domingo, enero 20, 2008

Lo único que pude escribir

Poco a poco se le fue colando la tristeza por lo poros, sin pausa. El proceso empezó el día en que le confirmaron que sus ojos se habían llenado irreversiblemente de sombras y se dio cuenta que ya no podía ser el de antes, el que hacía que la gente se asombrara ante su presencia, el que gozaba admirando la belleza femenina, el que amaba la lectura y los viajes que le regalaban bellas imágenes del mundo.

La mujer que había compartido las últimas décadas de su vida con él tampoco resistió la noticia y con una alta dosis de egoísmo decidió abandonarlo a su suerte justo cuando ya no gozaba de la salud y la bonanza económica de antaño.

Por ello, no debería ser sorpresa que un día haya decidido abrirle las puertas a la muerte, entregarse en sus manos sin oponer resistencia. Simplemente decidió dejar que su cuerpo poco a poco se fuera consumiendo por dentro y lo guardó en secreto.

Esta fue la explicación que elaboró mi mente el primer día que entre a la sala de terapia intensiva, con el corazón en la garganta, y me paré ante la cama de mi padre llena de confusión y de lágrimas.

No pude encontrarlo consciente, justo cuando necesitaba respuestas. Yacía en la cama, completamente sedado, y con el cuerpo invadido de sondas, tubos y agujas. En sus 75 años de vida, ésta era la primera vez que ingresaba a un hospital, así que el impacto que me provocó su condición fue brutal.

Cuando logré controlar los sollozos intenté hablarle, me repetía a mí misma que su inconsciente me estaba escuchando. Acaricié su cabello, le besé las manos. Abrigaba todavía la secreta esperanza de verlo despertar.

En los siguientes días, los 60 minutos que me daban para visitarlo cada tanto se me hacían una eternidad. Se me acabaron las cosas que decirle, a mí, que por años le confié todas mis dudas, preocupaciones y secretos.

Por ello me quedaba observándolo fijamente, y trataba de encontrar en aquel cuerpo enfermo la imagen del padre de mi infancia, el implacable, inflexible y muchas veces injusto, el que con sólo una mirada podía controlarme, el que me provocaba reacciones nerviosas.

Trataba también de imaginarlo como lo vi tantas veces, imponente ante la máquina de escribir, con sus dedos volando ágiles sobre el teclado y la mirada totalmente concentrada, mientras yo, cual gato escondido en un rincón, lo observaba extasiada, con la idea de que no había nada que él no pudiera resolver.

Nada surtía efecto. Ante aquel cuerpo cansado sólo podía sentir el estómago vacío y la sensación de que él no se merecía algo como aquello.

Intenté extraer recuerdos de la adolescencia, los más difíciles. Me vi a mí misma enfrentándolo, rebelándome ante su dominio, reclamándole por su actitud hacia mi mamá, por el divorcio, por su opinión negativa hacia la mujer. Eran batallas en busca de mi propia identidad que muchas veces dejaron heridas dolorosas que sanaron al paso de los años y terapia de por medio.

Deseché de inmediato estos recuerdos y entonces empecé a buscar en los más recientes, mis favoritos, los que corresponden a la etapa en que mi papá y yo nos reencontramos y nos entendimos. Traté de imaginar la mirada enternecida que me regaló en mi boda, en mi graduación, en el nacimiento de cada uno de mis hijos. También busqué recuperar el recuerdo de su voz intentando calmar mi angustia cuando me robaron, cuando me citaron en el Ministerio Público, cuando me dijeron que tenía una arritmia cardiaca.

Quería que despertara y me tranquilizara otra vez, que me dijera que esto no estaba pasando, que era una pesadilla. Deseaba con el alma sentirme como aquel día, en mis primeros años, cuando después de salir asustada y llorosa de la casa de terror de una feria, mi papá se subió en la rueda de la fortuna conmigo y mientras me señalaba los edificios, los carros que circulaban por la calle, la gente que paseaba, me demostraba que el miedo era algo relativo y fácil de vencer si se pensaba otra cosa. Desde entonces, una de mis actividades favoritas es subirme a la rueda de la fortuna.

¡Háblame, papa! ¡Háblame ahora que me asalta el miedo! ¡Discute conmigo! ¡Consuélame!, repetía en silencio, sin encontrar respuesta.

Una noche, de esas que pasé durante aquellos días, en las que dormía a ratitos tan sólo para despertar sobresaltada, recordé a mi padre en los últimos años, cuando la tristeza lo invadió. Pensé en la cantidad de veces que le pedí que no se diera por vencido.

No había manera. Estaba decidido a no salir del túnel de la depresión, y rechazaba la idea de hacer el proceso más fácil: Que sus hijos no lo tomaran del brazo, no quería perro guía, tampoco bastón, no cursos para ciegos y débiles visuales, nada.

Un día le dije que quizá sus ojos, cansados de ver tantas cosas bellas, paisajes marinos, aéreos y terrestres, habían decidido descansar antes de tiempo, pero que él tenía esas imágenes visuales grabadas a fuego en la memoria. La tristeza siguió intacta.

¿Qué pasaría entonces si despertara y se viera así, maltrecho, él que siempre fue fuerte e independiente?, empezó a resonar con fuerza en mi mente.

Una tarde, mientras esperaba en su casa para asistir a la visita de la noche en el hospital, creí oír sus pasos entrando por la reja. Esos pasos suyos lentos, casi arrastrados, inconfundibles. Tal vez aquello era una jugarreta de mi cerebro, pero por las dudas, decidí hablarle, y saqué de algún lado la entereza para aceptar lo que estaba sucediendo: “Papá, si vienes porque aún tienes un pendiente aquí en tu casa, vete en paz que no hay nada que tus hijos no podamos resolver”, le dije.

El último día del 2007, por la mañana, acudí a la visita en terapia intensiva, y lo noté inquieto. Trate de decirle palabras que lo serenaran pero pronto me quedé en silencio. Así lo despedí, en medio de intentos desesperados por detener el miedo, la angustia, la tristeza que me provocaba en ese momento, como siempre, la idea de su muerte.

Al día siguiente me avisaron que había partido. Ya no pude verlo, pero creí haberle dicho todo lo que necesitaba decirle en los días previos.

Hoy no sé cómo me siento, no puedo definirlo. Estoy incrédula, asustada, deprimida. Pasará, me dicen todos, y supongo que así debe ser. Pero por hoy no me pesa llorarlo, extrañarlo, pensar todo el tiempo en él. Después de todo, es uno de los pilares que me sostuvo toda la vida y merece este último tributo de la memoria de una hija que siempre lo amó e intentó ser como él.

“Papá, no tienes idea de lo que significa extrañarte. Te amaré por siempre”

jueves, enero 10, 2008

De una hija a un papá


Esta vez no es mi pluma la que escribe. Esta vez es la de mi hermana Gabriela, quien tuvo mucho más valor y sabiduría que yo para enfrentar el dolor de perder a mi padre.

Pedí su permiso para bajar este texto, y generosa como es, me lo concedió.

Decidí hacerlo porque si bien esta es la visión del padre que a ella le tocó vivir, tiene muchas coincidencias con el que viví yo. Especialmente el Papá Trueno, el Papá Sordo, el Papá León, el Papá Niño.

Es un texto bellísimo, sublime, con el que he llorado mucho, pero doy por bien derramadas cada una de mis lágrimas.

Por lo demás, quiero aprovechar para presumirles a esta hermana mía, comunicadora, maestra, quien sin saberlo ha sido una inspiración para mí en muchas ocasiones.

Yo estoy tratando de escribir un texto de lo que me pasa por el corazón en estos momentos, pero tendrán que esperarme.

Por ahora, disfruten éste que es bellísimo.




En la tarde

Gabriela del Río



8 de la mañana
En las horas de tu tiempo llegué a las 8 de la mañana, Papá Grande. Soy tan pequeña que no hay mucho que ver, tal vez indagaste en mis rasgos para encontrar algun parecido, pero eso aún es incierto. No puedo mirarte bien, mis párpados todavía están hinchados, pero mis oídos alcanzan a escuchar tu voz de trueno, ¡otra niña!

10 de la mañana
Estoy sentada frente a la mesa de un café. Mis pies cuelgan y los balanceo con insistencia; procuro estar callada para no interrumpir la conversación que Papá Sueños sostiene con Mamá. Los ojos de él vislumbran un futuro luminoso. Los ojos de ella lo miran y le creen. Los míos no se apartan de ese rostro recio, de esos ojos intensos, anhelando que se vuelvan hacia mí. "Mírame, mírame" pienso con firmeza pero mi conjuro no surte efecto. En el adiós apresurado, Papá Sueños apenas me regala un sonrisa divertida y una breve caricia en la frente.

10:30 de la mañana
El cuerpo de Mamá me protege del cinturón que amenaza con golpearme. Frente a nosotras se alzan las figuras de mi hermana de piel blanca, de mi Abuela Nomegustanlosmorenos y de Papá Sordo. El miedo mantiene fuertemente cerrados mis labios, pero mi interior grita. "¡Háblame, pregúntame, escúchame, Papá Sordo. Mírame, mírame!".

11 de la mañana
Voy en el asiento trasero del coche. Muy quieta, intento no hablar, no moverme, no molestar para no despertar la ira de Papá León. Me bastaría con que en un alto volteara hacia atrás y me mirara a los ojos.

12:30 de la tarde
La única Nochebuena que recordaré en su compañía es ésta. Mi hernana Muy Blanca tiene novio. Hay que confesarlo y hacer las presentaciones. Empieza el ruido, las preguntas, los reclamos. Después, el ruido se convierte en estruendo. Papá Trueno grita, vocifera, manotea, amenaza. Mamá explica, concilia, suplica, pero los gritos continúan hasta que cae, implacable, la voz de Mamá que, a veces, tambiés es Trueno. La calle recibe al hombre furioso y yo me quedo tras la puerta cerrada. Hoy tampoco me miró.

1,2,3, 4 de la tarde
Leo con pasión, rompo reglas y ventanas, tomo café, protesto con rabia, beso a algunos, me amigo con algunas, grito en las calles, canto a Serrat, trabajo con miedo, conozco el amor, renuncio y respiro... pienso en ti.

5 de la tarde
Miro, incrédula, a este bebé durmiendo con la paz que nunca antes había conocido. Su rostro de manzana me habla del amor más dulce, del calor más tierno. Vuelvo a creer en Dios. Papá Asustado tardó mucho en conmoverse con esta ternura de talco y aceite. Ahora menos que nunca le pediría que me mirase. ¿Algún día comprenderá que la vejez es el precio de estar vivo?

6:50 de la tarde
Hoy más que nunca necesito que me mires. Mamá Paloma se fue. Papá Turbado está en deuda con ella y sus ojos van del féretro a la pregunta, de la pregunta al respeto, del respeto al adiós. La Paloma ha dejado tras de sí un camino sembrado de risas para que siempre la recordemos.

7 de la noche
Mis brazos vuelven a ser cuna. "La paloma canta en el olivo, cállate palomita que duerma mi niño..." A pesar del arrorró mi niño no cierra sus ojos, me mira atentamente y entonces juro por Dios que siempre miraré a los ojos de mis Hijos Viento, de mis Hijos Cielo, de mis HIjos Sol.

9:30 de la noche
Estoy parada en un tunel oscuro y frío. Tengo mucho miedo. Mírame, por favor, mírame, que mi Esposo Lobo, fiel y solitario, se fue sin decir adiós. No entiendo lo que pasa ni por qué. Un viento helado, que trae consigo sangre y soledad, me golpea de frente. Muchas voces, manos, brazos me consuelan. La voz de Papa Ternura también lo hace, pero hoy tampoco me miró a los ojos.

11:20 de la noche
Entro al bosque de altos árboles, busco el lugar más apartado. Cuando lo encuentro, caigo de rodillas y comienzo a llorar; primero las lágrimas duelen, laceran, pero poco a poco, del centro de mi cuerpo sube la ira guardada en tantas horas de este tu día. Mi voz se convierte en el grito del odio y el rencor.
¡Muere, muere! Golpeo con la fuerza del dolor y arranco la tierra con mis manos para cavar la tumba en donde quepa bien el hombre que estoy matando. Quiero que sea muy profunda y así la hago, en ella entierro de una vez y para siempre a Papá León, a Papá Trueno, a Papá Sordo. Pasan minutos y minutos y el llanto sigue. Es necesario un río de lágrimas para limpiar los despojos del rencor que la tierra y el lodo han removido...
Limpia y curada vuelvo sobre mis pasos y dejo tras de mí, en el olvido, una tumba. Aunque tú no lo sabes, voy a tu encuentro... Papá Bueno.

23:40 de la noche
Los pies cansados se arrastran muy despacio. Pone su mano sobre mi hombro y me convierto en lazarillo. Papá Niño se deja guiar. Sonrientes, nos sentamos frente a la mesa de un café. Miro sus ojos apagados, sus ojos sin luz y entonces me doy cuenta de lo que sucede: por fin, por primera vez, detrás de ese velo de sombras ¡me está mirando! Me mira una y otra vez, pregunta y escucha, escucha y calla... y me mira, me mira, me mira por largos segundos, por gloriosos minutos. Benditos los ojos que, sin ver, hoy me miran mejor que nunca.

23:58 de la noche
No te vayas, no me dejes ahora que nos hemos mirado.

23:59 de la noche
Perdóname. Atraviesa por fin la noche, que del otro lado encontrarás al sol.

24 horas
Gracias, Papá Luz.
Adiós, Papá Niño.
Hasta que nos volvamos a reunir frenta al calor de una taza de café, Papá Poeta.

viernes, enero 04, 2008

In Memoriam/Gabriel del Río Ortiz

Partió hacia el infinito el pasado 1 de enero de 2008 al punto del mediodía en Querétaro. Había nacido un 23 de marzo de 1932 en la Ciudad de México.

Pero decir eso no es más que relatar el principio y el final de Gabriel del Río Ortiz.

Le tocó nacer de una madre descendiente de una familia aristocrática venida a menos y un padre que cuando conformó la familia Del Río Ortiz ya venía de perder a dos esposas y a los hijos que tuvo con ellas en las garras de la muerte.

Ese aire entre triste, altivo y bañado de cultura le dio una personalidad peculiar a la familia que se ha ido transmitiendo de generación en generación.

De ahí que don Gabriel fue un bohemio, amante de la buena música: tango, bolero, melodías con aires tropicales, jazz, clásico. Había tomado clases de piano en la infancia a instancias de su hermano mayor Eduardo, violinista virtuoso y quien falleciera en el mar siendo aún muy joven. También le rascaba a la guitarra con mucho sabor para acompañar boleros y melodías de invención propia.

Estudió actuación y de su trabajo en ese sentido su obra más memorable fue Pueblito, película de 1962, dirigida por Emilio Indio Fernández, en la que compartió créditos con Fernando Soler, María Elena Marquez y Lilia Prado, entre otros.

Ese mismo camino convirtió a don Gabriel en declamador y uno de los mejores intérpretes de la obra de Rubén Darío, Pablo Neruda, Amado Nervo, Gustavo Adolfo Bécquer, Ramón López Velarde y Federico García Lorca, entre otros.

Su voz de trueno, su personalidad arrasadora y esas armas actorales de utilizaba como herramienta al servicio de la poesía lo hicieron llenar teatros y recibir aplausos de pie en más de una ocasión.

Sin embargo, la actuación pagaba poco y era un medio difícil de sortear para un carácter activo y belicoso como el de don Gabriel. Además, como el eterno enamorado que fue, muy joven ya se había convertido en esposo de doña Sara Luz Arrieta, con quien tuvo cuatro hijos: Gabriel, Isis, Guadalupe y Gabriela, de los cuales fallecieron los dos primeros siendo aún bebés.

Por ello, decidió dirigirse al mundo del periodismo, para aprovechar esa capacidad narrativa y gusto por las letras que le había sido heredada por línea materna.

En esta rama tuvo grandes logros, fue reportero de los de antes, de los que aprenden el oficio a punta de regaños y teclazos. También fue jefe de información y director de medios como el Diario de Jalapa. Su paso periodístico dejó huella en publicaciones diarias como Novedades, El Universal, Rotativo, El Zócalo y revistas como Impacto y Quehacer político, donde se desarrolló como un columnista belicoso y de izquierda.

Porque sí, antes que nada don Gabriel fue un hombre de izquierda, siempre preocupado por la injusticia del mundo, por los pobres, por la arrasadora y ruin actitud de los ricos.

De hecho, en su juventud viajó a Cuba y se instaló allá dos años, justo cuando se desarrollaba la Revolución de la isla. Incluso supo de cerca lo que era la represión.

Su vena de enamorado lo llevó a contraer un segundo matrimonio tras su regreso de La Habana, esta vez con doña Carolina Sánchez, con quien procreó tres hijos: Igor, Boris Gabriel y Brisa.

Y luego un tercero, con doña Taydé Ortega, con quien trajo al mundo a Taydé Cecilia, Juan Gabriel y Américo.

No se puede decir que como padre hizo el intento de convertirse en ocho personas para estar con todos. Sin embargo, a cada uno le legó lo mejor de él y su personalidad tan fuerte dejó huella en sus vástagos.

A finales de los años setenta. Don Gabriel vivió otra de esas historias pobladas de cosas extrañas que lo persiguieron en su vida. Era ya un periodista influyente y se acercaron a él unos personajes que le solicitaron les ayudara a conseguir un par de licencias para montar una discoteca.

Don Gabriel accedió pero solicitó a cambio convertirse en socio del lugar. Fue hasta que la discoteca abrió que se dio cuenta que se trataba de un antro gay. No era que don Gabriel fuera homofóbico, pero había asuntos que no empataban con sus valores y éste era uno de ellos.

Fue así que decidió abandonar el negocio, pidió que le dieran el dinero que le correspondía como socio y con él abrió un lugar como el que siempre había soñado: Una cafetería donde se podía escuchar música y compartir las inquietudes literarias, al tiempo que se tomaba un sabroso café y se fumaba un cigarro, tal como a él le gustaba. El nombre: La Peña de Gabriel del Río.

El lugar permaneció por más de una década abierto. Por su pequeño escenario desfilaron nombres escritos con letras de oro en el medio artístico nacional como Las Tres Conchitas, el Che Reyes, Paco Miller, Fernando Fernández y el bandoneonista Domingo Scapola, entre otros. Se le rindió homenaje al director Emilio Indio Fernández y al boxeador mexicano Julio César Chávez y hubo bohemia para dar y prestar.

Además, fue en ese lugar donde don Gabriel compartió su obra, la de su lado poeta, por el cual publicó libros como La Rebelión de las Flores, con poesía de corte combativo; Universo Cautivo, con haikais, y Desde la Azul Entraña, con temas mexicanistas. Era, como lo anunciaban los letreros para invitar a la gente a la presentación de uno de sus libros: El Poeta del Pueblo.

Claro ejemplo de ello es una de las estrofas de su poema El Rebozo, considerado por muchos una de sus obras mejor logradas: “Para ese rebozo amigo es el cincel de mis versos/ porque lleva entre sus pliegues carnes morenas del pueblo/ y trenzas bien apretadas de negro y frondoso pelo/. Porque es un paño de lágrimas y cruz en el cementerio/ porque en medio de las balas, sube a la sierra sin miedo/ Rayo de luz en la noche, virginal azul de incienso”.

Gabriel del Río Ortiz tenía además dos libros de ensayo: La Guadalupana es española y México, país de traiciones.

Es en esta obra donde radica la inmortalidad de don Gabriel. En esa y en sus ocho hijos, cada uno de los cuales lo honra a su manera, en su trabajo cotidiano, en su ideología, en su labor como padre o como madre de familia.

Yo, soy su hija, Taydé Cecilia, o la negrita, como me decía él. A mi me legó su amor por las letras, por la enseñanza, por la poesía y el arte en general.

Yo lo honro con mi trabajo periodístico, una ideología muy similar a la suya y con un espíritu belicoso que es parte de su herencia.

Pero su personalidad también está en Lupita, su hija médico y combativa como la que más; en Gabriela, también periodista, con su voz gloriosa, su capacidad de enseñar y su inteligencia privilegiada; en Igor, y su gusto por el buen vivir; en Boris y su amor por la declamación; en Brisa y su actitud espontánea; en Gabriel y su virtuosismo en la música; en Américo y su trabajo actoral.

Y yo, al igual que mis hermanos, no permitiré que su legado se pierda en la indiferencia de un país y de un sistema que sólo es capaz de alabar a los creadores que se bajan los pantalones ante el gobierno e ignora aquellos a quienes asiste la luz de la verdad.

¡Don Gabriel, papito lindo, seguiremos en la lucha y hasta la victoria siempre!

domingo, junio 10, 2007

Tarde y con tarea

Me ausenté mucho.
Les podría decir que el periódico me tiene comidas las horas, pero no hay pretexto para esta ausencia ingrata. Lo mejor que puedo decir en mi favor es que estoy extrañándolos como loca, que desafortunadamente la computadora del periódico no me da posibilidad para comunicarme con ustedes, pero que estoy acomodando mi vida para que me quede espacio y reanudar mi contacto con sus blogs y con el mío, que es un verdadero aliento en mi vida.
En tanto termino de organizarme, cumplo con una tarea que me encomendó mi querida J-Oda en su blog.
Tengo que decirles 8 cosas sobre mí y después, según lo indican las reglas del juego, redireccionar la tarea para otras 8 personas.
Las reglas del juego dicen también que tengo que avisarles a todos en sus blogs, pero la verdad me voy a saltar eso.
Bueno, ahí les dejo mi lista.

OCHO COSAS SOBRE MÍ

1.- Cante durante una semana en los vagones del Metro de la Ciudad de México. La verdad es que no soy una cantante muy dotada y de guitarra sé apenas unos cuantos acordes, pero lo hice como parte de una tarea cuando estudiaba la carrera de periodismo y fue una de las cosas más divertidas de mi vida. Gané dinero y la verdad es que cuando la paso mal económicamente, no descarto la posibilidad de volver a hacerlo.

2.- Me tomaron unas fotos desnuda. No, no piensen mal, no fue para el Playboy a pesar de que mi marido insiste en que nos haríamos ricos si yo aceptara posar para la revista (fíjense nomás hasta donde llega el amor de mi esposo, es un ángel). Tenía yo 19 años y posé para unas compañeras de trabajo que estaban estudiando fotografía. La verdad, nunca me he arrepentido de esa experiencia, aunque no lo haría ahora (pese a lo dicho por mi marido) porque ya no tengo el cuerpo ni la edad.

3.- Todavía, a mis 37 años, tengo el sueño de usar un vestido como de Cenicienta en el baile en el que conoce al príncipe. Verán, soy una romántica sin remedio y una niñota vive dentro de mí, así que espero, aunque sea a los 80, bailar con mi príncipe Olivier en un gran salón donde todos admiren lo hermosos que nos vemos.

4.- Mi sueño dorado sería vivir en una playa, siempre y cuando alguien me garantizara que no habrá huracanes la próxima centuria.

5.- Como diría Alejandro Dumas en los Tres Mosqueteros, para mí dormir es comer.

6.- Hubiera querido aprender a tocar el arpa, pese a que sé que no soy ningún angelito.

7.- Soy una bailarina profesional frustrada.

8.- Aunque no siempre lo menciono para mí Dios es un rector fundamental en mi vida, pero tengo una visión propia, muy alejada de lo que aprendí de niña.

Bueno, ahora ahí les van las:

REGLAS DEL JUEGO:
A. Cada jugador comienza con un listado de 8 cosas.
B. Tienen que escribir esas 8 cosas en su blog y junto con las reglas del juego.
C. Tienen que seleccionar a 8 personas mas invitar a jugar y anotar sus nombres o el nombre de su blog.
D. No Olvides dejar un comentario en sus blogs respectivos de que han sido invitados a jugar, refiriendo al post de tu blog "EL JUEGO".


Finalmente, dejo esta tarea, si tienen un tiempito, a Ilne, a Isaura, a Carlos, a Evan, a Cápsula y creo que ya.

Regreso, prometo tratar de no tardarme

jueves, mayo 10, 2007

Palabras milagrosas

Cuando llegó al espejo, pasaban las dos de la madrugada.

Se sentía cansada, con esos cansancios que duelen, que provocan escalofríos, que obligan al cuerpo suplicar descanso a gritos.

El espejo le devolvió el reflejo de un rostro con signos de agotamiento.

No cabía duda, el cabello ya no era el de antes, se dijo. Ahora lucía opaco, mal peinado y cada vez con más canas. Apenas había tiempo para pasarle un cepillo, ¡qué épocas aquellas en que podía dedicarle dos horas diarias a su cuidado!

El rostro revelaba años de desvelos y preocupaciones. Las ojeras y arrugas eran la huella del inexorable paso del tiempo.

Las manos por su parte, ya no lucían aquellas impactantes uñas largas y en color escarlata de la adolescencia que habían sido su orgullo. Ahora estaban resecas de tanto vivir en el agua, con la huella de las quemaduras por las batallas en la cocina y los rastros del resistol que habían quedado al hacer la tarea por la tarde.

Lentamente, comenzó el proceso de desvestirse para quitarse la ropa de día y vestirse con la de dormir. El cuerpo a esas horas de la noche respondía con una parsimonia desesperante, pero ya estaba acostumbrada. Se miró el torso. Los senos ya no veían hacia el frente como antes después de amantar a los hijos, y el vientre, que en algún momento de la vida había lucido una fortaleza envidiable, ahora era flácido y estriado.

“No”, se dijo a sí misma, “ya no eres la de antes”.

¿Y había valido la pena?

¿Había valido la pena renunciar al cuerpo juvenil de antaño por traer vida al mundo? ¿Había valido la pena sacrificar horas de sueño cosiendo y planchando la ropa del día siguiente, cocinando, despertando alterada en medio de la madrugada para aliviar una tos o una pesadilla? ¿Había valido la pena el esfuerzo a veces sobrehumano de darse tiempo para todo lo habido y por haber? ¿Había valido la pena aprender cosas inimaginables en la adolescencia como aprenderse de memoria una película para niños, correr en medio de un parque cuando el cuerpo reclamaba descanso, hacer manualidades cuando nunca se había servido para ello?

Cuando por fin terminó el proceso de ponerse la pijama y, como de costumbre, recorrió la casa una vez más para verificar que todo estuviera en orden, se fue hacia la cama con paso agotado dispuesta a caer rendida, como siempre.

De pronto, unos pasos distrajeron su atención.

“¿Qué haces despierto a estas horas, amor mío?”, preguntó con una lucidez que le llegó como un rayo milagroso. Solía pasarle cada vez que esa vocecita la llamaba, sin importar la hora o el momento que fuera.

“Nada, mamita, me desperté, y vine a darte un beso y a decirte que eres la más bonita y más buena del mundo”.

Las palabras del pequeño surgieron el efecto de siempre. Se convirtieron en un bálsamo que le alivió las heridas, el cansancio, y la transformó en una mujer nueva.

Miró fijamente al hijo, tan perfecto y hermoso, le regaló una sonrisa y un beso y lo mandó a dormir.

Después de esto, todo valía la pena.

Hoy, es 10 de mayo. En México se celebra el Día de las Madres. Para mí, cada día desde que di a luz ha sido una bendición que mis hijos se encargan de recordarme con cada uno de sus actos.

Sin embargo, más allá de eso, quise escribir este breve relato para felicitar a mi mamita, a mi suegra y a las mamás bloggers que he tenido la fortuna de conocer y que me han demostrado que, de verdad, el amor de una madre es infinito: Pali, J-Oda y Cápsula del Tiempo, un abrazo cariñoso.

Especialmente, quiero dedicarle este relato a Perita, mi cuñada, porque este es su primer 10 de mayo. El bebé aún está en camino, pero sé que será la mamá más buena del mundo y siempre encontrará razones para decirse a sí misma que todo vale la pena. Un abrazo, querida.

jueves, mayo 03, 2007

La batalla feliz

Aún no me lo creo.
Duré una semana en una redacción, y si bien sufrí la presión propia de los periodistas, tan parecida a la de los corredores de bolsa de Wall Street, me siento satisfecha.
Leí cada día once horas de corrido, no tuve un espacio ni para echarle una ojeada a nada que no fuera una nota informativa, regresé a casa cansada cada día y sin embargo, tan satisfecha.
La última experiencia en un trabajo me había dejado malherida, con el autoestima hecha añicos y la esperanza de un futuro en mi carrera totalmente perdida.
¿Cómo recuperé la fe?
Gracias a un jefe que ve a las personas como humanos, y no como sus sirvientes. Un editor que se esfuerza tanto como su equipo y no cree que por ser el jefe merece privilegios. Una cabeza de sección que se ha fogueado en el frente de batalla, en secciones diarias y con trascendencia periodística.
Recuperé la fe gracias a compañeros que no tienen nada qué demostrar porque han tenido grandes triunfos a lo largo de su carrera. No tienen a nadie qué pisotear, porque son seguros de sí mismos. No tienen por qué armar intrigas contra los otros miembros de su equipo, temerosos de que les ganen el hueso, porque saben que aun cuando se quedaran sin trabajo no tendrán que andar mendigando espacios.
En fin, me di cuenta que la diferencia entre trabajar feliz y no hacerlo, no siempre reside en el entusiasmo en que uno le ponga y los conocimientos que tenga sino en la gente con la que trabaje.
Ahora estoy feliz. Muy feliz.
Regresé a lo mío. Estoy en casa. Un poco desorganizada, eso sí, pero tratando de poner todo en orden. Ya me compré mi Pepto Bismol para la gastritis que seguro me va a dar, como suele pasarnos a casi todos los periodistas, pero son gajes de este oficio.
Eso sí, los extraño mucho a ustedes, mi equipo de amigos bloggers, pero como lo prometí, estaré aquí al menos una vez por semana reportándome.
Si se puede, tengo pensado escribirles un cuento en la próxima entrega. No se me desesperen.
Sólo denme un poquito de tiempo.
De verdad los quiero y los echo de menos a todos y cada uno, Rey Carlitos, Evan, Norka, Feri, Poeta, Ana Gaby, Cápsula, Gus, Fantasma (ya te lo dije, pero otra vez), mi Ixa (eres bien correspondida), Mi Ilne (dónde andarás, preciosa), Pali y princesa Pequeña, J-oda y Mr. Futuro, Citizen, Mi Apolita linda (perdón por no responder en el msn, pero andaba de vaga y deje la compu prendida), Diego, Boris. Todos, pues.
No me dejen que me hacen falta.

miércoles, abril 25, 2007

El periodismo y yo

En unas horas, otra vez estaré en medio de una redacción. Nuevamente escucharé el tecleo incesante de las máquinas, y me contagiaré del ataque de locura a las seis de la tarde, las juntas, los ojos que arden y el cerebro que empieza a rechinar después de horas y horas de ver la pantalla de la computadora.
Pero, como me suele pasar antes de todo comienzo, recapitulo.
A estas alturas, el periodismo y yo hemos tenido una larga historia de amor. El inicio fue fortuito. Tenía tan sólo 18 años y de pronto, sin darme cuenta, acabé en la redacción de un periódico. No era algo con lo que hubiera soñado. Ni siquiera me di cuenta que estaba trabajando e incluso me sorprendí cuando me llamaron para cobrar mi primer cheque. Yo tenía claro, sí, que quería ser escritora. Pero después de ver a mi papá periodista había decidido que la redacción de un diario no era algo para mí.
Sin embargo, la vida me llevó sin que yo me diera cuenta, como tantas otras veces. Y entonces, como suele pasar en toda relación, empezó la pasión. Los primeros años fueron de un amor incondicional, a toda prueba. Podía trabajar de 12 a 14 horas diarias y sorprenderme a cada día absolutamente por todo.
Tanto fue el amor que despertó en mí aquella primera redacción, ahora ya desaparecida, que me hizo tomar la decisión de estudiar la carrera de periodismo.
No me importó la oposición de mi papá, que me alertaba de lo pesada que era la vida de un reportero y de la falta de trabajo que había en esta profesión; tampoco quise escuchar las voces de alerta de algunos de mis maestros, como aquel que nos explicó que el periodista, antes que nada, debía tener capacidad para no comer, no dormir, subsistir con sueldos a veces miserables, tener paciencia para soportar llamadas en medio de la madrugada y no soñar jamás con la fama.
¡Estaba enamorada! ¡Quién podría culparme!
Y así lo estuve muchos años. Hasta que un día, como suele pasar con muchas relaciones de pareja, desperté preguntándome si quería seguir ahí. Ya no sentía aquel interés aparentemente infinito de antes, ya no me emocionaba el día a día, y todo me parecía monótono e inútil. Me asaltaban tantas dudas respecto a estar en la profesión correcta, que decidí alejarme un poco de ella.
Me di cuenta, con este distanciamiento, que mi carrera no perdona al que no tiene el valor de seguir y que puede cobrar caro una osadía de este tipo.
Después, gente intrigosa, de esa que gusta de meter las narices en los grandes amores, entró a enturbiar aún más la relación, al grado de que un día me dije: Esto se acabó, no más periodismo para ti. Y decidí, como suele pasar con las relaciones que terminan, que conservaría mi paso por esta profesión como un hermoso recuerdo.
Sin embargo, como diría el célebre Michael Corleone, "cuando quiero salirme, me vuelven a meter", y heme aquí, otra vez, con las mariposas en el estómago que siempre me ha producido este amor por el periodismo, retomando esta relación que con todo y sus altibajos se ha mantenido por más de 18 años.
Porque como me dijo una vez un sabio y respetado periodista, "el profesional de esta carrera nace no se hace. El profesional de esta carrera es aquel que no puede permanecer indiferente a la realidad y siente que le cosquillean las venas cada vez que escucha que se generó una noticia. El profesional de esta carrera lo es para siempre".
Y sí, para siempre lo seré. No puedo negar que amo a mi carrera a pesar de los pesares. La pasión ha cambiado, se ha vuelto un sentimiento más sereno y reposado, pero ahí está de alguna manera. Ahora sólo veamos cómo será esta nueva experiencia.

sábado, abril 21, 2007

¿Qué sucedería?

¿Qué sucedería si todo quedará estático, si nunca pasara nada, si la vida fuera sólo lo que tenemos hoy y nada más?
¿Qué sucedería si se suprimiera el dolor en el mundo, si no hubiera problemas? ¿Aprenderíamos realmente a disfrutar de la posibilidad de ser felices?
¿Qué pasaría si como dice el maestro José Saramago en su libro Las intermitencias de la muerte, de pronto un buen día nos despertaramos sabiéndonos inmortales? ¿Aprenderíamos a amar más y mejor, seríamos seres humanos más completos, resolveríamos los conflictos, cuidaríamos más al planeta, disfrutaríamos más de estar aquí?
Yo he llegado a algunas conclusiones. Nada absoluto, claro. Son sólo ideas muy personales ante estas preguntas que me asaltan desde siempre.
A veces los cambios tornan nuestra vida difícil, nos hacen andar por pantanos y zonas empedradas, pero hay que asumirlos.
A veces, el dolor y los problemas nos hacen ver todo oscuro, pero al final del túnel encontramos sentido cuando nos damos cuenta de que el sufrimiento en ocasiones es la única forma de aprender o de ver con claridad.
Sabernos mortales, por otra parte, no es más que una oportunidad para aprovechar el hoy. Esta vida que puede irse a cada segundo, pero que ahora tenemos a manos llenas.
Los últimos dos años me tocó transitar por un gran tunel.
En este 2007 muchas lucecitas han aparecido en mi camino.
La próxima semana vuelvo a retomar mi carrera, que por otro lado nunca he abandonado del todo.
La incertidumbre de un nuevo comienzo me asalta, como siempre, pero me propongo poner lo mejor de mí.
Lo demás, lo que venga, siempre será ganancia.
Este inicio es el que me ha mantenido un poco alejada del blog y probablemente no me dé espacio para escribir con la constancia de antes.
Pero hay algo que me queda claro.
Aquí, de la mano de tantos amigos a los que he tenido la oportunidad de conocer, y con los que he salido enriquecida en más de un sentido, he sido muy feliz.
Por tanto, me niego a dejar un espacio abierto por los nuevos retos que tengo que asumir.
Si tengo que robarle horas al sueño para escribir y vagar por la blogosfera, estoy dispuesta.
Sólo tengan paciencia si de pronto se abren pequeños compases de espera. Tengan la seguridad de que encontraré la forma de seguir aquí.
¡Cómo no hacerlo!
Por ahora, me iré a dormir, con los dedos cruzados y el corazón dispuesto.
La luz volvió a aparecer y el tiempo que dure la pienso aprovechar.

viernes, abril 13, 2007

Tiembla la tierra

Tiembla la tierra bajo mis pies y no me deja dar el siguiente golpe sobre el teclado.
Pero claro, ¿por qué tendría que saber ella que estoy trabajando a altas horas de la madrugada?
Ni modo. Tal como lo he aprendido, me apresuro a salir a la calle como muchos otros vecinos, mis hijos en pijama pero divertidos con la experiencia.
Pretendo controlar el pulso y me digo que no pasa nada. En realidad sólo estoy tratando de que no se contagie el miedo.
Sigue temblando bajo mis pies y entonces recuerdo aquella sensación, la del 85, cuando abrazada a mi hermano menor sentía que el terremoto era eterno y veía cómo en las paredes y el techo se abrían grietas.
"¡Si el edificio se cae, que me caiga a mí!", pensaba mientras pretendía cobijar a mi hermano de cinco años con mi cuerpo.
Me resulta inolvidable el estruendo de vidrios y piedras cayendo por los abismos recién abiertos en el edificio de 21 pisos en que vivía.
Hoy no se oye nada, pero de pronto se va la luz y un par de sirenas de ambulancia se escuchan a lo lejos.
¡Imposible dejar de sentir este nudo en la garganta! El recuerdo de aquellas sirenas incesantes tratando de rescatar sobrevivientes en medio de los escombros que dejó el terremoto de 1985 vuelve con toda su fuerza.
Y siento otra vez el olor a formol, a muerte, que me persiguió en tantas noches de pesadilla.
Y vuelve por sus fueros este sentimiento de indefensión ante la fuerza de la naturaleza.
Y, como hago siempre, pido con todo el corazón que cada uno de mis seres queridos esté bien, donde quiera que sea y que no se repita otra vez la experiencia terrorífica que nos cambió la vida a tantos.
La tierra detiene su movimiento. En cuanto puedo, prendo la radio para enterarme de lo que pasa en toda la ciudad. Es una acción instintiva que me quedó desde hace 22 años.
No ha pasado nada, por suerte. Sólo episodios de crisis nerviosa que se repitieron por toda la Ciudad de México ante un recuerdo colectivo que no nos abandona.
Sigo trabajando unas horas más. Las entregas tienen fecha y no conocen del miedo.
Y de pronto, otra vez, la tierra vuelve a temblar. Un crujido me lo anuncia.
Y nuevamente el corazón agitado, aunque ahora decido quedarme en casa.
Recuerdo entonces la suerte que corrió mi familia entera, que a pesar de haber vivido el temblor del 85 en algunas de las zonas de la Ciudad de México que quedaron más devastadas, logró salir con bien.
Y reaprendimos todos a vivir, a ser precavidos, a no tomar a la ligera el más mínimo movimiento telúrico.
No cabe duda que hasta de las peores experiencias se puede extraer aprendizaje y esperanza.
Termino el trabajo y estoy por irme a dormir.
Sé que mañana amanecerá, como amaneció entonces.
El sol volverá a brillar.

domingo, abril 08, 2007

La mujer más hermosa del mundo

Hace años ella me contó un cuento que a su vez sacó del programa Plaza Sésamo.
Era la historia de un pequeño que había extraviado a su madre y entonces iba por todas las comarcas preguntando: “Perdón, ¿no han visto a mi mamá? Es la mujer más hermosa del mundo”.
La gente de cada lugar, al notar la angustia del chiquillo se apresuraba a traer a todas las mujeres hermosas de la región, pero en todos los casos la respuesta del niño era la misma: “No, no, ¿qué no me oyeron? Les dije que era la mujer más hermosa del mundo”.
En uno de los pueblos, y después de que hubieran desfilado ante el pequeño las bellas del lugar, apareció de pronto una mujer pequeña, ojerosa y con el pelo maltratado, la cual caminaba encorvada y con pasos lentos.
Entonces, el niño salió a recibirla, mientras le extendía los brazos y la llamaba a gritos, “¡mamá, mamá!”
La gente inmediatamente dirigió la mirada hacia la señora. Al notarlo, el pequeño dijo orgulloso: “¿Lo ven?, les dije que era la mujer más hermosa del mundo”.
Supongo que todos los hijos lo decimos, y yo no puedo ser la excepción.
De verdad siento que mi mamá es la más hermosa del mundo.
Podría argumentar que la veo así por su sonrisa que contagia, sus ojillos llenos de luz, su nariz chatita, su cabello rizado y espeso, su juventud y coquetería eternas; pero francamente sería quedarme en la superficie.

Mi mamá es el mejor ejemplo de que cuando se encara la vida con amor y valentía, no hay obstáculo insuperable. Es una mujer en quien el adjetivo fuerte cobra un significado real, un ser humano pleno de optimismo, amoroso, honesto, trabajador y bueno como el que más.
Mi madre nació en Chihuahua, en la frontera norte de México, el 9 de abril de 1945, y desde pequeña aprendió a convertir cada obstáculo y cada prueba en una oportunidad para crecer.
A los 14 años, tras haber abandonado la escuela con sólo los estudios básicos terminados y en vista de la difícil situación económica que se vivía en su casa, comenzó a trabajar para ayudar a su familia, compuesta por padre, madre y ocho hermanos de los cuales ella era la mayor.
De su sueldo, nunca quedaba nada para ella, así que mi mamá transitó por la adolescencia sin posibilidad de construir sueños, perder tiempo en noviazgos, comprarse la ropa de moda y otras manías típicas de la pubertad.
De hecho, a los 16 años tomó una decisión que es tan sólo una mínima muestra de su vigor y su fuerza: Viajar sola a la Ciudad de México para abrirse camino y después traer al resto de su familia para que tuviera un futuro mejor.
Imagino siempre lo difícil que debe haber sido tomar una decisión como ésta, a una edad en la que la mayoría de los jóvenes no saben ni qué pasará con su vida el día de mañana. Pero me queda claro que, aunque pequeñita de estatura, a mi mamá siempre le ha parecido pequeño el mundo y nunca ha aceptado darse por vencida.
Lo mejor es que a pesar de todos los esfuerzos que tuvo que encarar, mi mamá siempre se dio el modo de disfrutar la vida, y hasta de ir a pedir autógrafo a la casa de sus artistas favoritos como César Costa y Johnny Laboriel.
Porque sí, una de las grandes virtudes de mi madre es precisamente esa capacidad de transformar una tormenta en un día de sol.
Así me tocó verla cuando tomó la valiente decisión de divorciarse y cargó con sus hijos y sus maletas sin volver la vista atrás.
Así me tocó verla los años que siguieron, cuando regresaba a casa agotada por las jornadas en dos trabajos diferentes y sin embargo se daba el modo de celebrarnos los cumpleaños, las navidades y hacernos sonreír a cada día.
Así me tocó verla también tras el terremoto que en 1985 golpeó a la ciudad de México: inventaba maneras de cocinar sin gas, tan sólo con una olla en la que ponía alcohol y un par de cuchillos para ofrecernos comida caliente; estuvo a punto de cruzar toda la ciudad con sus tres hijos para encontrar un lugar donde dormir en medio del desastre, pero no dejaba de pedirnos que no nos diéramos por vencidos y recordarnos que teníamos que ser fuertes; sabía que el siniestro me había conmocionado, y sin embargo, estuvo siempre cerca de mí hasta que se aseguro que el miedo había desaparecido.
Después, me tocaría verla reconstruir su esperanza en el amor, gracias a Adrián, quien apareció como un ángel en su vida y ha estado junto a ella durante casi dos décadas.
Sin embargo, el corazón generoso de mi mamá ha tenido para todos, y al mismo tiempo que se ha entregado a Adrián y nos ha enseñado a quererlo, se ha dado el gusto de acompañar a cada uno de sus hijos en sus respectivos caminos y con la entrega de siempre.
Y es curioso, mi mamá no estudió más que primaria y sin embargo puede dar cátedra a sus hijos sobre muchos temas, porque tiene una permanente disposición a aprender. No tiene todo el dinero del mundo y siempre encuentra la forma de estirar y darle una razón a cada centavo de manera en que le luzca. Es una mujer que podría conformarse con lo que ha logrado, pero no puede dejar de ser una idealista siempre en busca de un país y un mundo mejor. Tiene 62 años y parece casi de mi edad.
Suele pasarme que viene la gente y me dice que ella y yo parecemos hermanas, e incluso la psicóloga, tras largas terapias, me hizo comprender que yo tenía mucho de ella.
Pero no, no se confundan. No es que no quisiera aceptar que me parezco a mi mamá, lo que pasa es que sigo pensando que sería muy afortunada si tuviera un poco más de ese amor por la vida, esa juventud, esa capacidad de sanación y ese valor que la hacen única.
Espero sinceramente que la vida me dé oportunidad de lograrlo tan bien como lo ha hecho ella.
Por hoy, en su cumpleaños 62, este es un homenaje para una mujer en quien me veo reflejada todos los días, que me ha enseñado que no hay mejor camino al éxito que trabajar con amor y dar gracias a cada paso del camino por los aprendizajes adquiridos. Una mujer de quien es una suerte ser la hija mayor. Una mujer por quien soy lo que soy.
¡Te amo, mamita!
¿Ven que era cierto que es la mujer más hermosa del mundo?

ILNE

Cuando la empecé a leer, jamás pensé en la hermosa posibilidad que me regalaría la vida:
Construir con Ilne una hermosa amistad que, gracias a la tecnología, no conoce de distancias.
Hoy me toca despedirme momentáneamente de ella, pues el próximo martes sale de viaje a la India por varias semanas. (Quienes quieran despedirla sólo tienen que dar clic en su link).
No se trata de un viaje cualquiera. Es un sueño de vida, un proyecto largamente acariciado, uno de esas metas que todos quisiéramos cumplir algún día.
Es por eso que Ilne no va sólo con su cámara ni la actitud del turista que planea conocer exclusivamente los atractivos del lugar, sino que viaja a la India con el corazón y la mente abiertos, dispuesta a dejarse conmover por todo lo que sus ojos y sus poros logren rescatar.
Por supuesto, sabe que por momentos la experiencia puede no ser agradable para un ser como ella, sensible al dolor y la necesidad humanas.
De hecho, le preocupa sinceramente no poder ayudar a la gente que lo necesite.
¡Así de hermoso es su corazón!
Sin embargo, yo le dije hace unos días lo que creo y lo vuelvo a escribir en este espacio: “Amiga querida, quizá en el momento en que te topes con gente necesitada no puedas hacer nada o muy poco, pero seguramente regresarás a casa con muchas ideas sobre las acciones que puedes emprender para ayudar a aquellos que te preocupan”.
En fin, esta despedida no es amarga en lo absoluto. Ilne sabe que estaremos pendientes de su espacio por aquello de que encuentre la manera de contarnos cómo van las cosas en algún café-internet hindú.
Mientras tanto: “Amiga, me da mucho orgullo tu valor al cumplir este sueño, sabes que te llevas mi corazón en la maleta para que te acompañe. Sácalo cada vez que haga falta ¿vale? Disfruta cada tramo y trae muchas anécdotas para contar. Te deseamos todos feliz viaje, y te esperamos de vuelta con el cariño de siempre”.

martes, abril 03, 2007

¡Y al fin llegaron!

NACER

Cuenta la leyenda familiar que el 4 de abril de 1970 un hombre apareció en el bar de un hotel de Chihuahua, pasada la medianoche.
El hombre aquel, de mirada perdida, se encontraba en ese estado del Norte de México porque era reportero y le había tocado cubrir una gira política.
De pronto, otro hombre se acercó al que se hallaba cabizbajo y meditabundo. El recién llegado era nada menos que Manuel Buendía, un reportero mexicano célebre en su tiempo.
- ¿Y qué haces aquí, con esa cara?- dijo Buendía.
- Nada, que me acabo de enterar que nació una hija mía en la Ciudad de México.
- ¡Hombre!, pues si quieres vete para que estés al lado de tu esposa y tu bebé, y yo te cubro esta información.
- No, mira, de todos modos ya no la vi nacer, así que mejor me quedó hasta el final. Ya falta poco.
- Bueno, pues entonces vamos a brindar en honor al nacimiento de tu hija.
Y los dos hombres brindaron.
Manuel Buendía habría de morir asesinado unos años después y se convertiría en el más famoso ejemplo de periodista mexicano victimado a causa de sus ideas. El hombre cabizbajo era Gabriel del Río, mi papá.
No sé, tal vez fue un hecho como cualquier otro, pero me gusta pensar que este brindis entre reporteros determinó mucho de lo que soy ahora.
Por otro lado, unas horas antes de este encuentro, Taydé Ortega sintió un pequeño calambre estomacal. Como buena primeriza, no asoció el evento con una contracción por la cercanía del parto, sino que creyó que era un dolor provocado por una indigestión.
Aun así, decidió ir al hospital, pero con calma, sólo para verificar que todo estuviera bien con su embarazo.
Al llegar al metro de la Ciudad de México, recién inaugurado, no pudo entrar al primer intento, sino que tuvo que invertir dos boletos para que los torniquetes le cedieran el paso.
(Siempre pienso que éste es el primer ejemplo de la personalidad terca y expresiva que me caracteriza. Después de todo, ¡yo quería entrar con boleto de Metro aunque aún no hubiera nacido, y entré!)
Una vez ante el doctor, Mamá Taydé le explicó la molestia y le advirtió que por la tarde había comido mangos verdes con chile.
Minutos después, la joven veía correr a su lado a enfermeras y doctores ansiosos que le preguntaban si ella era la mujer a punto de dar a luz.
Mamá Taydé, con toda tranquilidad, respondía que no, que tan sólo había comido unos mangos verdes, pero un poco más tarde se vio a sí misma en la plancha del quirófano dando a luz a una pequeña que, según anunciaron los doctores, arribó al mundo a las 0:00 horas del 4 de abril.
Esa, claro, era yo.


Lo cierto es que son ellos, Taydé y Gabriel, los causantes de que yo esté aquí.

En algún momento de la vida, sus caminos tomaron rumbos diferentes, y yo crecí más cerca de mi mamá, cuyo amor y entrega ayudaron mucho en la construcción de mis valores, mis ideales, mis convicciones y mis sueños.
Aun así, también mi papá puso su granito de arena.
Y al final de cuentas, me queda claro que cada uno, a su manera, asumió el reto de educar a una hija rebelde como yo, y procuró poner lo mejor de sí para enseñarme el significado de la palabra amor.
Por eso, uno de los principales regalos que tengo en la vida es seguir siendo la Negrita de papá y la Muñequita de Plastilina de mamá.
¡A mis 37 que se cumplen hoy!

CRECER
Siempre he pensado que la vida es como un gran juego de ajedrez.
Uno tiene la posibilidad de diseñar la estrategia para lograr el ansiado jaque mate, y entonces mueve la pieza correspondiente.
A veces, el movimiento es exitoso, hábil, inteligente. Otra veces nos sirve sólo para darnos cuenta que pasamos por alto a una pieza del bando enemigo que se hallaba agazapada y que tarde o temprano nos cobra la osadía.
Yo he tenido altas y bajas como todos. Tropezones, caídas y descalabros. Pero puedo decir que he vivido de acuerdo a lo que pienso y de mis errores no puedo culpar a nadie más que a mí.
A veces, equivocarme me ha costado dolor y llanto, pero entonces recuerdo que también he tenido éxitos y me he desarrollado tanto como he querido como amiga, esposa, profesionista y la loca irremediable que soy.

¡Esa es la verdadera ganancia!.

REPRODUCIRSE

Y sí, uno de mis mayores triunfos fue haber dado frutos y contemplarme cada día reflejada en el bello brillo de mis retoños.
Soy madre por sobre todas las cosas.

Y… LA PLENITUD
Sí, ya sé. De acuerdo al ciclo de la vida que nos enseñan en biología, después de nacer, crecer y reproducirse seguiría morir. Pero siempre he pensado que esta lección carece de la parte más importante… la plenitud.
Yo ya nací, crecí, me reproduje. Aún no he plantado un árbol ni he publicado un libro, pero siento que el horizonte es amplio.
La ventaja es que ahora ya cumplí con varias etapas y sin haber perdido un ápice de la juventud y la alegría, tengo a mi favor la experiencia de los años vividos.
Así que 37 años, y yo soplaré el pastel sintiéndome bendecida por haber llegado hasta aquí.


domingo, abril 01, 2007

¡Sí se puede, México!

Me tocó verlas la semana pasada, después de meses y meses de no contactarlas, alejada como he estado del periodismo.
Y otra vez, como suele pasarme, me quedé de una pieza.
Primero, mi cita fue con Leticia Huijara, protagonista de cintas polémicas y exitosas como La Ley de Herodes y Un Mundo Maravilloso.



Un par de días después, el encuentro fue con Vanesa Bauche, quien se ha vuelto célebre gracias a cintas como Un Embrujo, Amores Perros y Las Vueltas del Citrillo, y que hace tan sólo unos meses triunfó en Londres con la obra De Insomnio y Medianoche, con lo que se convirtió en la primera latinoamericana en participar en el cerrado circuito del teatro británico.


Además de ser mujeres encantadoras, bellas, de personalidades recias e inteligentes como las que más, ambas actrices me sorprendieron como siempre porque en ellas es posible confirmar que existe un gran talento en México en cuanto a actores se refiere.
Las dos aman su trabajo, se entregan con verdadera vocación a él, tienen el talento para encarar cualquier reto que se les presente y han luchado por dignificar su profesión hasta donde les ha sido posible.
Las dos son caras conocidas en el mundo, pero para mí gusto, éste debería ser el único tipo de rostros mexicanos que fueran célebres a nivel internacional: el de profesionales realmente preparados, que hacen de cada actuación una obra de arte.
¿Y entonces, se preguntaran ustedes, cómo es que México exporta telenovelas de ínfima calidad que incluyen a personas cuyo único “talento” es que son "bonitos" o tienen un cuerpo sometido a múltiples operaciones o interminables rutinas de ejercicio?
¿Por qué, en lugar de elevar el trabajo de actrices como Leticia Huijara, Vanesa Bauche y una larga lista de etcéteras, mi país opta por mandar al extranjero la imagen de actores mediocres que no se molestan en estudiar sus escenas, sino que llegan cada día a grabar con la confianza de que el apuntador en la oreja los sacará de cualquier apuro?
Pero el problema es más hondo. En México, por ejemplo, existe también un gran talento musical. Virtuosos que si vivieran en otros países seguramente estarían en la cima, y sin embargo, ¿qué es lo que se conoce de la música de mi país en el extranjero? ¿Rebelde, que es un grupo creado a partir de los intereses de mercado? ¿O Belinda, una jovencita a quien han elevado a rango divino sólo por transmitir su música pop una y otra vez en la radio y la televisión a pesar de que no ha dado muestras de una verdadera capacidad musical ni vocal?
Otro ejemplo es de los escritores. A pesar de que hay un bajo nivel de lectura en el país, México cuenta (y me consta) con gente cuya creatividad y estilo narrativo podrían dar como fruto no sólo libros, sino guiones para cine y televisión verdaderamente originales.
El caso es que a estos escritores no sólo no se les toma en cuenta para apostar por una mejor televisión o cine, y ya no se diga para publicar libros (recuerden cuántos libros de autores mexicanos jóvenes han conocido últimamente), sino que además, la última moda es importar productos de gran calidad de otros países, como Bety La Fea, del colombiano Fernando Gaitán, tan sólo para destrozarlos incluyendo escenas enteras del humor más ramplón que uno se pueda imaginar.
Por si no fuera poco, a productos como éste, de éxito probado en el mundo, se dan el lujo de agregarles a los actores menos carismáticos que encuentran y entonces el resultado es verdaderamente lamentable.
Dicen por ahí, no sé si sea cierto, que Alfonso Cuarón dijo que directores como él, Alejandro González Iñárritu y Guillermo del Toro eran tan sólo “braceros* de lujo” que habían tenido que cruzar la frontera deseosos de encontrar apoyo para sus propuestas. Lo cierto es que, braceros o no, lograron un reconocimiento internacional que seguramente no habrían tenido de haber seguido aquí.
¿Acaso no es posible apostar por productos artísticos de exportación que reflejen el talento en México? ¿Es mucho pedir que desaparezcan las telenovelas o que por lo menos se legisle para que no sean exportadas a menos que cumplan ciertos requisitos de calidad? ¿Es imposible pensar que algún día recibirán el apoyo necesario los músicos, los escritores, los bailarines y todos aquellos que apuestan por la buena cultura en este país? ¿Es imposible pensar en sueldos dignos y tratos respetables para los verdaderos artistas nacionales?
Queda la reflexión, porque aunque sirva de poco para que las cosas cambien, siempre es bueno tener presente cómo debería ser la situación y poner un granito de arena cuando sea necesario.

* Braceros es la manera en que se conocer a los que cruzan a nado el Río Bravo para pasar ilegalmente a Estados Unidos.

miércoles, marzo 28, 2007

Se escuchan penas

En realidad, la idea no es mía. La leí hace un par de meses en la novela Vivir la Vida de Sara Sefchovich.
Resulta que Susana, la protagonista, es una mujer que va viviendo la vida casi por accidente y decide poner el letrero en la puerta de su edificio: “Se escuchan penas y pesares, departamento tres a”.
Cuando leí esta parte del libro me hipnotizó, no sólo por la originalidad de una idea como ésta, sino porque pensé que sería buen negocio el de escuchar penas.
De hecho, yo a menudo me topo con gente que apenas conozco y que decide abrirme su corazón y desahogarse conmigo.
Sin ir más lejos, el día de hoy me sucedió, cuando ya había escrito los primeros párrafos de este texto.
Me subí a un taxi a la carrera e inicié la típica conversación impersonal con el conductor sobre el clima, los hijos, la gripa. De pronto, sin que me diera cuenta, la plática dio un giro y me descubrí escuchando los problemas del taxista con su esposa.
Me contaba que su mujer había anunciado que se iría de la casa porque no estaba de acuerdo en que él ayudara a una de sus hijas que tenía problemas de dinero. Se sentía injustamente acusado, pues él lo único que quería era ser un buen padre.
Yo lo escuchaba en silencio y asentía lo suficiente para que se diera cuenta que le estaba prestando atención, pero en un punto de su plática me di cuenta que en realidad el taxista estaba hablando para sí mismo y que yo sólo había servido de pretexto para su desahogo.
Fue tan emotivo su monólogo que hubo un momento en que noté como al hombre se le quebraba la voz y le corrían las lágrimas por el rostro.
Al bajarme del taxi, él se disculpó por haberme contado su historia, pero yo le dije lo que suelo pensar en estos casos “todos necesitamos desahogarnos de vez en cuando”. A cambio, él me devolvió una sonrisa y un “Dios la bendiga”, y yo le regresé las mismas palabras con toda la sinceridad de mi corazón.
Escenas como ésta me pasan a menudo.
De hecho, una amiga fotógrafa decía que yo era especialista en hacer llorar a mis entrevistados cuando era reportera. Pero puedo decir en mi defensa que yo les hacía una pregunta cualquiera y eran ellos los que decidían abrir su corazón.
El caso es que he comprobado que las penas vienen en frascos de todos tamaños y en una gama variadísima de colores. Las hay grandes, medianas y pequeñas, lo mismo por la pérdida de un amor o un ser querido que por la enfermedad de un pariente, la situación económica o los conflictos de trabajo.
Sin embargo, este sentimiento nos es común a todos, y para cada cual, su pena es única y tan válida como todas las del mundo.
He comprobado que cuando alguien cuenta una pena, no hay palabra de aliento que valga, no sirve de nada animarlo con frasecillas hechas. En casos así, es más valioso el silencio, unos oídos atentos y unas manos dispuestas a una caricia en caso necesario.
Por supuesto, hay quien es adicto a la pena, y ningún exceso es bueno, ya lo sabemos. ¿Pero acaso es malo sentir pena cuando algo nos pasa? ¿Se vale pretender que la vida sólo son momentos felices? ¿No es mejor abrazar la pena y después dejarla ir?
En fin, que después de toda la reflexión surgida a partir de Vivir la Vida, de Sara Sefchovich, decidí que seguiré teniendo oídos atentos a los corazones atribulados. Aunque eso de cobrar, como que se me hizo un poco descabellado.
Así que, “Se escuchan penas y pesares. Zona Infinita”.


jueves, marzo 22, 2007

El meme de las rarezas

Mi querida maestra Feri me encomendó la tarea de responder a un meme, y como la quiero mucho y siempre fui una alumna responsable, vine inmediatamente a cumplirlo.
Además, en estos días las musas andan de vacaciones y esto me da un excelente motivo para escribir.
Bueno, ahora tenemos que responder cuáles son nuestras “rarezas” o “particularidades”.
Tarea difícil, sin duda, porque si soy honesta, yo soy una rareza en mí misma.
Pero bueno, veamos algunas de mis particularidades:

* No puedo irme a dormir si no he verificado dos o tres veces que la estufa está bien apagada. Esto se volvió una verdadera obsesión, tras el fallecimiento de una querida amiga y su familia a causa de una fuga de gas.

* Tengo el vicio de tomar café, pero aunque quienes me conocen creen que bebo litros y litros de esta bebida al día, la verdad es que no tomo más de tres tazas. Lo que pasa es que me sirvo un café por la mañana, pero sólo es la mitad de la taza y además le voy dando sorbitos poco a poco durante horas. Es tanto el tiempo que dejo pasar entre que me preparo un café y termino de tomarlo que me lo acabo bebiendo totalmente frío.

* Me gusta mucho bailar, pero cada vez soporto menos las fiestas y menos si hay mucho alcohol de por medio. (No se confundan, no soy abstemia, simplemente que a veces siento que el clima se enrarece con el alcohol).

* No me gusta oír sonar el teléfono. No sé bien qué me produce, pero siempre me pone nerviosa. Claro, una vez que contesto, trato de que el que llama no note el malestar.

* Pongo unos ojos de toro loco cuando alguien me interrumpe mientras estoy escribiendo.

* Cuando voy a un restaurante, no soporto a la gente que platica demasiado fuerte o ríe a carcajadas.

* Me provocan malestar los tumultos.

* Le tengo aversión a los insectos, especialmente a las arañas grandes y he llegado a pegar de gritos cuando me aparece una por sorpresa. De hecho, creo que fue una de ellas la que aceleró mi primer parto.

* No me gusta ir al dentista ni visitar al médico.

* Cuando riego las plantas, les platico.

* No puedo dormir si no lo hago recostada sobre mi lado derecho.

* Me incomoda cuando alguien me dice que soy bonita porque no me lo creo y pienso que es una broma.

* No me caen bien los hombres que se las dan de galanes.

* Siempre que me dan regalos me quedo con la sensación de que no los merecía. Definitivamente me gusta más dar que recibir.

* Cuando he tenido que ir a un funeral, siempre me siento fuera de lugar porque no encuentro palabras para consolar a los dolientes.

* El agua es un placer para mí, ya sea como bebida, cuando me baño o en una alberca.

* Hablo dormida, y siempre incoherencias.

* No puedo trabajar con música.

* No me gusta dejar un libro a medias ni estar leyendo varios al mismo tiempo.

* Me encantan los chocolates y si son semi amargos, mucho mejor.

* Me fascinan los juguetes. Si pudiera, tendría un cuarto lleno de ellos, especialmente de muñecas.

* También me gustan los zapatos. Si fuera millonaria, los tendría todos.

* A diferencia de muchas mujeres que se fijan en los hombres por su torso, su rostro, su brazos, su voz, yo en lo que me fijo es en las manos masculinas. ¡Es casi un fetiche! Me gustan las que son grandes y varoniles.

* No puedo dormir sin leer un rato.

* Me cuesta trabajo separarme de mi esposo, así sea cuando tenemos que cumplir obligaciones. Sin embargo, estoy trabajando para que se me quite esta dependencia, sobre todo ahora que está viajando mucho.

* Me enoja la gente que no hace su trabajo con alegría.

* Escribo mejor cuando estoy deprimida.

* Puedo doblar mis dedos hacia atrás (bueno, no totalmente pero sí anormalmente), como si fueran de hule.

* Tengo una rutina nocturna peculiar: Ver un poco de televisión, charlar con mi marido, leer el Tarot y el I Ching, leer un libro y ¡a dormir!

* Soy un vampiro, funciono mejor de noche que de día.

Y ya, ahí le dejo, hay más, pero creo que es muy pronto para que se den cuenta que soy o un fenómeno o una verdadera loca.

De hecho, para que comprueben que sí tengo zafado un tornillo, cierro este texto con mi última rareza.

* Entre mis canciones favoritas, hay varias que aluden al tema de la locura: Cartón Piedra, de Joan Manuel Serrat, Balada para un Loco, de Piazzola, A la Sombra de Un León, de Joaquín Sabina, en fin… loca soy, pero eso sí, muy feliz.

Y bueno, les dejo el meme a toda lista de Amigos Infinitos. Si tienen tiempo y ganas, adelante, pero sí no, que sea como ya lo dijo Feri, sin compromisos.

lunes, marzo 19, 2007

Qué bella es la vida

¿Qué significarán estas imágenes?

Mis hipótesis:
A) En realidad, mis hombres y yo fuimos una familia de osos polares en otra vida.
B) Tenemos espíritu de osos polares en casa.
C) La vida nos da siempre ocasión para recordar que formamos parte del maravilloso reino animal y para recuperar la humildad al saber que sólo somos una elemento más del universo.

En fin, de cualquier manera, son dos imágenes que me parecieron hermosas, y quise compartirlas, porque son descubrimientos como éste los que me hacen saber que soy una mujer muy afortunada.


Espacio sin límite para conocer

Como saben los visitantes de este espacio, la lista Amigos Infinitos está dedicada a todos aquellos blogs que, en mi humilde opinión, merecen ser leídos, ya sea por los temas que tratan o por la forma en que éstos son abordados.
Son, además, mis sitios favoritos, a los que acudo sistemáticamente y que me parecen ampliamente recomendables.
En esta ocasión, acabo de incluir un link especial para mí. Se trata de Espacio sin Límite, que es un blog de reciente factura, pero con mucho camino por delante.
El autor es Adrián Colín, mexicano y periodista como yo, a quien además le guardo un afecto muy especial, no sólo por ser la pareja de mi mamá desde hace 18 años, sino porque he aprendido a quererlo por su actitud siempre amable, solidaria y cariñosa.
Adrián es poseedor de una mentalidad abierta, ágil y progresista que seguramente nos regalará los más variados y ricos textos.
Yo los invito a todos a que se den una vuelta, estoy segura que no se arrepentirán. Sólo denle click al link que dice Adrián, México, ¡y listo!

Le regalo esta foto de Adrián, mi mami y doña Soco, la mamá del nuevo bloggero, para que lo vayan conociendo todos los amigos.

miércoles, marzo 14, 2007

La Mariquita

Tardé un poco, pero por fin lo reconstruí.
Les decía que este es un cuento que mande a un concurso. Se trataba de un certamen que organizó una revista femenina a nivel Latinoamérica y del cual obtuve el lugar número 15.
Pero más allá del premio, lo importante es que este cuento fue motivado por una noticia que leí algún día y me dejo sin dormir las noches siguientes.
La verdad no sé si con la reconstrucción el relato ganó o perdió, ya que, como suele sucederme con mucho de lo que escribo, perdí el orginal.
Sin embargo, me parece una historia conmovedora que siempre vale la pena rescatar.

Nadie supo nunca cuándo ni de dónde vino. Su presencia resultaba tan cotidiana que había quienes pensaban que había estado ahí desde siempre.
No tenía un nombre, al menos no uno oficial, aunque alguien le había llamado alguna vez “La Mariquita” y así era conocida por el barrio.
Su edad era indefinida. Ocho, nueve, diez años, quizá. Era casi imposible adivinar la fecha de su nacimiento y nadie se había tomado la molestia de preguntársela.
Lo cierto es que La Mariquita aparecía por todos los rincones y a toda hora del día. La veían los oficinistas que salían temprano en la mañana hacia el trabajo, las madres y los niños que iban y venían de la escuela, las amas de casa que salían a toda prisa hacia el supermercado, los viejos que gustaban de pasar un rato con sus amigos en el parque.
De baja estatura y extremadamente delgada como era, La Mariquita siempre se veía mucho más pequeña enfundada en aquellos vestidos y suéteres enormes que sacaba de quién sabe dónde.
De los zapatos, ni hablar. Cuando había suerte, traía algún par de dos o tres tallas más grandes que la suya. Cuando no, iba descalza, pisando el pavimento caliente, piedras, basura y cristales rotos sin el menor asomo de dolor.
A veces, La Mariquita aparecía en alguna esquina con una caja de dulces que ofrecía a todo el que pasaba; en otras ocasiones, se la veía con una botella de jabón líquido, dispuesta a dar servicio de limpieza en los parabrisas de los coches, y había días que aparecía sentadita en la banqueta, con el rostro moreno, cansado y sucio, y una mano extendida para pedir limosna.
Cuando corría con suerte, algunos transeúntes le regalaban una moneda, con lo cual acallaban su conciencia y podían seguir tranquilamente con su vida unos días, meses o años más.
Sin embargo, la mayoría de las veces, la gente del barrio pasaba a su lado sin prestarle atención, o bien, la veían a lo lejos y decidían ignorarla una vez que les tocara caminar a su lado.
Nadie reparaba nunca en esos ojillos negros, de mirada opaca, inusuales en una niña tan pequeña; ni en sus diminutas manos cenicientas y llenas de cicatrices, que revelaban un abandono total.
Si la hubieran observado, quizá se habrían dado cuenta que comía sólo cuando podía y que en algunas ocasiones había tenido que recurrir a la inhalación de cemento para mitigar el hambre.
Si se hubieran detenido a hablar con ella, hubieran sabido que su madre drogadicta la había echado de la casa, y sin embargo, La Mariquita regresaba de vez en cuando a darle el producto de su trabajo para que no se muriera de hambre.
Si hubieran querido conocerla, se habrían enterado que dormía donde la agarraba la noche, ya sea en una coladera, debajo de un auto o en el portón de una tienda, y a veces no contaba ni siquiera con viejos periódicos para cubrirse del frío.
Pero nadie tenía tiempo de mirar ese rostro que había perdido la inocencia; la prisa de la ciudad impedía que alguien se detuviera a preguntarle nada o a llamar a las autoridades para exigir la protección de la pequeña desamparada.
Además, todos se habían vuelto lo suficientemente desconfiados como para no contemplar la posibilidad de invitar a La Mariquita a tomar un plato de sopa o a guarecerse en una noche de frío. Mucho menos, claro, a vivir en su casa.
Y sin embargo, ¡qué reacción la que provocó su muerte!
Los vecinos se enteraron temprano por la mañana, cuando la policía se dio cita en el único lote baldío de la zona.
Ahí había aparecido el cuerpo sin vida de La Mariquita, pero los investigadores no acertaban a dar con las razones de su muerte. ¿Hambre?, ¿frío?, ¿estrangulamiento?
Tampoco le veían mucho caso a dedicar tiempo a una niña por la que estaban seguros que nadie levantaría la voz.
Entre la gente del barrio, sin embargo, había una gran conmoción.
“¡Cómo es posible que una niña pierda la vida de esta forma! ¡Qué clase de sociedad es ésta en la que vivimos!”, repetían las vecinas indignadas, e inmediatamente acallaban la voz interna que les gritaba que sí, que aunque ellas no lo quisieran, también eran parte de esa sociedad que criticaban con dedo flamígero.
Algunos emotivos decidieron poner flores en el espacio que dejó el cuerpo inerte de la niña. Otros, decidieron agregar una cruz y un grupo más extendió una petición formal para que la calle donde estaba aquel lote baldío cambiara el nombre para llamarse desde ese momento La Mariquita.
Las autoridades decidieron aceptar ese último tributo, seguros de que era lo único que podían hacer por esa niña cuyo destino final había sido la fosa común.
Sin embargo, el paso de los días, los meses, los años, y la aparición de otras tantas criaturas como ella por los rincones del barrio, cubrieron con el polvo del olvido el recuerdo de La Mariquita.
De hecho, la otra noche, entre un par de amigos que caminaba por las calles del barrio se registró la siguiente conversación.
- Oye, ¿y por qué se llamará Mariquita esta calle, si en esta colonia las avenidas tienen nombres de próceres de la historia mundial?
- Pues quién sabe, tú. Tal vez algún romántico, en un ataque de locura, decidió nombrar esta calle en honor a esos pequeños insectos de color rojo, que son inofensivos y simpáticos, que dicen que te dan mala suerte si los matas, pero a los que muchos les cortan las alas.

domingo, marzo 11, 2007

Y siguen los 52 días...

Paciencia, es una de las principales recomendaciones del I Ching, y siempre pienso que se trata de un arte difícil de cultivar.
Pero ahora me toca a mí pedirle a todos los amigos que hagan uso de ella y no se me desesperen por la lenta caída de textos.
Verán, los 52 días antes de mi cumpleaños me han regalado esta gripa de la que todavía no escapo, un ojo enfermito y muchas cosas qué reorganizar en mi casa y mi vida en general.
Pero yo lo pienso así: Los dos años pasados la vida me dio algunas palizas por aquí y por allá; conocí gente que me dejó un mal sabor de boca y viví momentos difíciles.
Ahora, siento yo, estoy entrando en un proceso de purificación, y cual si fuera una fiebre, mis poros están expulsando todas las toxinas para que el ciclo que venga sea mucho mejor.
(Hey, no se rían por favor de mi teoría, que estoy tratando de ser optimista).
Y bueno, aún así, quiero contarles que estoy recomponiendo un cuento con el que alguna vez gané el lugar 15 en un concurso. Es un cuento triste, así que recomiendo que preparen los pañuelos en lo que regreso.
Trataré de no tardar mucho.
Gracias a todos por el cariño y la paciencia.

jueves, marzo 08, 2007

La historia de Lina

La conocí hace seis años, cuando entró a trabajar conmigo para ayudarme con la limpieza de la casa una vez por semana. Venía muy bien recomendada por un círculo de amigos míos, así que la recibí con confianza y cariño, aunque nunca pensé que se volvería un ser tan entrañable para mí.
La empecé a admirar por el amor con que hacía su trabajo, siempre pendiente de que las cosas quedaran exactamente como yo quería, aun cuando no le pidiera nada en específico.
Después, me asombró saber que, aunque era tan sólo tres años mayor que yo, ya tenía hijos adolescentes por quienes profesaba un amor incondicional.
Sin embargo, no me enteré de su historia hasta un día que decidió abrirme su corazón y contarme que vivía en un matrimonio con un marido que le había llevado dos amantes a la casa, era alcohólico y acostumbraba ser violento con ella y con sus tres hijos.
Cuando me contó su situación, ella estaba empezando a barajar la posibilidad de divorciarse, así que yo, como todas las personas con las que trabajaba, le aconsejé que tomara la decisión de separarse de una vez por todas y le ofrecí mi apoyo.
Como es una mujer humilde, me tocó verla librar la batalla ante los tribunales de justicia que irónicamente acostumbran ser injustos con quien menos tiene. Más de una vez la vi a punto de desistir, pero siempre le ofrecí todos los medios a mi alcance para que continuara en su lucha.
Sin embargo, con el paso del tiempo, me enteré de que ésta era sólo una de las batallas que Lina había librado en su vida.
Nacida en un hogar humilde, su mamá la había dejado al cuidado de su abuela, quien a su vez la puso a trabajar a los cinco años de edad en el servicio doméstico.
Lina, por lo tanto, tuvo una escoba, un cepillo y un trapeador, mucho antes de saber lo que era una muñeca.
Por lógicas razones, ella se casó joven, a los 14 años.
En su matrimonio del que nació una niña y dos varones, nunca tuvo un momento de descanso, porque su marido la hizo trabajar a la par de él desde el principio, no sólo para llevar sustento al hogar y mantener la casa a flote, sino en la construcción de dos casas en las que lo mismo hizo labores de albañilería, que de plomería y electricidad.
Ella lo dice orgullosa: "Para mí no hay días de descanso, porque cuando no trabajo haciendo limpieza de casas, estoy construyendo en mi terreno".
Sin embargo, a pesar de todo, Lina siempre hace todo con alegría y cuenta su historia sin renegar de nada: ni de la madre que la abandono al cuidado de la abuela, ni de la abuela que la hizo trabajar tan pequeñita, ni del marido que le hizo la vida difícil, ni de los hijos a quienes se dedica en cuerpo y alma.
Por el contrario, si bien antes lamentaba que por trabajar desde niña no había podido conocer la playa, estudiar una carrera o esperar más tiempo para casarse, su visión de la vida siempre ha tenido un toque positivo.
De hecho, esa actitud optimista le ha permitido cumplir sueños pendientes como el de conocer Acapulco, ir al teatro, comprarse un coche y concluir su proceso de divorcio.
Además, es una mujer hermosa, que se ve joven y guapa, que se hace querer con facilidad y en quien las amarguras no han dejado huella.
La última batalla de Lina inició hace unos meses, cuando su hija de 22 años le confesó que estaba embarazada de un hombre casado.
Lina, que había tratado de aleccionar a sus hijos para que no cometieran el error de embarcarse en un matrimonio sin amor como el de ella, se sintió decepcionada. Sin embargo, fiel a su actitud de lucha ante la vida, decidió apoyarla sin condiciones.
Para cuando esto pasó, Lina ya no trabajaba conmigo, sino con mi mamá, pero aún seguía viéndola de vez en cuando, así que me tocó oírla hablar, con gran emoción, del próximo nacimiento de su nieta.
A lo largo de la semana pasada, la hija de Lina estuvo en labor de parto. Empezó el lunes, el martes fue hospitalizada pero fue hasta el miércoles que nació la bebé, porque los doctores decidieron no atenderla a tiempo. El problema es que este retraso provocó que la pequeña tragara líquido amniótico, con el peligro de sufrir daño cerebral, por lo que tuvo que ser hospitalizada en cuanto nació.
Mi mamá me cuenta que Lina, que estaba muy molesta, fue a quejarse al hospital por el retraso en la atención de su hija.
La respuesta de los médicos fue: "Debe saber que un parto es muy caro, y a usted le salió gratis porque éste es un hospital público, así que ni se queje".
Lina, acostumbrada a no dejarse vencer por la adversidad, respondió: "Mire, tal vez yo sólo soy una sirvienta y no tengo los estudios que tiene usted, pero lo único que le puedo decir es que yo siempre hago mi trabajo con amor. Usted no puede decir lo mismo".
¿Podría haber un argumento más certero?
Afortunadamente, como suele sucederle a Lina, la batalla terminó con bien, y desde ayer ya tiene a su nieta en los brazos. Una nieta que nació cuando ella no cumple todavía los 40 años. Una nieta por la que todos los que la queremos estamos celebrando con ella.
Yo sé que la historia de cada mujer es diferente, pero personas como Lina me han enseñado una de las grandes virtudes de mi género. Las mujeres difícilmente nos dejamos vencer, siempre luchamos, siempre sacamos el as bajo la manga, tenemos un nivel de tolerancia altísimo y una capacidad de adaptación fuera de serie.
Quise contar esta historia hoy, que es el Día Internacional de la Mujer, para homenajear a todas las heroínas que, como Lina, sortean día con día batallas pequeñas o grandes y aun así conservan la sonrisa, el anhelo y las ganas de seguir en la lucha.
Ya me tocará hablarles más adelante de mi mamá, la mujer más fuerte que conozco.
En tanto, muchas, muchas felicidades a todas y muchas gracias a todos los que nos complementan.