sábado, septiembre 27, 2008

De los fantasmas y yo

Cuando se trata de fantasmas, siempre siento que estoy haciendo equilibrio en la tenue línea imaginaria que divide a los creyentes de los escépticos.
A veces, siento que me voy hacía un lado, a veces hacia el otro, pero el caso es que nunca caigo en ninguno de los dos bandos por completo. En realidad esta situación de mi carácter no me parece una virtud o un defecto, simplemente es una cualidad que por momentos me desespera, debo decir.
Mi lado creyente tiene sus propias teorías. La más fuerte es que, si como dijo Lavoisier, “la materia no se crea ni se destruye, sólo se transforma”, el ser humano, que es mucho más que materia, mucho más que energía, no puede desaparecer así como así de la faz de la tierra y a partir de ese momento convertirse en nada.
También podría esgrimir otros argumentos basados en temas como el alma, la sensación de que el mundo no necesariamente es unidimensional y las historias que mi padre contaba que se habían vivido en la familia.
Sin embargo, estoy consciente que, como toda creencia, la mía en los fantasmas no tiene mucho sustento y, por supuesto, no parte de una explicación científica perfectamente comprobable. Vaya, ni siquiera puedo decir que nace de anécdotas personales, porque debo reconocer (con una gran dosis de decepción porque me atrae mucho el tema) que sólo he tenido un par de experiencias al respecto, y no me atrevería a asegurar que fueron sobrenaturales porque no cuento con pruebas para hacerlo.
La última de ellas me ocurrió hace tan sólo un par de días. Estaba yo sentada en la sala de mi casa, haciendo sobremesa con mis hijos. De pronto, olfatee un olor suave, pero claro, de incienso. A pesar de que desde el primer momento noté la naturaleza del aroma, me levanté del sillón en busca de la posible causa: ¿se estará quemando algo en la cocina? ¿habré prendido sin darme cuenta el repelente contra mosquitos que tiene un aroma similar? ¿habré dejado caer una ceniza por ahí y esto es el aviso de un incendio?
No llevaba ni unos segundos haciéndome estas preguntas en silencio, cuando mis dos hijos me confirmaron que no estaba loca: “huele como a incienso, mamá”, dijeron. Entre los tres tratamos de encontrar el origen del olor. “Quizá los vecinos“, dijimos, aun cuando estábamos conscientes de que ningún aroma de las casas vecinas entra con esa claridad a la nuestra.
Y de un momento a otro, así como llegó, el olor que había sido claro desapareció sin dejar rastro, lo cual me dejó aún más asombrada.
Al comentarlo, unas horas más tarde, supe que existía una teoría que dice que un fantasma puede hacerse presente a través del aroma, y más específicamente, de los aromas a incienso y/o flores. Se dice que el suceso ocurre tal y como nos ocurrió en casa: inicia el olor, permanece un tiempo y se va de pronto, sin dejar rastro.
Debo decir que cuando me enteré de esta teoría me dio un estremecimiento de alegría, porque llevaba un par de días embebida con fotos antiguas de mi padre y su familia que un primo me había hecho el favor de obsequiarme y la simple idea de que mi padre pudiera estar por ahí, visitándome y haciéndose presente, me llenó de una ternura indescriptible.
Sin embargo, como me ocurre siempre, entró mi lado escéptico en escena.
De inmediato, comenzaron las preguntas a retumbar en mi mente: ¿Pero por qué habría de oler a incienso y no a cualquier otra cosa para que un fantasma se hiciera presente? ¿Y qué tal si pasó una persona por la calle con una varita de incienso y por eso el aroma entró por un momento a la casa y se fue? ¿Y por qué, en todo caso, habrían de sucederme a mí estas cosas? ¿Y qué tal si en realidad no hay nada más allá de esta vida como dicen tantas personas a las que respeto?
Porque he de reconocer que, además de mi natural tendencia a cuestionar todo, mi escepticismo se basa, casi siempre, en que cuando escucho relatos de fantasmas y empiezo a creerlos, son los propios creyentes en estos temas los que me hacen dudar de su autenticidad.
Un día, por ejemplo, me enteré de una mujer, cercana a mi círculo, que mostró la foto de un fantasma tomada por un amigo suyo. Quien había tomado la foto juraba que nunca notó ningún movimiento extraño antes de tomar la placa. Yo pensé que al ser personas más o menos cercanas las que estaban relatando el suceso, lo más natural era creer en él.
Sin embargo, unos meses más tarde me entero que las dos personas que narraron la historia del supuesto fantasma eran apasionadas del esoterismo y no era ésta la única experiencia sobrenatural que decían que les había ocurrido.
¿Realmente es posible darle crédito a la anécdota de alguien que, de entrada, es fanático de este tipo de cosas?
Claro que, en contraparte, mi lado escéptico también se derrumba cuando oigo a muchos de los expertos “derrumbamitos” que conozco.
Lo que más me molesta de ellos es que a veces son tan fanáticos de sus creencias y tan faltos de pruebas como los creyentes, pero se consideran a sí mismos inteligencias superiores por el simple hecho de no dar crédito a fenómenos sobrenaturales que consideran “cosa de gente ignorante”.
Me ha tocado ver en la televisión, oír por el radio e incluso leer en revistas a escépticos que incluso pertenecen a asociaciones de este tema, a los cuales les son presentados videos, audios y fotos que han tomado los creyentes en fantasmas, tan sólo para que ellos respondan con aires de sabelotodo: “Eso no existe, es un truco”.
Yo siempre pienso: me parece bien, muy probablemente lo es, pero entonces demuestren que es un truco. Tomen el video en cuestión, pásenlo por un filtro, estúdienlo o qué se yo, y demuestren: “basados en tales y cuales estudios científicos concluimos que esto se hizo de tal y cuál forma y no existen tales fantasmas”. Y que sean cosas reales, creíbles, sustentables, porque simplemente negar por negar o porque a mí no se me da la gana creer, coloca a los escépticos en una posición tan ignorante como la que ellos acusan en los creyentes.
Además, rechazar o aceptar algo por completo con esa seguridad, aun con pruebas, me parece excesivamente soberbio. Siempre debe quedar, en todo, un espacio para la duda. ¿O es que acaso en la antigüedad no se aseguraba a pie juntillas que la tierra era plana? ¿Y qué tal si el día de mañana descubrimos, con pruebas incuestionables, que los fantasmas existen o que de verdad nunca existieron ni existirán?
Mientras tanto, yo sigo aquí, acumulando dudas, y sin poder dejar de hacerla de equilibrista en este tema.

domingo, septiembre 21, 2008

Mi declive

Debo contarles que en mi agenda de textos para Zona Infinita seguía uno sobre los chilangos (dícese de los que viven en la Ciudad de México). Sin embargo, decidí dejar para más tarde este tema, no tanto por la impopularidad que he visto que tienen los asuntos mexicanistas en este espacio, como por el hecho de que con los sucesos recientes, creo que mis opiniones, siempre radicales, no harían sino contribuir a un ambiente ya de por sí enrarecido. No me interesa sumarme a la polémica.
Por ello, esta vez dejé que saliera mi chica Cosmo a relucir y opté por abordar un tema que no por frívolo deja de ser interesante.
Debo decirles que esta vez deliberadamente me negué a pasear por la red para investigar más profundamente sobre el tema, porque más que exponer una postura filosófica o hacer un texto que analice a profundidad las razones del fenómeno que voy a abordar, quise que hablara mi experiencia.
Por tanto, los invito a que lean este texto como lo que es, un simple desahogo personal y sujeto a todo tipo de comentarios.
Verán, cuando yo era una adolescente de 15 años, a mediados de la década de los 80, empecé a notar un curioso fenómeno. Hombres de mi edad, e incluso mayores, revoloteaban a mi alrededor con la intención de lograr mis favores (esto de “mis favores” es una frase sacada de las novelas costumbristas que tanto me gustan y que me prometí usar en alguna ocasión).
Califico el fenómeno como “curioso”, pues si bien yo me había dado de cuenta que mi cuerpo había dejado atrás el aspecto infantil y se había llenado de redondeces, no me parecía que mi imagen fuera especialmente atractiva: después de todo, usaba gafas; mi forma de vestir y mi cabello no tenían estilo (y eso es decir mucho cuando se habla de la moda de los ochenta) y era (soy) bajita de estatura (apenas 1.53 metros).
Tenía buen cuerpo de nacimiento, sí, pero nada que cualquier otra joven de mi edad no tuviera, entre otras cosas porque nunca he sido fanática del ejercicio. Incluso podría decir que me faltaban algunas de las cosas que más alababan mis amigos en las mujeres: piernas largas, cintura de menos de 60 centímetros y busto prominente.
Aún así, mi cantidad de pretendientes crecía mes con mes y mi teléfono no dejaba de repiquetear.
Cuando llegué a los 20, el fenómeno estaba en todo su apogeo. Entre otras razones porque yo había pulido mi imagen y me veía mucho más mujer. Una amiga cercana a la familia decía que mi lista de pretendientes era como la lista de un club masculino. Los tenía de todos los colores, estaturas, sabores y profesiones, y me podía dar el lujo de ser desalmada con ellos y lanzarlos lejos tan sólo por el gusto de hacerlo.
Pero además, mi atractivo también era notorio en la calle: hombres que me seguían y me piropeaban, algunos osados que me invitaban a salir sin conocerme y otros francamente groseros que se atrevían a darme nalgadas y recibían una bofetada o un puñetazo (dependiendo de mi humor) a cambio.
Cuando cumplí 22, los pretendientes dejaron de acosarme tan abiertamente cuando anuncié mi noviazgo con mi ahora esposo, aunque yo notaba que seguían por ahí, agazapados, y había algunos que dejaban conocer sus intenciones, a pesar de que sabían que no tenían posibilidades de recibir otra respuesta que no fuera un no rotundo.
A los 25, cuando me casé, bajó un poco más el acoso, pero no del todo, y lo mismo sucedió con el nacimiento de mis hijos, cuando llegué a los 26 y a los 30 años.
El caso es que cuando crucé el umbral de los treintas empecé a notar que el magnetismo que yo había tenido con los hombres empezaba a descender dramáticamente.
Ya no veía por ahí pretendientes que suspiraran por mí y prácticamente tampoco recibía piropos por la calle.
Al principio, no le di mayor importancia, porque hacía mucho que gustarle a otras personas que no fueran mi esposo había dejado de ser divertido.
Sin embargo, alrededor de los 35, al platicar con mis amigas sobre el magnetismo que había perdido, me di cuenta que lo que a mí me había sucedido nos era común a muchas mujeres: cruzando el umbral de los treinta automáticamente dejábamos de ser atractivas para la mayoría de los hombres.
Por otro lado, platicando con mi esposo y mis amigos, me di cuenta que para muchos hombres el proceso de gustarle a las mujeres se daba en forma inversa a lo que nos sucedía a nosotras: ellos en la adolescencia se la vivían suspirando por las mujeres de su edad o más grandes que los ignoraban tiro por viaje, interesadas por los hombres mayores; entre los 20 y los 30, se volvían más atractivos, sobre todo si tenían novia formal o exhibían en el dedo anular de la mano izquierda una flamante sortija de matrimonio, y de los 30 en adelante su magnetismo se volvía aún mayor, sobre todo con mujeres más jóvenes.
En este año, a mis 38, decidí bajar de peso y verme, si no como antes (porque sé que resulta imposible), al menos bien. Cuando llegué a mi peso, decidí también comprarme ropa un poco menos aseñorada. Sin embargo, la falta de magnetismo sigue ahí, intacta, y cuando un hombre voltea a verme por la calle, generalmente es porque viene distraído pensando en otra cosa o quiere preguntarme dónde está una calle.
Mi marido, en cambio, parece que trae un letrero de disponible en la camisa. Las mujeres, especialmente las jóvenes, lo miran con deseo de algo más, aun cuando yo vaya a su lado (o quizá porque voy a su lado y se dan cuenta que pueden ofrecer más que yo, no sé).
Y entiéndase, no es que a estas alturas pretenda ser un símbolo sexual (a pesar de que pienso que si Marilyn lo era a los 30 ¿por qué yo no?), sobre todo teniendo esposo e hijos desde hace 13 años, pero debo reconocer que saber que uno sigue teniendo magnetismo es una buena inyección para el autoestima.´
De cualquier manera, parece que el fenómeno es irreversible, así que hace días que decidí tener una actitud más positiva al respecto: resistiré estoicamente a todas esas jovencitas suculentas que aparecen cada tanto con la intención de coquetearle a mi marido, de la misma manera en que él resistió durante años a los hombres agazapados que pretendían dejarlo sin mujer, y mientras tanto me acostumbraré a disculpar mi falta de magnetismo pensando en todas las mujeres de mi edad que están pasando por lo mismo.
Porque eso sí, me resisto a hacer lo que muchas contemporáneas: pintarme el pelo de rubio platinado, maquillarme de manera exagerada o vestir ropas de adolescente en busca de la juventud perdida.
En una de esas, como por arte de magia, cruzando el umbral de los cuarenta me pasa el fenómeno “Desperate Housewives” y vuelvo a las andadas… Lo dudo, pero mientras tanto ¡Salud!

miércoles, septiembre 17, 2008

Sólo para conocedores

Para los que quieran encontrar la poesía de Gabriel del Río Ortiz, poemas como México Niño y El Rebozo ya están disponibles en un espacio propio. El link es http://elrincondegabrieldelrio.blogspot.com/.

miércoles, septiembre 10, 2008

México en la voz de mi padre

Aprendí a amar la historia de México de la mano de mi padre.
Aun lo guardo en la memoria, vívidamente, como lo vi hace muchos años ya, cuando me sentó frente a él para contarme la historia de Xicoténcatl, con la intención de animarme a ayudarlo a escribir el guión que le habían solicitado para una revista de historietas para niños.
Recuerdo que me asombró mucho la historia misma de este príncipe indígena que decidió combatir fieramente a los españoles, tras la conquista; sin embargo, lo que más me emocionó fue el amor que noté en la voz de mi padre al hablar de México.
Porque mi padre amaba a México por sobre todas las cosas, conocía su historia palmo a palmo y le gustaba estudiarla. De hecho, su poesía tiene un claro espíritu nacionalista.
Sin embargo, nunca estuvo conforme con su país. El creía que México estaba destinado a la grandeza en todos los órdenes y se sentía decepcionado de que casi nunca la lograra.
Por ello, con la cercanía del 198 aniversario del Grito de Independencia mexicano (que se celebra el próximo 16 de septiembre), qué mejor manera de honrar a mi país y a mi padre (fallecido el pasado 1 de enero) que traer a mi espacio un poema bellísimo, salido de su pluma y que ha sido declamado y alabado en muchos escenarios.
Se trata de la versión extendida de México Niño, publicada en el libro Desde la Azul Entraña (Edamex, 1997). Los tramos que mi papá aumentó al poema original, que es el publicado en La Rebelión de las Flores, están resaltados con cursivas.
Un regalo especial para aquellos que han buscado este poema en la red.

MÉXICO NIÑO

Gabriel del Río

México Niño de leyenda oscura,
de la que emana luz, a borbotones,
luz de centauros, de palabra dura,
aire de trópico, plenitud de soles.
México de tragedia en las espuelas,
México del rebozo que protege,
en tu orfandad de siglos siempre llevas
el clavo ardiente de tu amarga suerte.
La cruz del español hirió tu entraña
y extrajo barras de oro amarillento
y para que al robarte no lloraras
un ayate pintado dio a Juan Diego.
Por el mismo camino en desventura
asomó Francia con audaz mirada
y al ver tu cara de azafrán y luna
hundió su garra y mancilló tu casa.
El yanqui, tan cobarde cómo siempre,
el insípido rubio equilibrista,
tan codicioso de lo que otros tienen,
creyendo que se compra hasta la vida,
llegó a tu puerto y al mirarte solo
creyó que tú tampoco tenías madre,
clavó en tu faz su enrojecido ojo
y regó sin piedad tu niña sangre.
El oro negro de tu azul entraña
Se convirtió en tu cruz y tu martirio
y atrajo la codicia y la acechanza
del diabólico yanqui, tu enemigo.

Aventureros de la peor ralea
hicieron de la sangre fraticida,
sin el menor rubor, botín de guerra,
y dejaron después mala semilla.
Semilla mala que volvió de Harvard
convertida en solemnes doctorados
y en filosos puñales que en la espalda,
México niño, te hundieron, desalmados.
Se rasgaron entonces las neblinas
con las voces de acero de los hombres
que ayer forjaron tu radiante risa
y en tu honor liberaron cien mil bronces.
Desde el fondo doliente de la tierra,
México niño se escuchó iracunda,
la inolvidable voz de Tata Lázaro,
hecha dolor sin fin bajo su tumba.
Se oyó también la voz triste, doliente,
tierna como la flauta de carrizo
del indio niño que cuidaba ovejas
en Guelatao, a la vera del camino.
Como un sol, por el sur, tras la montaña,
entre las nubes regresó Emiliano
con el mismo fulgor en la mirada
y la verde esperanza hecha de barro.
México niño, no te sientas solo,
tus muertos protectores te acompañan
y se vuelven un índice de fuego
que acusa justiciero, en lontananza.
Tendrán que regresar sobre sus pasos
los traidores llegados desde Harvard,
escaparán cobardes cuando escuchen
las voces de Cuauhtémoc y Cuitláhuac.
Tecnócratas sin patria, te atacaron
y te robaron tu jirón de luna
pero tus lágrimas se harán estrellas
y tú las contarás una por una.
Benito, Tata Lázaro, Emiliano,
Miguel Hidalgo y el humilde Siervo,
José María Morelos, el titánico,
te darán otra vez tu azul del cielo.
No temas nada y canta, que la noche
es el heraldo de una nueva aurora,
tu orfandad ha de ser como un suspiro,
leve como el volar de mariposa.
Caerán vencidos por tus héroes muertos
los que te apuñalaron por la espalda,
volverán, humillados, a su averno
y tú retornarás a tu alborada.
México niño de pólvora y lamento,
con ojos de arrayán y de azabache,
México de cañones en los cerros,
México niño, voz de teponaztli.
Estás dormido porque aguantas clavos
y espinas y calvarios y vinagre
y hiel y humillación, saliva y palos,
hasta que enciendes albas con tu sangre.
Que tu hermana, la isla del azúcar,
se le volvió en la boca amarga al yanqui,
que de rodillas viven en la bruma
los pueblos de esta América con hambre.
Que ya la redención llama a la puerta,
que en Panamá el canal lleva mil lágrimas,
que va subiendo el odio en su marea
y viene por el sur la muerte escuálida.
México niño, duermes, duermes, duermes
en un sopor primaveral de mayo
¡Ay del tirano, cuando tú despiertes!
¡Fulminado caerá, bajo tu rayo!
Se oye en la pauta de la tierra madre
la voz sonora de tu raza mártir,
la magia de tu nombre ha de llevarte
al sendero con luz de los trigales.

jueves, septiembre 04, 2008

De patrioteros a patriotas

Hay diferencia entre ser patriota y ser patriotero.
Dice la Real Academia Española que patriota “es la persona que tiene amor a su patria y procura su bien.” En cambio, patriotero es quien “alardea excesiva e inoportunamente de patriotismo”.
Si nos ceñimos a este par de acepciones podemos ejemplificar al patriotero con aquellos mexicanitos que se pasan el año viendo cómo le ven la cara al vecino, no respetan reglas, no están dispuestos a aportar nada, les importa poco lo que pase con su país, y sin embargo, ya están preparando silbatos, sombreros y litros de tequila para celebrar la independencia nacional el próximo 15 de septiembre.
Patriota, en cambio, podrían ser personajes como Jesús Helguera y José Pablo Moncayo, que sin demasiado aspaviento, aportaron su granito de arena para que el nombre de México fuera pronunciado con admiración en muchas partes del mundo.
Curiosamente, Jesús Helguera, como casi todos los héroes de la Independencia mexicana, tenía sangre criolla. Hijo de padre español y madre mexicana, nació en Chihuahua en 1910.
Desde finales de los años treinta y hasta su muerte en 1971, trabajó como ilustrador exclusivo de Cigarrera La Moderna, empresa regiomontana que año con año lanzaba calendarios que se volvieron indispensables para la cultura popular de las décadas de los cincuenta, sesenta y setenta en México.
¿Quién que sea mexicano con más de 30 años no vio alguna de las espectaculares imágenes realizadas por don Jesús Helguera colgadas en la sala de la abuelita, la oficina del doctor, el taller mecánico o el local del carnicero?
Incluso hoy se pueden encontrar sus célebres calendarios en algunos de los puestos de periódicos diseminados por el Centro Histórico de la Ciudad de México para que los conozcan las nuevas generaciones.
Don Jesús Helguera inmortalizó leyendas e íconos de la cultura mexicana en imágenes de trazo exquisito que, sin embargo, fueron poco valoradas en su tiempo.
Él era admirador fiel de grandes muralistas mexicanos como David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera, pero durante décadas su obra no fue reconocida como parte del legado artístico de México porque la hacía por encargo: la Cigarrera la Moderna entregaba año con año un guión en el que le especificaba tema, personajes a representar y elementos componentes de los cuadros que tenía que hacer y Helguera interpretaba las órdenes y les imponía su propio sello.
Su estilo, además, fue calificado como kitsch por las élites culturales del México de mediados del siglo XX.
No fue sino hasta 1980 que se le hizo justicia a su obra con una gran exposición en el Museo de Bellas Artes de la Ciudad de México, y desde entonces los óleos que dejó han sido admirados en distintos puntos del mundo.
Por su parte, José Pablo Moncayo vivió poco, apenas 46 años. Nació en 1912 y murió en 1958. Sin embargo, ese tiempo fue suficiente para que él dejara legados importantes para nuestro país, entre los cuales, sin duda, el más célebre es su pieza Huapango que sigue siendo estandarte de México en el mundo.
¿Qué mejor manera entonces de celebrar este Mes Patrio mexicano que exponiendo la obra de estos dos artistas que son verdaderos patriotas?
Les advierto que invitarlos a disfrutar de las imágenes de don Jesús Helguera escuchando de fondo el Huapango de Pablo Moncayo fue la intención inicial de este artículo, pero si se animan a emprender el viaje, prepárense a sentir que se les enchina la piel y les corren lágrimas de emoción… es casi inevitable.
Así sí, ¡Que viva México!

























* Elegí bajar la versión de Huapango dirigida por el venezolano Gustavo Dudamel, porque era la que mejor se escuchaba de las versiones ofrecidas en YouTube.

jueves, agosto 28, 2008

La conversación en un mercado


- Me da un kilo de paranoia- dijo la señora en el mercado.
- De cuál le pongo- preguntó con ojillos brillantes el comerciante.
- ¿A cómo está el kilo de la paranoia por la obesidad?
- ¡Uy, marchantita!, a precio inigualable. ¿Pos qué no ve que el miedo a la obesidad es lo de hoy? En la tele se la pasan remache que remache con eso. Además, por tres pesitos le puedo dar harta paranoia de ese tipo, porque está hecha de aire y de verduritas ligeras.
- Deme un kilo, pues… ¿y la paranoia por la muerte, a cómo me la deja?
- Pues esa tiene precio fijo, no ha variado mucho; desde que el hombre es hombre casi siempre ha costado lo mismo. Baja de precio cuando hay guerras, pero nada más, y eso es por la excesiva demanda. La fabrican con un miedo pesado, que no deja ni estar, y que lo hace a uno ver fantasmas por todos lados: en el jabón de la bañera, en el vecino de al lado, en el enchufe, la tele, el escape del coche, las banquetas y los árboles. Esa está a 22 el kilo.
- Está cara, oiga. Me da medio kilito, entonces… Supongo que también tiene paranoia por las enfermedades.
- ¡Uy, pero cómo no!, si esa es de la que más se me vende. Que si por el grave padecimiento que le puede provocar tomar café, azúcar, té, harina, comida en lata, verduras y frutas regadas con pesticidas … o respirar el aire y salir a la luz del día. Se la dejo a 16.
- Póngame un kilo, entonces... ¿y la paranoia por la era de la computación?
- Esa está casi regalada, señito. La verdad es que como está tan llevada y traída ya empieza a marchitarse, tiene sabor a rancio, ya como que nadie le hace mucho caso porque una buena cantidad de gente empieza a darse cuenta que es la típica del tonto que se espanta con su sombra.
- Entonces de esa no me ponga nada. ¿Y tiene paranoia por el terrorismo?
- ¡Pero cómo no! Nada más que esa es importada; ya sabe, de los yunaites. La verdad es que no se la recomiendo, como que sabe a ajeno, a cosa que no es de uno, vaya.
- ¿Y paranoia por la inseguridad en la ciudad?
- De esa no tengo, ésa la encuentra en los supermercados, casi en todos, pero si son de colonia rica, más, porque es la que compran los rotos cuando quieren desgarrarse las vestiduras.
- Mmm… pues entonces póngame un cuartito de la paranoia por el terrorismo, tan sólo por aderezar la de la seguridad… a lo mejor sale buena la combinación ¿no?.
- Sepa Dios…
- ¿Cuánto le debo?
- Cuarenta pesitos… Oiga, güerita, y si no es indiscreción, ¿por qué tanta paranoia? Digo, es que estoy acostumbrado a que se llevan de una, de otra, si acaso de dos tipos diferentes, pero usted se lleva de todo.
- Ah, verá, trabajo todo el día. Gano bien, pero la verdad es que tengo poco tiempo para gastar mi dinero. Tengo mis asuntos resueltos, así que, al final del día, lo único que me queda últimamente es el entretenimiento insípido de la televisión. Quiero darle sabor a mi vida.
- Bueno pues, entonces que disfrute sus paranoias.
- ¿Gusta?
- No gracias, ¿sabe usted?, yo sí tengo problemas reales de los cuales preocuparme.

viernes, agosto 22, 2008

Odette

Aprendí a amar los Juegos Olímpicos gracias a mi maestra Odette, encargada de impartirme la materia de educación física en la secundaria.
No sé si aún dé clases, pero en aquel entonces era una profesora mexicana que hizo lo que muy pocos maestros de educación física en este país: optar por enseñar a apreciar correctamente el deporte, en vista de que la falta de apoyo les impide preparar a sus alumnos para ser los medallistas del mañana.
Debo reconocer que cuando Odette fue mi maestra no me di cuenta de la importancia de su enseñanza. De hecho, yo la odiaba porque me parecía demasiado exigente.
Sin embargo, siempre que llegan los Juegos Olímpicos agradezco desde el fondo de mi corazón lo que Odette me enseñó: a entender que no son una simple justa deportiva como el Mundial de Futbol, sino que son movidos por resortes mucho más profundos; iniciaron en la antigua Grecia como un evento que buscaba la perfección humana, y se convirtieron, en la etapa moderna, en un motivo para hermanar a los pueblos del mundo a través del deporte.
Además, gracias a Odette, puedo gozar de muchas de las disciplinas que veo más allá del simple espectador, porque las practiqué de su mano, aunque debo confesar que con desastrosos resultados.
Aun me recuerdo haciendo la carrera con vallas y tirando todo lo que se cruzaba a mi alrededor; lanzando jabalinas, discos y balas sin lograr que viajaran más allá de unos cuantos metros; mostrando una total torpeza en juegos de equipo como basquetbol y voleibol y haciendo aullar a mi maestra de desesperación porque era tal mi incapacidad para la gimnasia que se hubiera visto más estilizado un hipopótamo saltando sobre brasas calientes.
Claro, no soy demasiado severa conmigo misma cuando me vienen a la cabeza esas memorias, sobre todo porque es difícil lograr la excelencia que pretendía inculcarme Odette, cuando lo único que llevaba aprendido de deporte hasta ese momento era a correr en círculos por un reducido patio de escuela.
Ello, por fortuna no me impide disfrutar hasta el éxtasis de un clavadista saltando del trampolín, con el cuerpo tenso y la mirada concentrada, para tratar de entrar en una perfecta vertical al agua; un gimnasta que debe desafiar al equilibrio y la gravedad, o un nadador que con perfecta técnica cruza la alberca una y otra vez con la intención de ganarle la batalla al tiempo.
Sin embargo, cada vez que unos Juegos Olímpicos terminan, y la delegación mexicana regresa prácticamente con las manos vacías, es cuando más recuerdo a Odette.
Siempre pienso que ella, que buscaba heroicamente inculcarnos el amor por el deporte de alto nivel, debe experimentar una honda decepción al comprobar que tantos años y generaciones después, los resultados de los deportistas mexicanos siguen siendo desastrosos. Creo que debe sentir que la semilla que trato de sembrar en grupos y grupos de alumnas de secundaria no dio frutos ni siquiera en sus hijos.
Sin embargo, debe darse cuenta también que lo que ella hizo era el equivalente a gritar en el desierto, en un país donde a los maestros de educación física les preocupa poco que sus alumnos aprendan algo más que a botar una pelota y, en el caso de los hombres, patearla para jugar futbol los domingos con sus amigos del barrio.
Además, su enseñanza, tan valiosa, no podía acabar con las inercias de un sistema educativo que no se preocupa por descubrir a los talentos deportivos a temprana edad, como hacen en los países donde existen decenas de campeones olímpicos, y tampoco lucha porque en la República Mexicana existan espacios suficientes y bien dotados para que los interesados puedan practicar todo tipo de deportes a precios accesibles.
Por eso, creo yo, a Odette le pasa lo que a mí ahora con los Juegos Olímpicos de Beijing. Cuando ve a deportistas como Guillermo Pérez y María Espinoza, que ganaron medalla de oro para México en tae kwon do, no siente que “ganamos” como país, ni se emociona cuando el “presidente” se levanta el cuello por un triunfo que no le pertenece, sino que admira el esfuerzo titánico de esos paisanos que lograron sobreponerse a la total falta de apoyo y con sus propios recursos y coraje salieron adelante.


¿O es que acaso los mexicanos podemos sentir orgullo de que mandamos a un competidor de canotaje que aprendió esta disciplina, no por entrenamiento, no porque su gobierno se hubiera dado cuenta de su talento, sino porque tenía que ir a la escuela remando por un río? ¿o por el equipo de voleibol que tuvo que acabar pidiendo prestados unos uniformes a tan sólo unas horas de competir en los Juegos Olímpcios? ¿O por Paola Espinoza y Tatiana Ortiz, que no hubieran logrado medalla de bronce en clavados sincronizados si no fuera porque los papás de una de ellas eran entrenadores de la disciplina?
A mí me da mucho gusto por ellos, pero una gran decepción por México.
Además, Odette, debe sentir una honda tristeza cuando nota que haber tratado de inculcar a sus alumnas el coraje y la dignidad necesarios para encarar un deporte no logró llegar a ser ni un minúsculo grano de arena en un desierto, sobre todo cuando ve la mentalidad pequeña de algunos competidores que, sin asomo de vergüenza justifican su derrota con un “yo nunca prometí medallas”.
Por eso, este texto es un tributo a Odette, donde quiera que se encuentre, para que sepa que una de sus alumnas la recuerda siempre con cariño, le agradece lo que le enseñó y a su vez trata de inocularlo en sus hijos.
¡La batalla, después de todo, no está perdida, Odette!

martes, agosto 05, 2008

Se agotan las palabras...

Se agotan las palabras, dijo el escritor, antes de claudicar ante su tercer intento de escribir una novela, y sonó a fracaso.
Se agotan las palabras, leyó el político en la tribuna en un discurso de agradecimiento escrito por su secretaria, y sonó a mentira.
Se agotan las palabras, dijo el padre moribundo a un hijo que lo escuchaba en busca de las respuestas que no pudo encontrar en toda una vida, y sonó a dolor.
Se agotan las palabras, pronunció una mujer que se quedó sin manera de expresar su amor al hombre que segundos después le regaló un beso largamente anhelado, y sonó a promesa.
Se agotan las palabras dijo la madre, derramando lágrimas, a la hija que se le soltaba suavemente de las manos para dirigirse hacia el altar, y sonó a despedida.
Se agotan las palabras, dijo con severidad la maestra al alumno que la miraba explicar una y otra vez la misma lección sin entender un ápice de lo que decía, y sonó a amonestación.
Se agotan las palabras, respondió mecánicamente el alumno, y sonó a decepción.
Se agotan las palabras, le dijo el guerrillero a su comandante pocos segundos antes de expirar, y sonó a soledad.
Se agotan las palabras, dijo la mujer al hombre deshecho que la vio partir con su maleta un segundo después, y sonó a desesperanza.

Es increíble, una frase, dicha una y otra vez por tantas bocas, puede tener entonaciones muy distintas. Pero al final, lo único que queda es el silencio.

martes, julio 22, 2008

El macho y su hembra

Los vi y mis ojos no daban crédito. En realidad, no entiendo el porqué de la impresión. En el caso de él, no se trata de un gran artista, aunque así lo haya querido vender el star system de mi país, ni mucho menos podría decirse que es una persona digna de ejemplo.
Lo más que podría reconocérsele es esa capacidad de tratar como títeres a los medios: se esconde usualmente entre gorilas disfrazados de guardaespaldas para que no lo tomen las cámaras ni lo entrevisten en momentos que le resultan incómodos, pero por otro lado, cuando siente que la prensa ya no habla de él lo suficiente, filtra fotografías donde aparece con mujeres despampanantes o en lugares exóticos, como para alimentar esa aura de playboy que ha creado tan cuidadosamente.
Los medios, por su parte, siempre acaban siguiéndole el juego, y aun cuando siempre ofrece lo mismo en su carrera como cantante, consideran que es casi un privilegio entrevistarlo. No les importa, claro está, que no se puedan obtener de él más que un par de declaraciones con algo parecido a la sustancia.



Ella, por su parte, es una mujer bellísima: cuerpo sinuoso, ojos expresivos, cabellera castaña que cae suavemente sobre su espalda dándole un toque de sensualidad. Pero nada más. La única verdad es que por más que quisieron venderla como una diva, su talento nunca le alcanzó para pasar de ser una actriz de medio pelo.


La foto que causó mi sorpresa, sin embargo, no es ninguna de las que acaban de ver. Estaba en el Hola! mexicano, una revista de sociales que anunciaba con bombo y platillos que la pareja esperaba la llegada de su segundo bebé.
Debo decir en mi defensa que de entrada me resistí a hojear la citada publicación, como me resisto siempre que veo alguna página en donde aparece la estampa de este par.
Sin embargo, por cuestiones de trabajo, no pude evitar escuchar los comentarios de los programas mexicanos de chismes: “¡Pero como es posible!”, decían falsamente alarmados los conductores, “Luis Miguel se ha dedicado en los últimos meses a pasearse y dejarse fotografiar en compañía de otras mujeres y aún así Aracely Arámbula se presta para dar esta noticia”.
Y la curiosidad mató al gato, dice el dicho, así que, finalmente hojee la citada publicación.
Debo decirles que las fotos de la revista a la que hago referencia no pueden ser bajadas aquí sin el riesgo de exponerse a una demanda por derechos de autor, así que trataré de ser descriptiva.
En términos generales, las fotos que se tomaron para ilustrar el escueto artículo sobre esta pareja podrían haber sido realizadas en la época de la Revolución Mexicana: Lo que proyectan es la imagen de una familia con un padre muy macho que tiene a su mujer siempre un paso detrás de él.
La mujer, a su vez, mira cándidamente a la cámara, mientras muestra el vientre cargado con un nuevo hijo.
Por su parte, el único hijo de la familia, claro orgullo del padre por haber sido varón y por lo tanto una garantía de que se preservará su linaje, luce inocente en medio de su clan.
En su totalidad, el mensaje que busca proyectar la sesión de fotos entera es la parte más rancia del conservadurismo mexicano.
Pero lo que verdaderamente me pareció desastroso fue una foto en la que aparece Luis Miguel de pie, elevando a su hijo con todo lo largo de sus brazos, mientras Aracely Arámbula, hincada en el piso, mira extasiada a sus dos hombres.
Que no se me malinterprete. No estoy molesta por un arranque feminista. Tampoco me importa denostar a Luis Miguel ni defender a Aracely Arámbula, a pesar de que esta semana se corrió el rumor de que la actriz había firmado un contrato con su ex pareja (porque todo el mundo sabe que ya no hay nada entre ellos) en el que se estipulaba que ella ya no podría tener hijos con otro hombre, se le prohibía mantener relaciones amorosas en público y se le obligaba a comprometerse a tener tres hijos con el cantante, mientras él tenía el derecho de mostrarse en público con cuantas mujeres le diera la gana.
Cada quién sabe con cuanto dinero y por qué se deja comprar de esa forma tan humillante, digo yo. Y por mí, ella es libre de hacer lo que quiera.
Lo verdaderamente penoso, en mi opinión, es que imágenes como éstas se hagan públicas.
Es muy grave que la humillación humana, cualquiera que esta sea, merezca una sola página de cualquier diario o revista.
Lo terrible es que en una sociedad como la mexicana que aún no se puede sacudir muchos prejuicios se sigan fomentando este tipo de estereotipos del macho dominante y la hembra sumisa.
Señores, por aquellos que no se hayan enterado, ya estamos en pleno siglo XXI.

sábado, julio 12, 2008

La de los buenos modales


A veces, como hoy, me dan unas ganas profundas de olvidar los buenos modales
Los aprendí de niña, de la voz de mis padres, en cantaletas que a su vez ellos habían oído de los suyos. No empujes, decían. Pide permiso, decían. Cede el asiento cuando es una persona mayor, un discapacitado o una mujer embarazada o con un bebé, decían. Respeta el espacio de los demás, decían. Pide las cosas de una forma cortés, decían.
Ahora, traigo ese chip insertado en el disco duro y resuena casi a cada momento de mi vida. Lo repito, además, como una letanía, en los oídos inocentes de mis hijos. Sin embargo, hay días que quisiera arrancarlo y aprender a ser la niña maleducada que mis papás se esforzaron por no tener.
Hoy, por ejemplo, me levanté de buen humor. No me dormí los “10 minutitos más” que le solicito a mi marido cada mañana como un acto de clemencia y que generalmente me atrasan de media hora a 45 minutos. Además, el desayuno me supo delicioso y estaba segura de que no había nada que pudiera salirme mal a lo largo del día, porque mi actitud esta mañana era realmente positiva.
Para ponerme de mejor humor, mi marido decidió tomar hoy la misma ruta que yo y, por lo tanto, tendría su agradable compañía en todo el trayecto.
Salimos a la calle. Hacía frío y el cielo estaba nublado, un clima que generalmente me deprime. Sin embargo, sentí que iba lo suficientemente abrigada y, además, dispuesta a ver todo con buena cara.
Mi calvario empezó, en realidad, como empieza todos los días, tras subir los escalones del microbús que debía transportarme.
Buenos días, dijo mi esposo con una sonrisa abierta al chofer, vamos a la calle de tal, esquina con tal, y depositó en su mano el monto del pasaje.
“Falta un peso“, dijo el conductor en un tono despectivo y mandón, “¿que no sabe leer?, ya subió la tarifa”, agregó.
Pacientemente, mi esposo introdujo la mano a la bolsa y entregó el dinero, y como a mí aún me restaba mucho optimismo, fingí no darme cuenta de la actitud grosera con la que habló el chofer, e incluso decidí ignorar el tonillo monótono y sin sentido (perdón, pero a eso no le puedo llamar música) con que el conductor había decidido taladrar los oídos de los pasajeros a todo volumen.
El microbús iba lleno, así que mi esposo y yo recorrimos una buena parte del trayecto de pie, en medio de oficinistas con maleta y señoras con bolsas gigantescas que abreviaban más el espacio. No hay problema, me dije, todo es cosa de armarse de un poco de paciencia.
¡Pero más pronto cae un hablador que un cojo!, como dice el dicho. Al poco tiempo empecé a perder la paciencia cuando me di cuenta de que en cada parada había pasajeros que, como buenos mexicanotes, querían pasar primero que los demás, así que decididos a no hacer la fila que se debe hacer a la entrada del microbús, preferían subirse por la puerta trasera. Ello no habría tenido por qué molestarme si no fuera porque todos solicitaban que se le enviara al conductor el monto del pasaje de mano en mano.
¿Resultado? Mientras uno fuera parado en aquel microbús, tenía que pasarla en un absurdo jueguito de va el dinero para allá, viene el cambio de regreso.
En algún punto se subió una señora que no paraba de tocarse una desagradable cinta que traía sujeta el cabello. Pero eso era lo de menos, bastaba con no mirarla. Lo verdaderamente desesperante es que la mujer aquella insistía en querer llamar la atención. Le decía al chofer que iba retrasada, le preguntaba a los de alrededor cuántas paradas faltaban para llegar a la suya e incluso se atrevió a interrumpir al joven que venía al lado de ella, inmerso en la lectura de un libro, para preguntarle la hora como una forma de hacer plática. Fue ahí que perdí la calma porque a mí, que me encanta la lectura, eso me parece una verdadera grosería.
Pero el colmo llegó cuando la señora estaba a punto de bajarse y decidió reclamarle al conductor porque, según ella, por su culpa iba a llegar tarde a su verdadero destino. Digo el colmo, porque en medio del regaño, se atrevió a dirigir su mirada hacia nosotros, los demás pasajeros, que ni la debíamos ni la temíamos.
Mi marido dijo entonces una frase sensacional, “perdónenos, señora, por no habernos levantado más temprano”. Claro que como él también tiene el chip de los buenos modales, lo dijo bajito, así que la señora nunca lo escuchó y sin más se bajó del transporte, creyendo que estaba en lo correcto.
Por si lo anterior fuera poco, una mujer joven, cómodamente sentada en uno de los asientos al final del microbús, creyó que los que íbamos de pie no habíamos tenido suficiente diversión, así que cuando se subió un vendedor ambulante a ofrecer chocolates, decidió, ¿por qué no? pedir uno. Para cumplirle el capricho, todos tuvimos que pasar de mano en mano el dinero y después el chocolate con el cambio de regreso desde el principio hasta el final del transporte aquel.
Cuando por fin pude sentarme, resulta que el señor que me tocó a un lado iba muy cómodo con las piernas bien abiertas, supongo que porque no quería llegar entumecido a su destino. De nada valieron los empujones leves que le dí con las pantorrillas a la espera de que entendiera que estaba ocupando un lugar y medio. El siguió tan plácido como si no tuviera a nadie a un lado, y el tiempo que viajé sentada tuve que ir, como mexicanísimamente decimos, “como Horacio, con una nalga en el espacio”.
Aparte tuve que soportar a un pequeño sentado detrás de mí que se obsesionó con mi cabello y me iba dando tironcitos de vez en vez, por aquello de no aburrirse. Su mamá, que lo tenía sentado en las piernas, no abrió la boca en todo el trayecto. ¡Y mis papás que se preocupaban tanto por los buenos modales!
En vista de los hechos, hubo un punto en que mi mente decidió evadirse y viajar a una zona más placentera y me imaginé a mi misma respondiendo a todas las linduras que acababa de soportar: aventándole el dinero en la cara a los que se subían por la puerta trasera del microbús, dándole un par de bofetones a la mujer que quería llamar la atención para que le bajara a la histeria, exigiéndole al sujeto que me tenía con una nalga en el espacio que se sentara como debe ser o se largara y poniendo en su lugar a la madre indiferente que había decidido dejar que su hijo usara mi pelo como sonaja.
Ahhhh, qué placer sentí al imaginar mi mundo sin buenos modales.
Lástima, pues, que el chip está arraigado en el cerebro y no se puede lanzar por la ventana.
Mañana será otro día…

miércoles, julio 02, 2008

El desencuentro

Para usted, mi querido amigo Fantasma, cuya pluma, muy admirada por mí, influyó mucho a la hora de escribir este texto.

El llegó y se sentó en el rincón de siempre, la mirada recia, el cuerpo tenso y aquel malhumor que le recorría la piel acaso desde que nació. Observaba con atención desde sus ojos verdes, tan en contraste con su pelo negro y lustroso. La misma rutina de todos los días, los mismos movimientos, nada cambiaba en aquel lugar, carajo, ni siquiera él, que siempre se sentaba en el mismo rincón como si un imán invisible lo obligase.
Probó con cambiar de lugar, tan sólo por no ver todo desde el mismo ángulo, pero cometió el error de elegir otro rincón y las cosas desde ahí no ofrecían una perspectiva muy distinta, así que regresó a su sitio original y se acomodó, como cada día, a perderse en el vacío y a cabecear cuando los ojos se cansaran de mirar el entorno.
De pronto, apareció ella.
Para los poco conocedores, hubiera sido una aparición bellísima, casi divina, aquella figura blanca, aquellos ojos verdes, aquel aire delicado, aquellos piecitos que parecían flotar sobre el piso, con movimientos suaves y acompasados. Pero él la había visto tantas veces que si bien dejó fluir el movimiento instintivo de dirigir su mirada hacia ella, no permitió que la sorpresa se imprimiera en su rostro.
Aun así, ella se dirigió hacia él y tímidamente se sentó a su lado, cerca, muy cerca, pero no tanto que incomodase. El refunfuñó casi imperceptiblemente y sin embargo, reacomodó el cuerpo para dejarle espacio a aquel, cuya suavidad se adivinaba a lo lejos.
Ella lo sintió lejano. En realidad no era sorpresa, siempre estaba lejano, y como cada día, ella sentía que esa lejanía era el ejemplo más claro de que necesitaba amor. Su amor. Tal vez temía pedirlo, tal vez no estaba acostumbrado a recibirlo, pero ella estaba segura que podría mostrarle el camino, enseñarle a ser tierno, a morir por otro. Estaba decidida a hacer que dejara de lado esa actitud mezquina con la que pretendía fingir que disfrutaba su soledad.
El cuerpo de ella se acercó un poco más al de él, lo rozó con suavidad, y él pudo sentir su calidez, el aliento tibio que le acariciaba el oído, las voluptuosidades que habían empezado a surgir como por arte de magia en aquel cuerpo de hembra que él acababa de ver caminar esbelto y elegante.
Ella creyó percibir aceptación en aquellos movimientos inquietos con los que él pretendía hacerle saber que se sentía muy incómodo. La eterna incomprensión del lenguaje entre los sexos estaba ahí, más presente que nunca.
Ella se incorporó, caminó frente a él con movimientos sugerentes: un quiebre por aquí, otro por allá, un roce, una mirada llena de deseo.
El la vio acercarse nuevamente, sentarse más cerca aún, tratar de dibujar su cuerpo al lado del suyo. Fastidiado, extendió el brazo y la sujetó, le lamió torpemente los oídos, el cuello, la boca, con la esperanza de que aquella limosna de cariño detuviera su embate. Ella, en cambio, interpretó su actitud como una invitación a seguir, a encontrar, por fin, el ansiado acercamiento e intensificó los escarceos.
De pronto, él no pudo más. Se incorporó de golpe deseoso de darle a ella un mensaje que fuera claro y contundente: no me interesas. Ella sintió rabia, náuseas, al comprobar que, una vez más, había hecho el ridículo.
Entonces, ella se paró también, y con toda la dignidad que le restaba le asestó una bofetada en el rostro que él aceptó, como cada día, con resignación. Aunque, como cada día también, el dolor que le habían provocado las uñas de ella, deliberadamente sacadas para herirlo, lo obligó a emitir un maullido lastimero.
Ella le maulló también, con un gesto de reproche, pero al ver su rostro indiferente comprendió que no había nada que hacer con un gato así y se sentó de nuevo.
El se recostó en su rincón, con la esperanza de que esta vez ella entendiera que desde que fue esterilizado, muchos años atrás, sus únicos placeres en la vida eran comer y dormir.
Ella, resignada por esta vez, se recostó como siempre junto a él, se acurrucó y durmieron en un amoroso y felino abrazo.


Los verdaderos protagonistas de esta historia, pero esta vez con nombres, Benito y Lola:



sábado, junio 28, 2008

La plaga del pps

¿Alguien se ha preguntado alguna vez quién creó las presentaciones en power point para mandar en cadena a través del correo electrónico?
Yo llevo días intentando responder a esta interrogante cada mañana, cuando abro mi correo y me encuentro de 15 a 20 mensajes de este tipo enviados diariamente por amigos y familiares.
Cuando me llegó el primero, hace mucho tiempo ya, pensé que era un buen detalle. No recuerdo el mensaje, quizá me pareció un poco cursi, pero decidí confiar en que la persona que me lo había enviado no me incluyó por error en la larga lista de destinatarios a quien el correo había sido dirigido. Sentí que yo era especial, que me recordaban con cariño, e incluso lo guardé por un tiempo, como una forma secreta de agradecer al remitente.
Poco a poco me fueron llegando más presentaciones en power point. En algunas ocasiones los títulos de los mensajes anunciaban, “está hermoso”, “no lo olvides nunca”, “algo que siempre debemos tener presente”, “bellísimo”, y yo, confiada, los abría, tan sólo para encontrarme, una vez más, con musiquillas melosas y mensajes del tipo de “si amas algo, déjalo libre; si regresa, es tuyo; si no, nunca lo fue”, los cuales, por si la cursilería de las primeras líneas no fuera suficiente, estaban aderezados con otras que advertían: “este mensaje quiere decir que alguien te recuerda. Tómate dos minutos y reenvíalo a quienes consideres especiales para ti”.

Debo reconocer que al principio reenvíe algunos, pero como me parecía de mal gusto dirigirlo a toda mi lista de contactos, procuraba seleccionar a aquellos amigos o familiares a quienes consideraba que el mensaje les iba bien. Mi idea era hacerlos sentir como yo me había sentido con los primeros mensajes: personas especiales que eran recordadas por sus seres queridos.
Después, me empezaron a llegar otras presentaciones de power point con amonestaciones religiosas, de esas que después de leerlas lo hacen sentir a uno el peor pecador del mundo: “porque Dios sólo espera una respuesta de tu parte, por ejemplo, que reenvíes esto… Y si puedes enviar otros mensajes sin sentido, con chistes y cosas superfluas, ¡cómo es posible que no puedas dedicar un momento a enviar este mensaje!”.

Por supuesto, de estos no reenvíe ninguno, no por falta de fe ni porque no crea en Dios, sino porque me parece que respetar las creencias o no creencias de los demás es indispensable para transitar correctamente en esta vida.
También me llegaron chistes en power point, la mayoría bastante ñoños, que además se robaban sin pena imágenes de Garfield, de Los Simpson y otros personajes animados que andan circulando por la red.
Alguna vez me llegó uno con exceso de moralina, que pretendía “crear conciencia” sobre el aborto. Éste de plano sí me hizo enojar, tanto como me han hecho enojar los que mandan tratando de crear tendencias que favorezcan a títeres de algunos partidos políticos mexicanos a todas luces repulsivos, como el PAN y el PRI.
En medio de este envío masivo de presentaciones en power point, yo he aprendido a distinguir a los remitentes: Tengo amigos que sé que me mandan uno de vez en cuando, seleccionado especialmente para mí y algunas cuantas personas más, y me siguen haciendo sentir especial; pero tengo otros que, sin filtro de por medio, me hacen llegar todo lo que cae en sus correos, llámese chiste vulgar, amonestación religiosa o ecológica, mensajito cursi, panfleto feminista o machista, discursos de superación personal y hasta imágenes de hombres desnudos. Aunque, debo reconocer, estos últimos son mensajes que sí agradezco siempre, y hasta los llego a guardar, porque al menos me recrean la pupila.
El caso es que después de tanto power point, he llegado a la conclusión de que quien creó este tipo de sistema para molestar vía correo electrónico es un sádico. Entiéndase, no me refiero a una mente maestra, creadora de un plan maquiavélico, sino a un personaje del tipo de Cerebro, el de Pinky, que sentó un día frente a su computadora, con su baja estatura mental, a “tratar de dominar al mundo”.
¿O qué opinan ustedes?

martes, junio 17, 2008

La tía "emo"



En marzo pasado, la ciudad mexicana de Querétaro fue escenario de un acontecimiento deplorable: La golpiza de un numeroso grupo de jóvenes (dicen que alcanzaban el millar), que decidieron erigirse como jueces contra alrededor de 20 "emos" que acostumbraban darse cita en el centro del lugar.
¿A qué se debió la agresión? Según palabras de los atacantes, a un deseo de "limpiar" la capital del estado del mismo nombre de la presencia "repulsiva" de los "emos".
Apenas pasada la gresca, algunos de los golpeadores, haciendo gala de cinismo, se hicieron presentes a través de un blog para "debatir" acerca de lo que ellos consideran razones válidas para agredir a alguien que consideran diferente:
“y tambien no sean mamones la neta ni nos pasamos tanto de verga na mas (sic) era como 1 minuto de patadas ningun emo salio aka (sic) super puteadona mas alomejor (sic) con unos moretones en el cuerpo y unos golper (sic) en la naris (sic) boka (sic) y ojos no fue tan masakre (sic) y si ya sabian de este pedo pss (sic) pa q (sic) van los pendejos” es sólo un ejemplo de uno de los discursos esgrimidos por los agresores.
Pero ¿qué es un "emo"? ¿cuál es el daño a la sociedad que causa un joven que se reivindica como tal para provocar una reacción tan violenta? ¿por qué en México se ha puesto de moda odiar a los "emos"?
Según Wikipedia “una persona que se considere 'emo', fuera del ámbito musical, es una persona que expresa con su físico sus problemas emocionales y conflictos internos. Durante más de una década, el término 'emo' fue utilizado casi exclusivamente para describir el género de la música que predominó en los años 80; sin embargo, durante los años 90, como la música 'emo' comenzó a converger en el sentido popular, el término llegó a utilizarse como referencia más amplia que su denotación anterior de la música, y se convirtió en un estilo”.
El 'emo', dice la enciclopedia virtual, gusta de géneros musicales como el screamo, pop punk, post-hardcore y rock alternativo. En cine, prefiere una estética gótica, especialmente la de las películas de Tim Burton y, particularmente, The Nightmare before Christmas.
Según correos que han circulado por la red, el 'emo' tiene que ser, además, extremadamente delgado, alto (o usar plataformas para parecerlo), depresivo, con una vida miserable, sin ilusiones y amigo, en exclusiva, de otros "emos".
Mi experiencia, sin embargo, me ha dejado conocer un universo más amplio.
Coincidió que a finales del año pasado, tan sólo tres meses antes del acto de violencia "anti-emo" yo tuve que trasladarme a Querétaro, cuando mi papá ingresó en el hospital en estado grave.
En medio de mis horas de angustia, conocí a una sobrina, hija de mi hermana mayor y queretana de nacimiento, que no había tenido oportunidad de tratar en sus 14 años de vida porque las circunstancias nos habían mantenido alejadas a su madre y a mí.
Por entonces, yo no sabía qué era un "emo", y pensaba que aquel peinado peculiar de mi sobrina, con un flequillo que le cubría parte del rostro, era sólo un rasgo de coquetería.
Y la verdad, me alegro de no haber sabido entonces qué era un "emo", porque sin etiquetas de por medio, me di el gusto de conocerla, de platicar con ella, de saber sus inquietudes y sus sueños, sus romances y sus preocupaciones. Aprendí a quererla sin definir qué era.
Supe entonces que mi sobrina era una joven normal, con sueños románticos, con muchos amigos, sana, inteligente, divertida y amorosa, que además tenía la suerte de contar con una madre, médico de profesión, que se preocupaba constantemente por ella y su futuro.
No la vi depresiva, no noté que su cuarto fuera oscuro, no me pareció excesivamente delgada ni se pasó una tarde hablándome de las películas de Tim Burton, como dicen las descripciones que circulan sobre los "emo" por la red.
Cuando supe que era “emo“, meses después, me di cuenta que mi sobrina se reivindicaba como tal porque le gustaba un modo de vestir y de peinarse en particular, porque escribía en formas que a los demás nos parecerían extrañas (con profusión de zetas, kas y mezcla de minúsculas y mayúsculas) y porque tenía gustos musicales que la hacían sentirse parte de un grupo.
Y pensé en mí, y mis pelos indomables de los ochenta y mi rebeldía adolescente, que quizá se manifestó de una forma distinta a la de esta joven de 14 años, pero que finalmente existió.
Hace unas semanas, recibí un correo de mi sobrina en respuesta a una cadena "anti-emo" que anda circulando por internet, en la cual, entre otras linduras, acusan a los jóvenes que pertenecen a esta tribu urbana de ser seguidores de Hitler (tan sólo porque Hitler se peinaba con el flequillo a un lado) y piden que para contrarrestar la oleada "emo" se les hable a los jóvenes de Dios.
Mi sobrina respondía, con una línea, todo lo que podría responderse ante frases y acciones violentas como las anteriormente citadas: “Nos llaman anormales, pero yo pregunto, ¿qué es lo normal?”
Y sí ¿qué es lo normal?, digo yo, ¿quién dicta qué es normal y que no? Porque tan normal se siente el católico, como el ateo, el musulmán o el testigo de Jehová; normal puede decirse a sí mismo el heterosexual, con los mismos argumentos que puede defender el homosexual; normal puede considerarse el discapacitado al igual que quien no lo es.
¿Quién es el valiente que puede lanzar la primera piedra contra los "anormales"?
Hoy por hoy, yo soy la orgullosa tía de una "emo". Orgullosa, porque me hace feliz saber que mi sobrina es capaz de defender su forma de ser sin faltar al respeto a los demás.
Porque aquí, ya no es cuestión de pedir tolerancia para los "emos", simplemente se trata, como diría Benito Juárez, de que "Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz".

martes, mayo 20, 2008

Las tres preguntas

Dudé mucho en ponerlo. Sé que no es el mejor ejemplo de lo que puedo inventar, pero de todos modos decidí regalárselos.
Le había dado otro ataque de ansiedad y depresión, el tercero en este mes, y nuevamente había avisado a la oficina para poder quedarse como estaba ahora, tendida en la cama, en pijama y mirando fijamente a la ventana que le revelaba un cielo gris y unas gruesas gotas de lluvia corriendo como lágrimas por el cristal.
Todo iba bien en realidad. Tenía una vida profesional que los demás calificaban de exitosa, tenía amigos, vivía la independencia que siempre había querido vivir, pero aún así se sentía triste, derrotada, sin ánimos.
El cielo empezó a oscurecer, la habitación se empezó a llenar de sombras, pero ella no hizo el menor esfuerzo por encender la luz. Se sentía agotada y sumida en un pozo sin fondo.
De pronto, en medio de la oscuridad, una lucecilla apareció. Era nítida, como la que proviene de una linterna y sin embargo no le provocó curiosidad sino molestia.
“Algún niño jugando al detective”, pensó, y no movió ni una pestaña.
A pesar de su desidia, la luz empezó a crecer hasta convertirse en una figura amorfa flotando a un lado de ella. Sin embargo, estaba sumida en tal estado de agotamiento emocional que no quiso hacer esfuerzo ni para asombrarse por el extraño fenómeno. Se limitó a mirarlo, como quien ve un programa aburrido por el televisor.
De la figura amorfa emergió de pronto una voz que se dirigió a ella en un tono severo.
- Me han mandado aquí para ayudarte-, le dijo y no parecía dispuesto a hacer concesiones -puedes hacerme tres preguntas que te alivien la carga que sientes. Te sugiero que no hagas preguntas personales. Mejor ocupa este regalo en dirimir preguntas existenciales, de aquellas que le pesan tanto a lo hombres y no los dejan disfrutar de su existencia. Tienes apenas unos minutos, así que empieza ahora.
Ella sintió una gran pesadez. Pensó que estaba en medio de un estúpido sueño y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no reprimir su impulso inicial de darle la espalda a la figura que le hablaba. Sentía la boca seca, pero tragó saliva y se dispuso a hablar, casi sin pensar.
- ¿Para qué sirve el 90 por ciento de cerebro que los humanos no utilizamos?-, dijo mecánicamente y creyó percibir una sonrisa en la masa informe.
- En esa parte del cerebro humano se esconde la verdadera grandeza de hombres y mujeres. La capacidad de teletransportarse, de ver más allá de esta dimensión, sus poderes telequinéticos, su capacidad de autorregeneración, la vida eterna. Pero, y lo digo para que no gastes tu siguiente pregunta, el ser humano no la utiliza ni la utilizará porque su principal defecto es que no cree; tiene tal soberbia que piensa que exclusivamente esto que ve, esto que puede tocar, es lo que lo rodea. Tú misma, estás ahí, preguntando sin dar crédito a lo que estás viendo, pensando que tu depresión ha llegado a tal punto que te provoca alucinaciones. No quieres creer, no vas a creer.
Ella no puso atención a la crítica. La pasó por alto. Nada más faltaba que sus alucinaciones vinieran a regañarla. Era el colmo, ya bastante carga tenía con una vida gris, desprovista de verdaderas emociones.
Así que apuntó y lanzó la siguiente pregunta.
- ¿Existe otra vida después de ésta?- cuestionó en un tono que no denotaba curiosidad sino un profundo deseo por salir lo antes posible de aquello.
- Existe sí, y todos seríamos capaces de verla. Es otra dimensión, eso es todo. No hay cielos, no hay infiernos, no hay purgatorios y no hay limbos. Se trata de un espacio donde el alma evoluciona, adquiere nuevos conocimientos, crece y se expande. La otra vida se cruza permanentemente con ésta, todos los días, pero pocos son capaces de darse cuenta, y algunos de los que logran verla se dejan ganar por la ambición, por el deseo de tener una mejor vida en la tierra, e inventan toda suerte de tonterías para engañar a los que no pueden creer pero quieren tener esperanza.
- ¿Por qué te me apareciste a mí y no a otra persona?
- ¿Es así como piensas gastar la oportunidad de hacer una tercera pregunta que te dirima una duda existencial?- le replicó la luz amorfa en tono de regaño
- ¿De qué dudas existenciales hablas? ¿qué dudas puedo tener si hace mucho deje de creer en todo? ¿qué me puede importar a mí lo que diga una alucinación? ¿quién te pidió que vinieras?- dijo con absoluto fastidio
- Bien, me aparecí ante ti en un intento por darte un regalo que te hiciera feliz. Saber que no estás sola, que esto es sólo materia, que los problemas que vives aquí son nimios… no sé, pensé, pensamos, que esto te traería paz. Tal vez, después de esta charla quieras darte el tiempo de pensar, de dejar la soberbia, de volver a creer, no en lo que te han vendido como espiritual, pero sí en esto que acabo de decirte, que es un conocimiento vedado casi a toda la humanidad. Quizá, sólo quizá, puedas concentrarte en tu alma y no en tu cuerpo.
- Te prometo que lo pensaré.
- Está bien. eso es todo- dijo la luz informe y de pronto, con la misma rapidez con la que había llegado, desapareció.
-¿Y si fuera cierto?- se dijo ella - ¿y si realmente existiera algo más allá de esto que vemos que implique una verdadera evolución? No una evolución frívola, por supuesto, no esto que todos creen que es éxito y sin embargo resulta hueco, aburrido y absurdo, sino un crecimiento más allá de lo imaginable, algo que en verdad te motive a seguir.
La duda le dio una vaga sensación de entusiasmo. Quizá no valía la pena concentrarse en las piedras de este camino, como le había dicho la luz, sino tratar de ver más allá, usar algo de ese 90 por ciento del cerebro inutilizado, y dejar de atormentarse.
Se quedó ahí, meditando unos minutos en silencio, hasta que llegó a una conclusión.
- ¡Bah!- se dijo -nunca había oído que la depresión provocara este tipo de alucinaciones.
Entonces, decidió que al día siguiente hablaría nuevamente a la oficina para decir que no se sentía bien de salud y que tendrían que descontarle un día más porque, otra vez, no pensaba levantarse de la cama. La depresión le había ganado otra partida.

martes, mayo 13, 2008

Chequen mi Slide Show

En lo que acabo el texto que les estoy preparando y que va a cuentagotas, les dejo un slide con todos los seres que hacen bella y feliz mi estadía en este mundo.
Aquí está mi gran amor, Olivier, así como mi mami, mis hijos, mis hermanos, cuñados, mis logros profesionales. Disfrútenlo.



martes, mayo 06, 2008

El monstruo

perdón el cambio de tono, no lo pude evitar.


Lo llaman monstruo. ¿De qué otra forma se podría calificar a Josef Fritzl, el hombre austriaco que mantuvo en cautiverio a su hija Elisabeth por 24 años, la violó sistemáticamente, engendró hijos con ella e incluso se encargó de incinerar a uno de ellos tras su fallecimiento?
Leí la noticia de este caso la semana pasada, y no pasa un día sin que deje de pensar el martirio al que se vio expuesta esta mujer, apenas cuatro años mayor que yo, que por más de dos décadas no conoció otro mundo que el de un cuarto de 1.70 metros de alto, con poco oxígeno y sin ventanas.
¡Más de dos décadas encerrada!, pienso siempre, las mismas en las que yo tuve oportunidad de viajar, enamorarme, casarme con quien yo elegí, tener hijos, llorar y reír por las cosas cotidianas.
Las mismas en las que ame cada día a mi padre, porque a pesar de sus defectos, siempre fue un sólido pilar que me sostuvo.
No he visto fotos de cómo está Elisabeth ahora y, sin embargo, no puedo quitarme de la mente la idea de ese cabello blanco que dicen que le quedó a causa del encierro y la angustia.
No describen mucho de su rostro, pero lo imagino triste, con la sonrisa perdida desde los 11 años, cuando descubrió que su padre, el hombre que por obligación de vida tenía que cuidarla y protegerla, era el verdugo que abusaba de ella sin piedad.
Hace unos días escuchaba por la radio a una comentarista que se dio a la tarea de preguntar qué castigo deberían recibir los pederastas.
Las respuestas del público fueron furibundas casi en todos los casos. Había muchos que pedían que se les torturara, que los cortaran en pedacitos, que les aplicaran la ley del Talión: Ojo por ojo, diente por diente.
Pero para mí, la mejor respuesta fue la de un radioescucha que había sufrido abuso en su infancia, quien proponía darles pena de muerte, en vista de que ellos mataban en vida a sus víctimas. No pudo haber mejor respuesta, y se los asegura una sobreviviente de este delito.
Sin embargo, Josef Fritzl recibirá cadena perpetua, lo cual es decir nada tomando en cuenta que a sus 73 años está, lógicamente, en el último tramo de su vida.
Y la cadena perpetua, en todo caso, es por haber secuestrado a su hija, pero no por ser un pederasta. Si fuera por eso, según las leyes austriacas recibiría 15 años y probablemente ya estaría libre, aunque eso sí, las autoridades temen que en la cárcel lo torturen porque saben que en el código de honor de los presos sí se considera el máximo delito haber abusado de un niño. ¡Qué paradoja!
Lo que digo yo, en respuesta a otro artículo que leí acerca de las múltiples teorías sobre el fin del mundo que se han dado a lo largo de la historia, es que la humanidad tiene pocas perspectivas de continuar, en tanto se siga considerando que la pederastia es un delito menor.
¿A dónde vamos a llegar si se sigue creyendo que los pederastas, sean sacerdotes, padres de familia, patrones o hijos de vecinos, merecen perdón?
¿A dónde vamos a llegar si las víctimas siguen sintiendo que fueron culpables porque los sistemas de “justicia” del mundo no son capaces de defenderlas?
¿A dónde vamos a llegar con tantos niños que quedan muertos en vida tras un ataque y sin posibilidades de salvación porque sus verdugos pertenecen a su propia familia?
No estaría mal tomar las riendas del asunto en vez de sólo sorprendernos ante estas aberraciones. Suceden en todo el mundo y a cada segundo. De seguir así, no tendremos derecho a llamar civilización a la especie humana.

lunes, abril 21, 2008

Y hablando de hombres...

Hace un par de meses, leía en la revista Conozca Más un artículo en el que se mencionaba que en fecha reciente el cirujano plástico Stephen Marquardt había creado una máscara áurea que, asegura, pertenece al rostro humano perfecto,
Para obtener este prototipo, el citado médico se basó en la proporción divina o áurea, mejor conocida como phi (cuyo valor matemático es 1,618033988), con la que Leonardo Da Vinci creó el famoso Hombre de Vitruvio, Claude Debussy su música, y que al parecer está presente en el ADN, la espiral de las galaxias y hasta los girasoles.
Para crear el rostro humano perfecto, que se representó, claro, como una mujer, el cirujano hizo que la distancia de la parte inferior de la barbilla a la nariz y del nacimiento del pelo a las cejas fuera la misma, y que esta proporción fuera un tercio de la longitud de la cara.
Ya entrados en este tema, los autores de la revista Conozca Más decidieron hacer su listado de los ingredientes que, en su opinión, debería tener la mujer perfecta: El tamaño y proporción perfecto de la cabeza de Ingrid Bergman, la distancia entre los ojos de Audrey Hepburn, la armonía y simetría de la boca de Scarlett Johansson, el tamaño y proporción de ojos y boca de Halle Berry y la proporción ideal entre oídos y barbilla de Kerri Washington.
Pero hay que decir que los de esta revista no son los primeros hombres en hacer su propuesta de la mujer perfecta. Hace tan sólo unos meses ya había circulado por el mundo entero la noticia de que, según cientificos británicos, Jessica Alba tenía el cuerpo perfecto.
Los investigadores de la Universidad de Cambridge descubrieron a partir de fórmulas matemáticas, que la mejor relación cintura-caderas es un 0.7 y que esa es precisamente la proporción de las curvas de Alba.
Tras leer estas notas, recordé yo un episodio que me contó mi mamá. Un buen día, mi papá, platicando con ella, decidió hacerle una lista de las características que debía tener la mujer perfecta. Le hablo de cara, cuerpo, peso, actitud, vestuario y demás. Por un buen rato, mi mamá lo escuchó en silencio, hasta que de pronto lo atajó con una pregunta: ¿Y dime cómo sería el hombre perfecto que mereciera a esa mujer perfecta?
Touché, mamá
Porque sí, es muy interesante que los hombres nos digan cómo debería ser la mujer perfecta basados en pretendidas fórmulas matemáticas e investigaciones científicas, pero ya sería hora de que las mujeres contraatacáramos y dijéramos cómo debería ser el hombre perfecto que, en todo caso, mereciera a la mujer perfecta.
Por ello, decidí hoy hacer una lista de lo que debería tener el hombre perfecto. Es una lista subjetiva, como las antes mencionadas, porque por más que nos digan que utilizaron la ciencia, está claro que se le dio uso para que las cosas quedaran tal y como lo deseaban los hombres que propusieron a la mujer perfecta.
Se vale hacer nuevas propuestas, expresar desacuerdo y criticar a los elegidos. Todos los comentarios son bienvenidos.

Ingredientes para el hombre perfecto

Los ángulos de la cara de Johnny Depp. No me atreví a medirlos con la proporción divina, pero estoy segura que son perfectos.



La armonía entre nariz, ojos y labios de Orlando Bloom. Y esa mirada entre traviesa y sensual.



El cuerpo esbelto y estético de George Clooney. (Desde mi punto de vista, alguien debería hacerle saber a algunos hombres que el lavadero está bien para tallar la ropa, pero no para la barriga).



La estatura de David Schwimmer. (Dato curioso: la citada Conozca Más decía en otro artículo que los hombres altos tienen un mayor nivel de testosterona, en otras palabras que son más masculinos. ¿Será?)



Las manos de Mathew Perry. (Debo reconocer que esto puede sorprender a más de uno/a, pero esto de las manos masculinas es casi un fetiche para mí.)



La actitud de Hugh Jackman, que se sabe guapo pero no se ve preocupado en enviar miradas que matan a nadie, que regala sonrisas al por mayor y no siente pena de lucir a su esposa e hijos en público.



El sentido del humor de Billy Crystal. Esto del sentido del humor es vital para mí. Pero entiéndase, no es lo mismo un hombre vulgar o que quiere pasarse la vida contando chistes, que aquel que tiene un sentido del humor inteligente, que hace comentarios agudos casi sin querer y le arranca a uno carcajadas.



La agudeza intelectual de maestros como José Saramago y Gabriel García Márquez. (¿Esto sí que es vital, no? ¿y acaso los hombres mencionan este aspecto al hacer a su mujer perfecta?)



Por supuesto, ya poniéndonos generosos, yo podría aceptar a cualquiera de estos hombres el día que ellos lo determinaran. La cosa es que elaborar esta receta no fue una tarea para mí, que al fin y al cabo no soy más que una simple mortal, sino para encontrarle par a la mujer perfecta. Yo, por mi parte, ya tengo a mi hombre perfecto.

lunes, abril 14, 2008

De metrosexuales a machos alfa

Qué modita ésta de ponerles etiquetas a los hombres.
Empezó hace algunos años con los famosos metrosexuales, un terminajo inventado en Inglaterra en 1994 para definir a hombres preocupados en exceso por su imagen y cuyo dinero va a parar, casi en exclusiva, a frivolidades tales como la ropa de moda, servicios de manicure, pedicure y cosméticos para el rostro.
Los metrosexuales no son necesariamente homosexuales (aun cuando mi marido insista en que no se les puede llamar de otro modo) sino que "son hombres que no temen exteriorizar su lado femenino", según coinciden casi todas las páginas que abordan este tema en la red.
El futbolista inglés David Beckham es el prototipo del metrosexual, y sus innumerables fans en el mundo entero parecen ser la causa de que esta etiqueta se haya puesto de moda.
Yo podría decirles que el citado profesional del balompié es uno de los hombres más hermosos del mundo, pero así, de lejitos, porque el día que a mi marido se le ocurra compartir conmigo la polvera y el lápiz labial, ese día me divorcio. No hay nada más rico que tener a un lado un hombre que lo parezca, que tenga hábitos de limpieza y sea pulcro, pero no que quiera que hablemos de los últimos avances en cosméticos. Para eso, mejor me voy al salón de belleza.


Pero no conformes con el terminajo metrosexual y sus absurdas implicaciones, las revistas dedicadas a reseñar el mundo de la moda fueron más allá, y entonces aparecieron los tecnosexuales. Estos hombres, básicamente, comparten las características del metrosexual, pero además son fanáticos de los avances tecnológicos. Según el Diario Digital, de República Dominicana, quien porta el estandarte de este tipo de hombres es nada menos que el multimillonario Bill Gates, creador de Windows.
Flaco favor le hicieron al señor Gates, digo yo, porque decir que es tecnosexual es tacharlo de bonito (cosa que por cierto no lograría ser ni con todo el dinero que posee y, por lo tanto, parece una broma de mal gusto) y frívolo. ¡Qué cosa!



Obviamente, la moda de los metrosexuales, la posterior llegada de los tecnosexuales y la reacción de muchos hombres que se sentían ofendidos al ver la aparición de cosméticos masculinos en todas las revistas como invitándolos a convertirse en lo que no eran, propició otras etiquetas igual de absurdas.Están, por ejemplo, los retrosexuales, que según el anteriormente citado Diario Digital, son hombres que buscan erradicar la idea de que el hombre se depila las cejas y se hace manicure.
El retrosexual, que tiene como prototipos a Javier Bardem, Sean Penn y Clint Eastwood, entre otros, retoma en su arreglo estilos de los sesenta, setenta y ochenta.
¿Y eso será a propósito?, digo yo. ¿Estos actores se levantarán todos los días con la idea de que tienen que ser el modelo de retrosexual, o lo que pasa es que, como la mayoría de los hombres heterosexuales, para vestirse agarran lo primero que ven en su guardarropa?
Ojalá que sea esto último, porque si no, qué decepción.


Están también los übersexuales, cuyo prototipo, según las revistas de moda, es el guapísimo George Clooney. Al tratar de explicar este término, la página mujeraldia.com dice que el prefijo über, de origen alemán, significa muy o mucho, y eso quiere decir (no me explico por qué) que los übersexuales son hombres que defienden "un regreso a la masculinidad que se había difuminado en los últimos años" (¿y esa definición qué tiene que ver con el prefijo muy o mucho?).
Y me pregunto yo, ¿es que acaso estos hombres no eran así de masculinos antes de que les colgaran una horrible etiqueta?. Porque George Clooney y otros actores varoniles ya existían antes de que se inventara el terminajo éste y creo que a estas alturas los debe tener sin cuidado que los tachen de lo que sea. O al menos eso espero.



Pero ya el colmo de la osadía fue la etiqueta que vi recientemente: el macho alfa, que según todas las páginas que visité es un hombre que es líder y por esta condición tiene prioridad en procesos como el de la reproducción. (Al menos así es en el mundo animal e intuyen que por eso debe ser así en el humano)
El macho alfa es un Casanova, pues: socialmente popular, divertido, ameno, y sexualmente muy activo. Un machote de esos que tienen muchas mujeres y a todas les dan el gasto.
Ya aquí ya no supe a quién poner en la foto, porque no encontré el prototipo de este hombre en ninguno de los textos consultados; por ello copié la idea de otra página y me traje la carota de un león (perdonen, chicas).
Porque el macho alfa, como diría el poema A Gloria, de Salvador Díaz Mirón, pretende que su mujer sea una paloma para el nido mientras él es un león para el combate. ¡Qué triste!



Y yo no sé a quién podemos culpar de esta abominable explosión de etiquetas que han aparecido en los últimos años. ¿A la moda?, ¿a las mujeres que no somos capaces de entender que cada hombre actúa de manera distinta y por fuerza queremos apilarlos a todos en un único grupo?
En fin, yo les pido a todos los hombres que lleguen hasta aquí, amigos, hermanos, esposo, hijos, que empiecen a exigir que esta tendencia a etiquetarlos se termine de una buena vez. Hagan su liberación masculina, pero ya, por favor. Las mujeres que los rodeamos se los agradeceremos porque a mí, al menos, tanta etiqueta ya me da flojera. Conozco a muchos hombres, casi todos los que me rodean, que no encajan por fortuna en ninguna de las categorías expuestas y sin embargo son maravillosos. ¿No podemos dejarlos así y ya?