lunes, abril 27, 2009

Influenza, el ataque de la sinrazón


Hace 24 años, la Ciudad de México, mi cuna y mi gran amor, me enseñó la importancia de no perder la calma en medio de una crisis.
Era 19 de septiembre de 1985 cuando un terremoto de 8.1 grados en la escala de Richter azotó la capital mexicana con tal furia que echó abajo edificios y acabó con la vida de miles de personas.
A mí me tocó vivir la experiencia a sólo unas cuadras del Nuevo León, un edificio que se vino abajo con muchas personas adentro. Pero además, toda mi familia vivió la tragedia en zonas que quedaron devastadas: A mi madre y a mi hermano les tocó presenciar la caída de un edificio; mi padre tenía su negocio en una zona rodeada por un hotel, una oficina de gobierno y una escuela que se derrumbaron. Mi abuela estaba a unos pasos de Izazaga, una de las calles que se vio más afectada por el desastre.
Tan sólo unas horas después del terremoto, yo sentía un terror difícil de describir. No quería separarme ni un segundo de mi familia, consciente, como estaba, de que estuve a punto de perderla.
Sin embargo, al día siguiente, salí un rato a la calle a convivir con mis amigos (animada por mi madre que quería que me distrajera) y fue ahí donde me tocó el segundo temblor. No recuerdo mucho de lo que sucedió alrededor pero nunca olvidaré mi reacción: empecé a gritar, primero suavemente y después con furia, hasta llegar a un punto en el que me era imposible escucharme a mí misma. Me había dado un ataque de histeria como nunca he vuelto a tener otro en mi vida.
Entonces, de la nada, apareció ante mí un paramédico. No recuerdo su rostro, pero sí que trató de tranquilizarme primero con palabras y finalmente con una bofetada que me trajo de regreso a la realidad. Ese paramédico iba en camino a uno de los edificios colapsados para rescatar a las víctimas, gente que de verdad estaba sufriendo una tragedia y no como yo, que lo único que tenía era un miedo irracional. Me sentí avergonzada, ridícula, por haberle quitado valiosos segundos a una persona que estaba ocupándose y no sólo preocupándose por el desastre.
Al día siguiente, en silencio, con un carrito de supermercado al que yo le había puesto algunos víveres, me salí a la calle, a recolectar alimentos y medicinas para ayudar. Ayudar y no estorbar es lo que decidí hacer entonces y en cualquier crisis venidera.


26 de abril de 2009. Ciudad de México


En medio de un cielo azul, el sol brilla en todo su esplendor y cae a plomo sobre las eternas venas de pavimento de esta gran metrópoli. En otro tiempo, este es el tipo de días en que la gente sale a la calle con ropa ligera y una gran sonrisa, animada por el buen clima.
Hoy no es así. La tristeza vaga por ahí, junto con el airecillo tibio que alborota los árboles. Las familias salen a la calle sólo a lo esencial y en todos los rostros, cubiertos en su mayoría por tapabocas, se pueden observar miradas temerosas, tristes, preocupadas.
No se nos puede culpar. Hay un brote de influenza porcina que obligó a las autoridades a suspender las clases en todas las escuelas de la capital mexicana, del vecino Estado de México y de San Luis Potosí, y este hecho sin precedentes habla por sí mismo: los “chilangos” sabemos, sin que nos lo repitan, que estamos en medio de una emergencia sanitaria.
Hace casi 100 años, en 1918, la influenza española que atacó al mundo entero también hizo su arribo a México. En mi familia el hecho se recuerda especialmente, porque mi abuelo paterno perdió a su primera esposa y dos hijos en las garras de esta epidemia que mató a millones en el mundo.
Muchos de los habitantes del DF no conocen este dato, pero tampoco necesitan saberlo para alarmarse. Para eso está la televisión, los periódicos, los medios de información todos, que como suele pasar, han sacado jugo de este asunto: Cada segundo los comentaristas vociferan al respecto, hablan de “muerte”, “crisis”, “epidemia” con una soltura e insistencia que, inevitablemente, inocula miedo.
La tecnología tampoco ayuda. En las redes sociales, los “chilangos” (habitantes del Distrito Federal), tan dados como somos a la risa fácil, hacíamos bromas el viernes sobre la famosa influenza. Hoy la cosa es distinta. Estamos, por un lado, los que criticamos la histeria colectiva que se ha generado alrededor de esta enfermedad, y hay quienes pretenden que seamos “responsables” y tomemos las cosas con más preocupación y menos crítica. Las posiciones se polarizan.
Como sucede en todas las crisis, la información de hace 10 minutos de contradice con la que se está generando en este momento, ya no sólo en México, sino en el mundo entero, porque los brotes de influenza han empezado a reproducirse en otros países. He leído, por ejemplo, periódicos españoles que dicen que entre los síntomas de esta enfermedad se incluye, nauseas, mareo, diarrea y vómito. Sin embargo, en México, las autoridades de salud lo han repetido varias veces en los últimos días: los síntomas de la enfermedad son fiebre muy alta, dolor de cabeza intenso, dolores musculares, cansancio, escurrimiento nasal y tos. ¿Quién tiene la razón?
Pero es aquí que la histeria no nos deja llegar a conclusiones sensatas, escuchar con reservas las noticias para después obtener una opinión propia: En las primeras horas en que los mexicanos fuimos alertados de la presencia de la enfermedad en nuestra capital, se dijo que sólo los enfermos necesitaban usar cubrebocas, y sin embargo, éstos se han vuelto la prenda de moda en la Ciudad de México y están agotados en todas las farmacias, por lo que si un enfermo llega a necesitar uno y no pudo conseguirlo a tiempo, se va a convertir en un foco de infección real.
También se ha pedido a toda la población que no acuda a los centros de salud a menos que tenga síntomas asociados con la influenza, y sin embargo, la gente hace largas filas afuera de los hospitales, impidiendo la atención inmediata de quienes sí están enfermos; se ha indicado que no consumamos medicamentos a menos que estemos enfermos (y después de consultar al médico) y sin embargo, las farmacias han agotado sus reservas de medicinas contra la influenza.
La histeria colectiva nos está ganando.
Llevamos tres días de que se anunció oficialmente el brote de influenza en la Ciudad de México y muchos ya estamos agotados. A mí se me quitaron las ganas de salir a la calle, de comentar lo que está sucediendo y de abrir la puerta de mi casa, no por el miedo a la enfermedad sino porque me doy cuenta que a mucha gente no le sirvió la lección que recibimos en 1985 en cuanto a la manera de afrontar una crisis. Llamar a la calma y a la sensatez es inútil. Parece que mucha gente siente un placer malsano ante esta situación por su parecido con los escenarios apocalípticos de las películas de Hollywood.
¿Que si yo no tengo miedo de que la influenza me enferme o enferme a alguno de mis seres queridos, especialmente a mis hijos? Por supuesto que lo tengo, como todos. Pero no me pienso comprar un medicamento o hacer cita con el médico cuando sé que puede haber un enfermo que esté necesitando esos productos o esos espacios.
Ayudar y no estorbar, sigue siendo mi consigna.

lunes, abril 20, 2009

Símbolos patrios mexicanos: No tocar

Cada vez que México extiende una queja internacional por el uso indebido de sus símbolos patrios, me ha tocado leer a periodistas del mundo sorprendidos por el exceso de sensibilidad que muestra mi país ante estos temas.
El más reciente caso se dio el 14 de abril pasado, cuando el embajador de México en España, Jorge Zermeño Infante, envió una carta al director de Burger King en aquel país para quejarse por el uso indebido de la bandera mexicana en el anuncio de una nueva hamburguesa de esta cadena de restaurantes.
En el citado anuncio aparece un hombre alto, rubio, vestido de vaquero al lado de un hombre visiblemente más pequeño, moreno, con una máscara de luchador y un sarape con los colores y el escudo de la bandera mexicana.


En un primer momento, se creyó que la queja de Zermeño tenía que ver con un mal entendido orgullo de los mexicanos que pensaban que el hombre pequeño y moreno era un cliché sobre ellos mismos.
Sin embargo, Zermeño había aclarado en su misiva que la queja no tenía que ver con el mexicano que aparece en el anuncio, sino con el uso de la bandera:
"El aprecio y respeto por nuestra bandera es tal que en México existen normas legales claras que establecen el buen uso que se debe dar a nuestros símbolos patrios".
El antecedente más inmediato de este problema ocurrió hace dos años, cuando Paulina Rubio apareció en la portada de la edición española de la Revista Cosmopólitan cubriendo su cuerpo desnudo con la bandera tricolor, lo cual provocó un escándalo que obligó a la cantante mexicana a pedir disculpas públicas.
En aquel entonces, el blog Enigmas press mencionó al respecto: “Aquí en Venezuela la cosa es un poco diferente. La mujeres utilizan la bandera de sostén y de pantaletas. Los hombres de interiores. La ponen al revés. Le quitan una estrella. La hemos visto quemándola”.
Y sí, no sólo en Venezuela sucede. En general, en el mundo entero es práctica común usar las banderas en casi cualquier tipo de situación sin que los distintos gobiernos se quejen por ello.

¿Por qué entonces los mexicanos somos tan delicados hacia nuestros símbolos patrios?
Sin afán de justificar la actitud de mi país, me puse a reflexionar en busca de una respuesta más o menos coherente del porqué los mexicanos nos mostramos tan sensibles con el uso de nuestra bandera.
Como bien dijo Zermeño en su carta a Burger King, en México existen reglas legales que establecen que cuando se usa la bandera mexicana (así como su escudo y el himno nacional) ésta no debe presentar alteraciones, y debe dársele un trato respetuoso.
Se pueden usar los colores verde, blanco y rojo en la ropa, sí. Pero nunca la bandera completa, con todo y escudo.
El fondo del problema, sin embargo, es el mal entendido nacionalismo con el que nos educan a los mexicanos.
No nos dicen que debemos exigir mejores condiciones de vida a nuestros gobiernos. Tampoco nos educan para defendernos de los villanos que tenemos en casa ni de la corrupción, la inseguridad, el fraude o la desigualdad. Sin embargo, nos pasamos la infancia escuchando que nuestra bandera, nuestro escudo y nuestro himno nacionales son intocables, los símbolos que nos unifican como pueblo y nos dan identidad en el mundo entero.
En México, año con año, los niños de nivel primaria participan en concursos de cuento y leyenda sobre los símbolos patrios, y hay un día dedicado a la bandera (el 24 de febrero), en el que usualmente se nos recuerda su historia y su significado.
Crecemos también oyendo la historia de los Niños Héroes, seis jóvenes militares que lucharon contra el ejército estadounidense, uno de los cuales (Juan Escutia) se lanzó al vacío desde el punto más alto del Castillo de Chapultepec envuelto en la bandera mexicana, para impedir que los invasores hicieran suyo el lábaro. De niños, es lógico que esta historia nos deje conmocionados y con la moraleja de que se debe pelear con uñas y dientes por la defensa de nuestros símbolos patrios.
Y así es, los mexicanos saltamos ante el menor intento de que se dé un mal uso a nuestra bandera, nuestro himno o nuestro escudo, más por el condicionamiento mental que traemos desde la infancia que por una verdadera conciencia.
No nos importa en cambio, que se burlen en el extranjero de nuestros políticos o cualquier tipo de personalidad pública mexicana, como sucedió en el capítulo de South Park en donde se exhibe a Felipe Calderón, el sujeto que hoy por hoy se ostenta como presidente de México.

Y de hecho, a mí me parece lo más saludable que no nos importe. ¿Por qué tendríamos que defenderlos?

Si acaso, la queja debería estar encaminada a criticar la gran desinformación que existe en casos como éste (porque habría que explicarles a los creadores de esta serie animada que los parques acuáticos no fueron una decisión del fulano de quien decidieron hacer una sátira sino del gobierno de la Ciudad de México).

Pero no hay quejas, aquí no se dice nada. La bandera aparece pero no en una situación comprometedora, así que para qué decir algo.
¿Que la actitud de los mexicanos es incongruente? Se lo dejo al criterio de cada quien.

sábado, abril 18, 2009

Un meme de mamá


Este meme me lo encargó mi querida Vania hace unos días.
Ella lo respondió en su blog Cápsula del Tiempo tras conocer el dato de una bloggera canadiense (Catherine Connors), quien tuvo la iniciativa de lanzar un meme con la siguiente pregunta: "5 cosas que te encantan de ser mamá". La idea de Catherine, explica Vania en el maravilloso texto que escribió como resultado, “es juntar diferentes versiones y visiones de mamás de diferentes países del mundo sobre este tema”.
Yo, declarada admiradora de la pluma de Vania, quien es capaz de condensar en unas líneas el sentir cotidiano de las mujeres contemporáneas, decidí cumplir con entusiasmo su encargo de responder a este meme.
Pero ¿qué creen? Justo las vacaciones de mis hijos y las múltiples cosas en que me veo inmersa cuando los tengo en casa me habían impedido sentarme en la máquina y tratar de concentrar la atención más allá de unos minutos.
En fin, como dice el dicho, no hay plazo que no se cumpla, así que aquí les va mi listado.

Cinco cosas que me gustan de ser mamá:
1) Ser mamá me ha obligado a retarme a mí misma en más de una ocasión. Por ejemplo, cuando era adolescente mi mamá decretó, no sin un dejo de tristeza en la voz: “Hija, no eres buena para las manualidades. Heredaste la torpeza de tu abuelita”. Y yo lo acepté, como quien acepta cualquier mal sino que le haya tocado en la vida.
Sin embargo, gracias a mis hijos comprobé que el decreto de mi mamá era una percepción de ella. Desde que entraron a la escuela he aprendido a hacer una lapicera decorada con estampitas, disfraces para todo tipo de ocasión; bastones, pulseras y otros accesorios que los “creativos” profesores de mis hijos solicitan para los festivales escolares, y toda clase de adornos para el Día de Muertos y Navidad.
No siempre el resultado es tan bueno como yo esperaría, claro, pero nadie puede culparme de no haber intentado superarme por amor a mis retoños.
Todavía no le entro a la carpintería, herrería y trabajos que requieran conocimientos sobre electricidad… pero estoy segura que no falta mucho para que me vea obligada a hacerlo.

2) Estoy repasando con entusiasmo cada uno de mis años escolares. Quién lo diría. Yo, que siempre renegué de las tareas y las clases y que de buena gana hubiera hecho arder en una fogata mis libros de escuela en más de una ocasión, ahora estoy repasando la primaria y a punto de entrar a la secundaria nuevamente, y lo mejor de todo es que lo estoy disfrutando y aprendiendo cosas nuevas.
Además, me emociono con los eventos de cada día en la escuela de mis hijos: “Que si fulano ya le contestó a la maestra”, “que si mengano le pegó un chicle a la falda de zutana”, “que si perengano y mengana son novios”.
Por suerte, todavía no me llega la nostalgia al punto de querer ser niña nuevamente. Ser mamá no me ha hecho olvidar que este periodo, por más que todos digan que es uno de los más bellos de la vida, también tiene su lado B.

3) Estoy “in” gracias a mis hijos. La verdad estoy segura que si no fuera por mis retoños tendría pocas oportunidades de estar al tanto de absolutamente todo lo que les gusta a los niños y jóvenes en la actualidad.
En cambio, hoy por hoy estoy segura que podría sostener una amena charla con un grupo de niños o adolescentes acerca de los últimos capítulos de Bob Esponja, los atractivos de la película Dragon Ball, los videojuegos más llamativos, el juguete que todos quieren, la música más “chida” y los últimos códigos que se han inventado para mandar mensajes por celular o vía Messenger.
Lo que me preocupa a veces es que cuando trato de platicar con gente de mi edad, sobre todo aquella que libremente decidió no tener hijos, resulta que estoy tan “in” que no logró hacerme entender por los adultos. Pero todos me tienen paciencia.

4) Me siento la mujer más hermosa del mundo. No sé hasta qué punto este sea un sentimiento exclusivo de las mamás que sólo tenemos hijos varones, pero puedo decir que los mejores piropos (los más honestos) que he recibido a lo largo de mi vida son de mis hijos.
A veces, cuando menos me lo espero, me dejan el corazón pequeñito con un “¡Qué hermosa te ves, mami!” o “¡Qué bien huele tu pelo!”.
Por supuesto, son tan honestos que en más de una ocasión me han hecho correr al baño cuando me preguntan “¿Por qué te peinaste de esa manera tan rara?”, “ese vestido no está muy bonito ¿no?”.
Pero bueno, al menos sé que ellos son mi mejor espejo.

5) Han conseguido que me enamoré más de mi marido. Cada día, cuando veo a mis hijos, me emociona darme cuenta de todo lo que tienen (heredado o aprendido) de mi esposo. Y no me refiero sólo a las cosas buenas.
Me gusta, sí, ver los rasgos de mi marido en las caritas y los cuerpos de mis hijos. O ver virtudes como la bondad y la empatía de mi marido hacia los demás, repetidas en mis retoños.
Pero también me río mucho cuando veo que se enojan como él, que tienen sus mismas manías y que les molestan las mismas cosas que a su papá.

En fin, éstas son sólo cinco cosas que me gustan de ser mamá. Confieso que me costó un poco de trabajo llegar a estas conclusiones, porque a veces uno no se da cuenta de ellas por lo vertiginoso que resultan los días cuando uno está criando a un par de hijos.
Sin embargo, momentos de reflexión como éste son los que nos permiten darnos cuenta que no es un decir: ser mamá es un gran privilegio.

Ojalá este meme lo puedan contestar más mamás. Especialmente Angie, que sé que es una súper mamá.

domingo, abril 12, 2009

¿Se debe teorizar la seducción?

Hace unos meses, Discovery Channel anunció con bombo y platillo un programa sobre “el arte de la seducción”, el cual pretendía aclarar el porqué algunas personas resultan más atractivas que otras y cómo intervienen cuestiones visuales, físicas y químicas en aquello que conocemos, simplemente, como sensualidad.
Esperé durante semanas la emisión, que duraría dos horas, según el anuncio. Sin embargo, no pude verla completa, porque a poco más de la mitad del programa concluí que hay cosas que simplemente no pueden explicarse de manera científica sin caer en teorías sin sentido.
Me pareció que las explicaciones aportadas por los distintos científicos que consultó Discovery Channel parecían más destinadas a profundizar la discriminación ya de por sí existente en la humanidad que a arrojar luz sobre asuntos que no nos quedan del todo claro.
El programa arrancó bien. Empezó por decir que el atractivo de una persona residía, en primera instancia, en el rostro.
Varios voluntarios participaron en distintos estudios cuya conclusión fue que mientras más simétrico resulta un rostro, femenino o masculino, más atractivo se vuelve a los ojos de los demás.



También se dijo que un elemento importante del atractivo de una persona era la voz. Aquí empecé a tener problemas con este asunto. Según los estudiosos, a las mujeres nos gustan los tonos de voz grave en los hombres, lo cual, acepto, es una realidad; aunque me parece que no porque un hombre carezca de una voz de trueno necesariamente resulta menos atractivo.
Sin embargo, mi verdadero desacuerdo inició cuando en el programa se aseguró que los hombres consideran a una mujer más atractiva mientras más agudo es el tono de su voz. Tras diversos experimentos, presentados en la emisión, los científicos concluyeron que una voz femenina aguda es percibida por los hombres como síntoma de juventud y buena salud. La cosa es que a lo largo de mi vida he escuchado a muchos hombres quejarse de las voces chillonas de algunas mujeres.
Claro, mientras veía el programa, y para no desilusionarme a la primera, me dije que tal vez yo tenía la idea de que la voz aguda de las mujeres no resultaba tan atractiva como se decía porque mi voz es profunda y grave. Pensé: a mí muchos me han dicho que sueno sensual, pero quizá me decían eso como un acto de simple cortesía, porque tampoco me van a decir que sueno como camionero borracho, ¿no es así?
Después, en la emisión se habló de la importancia de un cuerpo estético, de una piel que luzca saludable y hasta de un modo de caminar seguro, que, según los científicos, resultan atractivos porque son indicativos con los que las hembras le decimos a los machos: “estoy lista para procrear”, mientras los machos nos mandan el mensaje de “seré un buen proveedor y sacaré adelante a la familia”.
Ustedes perdonarán, pero llegado este punto yo me sentí verdaderamente incómoda con el programa de Discovery. Mientras escuchaba todos los “fundamentos científicos” con los que se pretendía demostrar que el atractivo reside en la capacidad femenina de procrear y la masculina de proveer, sentí que habíamos retrocedido mil años en los avances sociales que ha tenido la humanidad.
¿Qué pasa con las personas que conscientemente no quieren tener hijos?, me pregunté. ¿Acaso el instinto de todos modos los lleva a fijar su atención en aquellos que están listos para procrear-proveer?
Más aún: ¿Qué pasa con mujeres como Victoria Beckham, tan delgada como una varita, cuyo cuerpo no tiene esas caderas voluptuosas que indiquen que traerá al mundo una prole saludable y, sin embargo, se consiguió a uno de los hombres más guapos del mundo?

¿De verdad la cuestión del atractivo reside en un instinto tan animal?
Mi molestia subió de tono un poco más adelante, ante un experimento con el que los estudiosos del tema pretendían explicar el mecanismo de la seducción.
Para empezar, se eligió a 10 hombres y 10 mujeres a los cuales se les vistió, según el programa, de manera “neutral”, aunque esto se refiriera a un overol ajustado al cuerpo que, de entrada, dejaba entrever quién tenía una silueta mejor formada.
A cada hombre y a cada mujer se le dotó con un número, que indicaba el atractivo que tenía. (Si esto no se llama discriminación, no entiendo qué). El uno, era el menos agraciado; el 10, el más guapo.
A hombres y mujeres los acomodaron en filas paralelas de acuerdo a su grado de fealdad. Todos sabían dónde estaban los guapos y dónde los feos.
En un determinado momento, a todos se les hizo caminar por un salón y elegir “libremente” a quien les resultara más atractivo.
¿Qué creen que pasó? ¿Acaso el "feíto" andaba de suerte y ese día se consiguió a las mujeres más suculentas?
Pues claro que no, los guapos se fueron con los guapos, los “feos” hicieron su intento con los guapos y al final, cuando los menos agraciados se dieron cuenta de su mala suerte para ligarse a “los más populares”, acabaron aceptando, por eliminación, a los otros menos agraciados.
¿Cómo puede uno creer en la veracidad de un experimento que inicia con tal cantidad de prejuicios sobre los sujetos de estudio?
Pero el verdadero colmo, para mí, llegó cuando el programa decidió enfocarse en el que “verdaderamente es el atractivo más importante del hombre”.
Sí, sí, puede tener una voz divina, un cuerpo de Adonis, una piel saludable y un rostro simétrico, pero si no da muestras de que tiene la cartera repleta y un coche que señale su capacidad económica, no tendrá “pegue” ni en un millón de años.
“¿Qué, qué?”, me dije.
Para acabarla, ilustraron esta parte del programa con un fulano horrible, con cara de pandillero, que se había conseguido a una mujer muy suculenta pero terriblemente vulgar, tan sólo por su enorme camioneta que demostraba cuán macho era.
Ya en este punto, y medio segundo antes de apagar la tele, llegué a la conclusión de que generalizar es el peor de los defectos de la humanidad.
En gustos se rompen géneros, dice el dicho. Habrá a quien le gusten los hombres de voz aguda, las mujeres de voz grave, los sujetos clase media pero inteligentes y los niños ricos tontos.
En la variedad está el gusto, no cabe duda, y como diría mi abuelita, “siempre hay un roto para un descosido y una media sucia para un pie podrido”.
Por eso, la seducción mejor vivirla que teorizarla ¿no creen?

martes, febrero 10, 2009

San Valentín en crisis


“Cuando el dinero sale por la puerta, el amor salta por la ventana”, dice el dicho.
Y sí, aceptémoslo. Es difícil tener detalles, organizar una cena en el restaurante de moda, ir a bailar o reservar en un hotel cuando el dinero sólo alcanza para vivir al día. Y eso es lo que pasa generalmente en una época como ésta, una época de crisis económica para el mundo entero, y justo cuando tenemos encima el dichoso Día del Amor y la Amistad, mejor conocido como Día de San Valentín.
Aunque, como todo, la crisis puede tener su lado positivo. Porque ¿quién quiere ir al restaurante de moda a esperar tres horas a que le asignen una mesa, si es que la encuentran, porque todo está inundado de enamorados?, o ¿quién quiere ir a hacer un tour por los atiborrados hoteles de la ciudad para tratar de reservar una habitación junto con cientos de parejas que tuvieron la misma idea? Y justamente esto es lo que sucede cada Día de San Valentín en épocas de bonanza económica.
Por eso siempre hay que buscar el lado optimista de las cosas. La crisis económica es una buena oportunidad para ser creativos y regalar a nuestra pareja cosas simbólicas, cargadas de amor y sensualidad y gastando el mínimo dinero posible.
Y como yo ya soy una experta en el “hágalo usted mismo y con poco dinero”, decidí elaborar para todos ustedes un regalito: una lista de tips de cosas divertidas con que pueden agasajar a sus parejas en este 14 de febrero.

1) Una serenata. Evidentemente, contratar a un mariachi o a un trío de cantantes para que le acaricien el oído a nuestro amado (o nuestra amada) resulta prohibitivo para nuestros bolsillos; pero siempre se puede aprender a sacarle unos cuantos acordes a la guitarra para acompañarse uno mismo, o bien, conseguir una grabadora portátil y un casete con la música de nuestra preferencia para dedicarle dos o tres melodías cargadas de sentimiento.
Si no tenemos voz, y nos preocupan los posibles zapatazos que puedan lanzar los vecinos en medio de la noche para callarnos, no importa. Es 14 de febrero, casi todo se vale.

2) Un strip-tease. Aquí hay dos modalidades, la femenina y la masculina.
a) En el caso de las mujeres se puede hacer, por ejemplo, la danza de los siete velos. Para ello se requiere un bikini sexy o un bonito coordinado de lencería, y siete trozos medianos de tela (si son de gasa, mucho mejor).
El truco aquí es sostener los siete trozos de tela en el bikini, en puntos estratégicos, para cubrir el cuerpo lo más que sea posible.
Antes de iniciar la danza, se debe crear el ambiente propicio. Escoger un lugar con suficiente espacio para colocar en el suelo un tapete, alfombra o colchoneta (lo que tengamos a mano para dar el efecto) y adornarlo con cojines o almohadas, desde las cuales nuestro amado podrá contemplar el espectáculo cómodamente.
Por supuesto, debemos acompañarnos de una música sensual (la que sea de nuestra preferencia) y una vez que esta arranque, bailar suavemente a su compás, al tiempo que vamos quitando, uno a uno, los siete velos.
Si nos gana la risa en el camino, no importa… no hay que olvidar que reír en pareja también puede ser un potente afrodisíaco.
Y por favor, este no es el día de preocuparnos por aquella molesta llantita. Dejemos que florezca la sensualidad sin inhibiciones.

b) El caso de los hombres es un poco más difícil, porque requiere habilidades para bailar y desinhibirse que muchas veces no tienen.
Si son buenos bailarines, asunto arreglado. Escojan una ropa bonita (la que más les haya alabado ella) y una melodía sexy, y entonces sí, a bailar mientras se quitan cada prenda.
Si en cambio tienen dos pies izquierdos, entonces hagan una parodia de un strip-tease. Insisto, reír también puede ser afrodisíaco.
Pueden por ejemplo vestirse de policía, doctor, médico, jugador de futbol americano (cualquier cosa que puedan inventar con la ropa que tengan a mano), escoger una melodía divertida, tipo Macho Man de The Village People, y hacerla reír.
Créanme que sus mujeres apreciarán el esfuerzo y la paga puede ser muy buena.

3) Chocolate. La idea de esta opción me surgió gracias al libro el Club del Adulterio que ya les reseñé anteriormente.
Sé que pensarán que chocolate es el regalo más común que damos en San Valentín, pero aquí no importa tanto el qué, sino el cómo.
Pueden comprar unos cuantos chocolates, y más que darlos, usarlos.
Por ejemplo, vendar los ojos a su amada (amado) y darle un chocolate antes de regalarle un beso en alguno de esos sitios que ustedes saben que la hace (lo hace) estremecer.
O bien, comprar betún y polvo de chocolate y untarlos en sitios estratégicos. Por supuesto, no se trata de quedar pegajoso al punto de no querer nada más que un buen baño, sino de dar a nuestra pareja unas probaditas del sabroso dulce sobre nuestra piel.

4) Ser EL regalo. ¿Qué requerimos para ello? Un moño, hojas de papel, pluma, velas.
El truco es colocar en sitios estratégicos de la casa frases eróticas, incluso de aquellas que acostumbramos decir en la alcoba, y en cada una poner una flecha que señale a la siguiente. Por supuesto, la idea es que nuestra pareja llegue hasta el lugar que hemos preparado previamente.
Este lugar puede ser el cuarto en el que dormimos, sólo que adornado con velas y, si les gusta, incluso una varita de incienso o un poco de popurrí para aromatizar el ambiente.
En ese lugar esperaremos a nuestro amado/amada, con un gran moño colocado donde más nos guste, y ropa sexy que puede ser lencería en el caso de las mujeres y nada más que unos jeans en el caso de los hombres.
Lo que pase después, ya depende de ustedes.

5) Vales. Este regalo es el más fácil de todos, pero requiere creatividad, porque podemos echar a perder todo con una frase tan poco atinada como, “para una noche de amor con mua”.
La cosa es que los vales sirvan para esas cosas que sabemos que le gustan a nuestra pareja: Vale para un besito en…, o Vale para una mordidita en… En fin, cada cual sabrá que es aquello que vuelve loco (a) a su amado (a) y podrán echar mano de ello.
Eso sí, procuren hacer vales bonitos, y entregarlos varias horas antes de que su pareja pueda usarlos, a fin de provocar que él (o ella) estén un buen rato imaginando lo que sucederá.

Y bueno, ahora sí no hay pretextos… a disfrutar del placer del amor, aún en época de crisis.

¡Felicidades a todos!

sábado, febrero 07, 2009

El meme de la Ixis

Pues bien, la querida y talentosa Isaura me dio la estafeta de este meme hace unos días.
Yo esperé a responderlo por dos razones. Una, que acababa de subir el post anterior cuando me di cuenta del encargo, y dos, que revisé la cuarta foto del cuarto fólder de “mis imágenes” y me di cuenta que era una gráfica que habla de amistad y de amor.
Me pareció que era la imagen ideal para poner en este espacio unos días antes de San Valentín.
Las reglas del citado meme, son las que siguen:
1. Go to the 4th folder in your computer where you store your pictures.2. Pick the 4th picture in that folder.3. Explain the picture.4.
4. Tag 4 people to do the same!
En otras palabras, y para los que son unilingues: 1) Ve al cuarto folder en el espacio de tu computadora donde tienes guardadas las imágenes; 2) Escoge la cuarta foto de ese fólder. 3) Explica la foto 4 (en tu blog, se entiende); 4) Encárgale a cuatro incautos que hagan lo mismo.
Así que, como diría Jack el destripador, me fui por partes.
Cuando di el paso 1 me di cuenta que soy una obsesiva de la organización (porque tengo hartos folders) y de la fotografía (porque tengo hartas fotos).
En el paso dos, me topé con esta foto en la que aparecemos, de izquierda a derecha, mi marido Olivier, mi amiga Lorena, Edgar (esposo de Lorena), yo, mi amiga Gaby, Butch (esposo de Gaby) y atrás, escondidito, también se ve al papá de Gaby.


El paso 3 es el que voy a dar ahora mismo:
La foto que escogí fue tomada el 26 de diciembre pasado, durante la última visita de Gaby a México (ella vive en Boston).
Fue una reunión que organizó Gaby junto con su familia, la cual está conformada por personas cálidas, inteligentes y que saben ser los mejores anfitriones, así que todos la pasamos realmente muy a gusto, y para cuando se tomó esta foto (cerca de la medianoche) ya sentíamos los estragos de las varias copas que traíamos entre el pecho y el espinazo.
Pero, y he aquí lo que dije el principio, aunque la imagen mostrada se pudiera parecer a cualquiera de las que se toman en una reunión de amigos, aquí hay lazos muy profundos y una historia compartida que hace que esta foto sea verdaderamente especial.
Conocí a Gaby y Lorena hace casi 19 años, cuando inicié la carrera en la Escuela de Periodismo Carlos Septién. No tardamos nada en volvernos amigas inseparables.
A lo largo de los cuatro años que duró nuestra licenciatura, hicimos trabajos juntas, reímos, lloramos, viajamos, compartimos fiestas y nos pusimos unas borracheras memorables.
Yo las adoré desde el principio, porque no tardé nada en descubrir que aunque cada una tenía su personalidad muy definida teníamos muchas cosas en común.
Pero además, ellas y nadie más, fueron las causantes de que yo esté aquí ahora, convertida en una señora casada y con dos hijos. Al enterarse de que me gustaba Olivier, se dieron a la tarea de unirnos… y lo lograron.
Por supuesto, al paso del tiempo y como sucede en toda amistad, en la nuestra hubo desencuentros, malos entendidos y separaciones momentáneas, pero siempre ha pesado más el cariño y la complicidad que tenemos.
Puedo decir que he crecido al lado de ellas. Sin importar las distancias físicas que a veces nos han separado, las tuve cerca en mi boda, en el nacimiento de mis hijos, en la muerte de mi padre, y yo pude asistir a sus bodas y compartir la llegada del pequeño Edgar, hijo de Lore.
A lo largo de 19 años, he visto a mis amigas convertirse en mujeres en toda la extensión de la palabra, y me he maravillado con su manera de asumir la vida, tomar decisiones, y luchar como unas leonas por aquello en lo que creen y por los proyectos de vida que decidieron defender.
Pero lo que más me maravilla es el sexto sentido que tienen. Ese sexto sentido que las hace llamarme cuando más las necesito; aparecerse con un mensaje, una palabra, una frase de apoyo y hacerme recordar que no estoy sola.
Las quiero y las respeto mucho más de lo que puedo expresar en este espacio, y ellas lo saben. Simplemente, creo que son personajes indispensables en mi vida, sin los cuales mi camino no sería tan feliz como lo es, y me esfuerzo siempre por tratar de estar a la altura de la amistad que ambas me regalan.
Gaby y Lore son una de las grandes bendiciones de mi vida, y nunca me permito olvidarlo.
Por eso, un homenaje a mis amigas queridas, para que cobre un verdadero significado el tan llevado y traído Día del Amor y la Amistad.
PD.- El paso cuatro no lo voy a cumplir a cabalidad, porque no sé a quién pasarle la estafeta, pero los invito a todos a realizar este meme. Está divertido.

lunes, febrero 02, 2009

Reflexiones sobre El Club del Adulterio

Terminé el libro y estuve a nada de encerrarlo en la nevera para evitarle toda posibilidad de hacerme sufrir otra vez en el futuro.
Curiosamente, me lo regaló mi marido, quien a su vez lo rescató de la purga de libros que se hizo en su oficina, y el título no podía ser más inquietante: El Club del Adulterio, de la británica Tess Stimson.
Creí que se trataba de un libro ligero, cómico y sexoso, sobre todo por la leyenda en la portada, sacada de un texto del Daily Mail: “Una historia magistral de lujuria e inmoralidad”.
De hecho, el Daily Mail no se equivocó al definir este texto en ese sentido. En el libro se habla tan explícitamente de las relaciones sexuales y los resortes que hacen que los personajes lleguen a ellas, que tiene una profunda carga erótica, muy disfrutable.
Sin embargo, está ese otro tema, el que da título al libro: el adulterio, el cual, aceptémoslo, es una sombra constante en cualquier matrimonio.
La historia corre a través de tres personajes: Nicholas es un abogado de prestigio, dedicado a resolver juicios de divorcio, un hombre del tipo conservador, creyente a pie juntillas en la fidelidad y que lleva una vida familiar y sexual feliz al lado de Malinche, una escritora de libros de cocina de cierto renombre. Ellos tienen tres hijas, y una vida sólida de pareja.
Pero de pronto llega Sara, una joven y suculenta abogada a la firma donde trabaja Nicholas, y de inmediato éste se da cuenta que todas sus ideas preconcebidas acerca de la fidelidad que se debe guardar en el matrimonio se caen de golpe.
Aunque de entrada se siente culpable por el profundo deseo que le provoca Sara, al final Nicholas se entrega al instinto y por meses mantiene con su compañera una relación secreta de pasión irrefrenable.
Eso sí, se promete a sí mismo que aquella relación adúltera sólo durará un tiempo, el que necesite para saciar el deseo.
Lo mismo se promete Sara, que sin pena se dice a sí misma (palabras más, palabras menos) que sólo está tomando prestado el “juguetito” de otra durante un tiempo pero que piensa devolvérselo.
En otras palabras, Sara y Nicholas creen que aquello es sólo sexo, sin daños a terceros.
Pero de pronto las cosas se salen de su cauce. Sara involucra el sentimiento y empieza a desear que Nicholas sea sólo para ella. Nicholas empieza a tener problemas para ocultar ante su esposa el adulterio y Malinche tarda más de la cuenta en enterarse de lo que está sucediendo a sus espaldas, pero al final lo logra y todo queda al descubierto.
Mientras leía la historia, más de una vez sentí estar leyendo algo que me era profundamente familiar. Pensé que se trataba de textos, cuentos, novelas que había leído antes sobre el tema del adulterio, pero de pronto caí en cuenta que no, que la historia de Tess Stimson me resultaba conocida porque justamente así se habían desarrollado muchos de los casos de adulterio que he tenido cerca en mi vida.
El de mi padre, lógico, es el más cercano de ellos. El adulterio que más me ha costado entender porque me tocó a mí ser la primera que se dio cuenta de que estaba sucediendo, y como hija, constituyó un dolor difícil de explicar.
Tal vez por ello, llevo años defendiendo la impopular teoría de que la infidelidad no debería ser una opcíón para una pareja que se comprometió a permanecer unida y fiel.
Por más que lo escucho en otras bocas, no logro entender que en una pareja que se prometió fidelidad, exista al mismo tiempo una intimidad secreta, desconocida para la otra (el otro), un espacio donde uno o los dos miembros de la relación puedan mantener sexo con otros sin que esto afecte a la pareja.
Para mí es muy simple. Cuando se abre el espacio para que en una pareja alguien desee sexo con otras personas, no hay nada más que hacer ahí, y entonces lo justo, lo que correspondería, sería que se hablara con esa claridad y se terminara aquella relación sanamente.
Lo que me parece inaceptable es el engaño. La idea de que alguien está siendo fiel y alguien infiel en una relación.
Sin embargo, al leer el Club del Adulterio, me vi obligada a cuestionarme a mí misma estos conceptos: ¿Es que acaso la monogamia es una utopía? ¿Sería más correcto que el matrimonio no existiera y nos mantuviéramos teniendo relaciones por aquí y por allá sin más compromiso que el sexo del momento?
Tendría algo de sentido, me dije a mí misma; después de todo, descendemos de los primates, y los primates no son monógamos.
Y a lo mejor, me volví a decir, se puede lograr mantener relaciones fuera del matrimonio que efectivamente no dañen a terceros.
Pero entonces recordé que no. Lo recordé porque lo he visto repetido muchas veces.
Por más que los defensores de las relaciones “sólo sexo” digan lo contrario, mantener una aventura de una sola noche es una utopía. La pasión no se desvanece en un segundo.
Justo como lo retrata Stimson en El Club del Adulterio, la pasión es como una droga, crece, nos hace querer repetir la experiencia y nos pone, inevitablemente, en el peligro de involucrar los sentimientos.
Y una vez que estamos ahí, requerimos entregarnos a la pasión con energía, dinero, detalles. Elementos todos que vamos restando a nuestra relación de pareja para obsequiarlos al objeto de nuestra pasión.
Por eso, tarde o temprano, la esposa o el marido acaban dándose cuenta del engaño, y entonces sí, hay daños a terceros, dolor, vergüenza, humillación.
¿Y se vale?, digo yo ¿Se vale que el egoísmo más puro nos haga decir que somos incapaces de controlar el instinto?
No se trata de amor o desamor aquí.
Se trata, creo yo, de simple honestidad. No puedo ser fiel, lo digo y establezco así mis relaciones. Cuando se habla claro al respecto, no puede haber infidelidad posible.
¿O qué opinan ustedes?

Para datos estadísticos de lo que la infidelidad representa, los invito a la página de mi amiga Carmeliux, quien recientemente escribió un post al respecto: http://carmeliux2008.blogspot.com/2009/01/la-perdida-de-la-fidelidad.html

sábado, enero 17, 2009

Las preguntas del millón


En los últimos meses me ha tocado escuchar a varios hombres quejarse (a veces con sarcasmo, a veces con amargura) de las dos preguntas femeninas que, al parecer, encabezan la lista de interrogantes incómodas que solemos hacer las mujeres a nuestras parejas: ¿Cuál de estos dos vestidos me pongo?, y ¿Me veo gorda?
Hace apenas unos días, el actor mexicano Héctor Suárez Gomis habló de este tema en un ingenioso texto que compartió con sus amigos en Facebook. En su artículo, Gomis se refirió a este problema con simpatía, pero al mismo tiempo con la sabiduría del que ha tratado de salir ileso, sin lograrlo, después de ser atacado con estas dos interrogantes femeninas.
De ahí que pensé en la conveniencia de escribir un texto desde el punto de vista femenino que ayudara a los hombres a medio entender el complejo razonamiento que nos lleva a las mujeres a hacer estas preguntas.
La labor, quiero decirles, ha sido titánica.
Empecé, claro, imaginando el hecho mismo, el momento en que uno, como mujer, hace estas preguntas, lo que responden los hombres y las tormentas que se generan después.

Caso A
- ¿Cuál de estos vestidos me pongo?, dice uno como mujer
- Ponte el verde.
- O sea que el negro no te gusta.
- No, no, sí me gusta, pensé que quizá sería mejor el verde.
- No. No te gusta el negro, y no me lo habías dicho hasta hoy.
- Bueno, ponte el negro.
- ¿O sea que no te gusta el verde?
La mujer se queda enojada y el hombre se queda con cara de what?

Caso B
- ¿Me veo gorda?
- Te ves muy bien.
- ¡Ay, por favor, cómo vas a decir eso! Mira estas llantas, mira esta barriga.
- Yo te veo perfecta, me gustas mucho.
- No me mientas.
- Pero si no te estoy mintiendo.
- ¡Claro que me estás mintiendo!, sabes que me veo mal y no me quieres decir.
- Pero…
Y lo que sigue a continuación generalmente es una discusión que puede adquirir los más variados matices.

Tras plantearme este par de situaciones, traté de escarbar dentro de mí misma (que soy de las que ha hecho este par de preguntas antes de saber cuán incómodas resultaban), para tratar de dar con la raíz del problema y encontrar las posibles soluciones a ofrecer al ala masculina del mundo.
Aquí fue donde la labor se puso color de hormiga y donde caí en cuenta que, en efecto, las mujeres somos más complicadas de lo que parecemos a primera vista y que entendernos no es cosa fácil.
Me pregunté, en el Caso A, ¿por qué interrogo a mi marido sobre cual ropa opina que debo ponerme?
De entrada, si quisiera justificarme (cosa que no pretendo) diría que lo hago como un detalle para que él sepa que me importa su opinión y que quiero estar tan bonita como él desee.
Pero, siendo honesta, la verdad es que cuando le pregunto a él qué vestido debo ponerme, ya está casi decidida en mi mente la opción que me gusta más y sólo estoy buscando una confirmación de su parte.
Por supuesto, como mi marido aún no desarrolla capacidades de adivino, la mayoría de las veces yerra en su respuesta y me sugiere vestir con la opción que menos me gusta… he ahí donde empiezan los problemas.
Por otra parte, a veces sucede que él acierta y me dice la opción que me gusta, pero tampoco quedo del todo satisfecha… y lo peor es que ni siquiera sé por qué.
Por lo tanto, no tengo una respuesta concreta.
Sugerencia para los hombres de la audiencia: Quizá serviría si, después de que les hacemos la incómoda pregunta del Caso A, nos contesten con algo así: ¿Y cuál opción te gusta más a ti? Porque yo veo los dos vestidos muy bonitos y te sientan a la perfección. Este resalta más tus senos, y aquel te hace ver unas caderas espectaculares…
Pero no me hagan mucho caso, porque ni siquiera estoy segura de que esto sirva. Si hacen el experimento, me cuentan.

En cuanto al caso B, aún más complicado que el A, me pregunté, ¿a qué viene esta manía de preguntar si estoy gorda?
Bueno, no sé si es así en todos los casos, pero en el mío, generalmente es porque me siento insegura en el momento que lo pregunto y generalmente la interrogante correcta, que incluyera lo que realmente estoy pensando, debería ser de una de estas dos maneras:
1) ¿Me ves gorda?... ¿No?.. ¿Y entonces por qué me dio la sensación que admirabas el cuerpazo de esa mujer que iba pasando por la calle?, o ¿por qué estabas babeando con la actriz de la pantalla?, o ¿por qué tratas tan bien a aquella mujer de senos portentosos de tu oficina?
(Y reconozco que probablemente el comportamiento que creí ver en el otro sólo sea idea mía... pero lo reconozco ahorita, porque en el momento no veo más allá de mis narices).
2) ¿Me ves gorda?.. ¿No?.. Pues yo sí, sobre todo por la llegada de esa vecina/compañera de trabajo/etc., que me hace sentir que en cuanto la veas vas a babear…

Insisto, este es mi caso. Sería una osadía pretender que en todos los casos sea así, porque de por sí las mujeres somos complicadas y si a eso le agregamos que cada cabeza es un mundo, la cosa se puede poner fea.
Sugerencia para los hombres de la audiencia: Tal vez la respuesta correcta a esta difícil pregunta sería, Yo te veo perfecta ¿por qué te sientes insegura si te ves fenomenal?
Claro, muy probablemente la respuesta tenga que ver con ustedes y no les guste, pero al menos abreviarán la guerra que ya se ve venir.
Sugerencia para mujeres de la audiencia: Amigas, después de este exhaustivo repaso a mi complicado cerebro llegué a la conclusión que a veces deberíamos hablar más claramente y esperar menos que nos adivinen el pensamiento.
¿O qué opinan ustedes?

jueves, enero 15, 2009

Bullying

*Foto de un "bully" o niño violento tomada de hubpages.com


Se llama Germán, tiene 11 años, y en los últimos meses se ha vuelto un verdadero dolor de cabeza para mi familia y para el vecindario entero.
No supe de su existencia hasta el día en que agredió a golpes a uno de mis sobrinos y a mi hijo mayor . Pensé entonces que se trataba de un niño problemático, pero como hay tantos otros.
Sin embargo, él se encargó, poco a poco de demostrarme que era mucho más que un niño problemático. Ofendía a mis hijos y a mis sobrinos si los veía rondando por el parque y trataba de amedrentarlos en compañía de una pequeña pandilla de niños de su edad que había reunido a su alrededor.
Mis hijos empezaron a abrigar la idea de detener a golpes su acoso, y yo me esforzaba, cada vez más preocupada, por desterrar ese pensamiento de su cabeza.
Poco a poco me enteré que mi cuñada y yo no éramos las únicas mamás angustiadas por el comportamiento de Germán que había en la zona. Decenas de niños se quejaban de sus amenazas y sus golpes, y muchas vecinas habían prohibido a sus hijos ir a jugar al parque para evitar problemas.
Entonces, Germán se dio cuenta que la mayoría de los niños habían decidido jugar en los alrededores de su casa en lugar del parque, y decidió que eso no era impedimento para continuar su labor de amedrentamiento.
Desde hace meses pasa cada día por las casas para amenazar, insultar, golpear si le es posible, a los niños que deciden salir un rato por la tardes a reunirse con sus amigos.
En tanto los padres de los niños agredidos, cada vez más cansados del comportamiento hostil de Germán, pasamos el tiempo con la nariz pegada a la ventana para detenerlo en caso que sea necesario.
Su violencia raya en la delincuencia, hay que decirlo. Ha robado y tiene también a su disposición a una pandilla de adolescentes siempre dispuesta a ir a golpear a un niño tras una ronda de silbidos.
Hace no mucho tiempo, una mamá lo encontró afilando una vara de madera y le preguntó para qué estaba haciendo aquello. El niño respondió: “Para picar a todos los que me molestan”.
Por supuesto, Germán es fruto de una familia descompuesta. Su madre tiene retraso mental y su padre es alcohólico.
Hay quien pudiera pensar que su situación familiar funciona como un atenuante en su caso. Pero yo me pregunto, ¿por qué se le ha de disculpar al niño problema y dejar a su merced a los niños que han sido criados en ambientes más saludables?
Por eso me fui a mi fiel Internet, a buscar qué se puede hacer contra el bullying, que es como en los países de habla inglesa se conoce el comportamiento agresivo, cruel e hiriente que registran algunos niños contra sus compañeros de juegos y escuela, y descubrí que, como sucede siempre, las sugerencias, los consejos, lo que se debe hacer en casos así no se le dicen a las autoridades o a los padres de los niños problema, sino a los que están sufriendo con la presencia de estos menores.
No se habla de la necesidad de que este tipo de niños sean rescatados de sus familias descompuestas y reubicados en ambientes más sanos, para evitar que engrosen las listas de delincuentes y drogadictos del mundo; no se les sugiere a maestros y a padres la temprana detección de estos casos para evitar que la violencia se extienda. No señor, el peso lo deben cargar, nada más, los padres que están sufriendo con la agresividad de niños como Germán.
¿Y entonces por qué nos sorprendemos tanto cuando un menor saca un arma y hiere (o mata) a un amiguito? ¿Realmente la indiferencia es lo mejor que podemos hacer como sociedad? ¿Un problema así se puede catalogar como “cosa de niños“? Y aun cuando fuera cosa de niños, ¿no son los niños el futuro del mundo? ¿Realmente es correcto que veamos crecer ante nuestros ojos a un niño con ese nivel de violencia sin hacer nada? ¿Las autoridades no pueden hacer nada?
En fin, me quedo en la reflexión y en el apoyo a mi comunidad para detener, por la vía legal si es necesario, este problema...

martes, enero 06, 2009

La reivindicación del taco

Sí, señores, sí. He venido hasta aquí a reivindicar el taco, ese sabroso bocadillo, el más popular de todos en la cocina mexicana, que sin embargo ha sido reinterpretado el todo el mundo y a veces con tristes resultados.
El taco, debo decir, es mucho más que una tortilla mexicana rellena de lo que se encuentre en la alacena.
Es un platillo que tiene sus propias reglas y también su propia etiqueta para comerlo. De ahí que decidí hacer las siguientes aclaraciones:

1) La tortilla (alimento de forma circular y aplanada hecho con masa de maíz) es la base del taco. Pero al decir tortilla, no nos estamos refiriendo a esa especie de totopos duros y en forma de taco que son tan populares en Estados Unidos.



Si bien es cierto que hay tacos como los que se elaboran en Chihuahua, que se fríen hasta que la tortilla queda un poco endurecida, lo real es que el taco tradicional se hace con tortilla suave, de preferencia recién hecha, y si se hizo a mano, mucho mejor.

2) Hay tortillas que se hacen con maíz azul, y por lo tanto tienen un tono oscuro; no obstante, no existen tortillas verde perico ni amarillo huevo. La tortilla mexicana, por lo general, tiene un color entre café y amarillo, parecido al papel envejecido. Por lo tanto, hay que dudar de la autenticidad del platillo si, como sucedió alguna vez en Canadá, se nos sirve un plato de tacos con tortillas de todos los colores del arcoiris.

3) Los tacos pueden ser de los más variados ingredientes: los hay, como los citados tacos de Chihuahua, con carne molida y lechuga, jitomate y cebolla picados; también de todo tipo de guisados, como la tinga (platillo de carne de pollo o res desmenuzada y con salsa a base de jitomate), cochinita pibil (cerdo con una gama amplia de condimentos), pollo con mole, arroz y frijoles, por citar sólo algunos; los sudados, con una especie de pure de papa, frijol o chicharrón de cerdo, y los tradicionales al pastor (con carne de cerdo adobada), de sudadero (carne de res), cachete (mejilla de res), trompa (hocico de res) y nenepil (esto último ya nomás lo entendimos los aztecas, perdón).
A los tacos, además, se les agrega generalmente cilantro y cebolla picados y salsa, hecha ya sea de jitomate o tomate verde, chile, ajo y cebolla.
Sin embargo, el queso no es un ingrediente de los tacos, por más que a Taco Bell le parezca atractivo incluirlo en sus menús.
Tampoco los chiles jalapeños picados y en vinagre.
Francamente, la inclusión de estos ingredientes es un verdadero atentado para los tacos, porque desvirtúa su verdadero sabor.

4) Servir cualquier clase de vino para acompañar el taco es un verdadero agravio.
El único maridaje que toleran los tacos es el de una buena cerveza (buena, dije, no Budweiser), un agua de horchata (bebida hecha a base de arroz), de jamaica (hecha con la flor del mismo nombre), una coca cola (los mexicanos somos, por desgracia, el país que más consume esta bebida), o bien, un Boing de mango, una Yoli, una Chaparrita de uva o un Jarrito de tamarindo (otra vez, nomás me entendieron los mexicanos; mil perdones, pero son bebidas refrescantes de una exquisitez tal que era imposible no mencionarlas).


5) La etiqueta para comer tacos es clara.
No se refiere tanto al vestir, sino a la postura que debe asumirse.
Años ha, en mis épocas de estudiante de periodismo, un maestro nos llevó un verdadero tratado de cómo se debía comer el taco. Era un artículo excelso, del que procuraré traer a la memoria algunos tips importantes.
Por supuesto, para comer tacos no se debe usar otro instrumento que no sean las manos.
Antes de tomar el taco, uno debe asegurarse de que éste ya tenga todo lo necesario para ser degustado: cebolla, cilantro, salsa y limón (para los que así lo deseen).
El taco se sostiene por la parte de arriba, con los dedos pulgar, índice y cordial, y cuidando de evitar que el relleno se salga.
Si se come sentado, es importante elevar el taco, pero procurando que sea exactamente por encima del plato donde uno lo va a comer. Así, en caso de derramar el relleno, uno puede recuperarlo. Además, es importante acercar la cara al taco y no el taco a la cara si se quiere evitar que la ropa se tiña de salsa.
Por ello, para mayor comodidad, se recomienda comer el taco pie, y en caso de estar sentado, hacer los siguientes movimientos: a) tomar el taco; b) ponerse de pie, pero con las rodillas semiflexionadas; c) inclinar el torso hacia adelante con las pompas un poco levantadas; c) llevarse el taco a la boca.
Se sugiere que, en caso de ser hombre y traer corbata, el comensal tenga el cuidado de echar este accesorio hacia la espalda, para evitar introducirlo en las salsas o quedar con huellas de la grasa que puede derramar su taco.
Por supuesto, en la degustación de tacos no se recomienda el uso de delantales o baberos, a menos que se quiera ser blanco de las burlas de quienes acompañan al comensal, sobre todo si éste se encuentra en México.

Finalmente, hay que decir, que todas estas recomendaciones son de uso común para los mexicanos.
Al parecer, desde pequeños nos insertan el chip en el que toda esta información viene condensada y por ello comemos tacos a rabiar y sin preguntamos qué se le pone y cuáles son las etiquetas.
Sin embargo, esto es para los amigos de todo el mundo que quieran disfrutar los tacos como lo que son, un manjar.
Se trata, pues, de un servicio a la comunidad internacional de parte de Zona Infinita y con dedicatoria especial para mis amigas Angie e Isaura, que sé que salivarán desde tierras bolivianas y catalanas.

viernes, enero 02, 2009

Recomendación: La buhardilla del obseso

El 2009 empezó con alegría en mi casa, entre otras cosas porque, después de años de cocinar la idea a fuego lento, mi marido por fin decidió abrir su blog: "La buhardilla del obseso", cuyo subtítulo (falsas modestias aparte), resulta tremendamente atractivo: "Lo ficticio y lo urbano... ¿Lo urbanamente ficticio?.
Periodista de cine, amante de los cómics y la buena música, Olivier decidió abrir un espacio donde pudiera comentar a plenitud todos esos ángulos de las cosas que le apasionan que a veces, por las limitaciones mismas de su trabajo cotidiano, no puede mencionar en la revista que lo ha cobijado los últimos 10 años.
Él describe así "La buhardilla del obseso" en la inauguración: "Los comics, el cine, literatura, cultura pop, etc. etc.; hasta las cosas reales y palpables tendrán lugar aquí".
Podría decir que yo tuve que ver en algo en el deseo de mi esposo por abrir un blog, pero la verdad es que mentiría.
Alguna vez le pedí que lo hiciera, segura como estoy de que su pluma está bien entrenada y él tiene inquietudes y conocimientos que pueden ser de interés para muchos lectores, pero la verdad es que, como suelen hacer los esposos, no me hizo caso.
Lo cierto es que la idea de tener un blog propio surgió porque encontró en la red blogs de amigos y no amigos que le resultaron interesantes, y eso le generó la inquietud de convertirse en "bloggero"
Aun así, como soy una esposa orgullosa por el quehacer de su marido, decidí anunciarles con bombo y platillo el nacimiento de este blog e invitarlos por si quieren darse una vuelta para visitarlo.
La dirección es http://buhardilladelobseso.blogspot.com/ y de todos modos encontrarán el link aquí.

martes, diciembre 30, 2008

Adiós, 2008; Bienvenido, 2009

El 2 de enero de 2008, mientras despedíamos a mi papá en la mañana más fría que he padecido en toda mi vida, el sacerdote que ofició una misa en su memoria dijo una frase que me ha acompañado todo este ciclo de 365 días que estamos por concluir: “El año empezó bien, porque el 1 de enero se abrieron las puertas del cielo para don Gabriel del Río”.
Lo cierto es que este fue un año de duelo. Un año en que muchas veces sentí que caminaba cuesta arriba, cargando el inmenso peso de la tristeza y las profundas reflexiones sobre la vida que tuve que hacer.
Pero entonces, cuando la tristeza amenazaba con un hundirme en un pozo oscuro, recordaba aquella vez, cuando niña, que me levanté llorando a gritos después de soñar que mi papá era un rebelde de la Revolución Mexicana, con cananas y sombrero, al que asesinaban de un disparo.
El sueño me había provocado tal nivel de angustia que apenas desperté corrí a sus brazos, llorosa, y le conté la pesadilla que había tenido.
Contrario a lo que pensaba que iba a suceder, mi papá no se unió a mi angustia . Me dijo, simplemente, “ya no sueñes esas cosas” y cerró el tema.
Porque sí, a mi papá no le gustaban las tristezas gratuitas, los duelos prolongados ni que la gente perdiera la oportunidad de vivir pensando en la ausencia de sus seres queridos.
Era enemigo de visitar los panteones, y siempre que hablaba de sus padres y su hermano, que se le adelantaron en el camino, lo hacía con la alegría de lo que pudo vivir a su lado y no con el pesar de ya no tenerlos.
Por eso, en su memoria, traté de hacer de este año un espacio para crecer.
Bajé de peso, probé otras áreas de trabajo, recuperé amigos, celebré todo lo que había que celebrar y aproveché para valorar cada uno de los seres maravillosos que me acompañan en la vida.
Tuve que asumir que la guía de mi papá ya no estaba ahí, al alcance de la mano, y que desde ya muchas de las decisiones que tomaba después de consultarlo, correrían por mi cuenta.
Me di cuenta de que no siempre el que dice que es un amigo lo es, y que muchas veces el cariño, el apoyo y el reconocimiento vienen de quien menos uno se lo espera y hay que retribuirlos con creces.
Inicié, con pasos tambaleantes, mi novela, y trabajé para mejorar como profesionista y poder tener un mejor futuro.
Amé a mi esposo más aún de lo que lo he amado siempre, porque en medio de mi crisis personal, y de la que él vivió con su familia por la salud de su padre, se mantuvo a mi lado firme, como un roble.
Por eso mañana, al despedir el 2008, trataré de sonreír y de enfocarme en la certeza de que la luz de mi papá me acompañará y me dará la fuerza para que este 2009 pueda cumplir propósitos como dejar de fumar y avanzar en mi novela; ser una mejor esposa y madre y querer a todos los seres maravillosos que iluminan mi vida.
Por lo pronto, hoy sé que Don Gabriel me acompaña en este deseo que haré manifiesto a todos mis amigos bloggeros y los silenciosos que se dan cita en este espacio: Que el 2009 no sea un año de crisis, sino de crecimiento y abundancia en todos los sentidos.
Una sonrisa permanente y perseverancia pueden ser la clave para ir contra los pronósticos desalentadores con que quieren infundirnos miedo.
Fantasma, Ixis, Norkita, Evan, Carlos, Angie, Poeta, Feri, Carmeliux, Dulce: Los tendré en el corazón con cada campanada… ¡Salud, amor y prosperidad para ustedes!
Papi: Como siempre, tu luz será mi guía y yo lucharé por seguir siendo un orgullo para ti.
Oli: Gracias, amor… simplemente, gracias por no dejarte caer y por protejerme en medio del vendaval.
¡Feliz Año 2009 para todos!

lunes, diciembre 22, 2008

Carta a Santa



Cuando niña, el mayor placer de la Navidad lo constituía, sin duda, la espera y posterior llegada de Santa Claus.
Y no, para mí no llegaba Papá Noel, ni San Nicolás, ni el Viejo Pascuero, ni siquiera Santa Clós (la versión castellanizada del famoso viejito de los regalos), sino, simplemente, Santa Claus… el anhelado Santa Claus.
Por eso, yo empezaba los días 24 de diciembre siempre de la misma forma, con una enorme expectativa y haciendo un sinfín de reflexiones: ¿me habré portado bien este año? ¿Hice todas las tareas que me fueron encomendadas? ¿Molesté demasiado a mi hermano? ¿Contará como punto malo el día aquel en que rompí el vaso que debía llevar a la cocina?
Como se comprenderá, no quería que Santa dejara al pie de mi árbol la piedra envuelta o el cuerno retorcido, que según mi mamá eran los regalos que el viejecillo tenía reservados para los niños que habían tenido mala conducta a lo largo del año.
Generalmente, las horas del 24 de diciembre pasaban lentas, y no ayudaba mi manía de correr cada tanto a revisar nuevamente la lista de regalos que había elaborado: “… y me traes una muñeca comiditas, y un hornito mágico, y un jueguito de té, y unos patines, y un juego de química y una máquina de escribir de juguete”.
Tampoco ayudaban, claro, mis fantasías de Santa llegando a mi árbol y dejando absolutamente todos mis caprichos e incluso algún regalo sorpresa que yo no hubiera contemplado.
Por lo tanto, para la hora de la cena, me sentía desesperada. Yo trataba de concentrarme en la celebración, pero generalmente mi mente estaba distraída haciendo cuentas de los minutos que faltaban para la llegada de Santa y con la misma duda de cada año: “¿y si no viniera? Digo, no sería ésta la primera vez. Tengo amigos a los que nunca visita y este año hemos salido demasiado de la casa, puede ser que creyera que ya no vivimos aquí. O a lo mejor perdió la dirección, con tantos niños a los que tiene que visitar. O a lo mejor cree que me porté muy mal y entonces decide que traerme un cuerno retorcido o una piedra envuelta sería demasiado para mí”.
Cuando ya estaba acostada en mi cama, la duda se convertía en una certeza: “Sí, sí, seguro que Santa no vendrá. ¡Pero cómo pude ser tan tonta de imaginar que vendría con la manera en que le contesté a mi mamá la otra vez!”.
Y de pronto, oía la voz de mi hermano, que al parecer llevaba el mismo tiempo que yo hundido en reflexiones similares.
- Oye, ¿puedes dormir?-, peguntaba
- No.
- Yo tampoco.
- ¿Crees que venga?
- Pues no sé.
- ¿Te portaste bien?
- Creo que sí ¿y tú?
- Pues creo que también.
- Aunque quién sabe que sea portarse bien para Santa ¿no?
- Siento mariposas en el estómago por los nervios.
- Yo también. ¿Me hablas cuando te despiertes?
- Sí.
Y de repente, como por arte de magia, nos quedábamos dormidos. Yo siempre pensaba que los polvos para el sueño que mi mamá decía que empleaba Santa eran realmente efectivos.
Sin embargo, el tiempo que dedicábamos a dormir esa noche no era muy prolongado, pues a eso de las cinco de la mañana ya estaba yo de pie, con la adrenalina a tope, y levantando a mi hermano que también se paraba de la cama como impulsado por un resorte.
- Cerremos los ojos-, le propuse alguna vez
- ¿Para qué?
- Ah, pues porque así será más emocionante cuando lleguemos al árbol y así podemos tratar de adivinar si estuvo aquí o no.
- Está bien.
Desde entonces, emprendíamos la marcha a ojos cerrados y con las manos hacia el frente para tratar de evitar algún obstáculo que se apareciera en el camino.
Al llegar a la sala, las luces del árbol se nos colaban por los párpados cerrados, y ambos deducíamos que aquello, de entrada, era una buena señal, porque nuestros papás no acostumbraban dejar el árbol encendido.
Ahora, había que aspirar el aroma.
- ¿A qué huele?
- A mí me huele como a plástico nuevo.
- ¿Estás seguro?
- Sí.
- Bueno, entonces abramos los ojos, una, dos, tres…
Y sí, siempre estaban ahí, no todos los juguetes, pero unos perfectamente seleccionados que nos llenaban de una emoción indescriptible y que nos hacían correr hacia la cama de mis papás para despertarlos a gritos.
Ellos, despeinados y aturdidos, hacían grandes esfuerzos por emocionarse con nosotros y poner atención a nuestras explicaciones sobre las enormes ventajas que tenían cada uno de los regalos que Santa nos había traído.
Eso, claro, hasta que suplicaban que nos fuéramos a dormir, después de concedernos el permiso de llevarnos todos nuestros nuevos juguetes a la cama.


Hace muchos años que dejé de escribir a Santa, a pesar de que lo he extrañado mucho. Me hice grande, adulta, seria y llena de obligaciones.
Sin embargo, este año decidí repetir la experiencia. Me gustaría pedir juguetes, claro, porque me siguen gustando tanto como cuando era niña, pero como hay otra larga lista de deseos que me gustarían para mí y mis seres queridos, y tampoco se trata de volver loco a Santa, decidí limitarme a hacer una cartita pequeña y significativa, segura de que él tratará de cumplirla.
Después de todo, me he portado bien este año… eso creo.

Querido Santa:
¿Cómo estás?… Creo que yo me he portado bien.
Este año, quiero pedirte como antes: amor, salud y abundancia de dinero, trabajo y éxitos para mí, mi esposo Olivier, mis hijos Andrés y Daniel, mi mamá, mis suegros, mi hermano Gabo, su esposa Gaby y sus hijos, Sealtiel y Kris; mi hermano Américo y su novia Myrna, mis cuñados Adán y Pera y sus familias, y todos mis amigos.
Si puedes, también quiero sabiduría y paciencia para encarar los retos que me ha impuesto la vida, y alegría para seguir adelante cada mañana.
Si me traes varios viajecitos en el año 2009, unos a playas y otros al extranjero, te lo voy a agradecer infinitamente.
Y no quiero pedir mucho, pero de ser posible, trae una dosis extra de felicidad para que Norkita se recupere de la pérdida que tuvo recientemente. Mucha alegría para la nueva casa de Isaura. Otra oleada de éxitos para Carlitos y Evan. Mucha paciencia, trabajo y éxitos para Carmelita. Mucha fuerza para Angie. Y una publicación con bombo y platillo para mi amigo Fantasma, que se merece eso y más.
Y ya… Gracias de verdad, Santa, por la atención que le prestes a esta carta y por las muchas, pero muchas Navidades en las que me has hecho feliz.
Con cariño
Taito

martes, diciembre 16, 2008

Fóbicos de las Mesas de Regalo Anónimos


Me dicen Taito y odio las mesas de regalo.
Cada vez que me invitan a una boda y en medio del sobre aparece, amenazante, la tarjetita de la tienda donde uno debe escoger el presente para el nuevo matrimonio, mis manos sudan, se me revuelve el estómago y empiezo a sentir un escalofrío que me recorre el espinazo.
Entiendo, por supuesto, las ventajas que una mesa de regalo tiene para los novios: pueden elegir los productos que quieren para su nuevo hogar en la tienda que les gusta, y en caso de que a última hora decidan cambiar un presente por otro pueden hacerlo sin problema.
Pero a mí siempre me sucede lo mismo. Tras recibir la invitación, corro a la computadora, abro el sitio de internet de la tienda y reviso de palmo a palmo la lista de posibles regalos que puedo hacer.
Y es entonces que empieza la pesadilla.
Debo aclarar, primero, que mi presupuesto siempre es reducido, así que por más que quiera a los novios y desee agasajarlos como se merecen, empiezo el recorrido decidida a rechazar la idea de obsequiarles un aparato de sonido de 25 mil pesos o una televisión de 10 mil.
En realidad, debo confesar que nunca he entendido bien a bien por qué se incluyen presentes de precios tan altos en estas listas, pero tengo algunas ideas:
a) La tienda obliga a los novios casi a punta de pistola a incluir regalos carísimos por si tienen entre sus amigos a algún desprendido
b) La pareja es muy fantasiosa y/o goza de un excelente sentido del humor
c) Tienen amigos millonarios para los cuales hacer regalitos así equivale a quitarle un pelo a un gato
d) La tienda y los futuros esposos son un grupo de sádicos que gozan con el dolor ajeno.
Tras desechar los regalos de precios prohibitivos, también ignoro aquellos que no me gustaría hacer, por más que el futuro matrimonio los haya elegido y que los precios sean accesibles para mi humillado bolsillo.
Digo, ¿a quién le gustaría enviar una bonita caja de regalo, con tarjetita de buenos deseos y todo, tan sólo para que al abrirla los novios se encuentren con un bote de basura, un tapete de baño o un rayador, colador o pala de cocina?
También rechazo casi todos los adornos del hogar, porque me imagino que el set de velas o el bonito florero que puedo escoger en el mejor de los casos acabarán empolvados en un rincón, o bien, rotos y en la basura.
Casi siempre, al llegar a este punto, mis opciones quedan reducidas a regalar blancos, como sábanas y toallas, electrodomésticos menores, como planchas, batidoras y secadores de pelo, y vajillas.
Y de pronto, mis ojos se topan con unas bonitas copas de vidrio importado de no sé qué país lejano y exótico, y me digo a mí misma, he aquí lo que sí me gustaría regalar: un detalle bonito, elegante, que hablará bien de mí y hará que me recuerden con cariño. El precio que aparece a un lado, además, parece ajustado a mi economía: 500 pesos (alrededor de cincuenta dólares).
Pero entonces es cuando la cosa se pone fea, porque descubro que el precio de 500 pesos es por copa, y mis amigos no son de los que pedirían sólo una o dos copas, ¡no, señor!, a ellos les gustan los convivios elegantes y con un buen número de gente, así que los angelitos deciden pedir ni más ni menos que 10 copitas, por aquello de que nadie se quede sin brindar.
Y mi marido, que siempre es mi compañero en estas torturas, me dice, sin asomo de vergüenza, ¿por qué no les regalamos unas tres copas y las demás que se las dé alguien más?
Mis ojos se abren como platos, y lanzan destellos casi fulminantes con los que lo miro y le respondo, ¿pero cómo crees? Ellos pidieron 10 y es porque quieren 10. Se vería fatal que les llegue el juego de copas por partes, y quedaríamos como unos verdaderos miserables.
Y entonces, el diálogo que sigue es más o menos así:
-Bueno, y entonces qué… Los sartenes suenan bien
-Pero ¿sartenes, esposo mío? Digo, como que no es muy especial.
- Las sábanas si están muy caras, ¿pues de qué son, tú? ¿De seda pura o qué?
- Pues sabe, tú… ¿y si les damos la batidora?
- No, no. Si ya estás en esas, de una vez les damos el aparato de sonido de 25 mil; digo, el precio es lo de menos…
- Ay, por Dios, no seas exagerado
Y así podemos pasar horas hasta que por fin tomamos una decisión salomónica que casi siempre nos deja insatisfechos: Cuatro vasos de vidrio, un juego de toallas, una plancha. Lo que sea, invariablemente nos produce la sensación de que los novios pensarán que no tenemos ni idea de cómo se hace un buen regalo para boda.
Aunque, a decir verdad, nunca nos hemos atrevido a preguntar el efecto que provocó en la feliz pareja nuestro presente, ni la tarjetita adjunta que por más que nos esforzamos siempre nos deja la impresión de que no expresamos todo el cariño que sentimos por los recién casados.
Total, de una vez aprovecho este espacio para disculparme con los que estén pensando en casarse próximamente. O al menos para advertirlos por aquello de que les sea más cómodo no invitarnos.

lunes, diciembre 08, 2008

Época de reflexión

Pequeñas luces de colores lo inundan todo. Botas, esferas, moños y adornos de todo tipo han salido de sus cajas para ser protagonistas de esta época, como sucede año con año.
También salen a relucir las mejores sonrisas, las que a veces hemos guardado un año entero, pero que ahora queremos repartir generosamente entre quienes nos rodean.
Los bolsillos se ven obligados a escupir dinero, porque hay que comprar regalos, compartir comidas, asistir a fiestas, preparar la cena… todo lo que nos exige esta sociedad cada vez más consumista.
Y a mí siempre me sucede lo mismo.
Celebro, sí, pero no muy segura de por qué lo estoy haciendo.
Después de todo, he tenido oportunidad de comprobar en más de una ocasión que la Navidad es una fecha impuesta y que es imposible que un corazón abatido se inunde de calor, armonía, paz y amor por un mandato de la época.
La primera Navidad desastrosa de mi vida fue en 1979. Mi familia y yo nos acabábamos de mudar en el mes de diciembre a la Ciudad de México, después de haber habitado por un breve periodo en el estado de Veracruz y estábamos pasando unos días en casa de mis abuelos maternos, mientras llegaba mi papá con la mudanza.
Entonces, el 18 de diciembre, mi abuelo materno cayó muerto de un infarto a los 62 años de edad mientras se cepillaba los dientes en el baño de su casa.
Tan sólo dos días después, mi madre, que estaba embarazada de mi hermano menor, dio a luz anticipadamente por efecto del impacto.
Mi mente de niña, en aquel entonces de 9 años, registró a detalle la oscuridad y tristeza de que se tiñó aquella Navidad, alumbrada tan sólo por la llegada de un bebé que desde entonces ha sido luz para todas las vidas que lo han rodeado.
Después, vendría la Navidad de 1983, bañada de lágrimas por la reciente separación de mis padres, y la de 1985, con olor a tragedia porque apenas unos meses atrás acabábamos de experimentar el terremoto que devastó a la Ciudad de México y de cuyos efectos mi familia se salvó por un milagro.
En 1990, apenas unos días antes de la Nochebuena, viví el rompimiento de una relación, que más que afectarme por la relación misma, me dejó sumida en una honda depresión porque marcaba la cereza del pastel de una época en mi vida que había sido especialmente difícil.
Ya en este nuevo siglo, el 1 de diciembre de 2005, me robaron mi auto, y estaba sufriendo por deudas e incertidumbres que le quitaron todo brillo a la época, y el año pasado, cuando me disponía (como trato de hacer siempre a pesar de los pesares) a disfrutar la Navidad hermosa que había planeado con tanto esmero y en la que fungiría como anfitriona de mi familia, el 23 de diciembre por la mañana sonó mi teléfono y la voz grave de uno de mis hermanos me informó, sin preámbulos, que mi papá estaba hospitalizado después de sufrir un infarto.
De hecho, la Navidad del año pasado la recuerdo como si estuviera sumida en una nebulosa.
Decidimos celebrar, para no dejar un mal recuerdo en el corazón de mis hijos y mis sobrinos, pero yo era incapaz de pensar en otra cosa que en el miedo irracional de perder a mi papá.
Este año, como hago siempre, decidí nuevamente vestirme de esperanza. Repetirme a mí misma que esta vez no será igual, que trataremos de sobreponernos y habrá que sonreír y abrazar y querer y gozar en esta Navidad.
Ya saqué los mil adornos que he ido acumulando a lo largo de los años y todo está dispuesto para celebrar, y no obstante, mi corazón está triste, porque tengo la certeza de que la Navidad es una hermosa época, pero no opera milagros, no cura dolores, no evita a la muerte, no cura la pobreza y no detiene las lágrimas por más que así nos lo hayan dibujado en las películas.
Por eso, esta Navidad seré discreta, sonreiré un poco menos y abrazaré mucho más a todos los corazones abatidos que lleguen hasta mí.
Qué mejor regalo puede haber que ese.

lunes, diciembre 01, 2008

Olivier y Taydé, una historia de amor (texto y video)

Iniciamos nuestro noviazgo en abril de 1992 con todas las apuestas en contra. Los que más nos daban, calculaban que duraríamos un mes, quizá dos.
Después de todo, para muchos de nuestros compañeros y amigos de la Escuela de Periodismo Carlos Septién, yo era una vampiresa de 25 años, mientras él era un inocente jovencito de 24; yo era extrovertida, él introvertido; yo era una morena pequeñita, él un rubio alto de ojos claros; yo parecía niña rebelde, él tenía aspecto de niño bien. No parecíamos tener nada que ver el uno con el otro.
Nosotros mismos dudábamos sobre las posibilidades que tendría aquella relación; por lo tanto, el primer día hicimos lo que hacemos siempre: hablamos claramente y nos dijimos que si aquello no funcionaba en un mes, nos separábamos y tan amigos como siempre.
El noviazgo, sin embargo, se extendió tres años y medio porque no tardamos mucho en darnos cuenta que las apariencias son sólo apariencias y que teníamos razones de sobra para amarnos y entendernos.
Y sin embargo, nos casamos el 2 de diciembre de 1995 con todas las apuestas en contra.
Era una época de crisis económica que no parecía ser la más propicia para que un par de periodistas novatos iniciaran una vida en común.
Además, para la mayoría de nuestros familiares y amigos éramos jóvenes e inexpertos. Muchos creían que aquel aparente entendimiento era un espejismo. No lo decían, pero intuíamos que opinaban que nuestra boda se trataba de un capricho. Y muchos seguían pensando que éramos tan distintos como el agua y el aceite .
No ayudaron a cambiar los malos pronósticos los primeros años de nuestra vida en común, porque ambos decidimos trabajar como lo habíamos hecho siempre: él en casa, cumpliendo con encargos free lance, y yo en la calle, en una redacción; por lo tanto, aunque este sistema nos funcionaba a nosotros a la perfección, a los ojos de los demás no cumplíamos la estructura tradicional de un matrimonio mexicano: La mujer en casa y el hombre trabajando en la calle.
Las críticas fueron y vinieron, incluso se intensificaron cuando nacieron nuestros hijos y él decidió aprovechar las ventajas de trabajar en casa para cuidarlos personalmente. Nadie se detuvo a pensar en lo valioso que sería para mis hijos crecer, aunque sólo fuera algunos años, al lado de su padre el 100 por ciento del tiempo. Nadie se detuvo tampoco a pensar en si éramos felices.
Aun así, nuevamente desafiamos en silencio las pobres expectativas que se tenían sobre nosotros y dejamos que el tiempo hablara por sí mismo.
La solidez de nuestra relación, la calidez con que ambos dotamos a nuestro hogar y el hecho de que nuestros hijos crecían fuertes, sanos, educados y con buenos valores acallaron muchas bocas incrédulas.
No obstante, en los últimos tres años, hemos vivido situaciones difíciles.
En algún momento nos faltó el trabajo y el dinero y la desesperación se apoderó de nosotros. Nos llenamos de deudas que han sido difíciles de saldar, nos robaron y tuvimos que soportar la pérdida de algunos seres muy queridos.
Para colmo, justo ahora, que por fin mantenemos “la estructura tradicional del matrimonio” (él trabaja en la calle y yo en casa) tenemos menos tiempo para compartir.
Por todo ello, ha habido ocasiones en las que ha sido inevitable preguntarse si todos los que apostaban poco por nosotros no tendrían razón. Si la crisis que nos ha atacado en los últimos años no ha sido producto del error que cometimos al mantenernos juntos contra todo pronóstico.
Sin embargo, incluso hemos superado nuestras propias dudas. Hoy cumplimos nuestros primeros y cabalísticos 13 años de matrimonio y seguimos como siempre, siendo los mejores amigos, luchando codo a codo y amándonos cada día un poco más.
¿Qué sigue mañana? ¿Qué más pasará en nuestra relación?
No lo sabemos, pero creo que una de las claves del éxito de mi vida al lado de Olivier es que jamás nos hemos puesto metas a largo plazo sino que vamos viviendo y enfrentando cada día con la mejor de las sonrisas.
Para él, quien es sin duda el hombre de mi vida, con quien he pasado más de un tercio de mi existencia, hice este video, con todo el amor que he acumulado al paso de los años y que es difícil de explicar con palabras; pero quise traerlo aquí para compartirlo con mis amigos y dar a conocer nuestra bellísima historia de amor. Ojalá se animen a verlo.



domingo, noviembre 23, 2008

No nos ayuden, compadres

Imagen tomada de taringa.net
¡Es una pena que haya tantos textos que pretenden ser odas a la mujer y acaban siendo verdaderos insultos!
Al menos, en la literatura y música mexicanas sobran ejemplos de ello.
Porque, oiga usted, señora, señorita lectora, ¿quién podría sentirse halagada, por ejemplo, con un poema como el célebre Nocturno a Rosario, escrito por Manuel Acuña hacia finales del siglo XIX? Analicémoslo: el poema, dedicado a Rosario de la Peña, empieza bien.
Digamos que uno como mujer no podría dejar de sentirse honrada si un pretendendiente le declamara las primeras estrofas.
I
¡Pues bien! yo necesito
decirte que te adoro
decirte que te quiero
con todo el corazón;
que es mucho lo que sufro,
que es mucho lo que lloro,
que ya no puedo tanto
al grito que te imploro,
te imploro y te hablo en nombre
de mi última ilusión.

II
Yo quiero que tú sepas
que ya hace muchos días
estoy enfermo y pálido
de tanto no dormir;
que ya se han muerto todas
las esperanzas mías,
que están mis noches negras,
tan negras y sombrías,
que ya no sé ni dónde
se alzaba el porvenir.

La cosa, sin embargo, empieza a ponerse extraña en la tercera estrofa, cuando el autor acepta, sin recato, que sufre un claro caso de mamitis aguda.
Veámoslo así: si un enamorado viniera y aceptara una patología semejante ante su amada, ¿podría realmente exigirle que le creyera que la respetaría y la amaría para siempre?
III
De noche, cuando pongo
mis sienes en la almohada
y hacia otro mundo quiero
mi espíritu volver,
camino mucho, mucho,
y al fin de la jornada
las formas de mi madre
se pierden en la nada
y tú de nuevo vuelves
en mi alma a aparecer

El autor, en la estrofa IV, se queja amargamente del desprecio de su amada y uno podría hasta sentir un poco de lástima por el terrible dolor de este hombre.

Comprendo que tus besos
jamás han de ser míos,
comprendo que en tus ojos
no me he de ver jamás,
y te amo y en mis locos
y ardientes desvaríos
bendigo tus desdenes,
adoro tus desvíos,
y en vez de amarte menos
te quiero mucho más.

Pero entonces viene más adelante la estrofa VII, en la que lo menos que desearía cualquier mujer sería tomar por los hombros al sujeto en cuestión, hacerlo que se volteara de espaldas, darle una patada en el trasero y hacerlo que se largara por donde vino.

Qué hermoso hubiera sido
vivir bajo aquel techo,
los dos unidos siempre
y amándonos los dos;
tú siempre enamorada,
yo siempre satisfecho,
los dos una sola alma,
los dos un solo pecho,
¡y en medio de nosotros
mi madre como un Dios!

En defensa de Manuel Acuña, cabe decir que no es el único que escribió un poema que habría de hacerse célebre con todo y el desprecio mal disimulado que se percibe en sus letras.
Ahí está también el poema A Gloria, de Salvador Díaz Mirón, que engrosa casi todas las antologías respetables de poesía mexicana que existen.
Como en el caso de Nocturno a Rosario, en este poema escrito a fines del siglo XIX también bastan un par de estrofas para darse cuenta de cuál es la postura del autor.
Por ejemplo, la primera, que empieza dirigiéndose a Gloria, la musa del poema, con un notorio desdén.
No intentes convencerme de torpeza
con los delirios de tu mente loca:
¡mi razón es al par luz y firmeza,
firmeza y luz como el cristal de roca!

“¿Mi mente loca?”, sería bueno que Gloria le hubiera preguntado al caballero. “Loco estarás tú”, hubiera agregado.
Por ahí de la tercera estrofa, también se percibe un gran desprecio hacia la mujer que sirvió de inspiración al poema.
Vanas son las imágenes que entraña
tu espíritu infantil, santuario oscuro.
Tu numen, como el oro en la montaña,
es virginal, y por lo mismo, impuro.

Pero la que en realidad es una oda al machismo es la estrofa final.

¡Confórmate, mujer! Hemos venido
a este valle da lágrimas que abate,
tú, como la paloma, para el nido,
y yo, como el león, para el combate.

En pocas palabras, "mira, vieja, confórmate con que tu lugar está en la cocina y el mío en la calle”.
Pero una vez que entramos en los terrenos del desprecio hacia la mujer incluido en algunos textos, cómo dejar de mencionar la famosa Epístola de Melchor Ocampo, que pretende ser una lista de buenos consejos para iniciar una familia (la cual se leía obligadamente en todas las bodas civiles mexicanas) y acaba siendo una lista de insultos hacia la mujer.
Claro ejemplo de ello se encuentra en los primeros párrafos.
“Este es el único medio moral de fundar la familia, de conservar la especie y suplir las imperfecciones del individuo, que no puede bastarse a sí mismo para llegar a la perfección del género humano. Este no existe en la persona sola sino en la dualidad conyugal. Los casados deben ser y serán sagrados el uno para el otro, aún más de los que es cada uno para sí. El hombre cuyas dotes sexuales, son principalmente el valor y la fuerza, debe dar y dará a la mujer protección, alimento y dirección; tratándola siempre como la parte más delicada, sensible y fina de sí mismo y con la magnanimidad y benevolencia generosa que el fuerte debe al débil, esencialmente cuando este débil se entrega a él y cuando por la sociedad se le ha confiado.”
¿El fuerte le debe al débil? ¿De verdad creería Melchor Ocampo que estaba honrando a la mujer con una frase semejante?
Pero por si no fuera suficiente, continúa con otro párrafo aún más denigrante:
“La mujer cuyas principales dotes son, la abnegación, la belleza, la compasión, la perspicacia y ternura, debe de dar y dará al marido obediencia, agrado asistencia, consuelo y consejo, tratándolo siempre con la veneración que se debe de dar a la persona que nos apoya y defiende y con la delicadeza de quien no quiere exasperar la parte brusca irritable y dura de sí mismo.”
¿Qué, qué? ¿Darle veneración y obediencia a mi marido? Digo, me parece bien el respeto, el espacio, el cariño que debe ser mutuo en una pareja sin importar quién es más fuerte y quién es más débil, pero que por ser mujer me toque ofrecer obediencia y veneración y sortear la parte brusca, irritable y dura de mi pareja francamente exacerba a la feminista que traigo adentro.
Está bien. En descargo de don Melchor Ocampo se podría decir que escribió este texto en el siglo XIX, una época en que la mujer ni siquiera soñaba con una liberación femenina.
Lo grave, lo realmente grave, es que la juez que me casó me lo entregó al término de mi boda civil, celebrada en 1995.
Eso sí, le pedí a mi marido que quitara aquella sonrisita que apareció en su cara cuando lo leímos juntos porque le aclaré que eso no aplicaba para nosotros.
Pero para que se vea que las odas a la mujer que esconden una alta dosis de desprecio también se escriben en estos tiempos, está la famosísima canción Mujeres Divinas, de la autoría de Martín Urieta.
Porque digo, por más que haya hombres que consideren que dedicarnos esto es una flor, la verdad es que de entrada resulta tremendamente insultante que un hombre se dé valor para hablar de las mujeres en medio de “las botellas”.
Además, sólo una sorda no escucharía toda la serie de insultos velados que esto conlleva.

Hablando de mujeres y traiciones
se fueron consumiendo las botellas,
pidieron que cantara mis canciones
y yo cante una que otra, en contra de ellas.

En eso se me acerca un caballero,
su pelo ya pintaba algunas canas,
me dijo...le suplico compañero..
que no hable en mi presencia de las damas.

Le dije que nosotros simplemente
hablamos de lo mal que nos trataron...
que si alguien opinaba diferente
seria porque jamas lo tracionaron...

Me dijo yo soy uno de lo seres
que mas he soportado los fracasos
y siempre me han dejado las mujeres
llorando y con el alma hecha pedazos...

Mas nunca les reprocho mis heridas,
se tiene que sufrir cuando se ama,
las horas mas hermosas de mi vida
las he pasado al lado de una dama.

Pudieramos morir en las cantinas
y nunca lograriamos olvidarlas,
mujeres...oh, mujeres tan divinas
no queda otro camino que adorarlas

¿Qué dicen mujeres lectoras? ¿Le creemos?
Con este tipo de hombres, para que queremos enemigos ¿no?