la de aquel que sembró en ti la semilla que hoy dará su fruto. La del amigo que te acompañó paso a paso en todo el proceso de crecimiento de tu hijo. La de tu pareja, a quien tu bebé llamará papá cuando diga sus primeras palabras.
Mientras esperas, tu mente repite las mismas preguntas que te han rondado los últimos meses, ¿Cómo será mi hijo? ¿Cuál será su rostro? ¿Qué verá en mí cuando nuestros ojos se crucen por primera vez? ¿Seré una buena madre?
También piensas en cuánto vas a extrañarlo luego de este día. Después de todo, durante nueve meses fue tu compañero, asistió contigo al trabajo, a conciertos y a reuniones con los amigos. Bailaste con él, le cantaste, le narraste durante muchos días cada uno de los pasos que ibas a dar, le inventaste cuentos y le repetiste hasta el cansancio el amor que estaba creciendo en ti.
Sin embargo, entiendes que ésta es la primera lección de tu vida como mamá. No puedes atarte a tu hijo, y tu vida con él estará llena de constantes separaciones. Cuando decidiste asumir este rol, sabías que tu papel sería construir sus alas para dejarlo volar algún día y éste, al fin y al cabo, es su primer intento de vuelo.
Te instalas en tu cuarto de hospital. Para entonces los dolores son casi insoportables, y se suceden en lapsos de cinco minutos entre uno y otro, pero decides resistir con estoicismo cuando aquellos que te acompañan te platican, sorprendidos, que apenas unos segundos antes de que sientas la contracción, tu vientre ondea, y se nota claramente como tu hijo está haciendo esfuerzos con todo el cuerpo por abrir el canal que le permita salir al mundo.
¿Cómo vas a acobardarte ahora si él está en medio de esa lucha?
Una vez que llegas a la sala de expulsión el dolor se ha vuelto intolerable. Te sujetas al brazo del doctor, del anestesista, del que se acerque. Tienes ganas de morder, de gritar. Pides sedantes y te los inyectan en la espalda; sin embargo, no sientes alivio.
De pronto, notas que un líquido sale por en medio de tus piernas. Te avergüenzas un poco porque a pesar de lo natural del asunto, te das cuenta que hay timideces heredadas de muchas generaciones atrás que han dejado huella en ti.
El doctor grita que ya viene tu hijo. Notas que hay movimiento de todos los que te rodean para cuidar que el alumbramiento salga bien, pero aun así no tienes ni tiempo de detenerte a pensar en lo que está pasando, porque en ese momento unas ganas imperiosas de pujar te asaltan. Te reprimes, te sientes extraña, pero el médico se da cuenta y te indica que pujes con todas tus fuerzas.
Ha llegado el momento, te dices. “Ahora ya no puedo echarme para atrás. Todo depende de la fuerza de mi cuerpo y del de mi hijo, y aun cuando hay tantas personas alrededor, el mundo se ha detenido y sólo depende de nosotros”.
Pujas con todas tus fuerzas, una y otra vez, rogándole a tu pequeño que no detenga la lucha, que siga adelante junto contigo, que tú estás con él tanto como lo estarás en cada paso de su vida.
“¡Ya viene la cabeza!”, oyes decir al doctor. Pero lo escuchas como si hablara a lo lejos. En ese momento, tú sólo estás concentrada en la sensación de que algo, el cuerpo de tu hijo, va transitando poco a poco por el canal que se ha abierto en tus entrañas.
Apenas unos segundos después oyes su llanto. Lo oye también el papá, que en ese preciso instante deja caer una lágrima.
Te habías prometido que no preguntarías si había llegado bien, porque decidiste que lo amarías naciera como naciera. Sin embargo, no puedes evitarlo y lo haces. El doctor responde que está perfecto.
Y sí, te das cuenta que es perfecto cuando lo acercan a tus ojos un poco más tarde. Está lleno de la sangre que quedó después de la batalla, pero crees percibir una ligera sonrisa en sus delicados labios. Te asombras de su belleza, de sus piecitos, sus manitas, de su pequeña nariz, de sus orejitas, y te sientes agradecida por el bello milagro de la vida.
No, no sientes ese instinto maternal instantáneo que habías visto mitificado en tantos y tantos libros y películas. Eso sí, te das cuenta que esa personita que tienes enfrente es tu hijo, te dices que habrá que irlo conociendo poco a poco y estás segura de que será esa interrelación la que fortalecerá tu amor, porque imaginas que será difícil no adorarlo.
Le tomas una manita, y él toma la tuya. En medio del silencio sublime que acompaña a ese gesto, descubres que ambos se están diciendo ¡lo hicimos!, y entonces, inevitablemente, rompes a llorar.









jueves, febrero 15, 2007

¿Workaholic yo?


Verán, hace un par de días llegó a mi casa el último número de la revista Cinemanía, que es en la que escribe mi esposo. (Dejo el link para los curiosos que quieran conocer uno de sus últimos textos http://www.cinemania.com.mx/comic.php).
El caso es que en la citada publicación venía un interesante artículo escrito por la editora de la revista, Jacqueline Waisser, acerca de la película En busca de la felicidad.
Sin embargo, lo que llamó mi atención no fue el análisis que la autora hacía sobre el filme en cuestión (muy completo, por cierto), sino una frase muy interesante: "Dejemos de lado la hipocresía. A todos nos gusta el dinero por la tranquilidad, bienestar y placer que ofrece. ¿Pero de verdad es la única vía para tener una vida satisfactoria? Insisto en el punto porque el mensaje de En busca de la Felicidad es claro y contundente: no hay otra manera. ¿A dónde deja esto a todas las millones de personas que no gozan de afluencia? ¿Estamos todos los pobres diablos, que de por sí trabajamos más horas que el ciudadano promedio de una generación anterior (y por menos sueldo), condenados a sufrir hasta el final de nuestros días? ¿La falta de efectivo en sinónimo de miseria?"
Inmediatamente después de leerlo, pensé en la adicción al trabajo, esa manía de nuestros días que nos quieren vender como sinónimo de éxito.
Alguna vez, publiqué este tema en un periódico, era un servicio de una agencia informativa que estaba tratado con ligereza, incluso un poco en broma, casi era un guiño hacia los que se ha dado en llamar, muy pomposamente, workaholic. Se trataba de un test para una sección cargada de frivolidad, en la que la intención era definir si uno era o no adicto al trabajo, e incluía preguntas muy obvias como ¿Te llevas el trabajo a casa? ¿No puedes hablar de otra cosa que no sea trabajo? ¿Eres el primero que llega y el último que se va de la oficina?
Pero después de leer a Waisser recordé a un ex compañero que el año pasado me comentó que había conocido a un ejecutivo exitoso, el cual, como rutina diaria, se levantaba a las seis de la mañana, se iba al gimnasio, llegaba a las 9:00 de la mañana a la oficina, salía a las 10:00, 11:00 de la noche de su empresa y hasta entonces regresaba a casa.
Mientras mi ex compañero hablaba feliz de que el ejecutivo en cuestión era exitoso gracias a ese tipo de disciplina, y le brillaban los ojitos de felicidad porque su vida era muy parecida y eso era sinónimo de que se encaminaba a la cima, yo no podía dejar de sentir pena por mí misma, que por esos entonces trabajaba 16 horas diarias, sin poder compartir con mi familia más que unos cuantos momentos los fines de semana y sin poder tener otra distracción que no fuera el trabajo.
Pensaba también en el ejecutivo y me preguntaba si ser un workaholic lo había hecho feliz, si en casa lo recibían con los brazos abiertos, si pensaba que en su vejez alguien, de todas esas personas a las que no había atendido porque primero estuvo su trabajo, lo acompañaría con cariño. Porque yo me estaba preguntando en ese momento si era yo, mi ex compañero o el mundo el que estaba mal.
También recordé el libro Momo, de Michael Ende, y a los hombres grises, aquellos que poco a poco iban provocando que la gente entrara en un torbellino de prisa, de trabajo, en el que no cupiera nada más, ni diversión, ni esparcimiento, ni cariño, ni nada. Me pregunté si esos hombres grises no eran los que se habían colado en el mundo actual para hacernos creer que trabajar 16 horas diarias era el camino al éxito.
El caso es que, por razones que ya no vale la pena citar, salí del infierno aquel. Y entonces, me reencontré con mi vida otra vez, con mi esposo y mis hijos, con los espacios para la diversión y la creatividad, y me di cuenta que para mí es preferible vivir, en la más amplia extensión de la palabra, que tener esa adicción al trabajo que me quieren vender como éxito.
De hecho, me dirigí a internet a buscar el significado del terminajo workaholic, y el descubrimiento me dio a entender que no estaba mal al resistirme a ser una adicta al trabajo.
Según Wikipedia, esta adicción no es más que un desorden obsesivo/compulsivo que hace creer a las personas que si no trabajan 24 horas diarias su mundo va a colapsar. Dice también que el adicto al trabajo no necesariamente ama lo que hace sino que cree que nadie puede hacer las cosas como él.
(Dato curioso, la enciclopedia virtual afirma que un adicto al blogger también es un workaholic... ¡Gulp!, tendré que revisar ese aspecto de mi vida).
Obviamente, el artículo de Wikipedia menciona que este trastorno hace que la vida social y familiar del adicto al trabajo vaya en detrimento e incluso lo puede convertir en una persona potencialmente violenta con los demás, debido al cansancio y al estrés.
Como siempre, creo yo, este trastorno no puede atribuírsele en exclusiva al individuo que lo sufre, sino a una sociedad que nos quiere hacer creer que debemos ser exitosos, que el éxito es igual a mucho dinero, que el mucho dinero se obtiene con mucho trabajo, y que si no tenemos una vida con mucho dinero y un trabajo en el que nos deslomemos como burros, somos unos perdedores.
Yo, la verdad, no cambio una sonrisa de mis hijos, una plática con mi marido, la lectura de un buen libro o la posibilidad de descansar un rato por todo el dinero del mundo. Si eso me convierte en una perderora, asumo el riesgo.
¿Qué opinan ustedes?

miércoles, febrero 14, 2007

Media tarde del 14



Decidí bajar este tema porque lo estaba oyendo y pensé lo que pienso siempre: si John Lennon nos hubiera conocido a mi marido y a mí nos lo hubiera compuesto a nosotros. ¿Será que tuvo una premonición?
En fin, "volvamos a empezar, Ovivi"

Del Amor III (y ya estuvo)



Por fin llegó el Día del Amor.
Siempre que se acerca, yo caigo en la misma reflexión de las almas rebeldes. Ya saben: ¿Por qué celebrar un sólo día si el amor debería celebrarse todo el año?
Sin embargo, llega el 14 de febrero y, como suele pasarme con fechas similares, me resulta casi imposible sustraerme al ambiente que priva en todos lados, así que acabó comprando una tarjetita y chocolates para mi esposo, llenando de corazoncitos rojos los espacios donde puedo dejar huella y felicitando a los amigos aquí y allá. Después de todo soy una romántica sin remedio
Este año decidí que no voy a oponer resistencia. Si el Día del Amor y la Amistad llegó, también llegó para mí.
Todavía me niego a dedicar cancioncillas como Amar y Querer, pero esto tiene que ver más con que no entiendo la frase aquella de "es que amar y querer no es igual, amar es sufrir, querer es gozar" y tampoco pienso comprar un globo metálico ni una rosa de plástico, porque no acabo de encontrales el chiste.
Sin embargo, para ponernos cursis un ratito, que también se vale, quiero dejarles esta canción de Mecano, que me hacía suspirar en la primera parte de mi juventud, que ya compartí cientos de veces con mi marido y que además es muy romanticona.
Yo pensaba bajar para todos ustedes "Yo no Te Pido", de Pablo Milanés, pero ya saben que uno propone e internet dispone.
Yo se la dedico, por supuesto, a mi gran amor, Olivier con mensajito especial para el día: "Eres mi tesoro. Lo sabes. Te amo mucho más de lo que soy capaz de expresar".
También la dejó aquí con un recuerdo especial para grandes amigos como Gaby, Lorena, Carmen, Jorge, Luis Leonel, Saúl, Lizbik, Valeria, Marko, Claudia que me han enseñado que la amistad perdura más allá de los tiempos y los espacios y que tiene mucho que ver con el amor. Por supuesto, también lleva dedicatoria para todos los amigos bloggeros que me han enseñado una nueva forma de amistad, totalmente virtual, pero al mismo tiempo muy real.
A todos, mi cariño y como dice la canción que nunca pudo llegar a estar aquí:

"Yo no te pido que me bajes una estrella azul
sólo te pido que mi espacio llenes con tu luz".

martes, febrero 13, 2007

Del Amor II

Decía un viejo y querido amigo que la fidelidad es algo que sólo deben tener los aparatos de sonido. Y yo, que quise girar nuevamente en torno al amor, pensé, que sería buena idea hablar de este tema en esta primera quincena de febrero.
Inmediatamente, sin embargo, me asaltaron una serie de temores. Después de todo, este asunto es espinoso, y es difícil defenderlo y exponerlo a debate público. Mucho más aún: En el debate sobre la fidelidad es imposible pretender que uno tiene la razón.
Por ello, decidí que sí, que era buena idea hablar del tema, pero haciendo la aclaración primera de que no quiero vender mi propio sentir a nadie, que respeto a todos y que no es la idea de este texto exponer verdades absolutas, entre otras cosas porque no las hay.
En todo caso, trataré de exponer mi muy personal punto de vista acerca de un tema muy, muy amplio y difícil de definir.
De entrada, aclaro también que soy incapaz de tirar la primera piedra puesto que no estoy libre de culpa. En mis primeros años de juventud fui infiel y tuve que vérmelas con un infiel.
En fin, mientras pensaba en la fidelidad, recordé el libro El Mono Desnudo, de Desmond Morris, donde el autor explica que el género humano evolucionó en la línea los primates pero con algunas modificaciones propias de los animales carnívoros. Bajo la luz de esta premisa explica que en algún momento de su historia el hombre (entiéndase como género) abandonó los hábitos del primate de saltar de rama en rama para aparearse con cualquier hembra de su especie y adoptó los del animal carnívoro, que son monógamos y muy parecidos a la familia humana.
Viéndolo a la luz de esta teoría quedaría muy bien explicado el tema de la fidelidad/infidelidad humana. Tan simple como que cuando somos infieles, estamos respondiendo a nuestra esencia primate y cuando somos fieles estamos respondiendo a nuestra esencia carnívora. Fin de la discusión, todos estamos bien, fieles e infieles y listo.
El problema es que en los hechos, el asunto va mucho más allá. La cuestión de la fidelidad se ha convertido en motivo de debates teológicos, psicológicos, morales y una serie de etcéteras tan amplia como la diversidad misma del pensamiento humano.
Yo (y aquí es importante recalcar el yo) pienso lo siguiente. El nudo gordiano estriba en el tipo de acuerdos de pareja que establecemos. Es decir, YO no creo que la obligatoriedad de ser fieles deba aplicar para todo el mundo. Pero si me parece que cuando en una pareja se establece libremente el compromiso de ser fiel, éste debería ser cumplido mientras la relación dure.
Conozco parejas que establecen desde el principio que cada integrante puede relacionarse con todas las personas que quiera. Muy válido y muy respetable y seguramente nadie puede quejarse de que el otro le es infiel.
Ahora, muchos infieles se defienden bajo el argumento de que “el amor acaba”. DESDE MI PUNTO DE VISTA no hay verdad más absoluta que ésta. El amor no es eterno, y comprometerse a ser fiel no es lo mismo que prometer que uno estará en una relación para siempre.
Lo que A MI me molesta un poco de la infidelidad es la cuestión del engaño. Es decir, supongamos que yo estoy en una pareja y soy fiel porque así lo decido y porque creo que es parte del compromiso al que llegué con la otra persona, pero el otro, sin avisarme que cambió los planes, decide engañarme. Creo que merecería enterarme del rumbo que tomaron las cosas para tomar las decisiones de si me quedo con las nuevas reglas del juego o ejerzo mi libertad y me voy de ahí.
Porque quizá existan personas para las que no sea importante, pero es posible que yo haya establecido el compromiso de ser fiel y le pedí a la otra persona que lo fuera porque es importante para mí.
YO he pensado que si algún día llego a sentir que mi amor acabó, y caigo en cuenta de este hecho porque hubo algún hombre me hizo ver estrellitas por medio de una conversación, una sonrisa o una mirada, lo ideal será que reflexione bien, y si decido que quiero iniciar una nueva relación, hable primero con mi pareja, le haga saber que ya no quiero seguir con él, me aleje de su lado, ejerciendo la libertad que siempre he tenido, y a otra cosa mariposa.
Claro, entiendo que es diferente la teoría a la realidad, “que del plato a la boca se cae la sopa” y que las oportunidades de ser infiel se presentan a cada minuto para todos, incluso para los que pretendemos ser fieles.
El tema como verán es amplio, pero más que venderles la verdad, quería conocer sus opiniones, siempre enriquecedoras, y compartirles la mía, aclarando nuevamente que es mía y punto. La base de este texto es el respeto a todos, los que estén a favor y los que estén en contra.

En lo que espero sus comentarios, y en vista de que en estos días estoy en mi lado romántico, dejo un mensaje para Ovivi, mi pollito loco. Es algo que ya habíamos hablado, pero que es bueno recordar en ocasión de esta fecha y de este tema:


“Quiero que sepas una cosa. Estoy aquí porque así lo quiero. Yo sé que tengo mi libertad y mi independencia como el primer día, y la puerta está siempre abierta para mí. Pero después de 11 años no puedo evitarlo, aún despierto cada mañana con la sensación de que es un milagro que estés a mi lado. Todavía tengo la necesidad de contarte todo lo que siento, y después de las varias tormentas que nos han azotado, cada día siento que es más seguro estar instalada en tu puerto que en cualquier otra zona del universo.
Estoy aquí porque así lo he decidido, y porque todavía no se me acaban las caricias, ni los besos, ni las palabrillas cursis ni el deseo de oler tu cabello y mirar tus ojos.
Pero quiero que sepas algo aún más importante. No quiero que estés aquí cuando no lo desees. Recuerda siempre (aunque creo que nunca lo has olvidado) que la puerta está también abierta para ti, que no hay papeles, hijos, ni compromisos que nos unan para siempre. No hay nada más allá de este amor que nos proponemos alimentar cada día y a cada instante.
Y ahora sí, con este infinito que nos da el saber que somos libres, puedo decirte otra vez, te amo. Y el amor es creciente, porque ahora existen muchas más razones, muchos más espacios compartidos, mucho más deseo y mucho más de ti en mí y de mí en ti.
¿Qué si nos amaremos mañana? No lo sé. ¿Acaso vale la pena perder el tiempo en conjeturas? Pero sé que estás aquí, el día de hoy, y eso me convierte en la mujer más afortunada del mundo”.

domingo, febrero 11, 2007

Zona Peque

Para los amigos que deseen acompañarlo, sólo quiero anunciarles que mi primogénito acaba de abrir su propio blog, llamado Zona Peque. Lo encuentran aquí, en mis links, por si desean visitarlo. ¡Suerte, hijito!