sábado, septiembre 05, 2009

Yo soy una chica X, como mi generación

Hace unas semanas me llegó, por tercera vez, un correo electrónico que al parecer está circulando con insistencia por internet: un mensaje destinado a lograr que los adultos treintones (casi cuarentones) de hoy no olvidemos que pertenecemos a “la mejor generación de todas”, la famosa generación X.
A mí, que soy una nostálgica sin remedio, me encantó la intención original del correo. Nací en 1970, justo en el inicio de la citada generación, y recordar aquello que viví en mi infancia y adolescencia, como pretendía el mencionado mensaje, me pareció agradable.
Sin embargo, apenas leía la primera parte del discurso contenido en la presentación en Power Point cuando me di cuenta que algo estaba mal, muy mal: Decía que la generación X había sido fan de Michael Jackson en su mejor etapa, y al mismo tiempo señalaba que a este grupo pertenecían los nacidos entre 1970 y 1985.
“¡¿Cómo?!”, me dije, “efectivamente, yo también sé que un icono de la generación X fue Michael Jackson; por lo tanto las personas que forman parte de este grupo necesariamente ya tenían que estar en este mundo y tener plena conciencia para cuando el cantante presentó al mundo el mayor de sus éxitos, el disco Thriller, que se lanzó a la venta en 1982.

“¿Pueden entonces decir que pertenecen a la generación X los que nacieron en 1985, en 1982 o incluso un par de años más atrás?
“Digo”, pensé, “qué bueno que la generación X al paso del tiempo acabó teniendo una personalidad propia, contra todo pronóstico, y que ahora esté de moda; pero no se vale que se cuelguen de ella así”.
Yo había tenido oportunidad de tener acercamientos a lo que se conoce como generación X a nivel teórico años atrás. Sin embargo, como no me gusta quedarme con la duda, decidí darme un chapuzón en la red para tener más información sobre este tema.
Según Wikipedia, el término generación X se emplea para referirse a personas nacidas en los años 70. Es decir, de 1970 a 1979. Los casi cuarentones de la actualidad, vaya.
Aun así, dice la enciclopedia virtual que se debaten en todo el mundo los límites temporales de esta generación, y hay quienes incluso ubican su nacimiento entre 1970 y 1981. De hecho agrega que los de la generación X vivieron su adolescencia en los años ochenta y principios de los noventa.
Sin embargo, en mi opinión, si tomamos en cuenta que la adolescencia comienza a los 12 años, los de la generación X son quienes nacieron entre 1970 y 1977, a lo sumo.
Los de los años posteriores son generación Y, que aunque suene a broma, también existe.
Sé que mi manera de delimitar quizá le caiga en el hígado a más de uno porque tengan recuerdos de su infancia escuchando a Michael Jackson, imitando a Madonna, peinándose como la hermana mayor con aquellos flecos imposibles que requerían litros y litros de fijador para el cabello o como el hermano mayor, con gran copete influido a su vez por la década del rock and roll. Pero nuevamente recalco, en mi opinión, los que pertenecen a la generación X tuvieron que ser adolescentes en los ochenta, de lo contrario, vivieron la época, pero nada más.

Para comprobarlo, decidí investigar más allá de delimitaciones temporales, ¿qué es lo que se considera como generación X?

LOS RASGOS A NIVEL TEÓRICO
En este sentido, Wikipedia dice que el término generación X se acuñó en Gran Bretaña para designar el tipo de conducta de quienes éramos jóvenes en los 80: se creía que éramos ateos, inclinados a romper pautas y costumbres y a mantener relaciones sexuales antes del matrimonio, irrespetuosos con nuestros padres y tendientes a anteponer a los amigos por sobre la familia. (Yo no era así, pero bueno)
Sin embargo (dice la enciclopedia), se considera que fue el escritor canadiense Douglas Coupland “quien popularizó este término en su obra de 1991 del mismo título:
Generación X. La sucesora de esta generación se conoce como la Generación Y.
Después, la enciclopedia virtual da otros datos interesantes:
“Esta generación se vio afectada por el bombardeo del consumismo de los
años 1980 y principios de los años 1990, la manipulación del sistema político, la llegada del internet, cambios históricos como la caída del muro de Berlín, el fin de la guerra fría, la aparición del SIDA entre muchos acontecimientos que crearon el perfil X.
“Sin expectativas, viven en una constante apatía, piensan en sus vidas pero a la vez no se manifiestan ante un futuro nada acogedor”.
Wikipedia agrega, sin embargo, que en España la “apática” generación X es la más preparada de la historia de ese país.
Pero he aquí la frase que a mí me parece más importante de este texto, la que de verdad es una característica de la generación X, al menos a decir de los de otras generaciones:
“(Los de la generación X) emplean casi todo su dinero en el ocio, dejando entrever, además, una cada vez más acusada inmadurez”.

LOS RASGOS SEGÚN YO, UNA MUJER DE LA GENERACIÓN X
Pero ¿cómo podría definir a esta generación alguien que creció en ella?
Los de la generación X somos hedonistas, antes que cualquier otra cosa. Amamos los placeres porque crecimos definidos por el consumismo y la falta de ideologías.
A diferencia de otras generaciones, a nosotros no nos tocó romper esquemas y enseñarles a los adultos que los adolescentes también existían (como hicieron las generaciones de los cincuenta y sesenta), ni luchar por imponer la igualdad de géneros o manifestarnos contra la guerra (como hizo la de los setenta).
Cuando nacimos, la guerrilla, el feminismo, los hippies, el rock and roll, las luchas a favor de la paz: todo estaba ahí o a punto de aparecer ante el mundo. Había poco que inventar a nivel ideológico, así que no hicimos esfuerzos en ese sentido.
En cambio, somos una generación geek como ninguna otra.
A nosotros nos tocó en la adolescencia la llegada de los primeros avances tecnológicos: Nuestros Ataris, computadoras de pantalla verde, videocaseteras Beta y VHS, gigantescos Walk-man y celulares tamaño ladrillo, son los antecedentes directos de los Nintendo, X-box y Playstation de hoy, las laptops, los DVD, los iPods y los celulares con todo tipo de accesorios.


Crecimos al tiempo que lo hicieron estas tecnologías, y por eso asimilamos con facilidad y disfrutamos de los nuevos avances hasta la fecha.
Mi mamá, por ejemplo, que creció en la década de los sesenta, acepta que le resulta casi imposible lidiar con la computadora y demás aparatos de la actualidad. Por supuesto, no es mi caso.
Somos cinéfilos y amantes de la televisión, probablemente más que cualquier otra generación, porque nos tocó crecer en medio de un boom de películas y programas hechos especialmente para niños y adolescentes: Volver al Futuro, Gremlins, Karate Kid, Cazafantasmas, Cuenta conmigo, Blanco y Negro, Alf (en México, Chiquilladas, Burbujas, el Tesoro del Saber), por citar sólo algunos ejemplos.
Se nos considera inmaduros, como bien dice Wikipedia, porque hoy por hoy nos reunimos para jugar videojuegos, somos los compradores número uno de gadgets, nos siguen gustando las caricaturas y una buena parte de nosotros le rehúye al compromiso de formar una familia (porque somos más conscientes de la responsabilidad que ello implica, hay que decirlo).
Sin embargo, no se dice que los que somos padres somos divertidos y juguetones como no lo fueron padres de generaciones anteriores, porque ya no tenemos deudas que compensar en nuestros hijos. Ya no hace falta que les digamos que nuestros padres eran severos y nos educaban bajo la premisa de que la letra con sangre entra. Frases como: “¡Yo hubiera querido que mi madre o mi padre hicieran esto por mí!” ya no caben en nuestro vocabulario. A nosotros nos tocaron padres “buena onda”, que nos educaron con libertad y cariño para evitar cometer los errores de sus antepasados, así que eso es lo que tratamos de reproducir en nuestros hijos.
Hoy por hoy estamos de moda. La música, las películas, las obsesiones de nuestros tiempos están de regreso, pero no porque seamos mejores, sino por la misma razón por la que la década de los sesenta estuvo tan presente en la década de los ochenta: muchos somos padres de los niños y adolescentes de hoy, y además somos una población económicamente activa.
Aún así, siempre hemos sido ampliamente criticados por nuestra aparente apatía, pero nadie nos puede negar que tuvimos personalidad propia en la juventud. Una personalidad fácilmente reconocible y que no se ha repetido en generaciones posteriores. Nuestra ropa, nuestra actitud, tan discutibles, tan extravagantes y quizá teñidas por el desencanto ante la falta de motivos por los cuales luchar, son únicas. Dejamos huella.
Yo me siento orgullosa de pertenecer a la generación X… ¿y tú?

sábado, agosto 22, 2009

Un meme con S, de Serrat

Hace tiempo que no escribo en este blog. Lo reconozco. Las musas a veces se van de vacaciones o se escurren de las manos cuando a nuestro alrededor los distractores de la vida cotidiana nos roban espacios.
Hay muchos temas que aún esperan en el tintero: Michael Jackson, la política mexicana, las redes sociales… pero mientras llegan decidí volver con una encomienda: un meme que me envío mi marido desde su blog La Buhardilla del Obseso.
Lo amo mucho, así que no pude resistirme a su petición.
Se trata de escoger a un artista de nuestra preferencia y responder preguntas con los títulos de sus canciones.
Yo escogí al maestro Joan Manuel Serrat, quien con sus temas ha musicalizado momentos importantes de mi vida y me hace abrigar siempre fantasías hermosas.
Se los dejo de tarea a todos los que quieran responderlo. Sólo les pido que, si lo hacen, dejen el link en los comentarios porque no quiero perdérmelo.

Artista: Joan Manuel Serrat.
¿Eres hombre o mujer?: Secreta mujer.
Descríbete: Soy lo prohibido.
Cómo te sientes: Señora.
Dónde vives actualmente: En nuestra casa.
Si pudiera ser otra persona: Qué sería de mí.
Forma de transporte favorita: Vagabundear.
Tus mejores amigos: Esos locos bajitos.
Tu color favorito es: Pueblo blanco.
¿Cómo está el clima?: Buenos tiempos.
Momento favorito del día: La hora del timbre.
Si tu vida fuera un programa de tele, cómo se llamaría: Utopía.
Qué es la vida para ti: El carrusel del furo.
Tu relación: No hago otra cosa que pensar en ti.
Buscando: Llegar a viejo.
No me importaría: La mala racha.
Tu miedo: Las malas compañías.
Cuál es el mejor consejo que puedes dar: Hoy puede ser un gran día.
Si pudieras cambiar tu nombre, ¿cuál sería?: Penélope.
Pensamiento del día: Es caprichoso el azar.
Cómo te gustaría morir: Si la muerte pisa mi huerto
Condición presente del alma: Fe de vida.
Mayor secreto: Llego con tres heridas
Mi lema: Entre un hola y un adiós.


miércoles, junio 03, 2009

Los estertores del periodismo en papel


Lo vieron venir y no midieron el efecto. Minimizaron el impacto. Creyeron que el nuevo medio se volvería un aliado más y cayó sobre ellos cual meteorito: sólido, contundente, implacable.
No se puede culpar del todo a periódicos y revistas, sin embargo. En sus inicios, internet parecía ser una valiosa herramienta para quienes transmitían noticias a través de la prensa escrita.
Aun así, algunos pesimistas se preocupaban por la que entonces parecía una remota posibilidad: que internet sustituyera a la prensa escrita en papel, incluso a los libros.
Pero cada que aparecía un suspicaz, era contrarrestado de inmediato por un grupo de románticos que afirmaban que los periódicos y la revistas nunca desaparecerían. ¿El argumento? Que la gente nunca cambiaría la comodidad de leer en papel por la “molestia” de hacerlo en la destellante pantalla de una computadora.
¿Pecaron los periódicos y las revistas por exceso de confianza?
No del todo. Finalmente, el periodismo escrito en papel llevaba varios siglos siendo el rey, desde la aparición de las hojas volante a finales del siglo XV, hasta el término del siglo XX.
En el camino, la prensa escrita había tenido que vérselas con otros competidores. Los más fuertes, sin duda, fueron la radio y televisión, que con sus noticias al minuto le robaban protagonismo.
Pero pronto, periódicos y revistas se dieron cuenta que los tres medios de comunicación podían complementarse. La inmediatez que ofrecían radio y televisión no podía competir con lo que los medios escritos ofrecían: profundidad en la investigación de las noticias y permanencia (es decir, el público podía guardar el material que considerara de su interés).
Por lo tanto, al paso del tiempo, la convivencia entre los tres medios fue armónica.
La llegada de internet
En 1988, con 18 años de edad, pisé por primera vez las oficinas de un periódico mexicano: El Nacional.
¿Mi labor? Corrección de estilo.
En aquel entonces, apenas habían arribado las primeras computadoras a la redacción del diario, y convivían tímidamente (en una zona de capturistas) con enormes máquinas de escribir, que eran las reinas absolutas del espacio y la herramienta esencial de trabajo de reporteros y editores.
Aún no había internet, se trataba de aquellas primeras computadoras de pantalla verde oscuro con brillantes letras verde claro.
Ni pensar, por supuesto, en correo electrónico o avances por el estilo. En la redacción aún había télex para recibir los cables con noticias internacionales y el periódico se formaba a la antigua: Se capturaba e imprimía la información en forma de columnas y después los formadores recortaban cada columna y la pegaban en una hoja que sería pasada por la prensa para ser copiada en la impresión de los diarios. Un proceso artesanal, pues.
Unos años después (cinco para ser exactos), dejé de trabajar en El Nacional para irme al Reforma, un diario vanguardista donde los formadores habían sido sustituidos por diseñadores gráficos y las máquinas de escribir habían desaparecido para dar paso a las computadoras.
Ya había internet, con todo y los primeros intentos de correo electrónico; pero los buscadores ofrecían solamente información en inglés y los periódicos aún no tenían ediciones electrónicas. Hasta entonces nadie veía a internet como un posible peligro para la prensa escrita en papel y sí como una valiosa herramienta de trabajo.
Para el inicio del siglo XXI, internet ya se había expandido. Los periódicos del mundo entero empezaron a lanzar sus ediciones electrónicas y todo parecía ir sobre ruedas.
Sin embargo, unos años después, con el crecimiento implacable de Google y la posibilidad que ofrecía a los lectores de obtener información al segundo sobre el tema que quisiera, en su propio idioma (o en otros, si lo requería) y con gran cantidad de fotos, así como la llegada del “periodismo civil”, representado en la infinidad de blogs que hicieron su arribo, los periódicos empezaron a cuestionarse sobre su permanencia ante la competencia feroz de internet.
Entonces, sólo hasta entonces, se empezaron a hacer cambios. En algunos casos cambios abruptos, rediseños forzados por la desesperación, tratando de deshacer el nudo gordiano hasta dar con la clave que permitiera a los medios escritos en papel competir con el medio electrónico, ser rentables, recuperar a los muchos lectores perdidos entre los buscadores de internet.
Me tocó en alguna ocasión estar en una interesante conferencia dictada por uno de los colaboradores en el rediseño del Miami Herald (entre otros periódicos del mundo).
Él sugería, por ejemplo, la necesidad de incluir en los periódicos un par de páginas que, guardando las proporciones, ofrecieran lo que un buscador de internet: pequeños resúmenes de información variada, con foto en algunos casos, para que el lector pudiera seleccionar qué información quería leer más a profundidad, y si no tenía tiempo de una lectura extensa, quedara satisfecha su necesidad de información con sólo estas dos páginas.
Fórmulas como éstas me tocó a escuchar a menudo en mi paso por los grandes diarios de México, y sin embargo, el futuro alcanzó al periodismo en papel de la peor manera.
En Estados Unidos diarios y revistas de gran renombre están cerrando sus puertas o en una crisis severa, como ya lo reseñó el magnífico reportaje publicado hace algunas semanas en el periódico español El País.
¿Por qué primero en Estados Unidos? Pues porque ahí es donde hay más computadoras per cápita. Esto no quiere decir que a los demás periódicos del mundo no les sucederá lo mismo. La diferencia en los tiempos no evitará el arrase inminente. Mientras más popular se vuelva el uso de computadoras con internet en el mundo, más peligrarán los periódicos y revistas.
¿Con qué herramientas pueden competir estos medios contra internet, que en cuestión de minutos ofrece al público (entre muchas otras cosas) la información de 10, 15, 20 distintos periódicos y revistas del mundo entero?
Me decía un amigo periodista y lector: ¿Para qué esperar al repartidor del periódico que compraba (que por cierto siempre se atrasa) si puedo tener a mi disposición todos los periódicos que yo quiera en cuestión de segundos?
Digo yo: ¿Para qué tener a la mano la línea editorial de un solo periódico, cuando se puede leer la de muchos en sólo una hora para darse una idea más plural de la información que se está ofreciendo?
En el citado reportaje de El País, periodistas que defienden la teoría de que los periódicos están en crisis pero no desaparecerán, le apuestan a que tarde o temprano la gente se cansará de internet. Sin embargo, me parece consuelo de tontos, es casi tanto como decir que la gente se cansará algún día del cine o de la televisión.
¿Qué pasará entonces con nosotros, los muchos periodistas que crecimos en las redacciones de los periódicos? Eso es lo que aún está por verse.
Lo cierto es que para alguien como yo, que durante 20 años tuve como segunda casa las redacciones de los diarios, este proceso duele y duele mucho. Duele imaginar el cierre de redacciones, con sus enloquecedores sonidos de teléfono a toda hora, sus reporteros y editores de café en mano, sus diseñadores, su locura de las seis (previa al cierre), sus emociones en días de cobertura especial, su bohemia.
Ojalá que el cierre de periódicos pare, que algo suceda que detenga esta tendencia. Pero hay que reconocer que, hoy por hoy, lo único que nos queda es la esperanza.

domingo, mayo 03, 2009

Influenza, cuando la tristeza cayó sobre la ciudad




“Lo resaltaba ayer el embajador de España en México, Carmelo Angulo: ‘Me ha impactado el sosiego de la gente. El talante respetuoso, ordenado y cívico de la población’. Un ejemplo para todos. También, cómo no, para sus gobernantes”.
Diario El País

La ciudad está triste. Acostumbrada a que la recorran miles, millones de pies cada día, al sonido de los cláxones y las sirenas, y al barullo nervioso de una multitud de voces, no acaba de habituarse al silencio de estos días.
¿Influenza? Ella no entiende bien a bien qué es eso. Lo que sabe es que su sol brilla en todo lo alto, el aire está inusualmente limpio, y no hay gente en la calle.
El rumor alegre de los niños que se había vuelto habitual en esta primavera, ha desaparecido. No se escucha por la mañana, pues las clases se han suspendido, y tampoco por las tardes (cuando los pequeños se congregaban a jugar en los distintos parques) porque los padres los tienen recluidos en sus casas. El silencio se torna doloroso ante su ausencia.
Parece increíble. Apenas hace dos semanas, los habitantes de la Ciudad de México nos quejábamos, como lo hacemos siempre, de la prisa, del ruido, de la contaminación, de las extenuantes horas de trabajo que muchas veces nos impiden una mejor convivencia con nuestros amigos, vecinos y familiares.
Hoy extrañamos todo aquello, como si hubiéramos perdido un tesoro muy preciado.
Hemos empezado a añorar las cosas más extrañas. Por ejemplo, un viaje en el usualmente caótico Metro de la Ciudad de México, pero sin cubrebocas, sin mirar a los ojos del de al lado con el temor de que sea el posible portador de la influenza, sin tener que salir corriendo de ahí a vaciarnos un frasco entero de gel antibacterial para prevenir posibles contagios.
También extrañamos una ida al supermercado cotidiana. De aquellas que nos permiten comprar con calma, sin prisas, sin pánicos. Un paseo en el que sepamos que podemos encontrar todos los productos que buscamos y no como ahora, que nos tenemos que topar con anaqueles vacíos de cloro, jabón, alcohol, y todo aquello que sirve para luchar contra el contagio del virus.
Estoy segura que para cualquiera de nosotros sería un placer de dioses poder salir a comer a un restaurante, ir de compras a las tiendas, y no ver todo como ahora: vacío, triste.
Los chilangos queremos dormir con sueño y comer con hambre, después de horas de actividad constante, porque en estos momentos no podemos gastar la energía suficiente a lo largo del día y hemos empezado a batallar con el insomnio y la inapetencia.
Deseamos con el alma despertar sin miedo, estornudar, toser o sentir un dolor de músculo sin pensar que en unos minutos más tendremos que correr al hospital para salvar nuestras vidas.
Pero por sobre todas las cosas, deseamos el rumor alegre de nuestra ciudad.
Yo incluso extraño cosas que antes me molestaban sobremanera: los vendedores de puerta en puerta, los cláxones sonando histéricos en la avenida en la que vivo, la prisa constante de la gente, las calles repletas de peatones y automovilistas.
Queremos a nuestra ciudad de vuelta; tan caótica y adorable como ha sido siempre.
¿Alguna vez la recuperaremos?

sábado, mayo 02, 2009

Influenza, la venganza contra los chilangos


Chilangos: Dícese de quienes nacieron o radican en la Ciudad de México. La connotación de esta palabra suele tener un tono peyorativo cuando es utilizada por los mexicanos que no viven en la capital del país.


Los chilangos somos la raza maldita. Se nos odia y se nos desprecia en todo México. Dicen que somos sabelotodo, soberbios, prepotentes, sucios, egoístas y se nos acusa de despreciar a todo aquel mexicano que no es uno de nosotros.
La idea generalizada es que los chilangos sentimos que tenemos poder divino y facultad de maltratar a los demás, tan sólo por vivir en la capital, donde se concentran los poderes de gobierno de la República mexicana.
A quienes piensan así no les falta razón, hay que decirlo. Los chilangos viajamos constantemente por todo México y muchos de nosotros, al salir de nuestro territorio, acostumbramos mostrar lo peor de nosotros mismos.
Presumimos de tener mejor educación y cultura que los demás mexicanos, y sin embargo, somos groseros, hacemos menos a los demás y exigimos tratos especiales, como si mereciéramos tenerlos.
Por eso, aquellos que, como yo, procuramos tratar con respeto a todos los mexicanos, sin importar de dónde vengan, preferimos guardar silencio cuando notamos el odio justificado contra nosotros, los chilangos. No es cómodo ser los justos que pagamos por los pecadores, pero de alguna manera entendemos lo que se dice de los habitantes de nuestra ciudad, sobre todo cuando (como yo) hemos sido testigos del comportamiento deplorable de otros nativos de la capital mexicana.
Apena, eso sí, que como sucede en todas las generalizaciones, en la del odio hacia los chilangos no se reconozcan las virtudes de la gente de la Ciudad de México.
Porque hay que decir también que entre los habitantes de la capital mexicana jamás se acuñaría una frase como la que se creó en Jalisco: “Haz patria, mata un chilango”.
A nosotros se nos puede criticar por todo, pero jamás por alimentar de esa forma el odio racial.
De hecho, la Ciudad de México es una amalgama de gente de todos los estados de la República. En suelo chilango se recibe a todos los nuevos habitantes con respeto y no se mide a nadie por el lugar del que provenga.
Además, los chilangos siempre tenemos una gran capacidad de organización y respuesta cuando sabemos que los hermanos de otros estados de la República fueron víctimas de alguna desgracia.
Para nadie es secreto que ante las inundaciones, explosiones y otros desastres que han ocurrido en México, los chilangos respondemos siempre enviando ropa, medicinas y víveres y, de ser posible, acudiendo personalmente al lugar del desastre con el fin de ayudar.
Por eso duele que ahora que el virus de la influenza humana (antes porcina) decidió hacer su aparición en la Ciudad de México (antes que en ningún punto del planeta), haya quien vea la situación como el justo castigo contra los soberbios y prepotentes chilangos.
Ya lo dijo un influyente periodista mexicano (chilango, por cierto) en su columna del domingo pasado: “Ahora sí, nos pusieron un espejo. Nosotros que nos sentimos superiores al resto del país, sofisticados, maduros, sabelotodo, educados como nadie y depositarios por mandato de quién sabe quién para prender el faro que debe seguir la nación, estamos sumidos en la sensación de vulnerabilidad, inermes, asustados, apanicados por un maldito puerco que generó la influenza que ¡nos está matando a todos! ¿Un puerco? Sí, un puerco”.
Por supuesto, voces irresponsables como ésta funcionan como combustible para avivar los odios raciales que ya habían germinado hace tiempo entre los mexicanos. Muestra de ello es lo que sucedió ayer (jueves 30 de abril) en el puerto de Acapulco: nativos del lugar decidieron recibir a pedradas a los automovilistas que venían en coches con placas de la Ciudad de México. ¿El pretexto? Que estaban cuidado a su ciudad del contagio por el virus de la influenza humana. ¿La realidad que todos sabemos pero callamos? Se están aprovechando del momento para tomar venganza contra los chilangos.
Y no podemos estar así. No es civilizada esta actitud, vaya.
Pero menos aún se justifica que se diga que esta epidemia de influenza humana es el justo castigo contra los chilangos por nuestras ideas políticas.
Dice el citado periodista mexicano: “Esta ciudad-capital, orgullosamente beligerante, que arrasó con el gobierno de Miguel de la Madrid en 1985 cuando por 72 horas se encargó la sociedad de las tareas de rescate de las víctimas del terremoto y que tres años después le cobró la factura rompiendo el monopolio del PRI en las elecciones federales y 12 más adelante le entregó al PRD la conducción de su vida política, regresó como ratita asustada al cobijo del gobierno federal. Y panista para colmo.
“El gobierno de Felipe Calderón, odiado por millones de capitalinos, entró a su rescate (…) ¿En qué quedó el rechazo al gobierno espurio?”

¿De verdad piensan aprovechar la emergencia sanitaria para echarnos en cara haber acusado de fraude electoral a Felipe Calderón?
¿De verdad pretenden que creamos que el gobierno de este señor ha sido heroico, por avisar que había un brote de influenza meses después de que se conocieron los primeros casos?
¿De verdad pretenden que dejemos de llamarle espurio a quien se ostenta como presidente de México?
No, señores, no. Yo como chilanga (escéptica y de izquierda) me niego a aceptar que se tomen estas posturas.
El virus de la influenza humana no es un castigo divino para nadie. Es un evento, algo que ocurre sin que los seres humanos lo esperemos y pudo haber hecho su arribo en cualquier parte del mundo. Le tocó a la Ciudad de México, eso es todo.
Aquí no hay héroes ni villanos. Hay una situación de emergencia en la que se requiere actuar, pero en la que no debemos permitir que se obtengan botines políticos o sociales.
Como nativa de la Ciudad de México espero que en todos quepa la cordura. Si no, habrá que buscarla.


lunes, abril 27, 2009

Influenza, el ataque de la sinrazón


Hace 24 años, la Ciudad de México, mi cuna y mi gran amor, me enseñó la importancia de no perder la calma en medio de una crisis.
Era 19 de septiembre de 1985 cuando un terremoto de 8.1 grados en la escala de Richter azotó la capital mexicana con tal furia que echó abajo edificios y acabó con la vida de miles de personas.
A mí me tocó vivir la experiencia a sólo unas cuadras del Nuevo León, un edificio que se vino abajo con muchas personas adentro. Pero además, toda mi familia vivió la tragedia en zonas que quedaron devastadas: A mi madre y a mi hermano les tocó presenciar la caída de un edificio; mi padre tenía su negocio en una zona rodeada por un hotel, una oficina de gobierno y una escuela que se derrumbaron. Mi abuela estaba a unos pasos de Izazaga, una de las calles que se vio más afectada por el desastre.
Tan sólo unas horas después del terremoto, yo sentía un terror difícil de describir. No quería separarme ni un segundo de mi familia, consciente, como estaba, de que estuve a punto de perderla.
Sin embargo, al día siguiente, salí un rato a la calle a convivir con mis amigos (animada por mi madre que quería que me distrajera) y fue ahí donde me tocó el segundo temblor. No recuerdo mucho de lo que sucedió alrededor pero nunca olvidaré mi reacción: empecé a gritar, primero suavemente y después con furia, hasta llegar a un punto en el que me era imposible escucharme a mí misma. Me había dado un ataque de histeria como nunca he vuelto a tener otro en mi vida.
Entonces, de la nada, apareció ante mí un paramédico. No recuerdo su rostro, pero sí que trató de tranquilizarme primero con palabras y finalmente con una bofetada que me trajo de regreso a la realidad. Ese paramédico iba en camino a uno de los edificios colapsados para rescatar a las víctimas, gente que de verdad estaba sufriendo una tragedia y no como yo, que lo único que tenía era un miedo irracional. Me sentí avergonzada, ridícula, por haberle quitado valiosos segundos a una persona que estaba ocupándose y no sólo preocupándose por el desastre.
Al día siguiente, en silencio, con un carrito de supermercado al que yo le había puesto algunos víveres, me salí a la calle, a recolectar alimentos y medicinas para ayudar. Ayudar y no estorbar es lo que decidí hacer entonces y en cualquier crisis venidera.


26 de abril de 2009. Ciudad de México


En medio de un cielo azul, el sol brilla en todo su esplendor y cae a plomo sobre las eternas venas de pavimento de esta gran metrópoli. En otro tiempo, este es el tipo de días en que la gente sale a la calle con ropa ligera y una gran sonrisa, animada por el buen clima.
Hoy no es así. La tristeza vaga por ahí, junto con el airecillo tibio que alborota los árboles. Las familias salen a la calle sólo a lo esencial y en todos los rostros, cubiertos en su mayoría por tapabocas, se pueden observar miradas temerosas, tristes, preocupadas.
No se nos puede culpar. Hay un brote de influenza porcina que obligó a las autoridades a suspender las clases en todas las escuelas de la capital mexicana, del vecino Estado de México y de San Luis Potosí, y este hecho sin precedentes habla por sí mismo: los “chilangos” sabemos, sin que nos lo repitan, que estamos en medio de una emergencia sanitaria.
Hace casi 100 años, en 1918, la influenza española que atacó al mundo entero también hizo su arribo a México. En mi familia el hecho se recuerda especialmente, porque mi abuelo paterno perdió a su primera esposa y dos hijos en las garras de esta epidemia que mató a millones en el mundo.
Muchos de los habitantes del DF no conocen este dato, pero tampoco necesitan saberlo para alarmarse. Para eso está la televisión, los periódicos, los medios de información todos, que como suele pasar, han sacado jugo de este asunto: Cada segundo los comentaristas vociferan al respecto, hablan de “muerte”, “crisis”, “epidemia” con una soltura e insistencia que, inevitablemente, inocula miedo.
La tecnología tampoco ayuda. En las redes sociales, los “chilangos” (habitantes del Distrito Federal), tan dados como somos a la risa fácil, hacíamos bromas el viernes sobre la famosa influenza. Hoy la cosa es distinta. Estamos, por un lado, los que criticamos la histeria colectiva que se ha generado alrededor de esta enfermedad, y hay quienes pretenden que seamos “responsables” y tomemos las cosas con más preocupación y menos crítica. Las posiciones se polarizan.
Como sucede en todas las crisis, la información de hace 10 minutos de contradice con la que se está generando en este momento, ya no sólo en México, sino en el mundo entero, porque los brotes de influenza han empezado a reproducirse en otros países. He leído, por ejemplo, periódicos españoles que dicen que entre los síntomas de esta enfermedad se incluye, nauseas, mareo, diarrea y vómito. Sin embargo, en México, las autoridades de salud lo han repetido varias veces en los últimos días: los síntomas de la enfermedad son fiebre muy alta, dolor de cabeza intenso, dolores musculares, cansancio, escurrimiento nasal y tos. ¿Quién tiene la razón?
Pero es aquí que la histeria no nos deja llegar a conclusiones sensatas, escuchar con reservas las noticias para después obtener una opinión propia: En las primeras horas en que los mexicanos fuimos alertados de la presencia de la enfermedad en nuestra capital, se dijo que sólo los enfermos necesitaban usar cubrebocas, y sin embargo, éstos se han vuelto la prenda de moda en la Ciudad de México y están agotados en todas las farmacias, por lo que si un enfermo llega a necesitar uno y no pudo conseguirlo a tiempo, se va a convertir en un foco de infección real.
También se ha pedido a toda la población que no acuda a los centros de salud a menos que tenga síntomas asociados con la influenza, y sin embargo, la gente hace largas filas afuera de los hospitales, impidiendo la atención inmediata de quienes sí están enfermos; se ha indicado que no consumamos medicamentos a menos que estemos enfermos (y después de consultar al médico) y sin embargo, las farmacias han agotado sus reservas de medicinas contra la influenza.
La histeria colectiva nos está ganando.
Llevamos tres días de que se anunció oficialmente el brote de influenza en la Ciudad de México y muchos ya estamos agotados. A mí se me quitaron las ganas de salir a la calle, de comentar lo que está sucediendo y de abrir la puerta de mi casa, no por el miedo a la enfermedad sino porque me doy cuenta que a mucha gente no le sirvió la lección que recibimos en 1985 en cuanto a la manera de afrontar una crisis. Llamar a la calma y a la sensatez es inútil. Parece que mucha gente siente un placer malsano ante esta situación por su parecido con los escenarios apocalípticos de las películas de Hollywood.
¿Que si yo no tengo miedo de que la influenza me enferme o enferme a alguno de mis seres queridos, especialmente a mis hijos? Por supuesto que lo tengo, como todos. Pero no me pienso comprar un medicamento o hacer cita con el médico cuando sé que puede haber un enfermo que esté necesitando esos productos o esos espacios.
Ayudar y no estorbar, sigue siendo mi consigna.

lunes, abril 20, 2009

Símbolos patrios mexicanos: No tocar

Cada vez que México extiende una queja internacional por el uso indebido de sus símbolos patrios, me ha tocado leer a periodistas del mundo sorprendidos por el exceso de sensibilidad que muestra mi país ante estos temas.
El más reciente caso se dio el 14 de abril pasado, cuando el embajador de México en España, Jorge Zermeño Infante, envió una carta al director de Burger King en aquel país para quejarse por el uso indebido de la bandera mexicana en el anuncio de una nueva hamburguesa de esta cadena de restaurantes.
En el citado anuncio aparece un hombre alto, rubio, vestido de vaquero al lado de un hombre visiblemente más pequeño, moreno, con una máscara de luchador y un sarape con los colores y el escudo de la bandera mexicana.


En un primer momento, se creyó que la queja de Zermeño tenía que ver con un mal entendido orgullo de los mexicanos que pensaban que el hombre pequeño y moreno era un cliché sobre ellos mismos.
Sin embargo, Zermeño había aclarado en su misiva que la queja no tenía que ver con el mexicano que aparece en el anuncio, sino con el uso de la bandera:
"El aprecio y respeto por nuestra bandera es tal que en México existen normas legales claras que establecen el buen uso que se debe dar a nuestros símbolos patrios".
El antecedente más inmediato de este problema ocurrió hace dos años, cuando Paulina Rubio apareció en la portada de la edición española de la Revista Cosmopólitan cubriendo su cuerpo desnudo con la bandera tricolor, lo cual provocó un escándalo que obligó a la cantante mexicana a pedir disculpas públicas.
En aquel entonces, el blog Enigmas press mencionó al respecto: “Aquí en Venezuela la cosa es un poco diferente. La mujeres utilizan la bandera de sostén y de pantaletas. Los hombres de interiores. La ponen al revés. Le quitan una estrella. La hemos visto quemándola”.
Y sí, no sólo en Venezuela sucede. En general, en el mundo entero es práctica común usar las banderas en casi cualquier tipo de situación sin que los distintos gobiernos se quejen por ello.

¿Por qué entonces los mexicanos somos tan delicados hacia nuestros símbolos patrios?
Sin afán de justificar la actitud de mi país, me puse a reflexionar en busca de una respuesta más o menos coherente del porqué los mexicanos nos mostramos tan sensibles con el uso de nuestra bandera.
Como bien dijo Zermeño en su carta a Burger King, en México existen reglas legales que establecen que cuando se usa la bandera mexicana (así como su escudo y el himno nacional) ésta no debe presentar alteraciones, y debe dársele un trato respetuoso.
Se pueden usar los colores verde, blanco y rojo en la ropa, sí. Pero nunca la bandera completa, con todo y escudo.
El fondo del problema, sin embargo, es el mal entendido nacionalismo con el que nos educan a los mexicanos.
No nos dicen que debemos exigir mejores condiciones de vida a nuestros gobiernos. Tampoco nos educan para defendernos de los villanos que tenemos en casa ni de la corrupción, la inseguridad, el fraude o la desigualdad. Sin embargo, nos pasamos la infancia escuchando que nuestra bandera, nuestro escudo y nuestro himno nacionales son intocables, los símbolos que nos unifican como pueblo y nos dan identidad en el mundo entero.
En México, año con año, los niños de nivel primaria participan en concursos de cuento y leyenda sobre los símbolos patrios, y hay un día dedicado a la bandera (el 24 de febrero), en el que usualmente se nos recuerda su historia y su significado.
Crecemos también oyendo la historia de los Niños Héroes, seis jóvenes militares que lucharon contra el ejército estadounidense, uno de los cuales (Juan Escutia) se lanzó al vacío desde el punto más alto del Castillo de Chapultepec envuelto en la bandera mexicana, para impedir que los invasores hicieran suyo el lábaro. De niños, es lógico que esta historia nos deje conmocionados y con la moraleja de que se debe pelear con uñas y dientes por la defensa de nuestros símbolos patrios.
Y así es, los mexicanos saltamos ante el menor intento de que se dé un mal uso a nuestra bandera, nuestro himno o nuestro escudo, más por el condicionamiento mental que traemos desde la infancia que por una verdadera conciencia.
No nos importa en cambio, que se burlen en el extranjero de nuestros políticos o cualquier tipo de personalidad pública mexicana, como sucedió en el capítulo de South Park en donde se exhibe a Felipe Calderón, el sujeto que hoy por hoy se ostenta como presidente de México.

Y de hecho, a mí me parece lo más saludable que no nos importe. ¿Por qué tendríamos que defenderlos?

Si acaso, la queja debería estar encaminada a criticar la gran desinformación que existe en casos como éste (porque habría que explicarles a los creadores de esta serie animada que los parques acuáticos no fueron una decisión del fulano de quien decidieron hacer una sátira sino del gobierno de la Ciudad de México).

Pero no hay quejas, aquí no se dice nada. La bandera aparece pero no en una situación comprometedora, así que para qué decir algo.
¿Que la actitud de los mexicanos es incongruente? Se lo dejo al criterio de cada quien.