sábado, septiembre 05, 2009

Yo soy una chica X, como mi generación

Hace unas semanas me llegó, por tercera vez, un correo electrónico que al parecer está circulando con insistencia por internet: un mensaje destinado a lograr que los adultos treintones (casi cuarentones) de hoy no olvidemos que pertenecemos a “la mejor generación de todas”, la famosa generación X.
A mí, que soy una nostálgica sin remedio, me encantó la intención original del correo. Nací en 1970, justo en el inicio de la citada generación, y recordar aquello que viví en mi infancia y adolescencia, como pretendía el mencionado mensaje, me pareció agradable.
Sin embargo, apenas leía la primera parte del discurso contenido en la presentación en Power Point cuando me di cuenta que algo estaba mal, muy mal: Decía que la generación X había sido fan de Michael Jackson en su mejor etapa, y al mismo tiempo señalaba que a este grupo pertenecían los nacidos entre 1970 y 1985.
“¡¿Cómo?!”, me dije, “efectivamente, yo también sé que un icono de la generación X fue Michael Jackson; por lo tanto las personas que forman parte de este grupo necesariamente ya tenían que estar en este mundo y tener plena conciencia para cuando el cantante presentó al mundo el mayor de sus éxitos, el disco Thriller, que se lanzó a la venta en 1982.

“¿Pueden entonces decir que pertenecen a la generación X los que nacieron en 1985, en 1982 o incluso un par de años más atrás?
“Digo”, pensé, “qué bueno que la generación X al paso del tiempo acabó teniendo una personalidad propia, contra todo pronóstico, y que ahora esté de moda; pero no se vale que se cuelguen de ella así”.
Yo había tenido oportunidad de tener acercamientos a lo que se conoce como generación X a nivel teórico años atrás. Sin embargo, como no me gusta quedarme con la duda, decidí darme un chapuzón en la red para tener más información sobre este tema.
Según Wikipedia, el término generación X se emplea para referirse a personas nacidas en los años 70. Es decir, de 1970 a 1979. Los casi cuarentones de la actualidad, vaya.
Aun así, dice la enciclopedia virtual que se debaten en todo el mundo los límites temporales de esta generación, y hay quienes incluso ubican su nacimiento entre 1970 y 1981. De hecho agrega que los de la generación X vivieron su adolescencia en los años ochenta y principios de los noventa.
Sin embargo, en mi opinión, si tomamos en cuenta que la adolescencia comienza a los 12 años, los de la generación X son quienes nacieron entre 1970 y 1977, a lo sumo.
Los de los años posteriores son generación Y, que aunque suene a broma, también existe.
Sé que mi manera de delimitar quizá le caiga en el hígado a más de uno porque tengan recuerdos de su infancia escuchando a Michael Jackson, imitando a Madonna, peinándose como la hermana mayor con aquellos flecos imposibles que requerían litros y litros de fijador para el cabello o como el hermano mayor, con gran copete influido a su vez por la década del rock and roll. Pero nuevamente recalco, en mi opinión, los que pertenecen a la generación X tuvieron que ser adolescentes en los ochenta, de lo contrario, vivieron la época, pero nada más.

Para comprobarlo, decidí investigar más allá de delimitaciones temporales, ¿qué es lo que se considera como generación X?

LOS RASGOS A NIVEL TEÓRICO
En este sentido, Wikipedia dice que el término generación X se acuñó en Gran Bretaña para designar el tipo de conducta de quienes éramos jóvenes en los 80: se creía que éramos ateos, inclinados a romper pautas y costumbres y a mantener relaciones sexuales antes del matrimonio, irrespetuosos con nuestros padres y tendientes a anteponer a los amigos por sobre la familia. (Yo no era así, pero bueno)
Sin embargo (dice la enciclopedia), se considera que fue el escritor canadiense Douglas Coupland “quien popularizó este término en su obra de 1991 del mismo título:
Generación X. La sucesora de esta generación se conoce como la Generación Y.
Después, la enciclopedia virtual da otros datos interesantes:
“Esta generación se vio afectada por el bombardeo del consumismo de los
años 1980 y principios de los años 1990, la manipulación del sistema político, la llegada del internet, cambios históricos como la caída del muro de Berlín, el fin de la guerra fría, la aparición del SIDA entre muchos acontecimientos que crearon el perfil X.
“Sin expectativas, viven en una constante apatía, piensan en sus vidas pero a la vez no se manifiestan ante un futuro nada acogedor”.
Wikipedia agrega, sin embargo, que en España la “apática” generación X es la más preparada de la historia de ese país.
Pero he aquí la frase que a mí me parece más importante de este texto, la que de verdad es una característica de la generación X, al menos a decir de los de otras generaciones:
“(Los de la generación X) emplean casi todo su dinero en el ocio, dejando entrever, además, una cada vez más acusada inmadurez”.

LOS RASGOS SEGÚN YO, UNA MUJER DE LA GENERACIÓN X
Pero ¿cómo podría definir a esta generación alguien que creció en ella?
Los de la generación X somos hedonistas, antes que cualquier otra cosa. Amamos los placeres porque crecimos definidos por el consumismo y la falta de ideologías.
A diferencia de otras generaciones, a nosotros no nos tocó romper esquemas y enseñarles a los adultos que los adolescentes también existían (como hicieron las generaciones de los cincuenta y sesenta), ni luchar por imponer la igualdad de géneros o manifestarnos contra la guerra (como hizo la de los setenta).
Cuando nacimos, la guerrilla, el feminismo, los hippies, el rock and roll, las luchas a favor de la paz: todo estaba ahí o a punto de aparecer ante el mundo. Había poco que inventar a nivel ideológico, así que no hicimos esfuerzos en ese sentido.
En cambio, somos una generación geek como ninguna otra.
A nosotros nos tocó en la adolescencia la llegada de los primeros avances tecnológicos: Nuestros Ataris, computadoras de pantalla verde, videocaseteras Beta y VHS, gigantescos Walk-man y celulares tamaño ladrillo, son los antecedentes directos de los Nintendo, X-box y Playstation de hoy, las laptops, los DVD, los iPods y los celulares con todo tipo de accesorios.


Crecimos al tiempo que lo hicieron estas tecnologías, y por eso asimilamos con facilidad y disfrutamos de los nuevos avances hasta la fecha.
Mi mamá, por ejemplo, que creció en la década de los sesenta, acepta que le resulta casi imposible lidiar con la computadora y demás aparatos de la actualidad. Por supuesto, no es mi caso.
Somos cinéfilos y amantes de la televisión, probablemente más que cualquier otra generación, porque nos tocó crecer en medio de un boom de películas y programas hechos especialmente para niños y adolescentes: Volver al Futuro, Gremlins, Karate Kid, Cazafantasmas, Cuenta conmigo, Blanco y Negro, Alf (en México, Chiquilladas, Burbujas, el Tesoro del Saber), por citar sólo algunos ejemplos.
Se nos considera inmaduros, como bien dice Wikipedia, porque hoy por hoy nos reunimos para jugar videojuegos, somos los compradores número uno de gadgets, nos siguen gustando las caricaturas y una buena parte de nosotros le rehúye al compromiso de formar una familia (porque somos más conscientes de la responsabilidad que ello implica, hay que decirlo).
Sin embargo, no se dice que los que somos padres somos divertidos y juguetones como no lo fueron padres de generaciones anteriores, porque ya no tenemos deudas que compensar en nuestros hijos. Ya no hace falta que les digamos que nuestros padres eran severos y nos educaban bajo la premisa de que la letra con sangre entra. Frases como: “¡Yo hubiera querido que mi madre o mi padre hicieran esto por mí!” ya no caben en nuestro vocabulario. A nosotros nos tocaron padres “buena onda”, que nos educaron con libertad y cariño para evitar cometer los errores de sus antepasados, así que eso es lo que tratamos de reproducir en nuestros hijos.
Hoy por hoy estamos de moda. La música, las películas, las obsesiones de nuestros tiempos están de regreso, pero no porque seamos mejores, sino por la misma razón por la que la década de los sesenta estuvo tan presente en la década de los ochenta: muchos somos padres de los niños y adolescentes de hoy, y además somos una población económicamente activa.
Aún así, siempre hemos sido ampliamente criticados por nuestra aparente apatía, pero nadie nos puede negar que tuvimos personalidad propia en la juventud. Una personalidad fácilmente reconocible y que no se ha repetido en generaciones posteriores. Nuestra ropa, nuestra actitud, tan discutibles, tan extravagantes y quizá teñidas por el desencanto ante la falta de motivos por los cuales luchar, son únicas. Dejamos huella.
Yo me siento orgullosa de pertenecer a la generación X… ¿y tú?

sábado, agosto 22, 2009

Un meme con S, de Serrat

Hace tiempo que no escribo en este blog. Lo reconozco. Las musas a veces se van de vacaciones o se escurren de las manos cuando a nuestro alrededor los distractores de la vida cotidiana nos roban espacios.
Hay muchos temas que aún esperan en el tintero: Michael Jackson, la política mexicana, las redes sociales… pero mientras llegan decidí volver con una encomienda: un meme que me envío mi marido desde su blog La Buhardilla del Obseso.
Lo amo mucho, así que no pude resistirme a su petición.
Se trata de escoger a un artista de nuestra preferencia y responder preguntas con los títulos de sus canciones.
Yo escogí al maestro Joan Manuel Serrat, quien con sus temas ha musicalizado momentos importantes de mi vida y me hace abrigar siempre fantasías hermosas.
Se los dejo de tarea a todos los que quieran responderlo. Sólo les pido que, si lo hacen, dejen el link en los comentarios porque no quiero perdérmelo.

Artista: Joan Manuel Serrat.
¿Eres hombre o mujer?: Secreta mujer.
Descríbete: Soy lo prohibido.
Cómo te sientes: Señora.
Dónde vives actualmente: En nuestra casa.
Si pudiera ser otra persona: Qué sería de mí.
Forma de transporte favorita: Vagabundear.
Tus mejores amigos: Esos locos bajitos.
Tu color favorito es: Pueblo blanco.
¿Cómo está el clima?: Buenos tiempos.
Momento favorito del día: La hora del timbre.
Si tu vida fuera un programa de tele, cómo se llamaría: Utopía.
Qué es la vida para ti: El carrusel del furo.
Tu relación: No hago otra cosa que pensar en ti.
Buscando: Llegar a viejo.
No me importaría: La mala racha.
Tu miedo: Las malas compañías.
Cuál es el mejor consejo que puedes dar: Hoy puede ser un gran día.
Si pudieras cambiar tu nombre, ¿cuál sería?: Penélope.
Pensamiento del día: Es caprichoso el azar.
Cómo te gustaría morir: Si la muerte pisa mi huerto
Condición presente del alma: Fe de vida.
Mayor secreto: Llego con tres heridas
Mi lema: Entre un hola y un adiós.


miércoles, junio 03, 2009

Los estertores del periodismo en papel


Lo vieron venir y no midieron el efecto. Minimizaron el impacto. Creyeron que el nuevo medio se volvería un aliado más y cayó sobre ellos cual meteorito: sólido, contundente, implacable.
No se puede culpar del todo a periódicos y revistas, sin embargo. En sus inicios, internet parecía ser una valiosa herramienta para quienes transmitían noticias a través de la prensa escrita.
Aun así, algunos pesimistas se preocupaban por la que entonces parecía una remota posibilidad: que internet sustituyera a la prensa escrita en papel, incluso a los libros.
Pero cada que aparecía un suspicaz, era contrarrestado de inmediato por un grupo de románticos que afirmaban que los periódicos y la revistas nunca desaparecerían. ¿El argumento? Que la gente nunca cambiaría la comodidad de leer en papel por la “molestia” de hacerlo en la destellante pantalla de una computadora.
¿Pecaron los periódicos y las revistas por exceso de confianza?
No del todo. Finalmente, el periodismo escrito en papel llevaba varios siglos siendo el rey, desde la aparición de las hojas volante a finales del siglo XV, hasta el término del siglo XX.
En el camino, la prensa escrita había tenido que vérselas con otros competidores. Los más fuertes, sin duda, fueron la radio y televisión, que con sus noticias al minuto le robaban protagonismo.
Pero pronto, periódicos y revistas se dieron cuenta que los tres medios de comunicación podían complementarse. La inmediatez que ofrecían radio y televisión no podía competir con lo que los medios escritos ofrecían: profundidad en la investigación de las noticias y permanencia (es decir, el público podía guardar el material que considerara de su interés).
Por lo tanto, al paso del tiempo, la convivencia entre los tres medios fue armónica.
La llegada de internet
En 1988, con 18 años de edad, pisé por primera vez las oficinas de un periódico mexicano: El Nacional.
¿Mi labor? Corrección de estilo.
En aquel entonces, apenas habían arribado las primeras computadoras a la redacción del diario, y convivían tímidamente (en una zona de capturistas) con enormes máquinas de escribir, que eran las reinas absolutas del espacio y la herramienta esencial de trabajo de reporteros y editores.
Aún no había internet, se trataba de aquellas primeras computadoras de pantalla verde oscuro con brillantes letras verde claro.
Ni pensar, por supuesto, en correo electrónico o avances por el estilo. En la redacción aún había télex para recibir los cables con noticias internacionales y el periódico se formaba a la antigua: Se capturaba e imprimía la información en forma de columnas y después los formadores recortaban cada columna y la pegaban en una hoja que sería pasada por la prensa para ser copiada en la impresión de los diarios. Un proceso artesanal, pues.
Unos años después (cinco para ser exactos), dejé de trabajar en El Nacional para irme al Reforma, un diario vanguardista donde los formadores habían sido sustituidos por diseñadores gráficos y las máquinas de escribir habían desaparecido para dar paso a las computadoras.
Ya había internet, con todo y los primeros intentos de correo electrónico; pero los buscadores ofrecían solamente información en inglés y los periódicos aún no tenían ediciones electrónicas. Hasta entonces nadie veía a internet como un posible peligro para la prensa escrita en papel y sí como una valiosa herramienta de trabajo.
Para el inicio del siglo XXI, internet ya se había expandido. Los periódicos del mundo entero empezaron a lanzar sus ediciones electrónicas y todo parecía ir sobre ruedas.
Sin embargo, unos años después, con el crecimiento implacable de Google y la posibilidad que ofrecía a los lectores de obtener información al segundo sobre el tema que quisiera, en su propio idioma (o en otros, si lo requería) y con gran cantidad de fotos, así como la llegada del “periodismo civil”, representado en la infinidad de blogs que hicieron su arribo, los periódicos empezaron a cuestionarse sobre su permanencia ante la competencia feroz de internet.
Entonces, sólo hasta entonces, se empezaron a hacer cambios. En algunos casos cambios abruptos, rediseños forzados por la desesperación, tratando de deshacer el nudo gordiano hasta dar con la clave que permitiera a los medios escritos en papel competir con el medio electrónico, ser rentables, recuperar a los muchos lectores perdidos entre los buscadores de internet.
Me tocó en alguna ocasión estar en una interesante conferencia dictada por uno de los colaboradores en el rediseño del Miami Herald (entre otros periódicos del mundo).
Él sugería, por ejemplo, la necesidad de incluir en los periódicos un par de páginas que, guardando las proporciones, ofrecieran lo que un buscador de internet: pequeños resúmenes de información variada, con foto en algunos casos, para que el lector pudiera seleccionar qué información quería leer más a profundidad, y si no tenía tiempo de una lectura extensa, quedara satisfecha su necesidad de información con sólo estas dos páginas.
Fórmulas como éstas me tocó a escuchar a menudo en mi paso por los grandes diarios de México, y sin embargo, el futuro alcanzó al periodismo en papel de la peor manera.
En Estados Unidos diarios y revistas de gran renombre están cerrando sus puertas o en una crisis severa, como ya lo reseñó el magnífico reportaje publicado hace algunas semanas en el periódico español El País.
¿Por qué primero en Estados Unidos? Pues porque ahí es donde hay más computadoras per cápita. Esto no quiere decir que a los demás periódicos del mundo no les sucederá lo mismo. La diferencia en los tiempos no evitará el arrase inminente. Mientras más popular se vuelva el uso de computadoras con internet en el mundo, más peligrarán los periódicos y revistas.
¿Con qué herramientas pueden competir estos medios contra internet, que en cuestión de minutos ofrece al público (entre muchas otras cosas) la información de 10, 15, 20 distintos periódicos y revistas del mundo entero?
Me decía un amigo periodista y lector: ¿Para qué esperar al repartidor del periódico que compraba (que por cierto siempre se atrasa) si puedo tener a mi disposición todos los periódicos que yo quiera en cuestión de segundos?
Digo yo: ¿Para qué tener a la mano la línea editorial de un solo periódico, cuando se puede leer la de muchos en sólo una hora para darse una idea más plural de la información que se está ofreciendo?
En el citado reportaje de El País, periodistas que defienden la teoría de que los periódicos están en crisis pero no desaparecerán, le apuestan a que tarde o temprano la gente se cansará de internet. Sin embargo, me parece consuelo de tontos, es casi tanto como decir que la gente se cansará algún día del cine o de la televisión.
¿Qué pasará entonces con nosotros, los muchos periodistas que crecimos en las redacciones de los periódicos? Eso es lo que aún está por verse.
Lo cierto es que para alguien como yo, que durante 20 años tuve como segunda casa las redacciones de los diarios, este proceso duele y duele mucho. Duele imaginar el cierre de redacciones, con sus enloquecedores sonidos de teléfono a toda hora, sus reporteros y editores de café en mano, sus diseñadores, su locura de las seis (previa al cierre), sus emociones en días de cobertura especial, su bohemia.
Ojalá que el cierre de periódicos pare, que algo suceda que detenga esta tendencia. Pero hay que reconocer que, hoy por hoy, lo único que nos queda es la esperanza.

domingo, mayo 03, 2009

Influenza, cuando la tristeza cayó sobre la ciudad




“Lo resaltaba ayer el embajador de España en México, Carmelo Angulo: ‘Me ha impactado el sosiego de la gente. El talante respetuoso, ordenado y cívico de la población’. Un ejemplo para todos. También, cómo no, para sus gobernantes”.
Diario El País

La ciudad está triste. Acostumbrada a que la recorran miles, millones de pies cada día, al sonido de los cláxones y las sirenas, y al barullo nervioso de una multitud de voces, no acaba de habituarse al silencio de estos días.
¿Influenza? Ella no entiende bien a bien qué es eso. Lo que sabe es que su sol brilla en todo lo alto, el aire está inusualmente limpio, y no hay gente en la calle.
El rumor alegre de los niños que se había vuelto habitual en esta primavera, ha desaparecido. No se escucha por la mañana, pues las clases se han suspendido, y tampoco por las tardes (cuando los pequeños se congregaban a jugar en los distintos parques) porque los padres los tienen recluidos en sus casas. El silencio se torna doloroso ante su ausencia.
Parece increíble. Apenas hace dos semanas, los habitantes de la Ciudad de México nos quejábamos, como lo hacemos siempre, de la prisa, del ruido, de la contaminación, de las extenuantes horas de trabajo que muchas veces nos impiden una mejor convivencia con nuestros amigos, vecinos y familiares.
Hoy extrañamos todo aquello, como si hubiéramos perdido un tesoro muy preciado.
Hemos empezado a añorar las cosas más extrañas. Por ejemplo, un viaje en el usualmente caótico Metro de la Ciudad de México, pero sin cubrebocas, sin mirar a los ojos del de al lado con el temor de que sea el posible portador de la influenza, sin tener que salir corriendo de ahí a vaciarnos un frasco entero de gel antibacterial para prevenir posibles contagios.
También extrañamos una ida al supermercado cotidiana. De aquellas que nos permiten comprar con calma, sin prisas, sin pánicos. Un paseo en el que sepamos que podemos encontrar todos los productos que buscamos y no como ahora, que nos tenemos que topar con anaqueles vacíos de cloro, jabón, alcohol, y todo aquello que sirve para luchar contra el contagio del virus.
Estoy segura que para cualquiera de nosotros sería un placer de dioses poder salir a comer a un restaurante, ir de compras a las tiendas, y no ver todo como ahora: vacío, triste.
Los chilangos queremos dormir con sueño y comer con hambre, después de horas de actividad constante, porque en estos momentos no podemos gastar la energía suficiente a lo largo del día y hemos empezado a batallar con el insomnio y la inapetencia.
Deseamos con el alma despertar sin miedo, estornudar, toser o sentir un dolor de músculo sin pensar que en unos minutos más tendremos que correr al hospital para salvar nuestras vidas.
Pero por sobre todas las cosas, deseamos el rumor alegre de nuestra ciudad.
Yo incluso extraño cosas que antes me molestaban sobremanera: los vendedores de puerta en puerta, los cláxones sonando histéricos en la avenida en la que vivo, la prisa constante de la gente, las calles repletas de peatones y automovilistas.
Queremos a nuestra ciudad de vuelta; tan caótica y adorable como ha sido siempre.
¿Alguna vez la recuperaremos?

sábado, mayo 02, 2009

Influenza, la venganza contra los chilangos


Chilangos: Dícese de quienes nacieron o radican en la Ciudad de México. La connotación de esta palabra suele tener un tono peyorativo cuando es utilizada por los mexicanos que no viven en la capital del país.


Los chilangos somos la raza maldita. Se nos odia y se nos desprecia en todo México. Dicen que somos sabelotodo, soberbios, prepotentes, sucios, egoístas y se nos acusa de despreciar a todo aquel mexicano que no es uno de nosotros.
La idea generalizada es que los chilangos sentimos que tenemos poder divino y facultad de maltratar a los demás, tan sólo por vivir en la capital, donde se concentran los poderes de gobierno de la República mexicana.
A quienes piensan así no les falta razón, hay que decirlo. Los chilangos viajamos constantemente por todo México y muchos de nosotros, al salir de nuestro territorio, acostumbramos mostrar lo peor de nosotros mismos.
Presumimos de tener mejor educación y cultura que los demás mexicanos, y sin embargo, somos groseros, hacemos menos a los demás y exigimos tratos especiales, como si mereciéramos tenerlos.
Por eso, aquellos que, como yo, procuramos tratar con respeto a todos los mexicanos, sin importar de dónde vengan, preferimos guardar silencio cuando notamos el odio justificado contra nosotros, los chilangos. No es cómodo ser los justos que pagamos por los pecadores, pero de alguna manera entendemos lo que se dice de los habitantes de nuestra ciudad, sobre todo cuando (como yo) hemos sido testigos del comportamiento deplorable de otros nativos de la capital mexicana.
Apena, eso sí, que como sucede en todas las generalizaciones, en la del odio hacia los chilangos no se reconozcan las virtudes de la gente de la Ciudad de México.
Porque hay que decir también que entre los habitantes de la capital mexicana jamás se acuñaría una frase como la que se creó en Jalisco: “Haz patria, mata un chilango”.
A nosotros se nos puede criticar por todo, pero jamás por alimentar de esa forma el odio racial.
De hecho, la Ciudad de México es una amalgama de gente de todos los estados de la República. En suelo chilango se recibe a todos los nuevos habitantes con respeto y no se mide a nadie por el lugar del que provenga.
Además, los chilangos siempre tenemos una gran capacidad de organización y respuesta cuando sabemos que los hermanos de otros estados de la República fueron víctimas de alguna desgracia.
Para nadie es secreto que ante las inundaciones, explosiones y otros desastres que han ocurrido en México, los chilangos respondemos siempre enviando ropa, medicinas y víveres y, de ser posible, acudiendo personalmente al lugar del desastre con el fin de ayudar.
Por eso duele que ahora que el virus de la influenza humana (antes porcina) decidió hacer su aparición en la Ciudad de México (antes que en ningún punto del planeta), haya quien vea la situación como el justo castigo contra los soberbios y prepotentes chilangos.
Ya lo dijo un influyente periodista mexicano (chilango, por cierto) en su columna del domingo pasado: “Ahora sí, nos pusieron un espejo. Nosotros que nos sentimos superiores al resto del país, sofisticados, maduros, sabelotodo, educados como nadie y depositarios por mandato de quién sabe quién para prender el faro que debe seguir la nación, estamos sumidos en la sensación de vulnerabilidad, inermes, asustados, apanicados por un maldito puerco que generó la influenza que ¡nos está matando a todos! ¿Un puerco? Sí, un puerco”.
Por supuesto, voces irresponsables como ésta funcionan como combustible para avivar los odios raciales que ya habían germinado hace tiempo entre los mexicanos. Muestra de ello es lo que sucedió ayer (jueves 30 de abril) en el puerto de Acapulco: nativos del lugar decidieron recibir a pedradas a los automovilistas que venían en coches con placas de la Ciudad de México. ¿El pretexto? Que estaban cuidado a su ciudad del contagio por el virus de la influenza humana. ¿La realidad que todos sabemos pero callamos? Se están aprovechando del momento para tomar venganza contra los chilangos.
Y no podemos estar así. No es civilizada esta actitud, vaya.
Pero menos aún se justifica que se diga que esta epidemia de influenza humana es el justo castigo contra los chilangos por nuestras ideas políticas.
Dice el citado periodista mexicano: “Esta ciudad-capital, orgullosamente beligerante, que arrasó con el gobierno de Miguel de la Madrid en 1985 cuando por 72 horas se encargó la sociedad de las tareas de rescate de las víctimas del terremoto y que tres años después le cobró la factura rompiendo el monopolio del PRI en las elecciones federales y 12 más adelante le entregó al PRD la conducción de su vida política, regresó como ratita asustada al cobijo del gobierno federal. Y panista para colmo.
“El gobierno de Felipe Calderón, odiado por millones de capitalinos, entró a su rescate (…) ¿En qué quedó el rechazo al gobierno espurio?”

¿De verdad piensan aprovechar la emergencia sanitaria para echarnos en cara haber acusado de fraude electoral a Felipe Calderón?
¿De verdad pretenden que creamos que el gobierno de este señor ha sido heroico, por avisar que había un brote de influenza meses después de que se conocieron los primeros casos?
¿De verdad pretenden que dejemos de llamarle espurio a quien se ostenta como presidente de México?
No, señores, no. Yo como chilanga (escéptica y de izquierda) me niego a aceptar que se tomen estas posturas.
El virus de la influenza humana no es un castigo divino para nadie. Es un evento, algo que ocurre sin que los seres humanos lo esperemos y pudo haber hecho su arribo en cualquier parte del mundo. Le tocó a la Ciudad de México, eso es todo.
Aquí no hay héroes ni villanos. Hay una situación de emergencia en la que se requiere actuar, pero en la que no debemos permitir que se obtengan botines políticos o sociales.
Como nativa de la Ciudad de México espero que en todos quepa la cordura. Si no, habrá que buscarla.


lunes, abril 27, 2009

Influenza, el ataque de la sinrazón


Hace 24 años, la Ciudad de México, mi cuna y mi gran amor, me enseñó la importancia de no perder la calma en medio de una crisis.
Era 19 de septiembre de 1985 cuando un terremoto de 8.1 grados en la escala de Richter azotó la capital mexicana con tal furia que echó abajo edificios y acabó con la vida de miles de personas.
A mí me tocó vivir la experiencia a sólo unas cuadras del Nuevo León, un edificio que se vino abajo con muchas personas adentro. Pero además, toda mi familia vivió la tragedia en zonas que quedaron devastadas: A mi madre y a mi hermano les tocó presenciar la caída de un edificio; mi padre tenía su negocio en una zona rodeada por un hotel, una oficina de gobierno y una escuela que se derrumbaron. Mi abuela estaba a unos pasos de Izazaga, una de las calles que se vio más afectada por el desastre.
Tan sólo unas horas después del terremoto, yo sentía un terror difícil de describir. No quería separarme ni un segundo de mi familia, consciente, como estaba, de que estuve a punto de perderla.
Sin embargo, al día siguiente, salí un rato a la calle a convivir con mis amigos (animada por mi madre que quería que me distrajera) y fue ahí donde me tocó el segundo temblor. No recuerdo mucho de lo que sucedió alrededor pero nunca olvidaré mi reacción: empecé a gritar, primero suavemente y después con furia, hasta llegar a un punto en el que me era imposible escucharme a mí misma. Me había dado un ataque de histeria como nunca he vuelto a tener otro en mi vida.
Entonces, de la nada, apareció ante mí un paramédico. No recuerdo su rostro, pero sí que trató de tranquilizarme primero con palabras y finalmente con una bofetada que me trajo de regreso a la realidad. Ese paramédico iba en camino a uno de los edificios colapsados para rescatar a las víctimas, gente que de verdad estaba sufriendo una tragedia y no como yo, que lo único que tenía era un miedo irracional. Me sentí avergonzada, ridícula, por haberle quitado valiosos segundos a una persona que estaba ocupándose y no sólo preocupándose por el desastre.
Al día siguiente, en silencio, con un carrito de supermercado al que yo le había puesto algunos víveres, me salí a la calle, a recolectar alimentos y medicinas para ayudar. Ayudar y no estorbar es lo que decidí hacer entonces y en cualquier crisis venidera.


26 de abril de 2009. Ciudad de México


En medio de un cielo azul, el sol brilla en todo su esplendor y cae a plomo sobre las eternas venas de pavimento de esta gran metrópoli. En otro tiempo, este es el tipo de días en que la gente sale a la calle con ropa ligera y una gran sonrisa, animada por el buen clima.
Hoy no es así. La tristeza vaga por ahí, junto con el airecillo tibio que alborota los árboles. Las familias salen a la calle sólo a lo esencial y en todos los rostros, cubiertos en su mayoría por tapabocas, se pueden observar miradas temerosas, tristes, preocupadas.
No se nos puede culpar. Hay un brote de influenza porcina que obligó a las autoridades a suspender las clases en todas las escuelas de la capital mexicana, del vecino Estado de México y de San Luis Potosí, y este hecho sin precedentes habla por sí mismo: los “chilangos” sabemos, sin que nos lo repitan, que estamos en medio de una emergencia sanitaria.
Hace casi 100 años, en 1918, la influenza española que atacó al mundo entero también hizo su arribo a México. En mi familia el hecho se recuerda especialmente, porque mi abuelo paterno perdió a su primera esposa y dos hijos en las garras de esta epidemia que mató a millones en el mundo.
Muchos de los habitantes del DF no conocen este dato, pero tampoco necesitan saberlo para alarmarse. Para eso está la televisión, los periódicos, los medios de información todos, que como suele pasar, han sacado jugo de este asunto: Cada segundo los comentaristas vociferan al respecto, hablan de “muerte”, “crisis”, “epidemia” con una soltura e insistencia que, inevitablemente, inocula miedo.
La tecnología tampoco ayuda. En las redes sociales, los “chilangos” (habitantes del Distrito Federal), tan dados como somos a la risa fácil, hacíamos bromas el viernes sobre la famosa influenza. Hoy la cosa es distinta. Estamos, por un lado, los que criticamos la histeria colectiva que se ha generado alrededor de esta enfermedad, y hay quienes pretenden que seamos “responsables” y tomemos las cosas con más preocupación y menos crítica. Las posiciones se polarizan.
Como sucede en todas las crisis, la información de hace 10 minutos de contradice con la que se está generando en este momento, ya no sólo en México, sino en el mundo entero, porque los brotes de influenza han empezado a reproducirse en otros países. He leído, por ejemplo, periódicos españoles que dicen que entre los síntomas de esta enfermedad se incluye, nauseas, mareo, diarrea y vómito. Sin embargo, en México, las autoridades de salud lo han repetido varias veces en los últimos días: los síntomas de la enfermedad son fiebre muy alta, dolor de cabeza intenso, dolores musculares, cansancio, escurrimiento nasal y tos. ¿Quién tiene la razón?
Pero es aquí que la histeria no nos deja llegar a conclusiones sensatas, escuchar con reservas las noticias para después obtener una opinión propia: En las primeras horas en que los mexicanos fuimos alertados de la presencia de la enfermedad en nuestra capital, se dijo que sólo los enfermos necesitaban usar cubrebocas, y sin embargo, éstos se han vuelto la prenda de moda en la Ciudad de México y están agotados en todas las farmacias, por lo que si un enfermo llega a necesitar uno y no pudo conseguirlo a tiempo, se va a convertir en un foco de infección real.
También se ha pedido a toda la población que no acuda a los centros de salud a menos que tenga síntomas asociados con la influenza, y sin embargo, la gente hace largas filas afuera de los hospitales, impidiendo la atención inmediata de quienes sí están enfermos; se ha indicado que no consumamos medicamentos a menos que estemos enfermos (y después de consultar al médico) y sin embargo, las farmacias han agotado sus reservas de medicinas contra la influenza.
La histeria colectiva nos está ganando.
Llevamos tres días de que se anunció oficialmente el brote de influenza en la Ciudad de México y muchos ya estamos agotados. A mí se me quitaron las ganas de salir a la calle, de comentar lo que está sucediendo y de abrir la puerta de mi casa, no por el miedo a la enfermedad sino porque me doy cuenta que a mucha gente no le sirvió la lección que recibimos en 1985 en cuanto a la manera de afrontar una crisis. Llamar a la calma y a la sensatez es inútil. Parece que mucha gente siente un placer malsano ante esta situación por su parecido con los escenarios apocalípticos de las películas de Hollywood.
¿Que si yo no tengo miedo de que la influenza me enferme o enferme a alguno de mis seres queridos, especialmente a mis hijos? Por supuesto que lo tengo, como todos. Pero no me pienso comprar un medicamento o hacer cita con el médico cuando sé que puede haber un enfermo que esté necesitando esos productos o esos espacios.
Ayudar y no estorbar, sigue siendo mi consigna.

lunes, abril 20, 2009

Símbolos patrios mexicanos: No tocar

Cada vez que México extiende una queja internacional por el uso indebido de sus símbolos patrios, me ha tocado leer a periodistas del mundo sorprendidos por el exceso de sensibilidad que muestra mi país ante estos temas.
El más reciente caso se dio el 14 de abril pasado, cuando el embajador de México en España, Jorge Zermeño Infante, envió una carta al director de Burger King en aquel país para quejarse por el uso indebido de la bandera mexicana en el anuncio de una nueva hamburguesa de esta cadena de restaurantes.
En el citado anuncio aparece un hombre alto, rubio, vestido de vaquero al lado de un hombre visiblemente más pequeño, moreno, con una máscara de luchador y un sarape con los colores y el escudo de la bandera mexicana.


En un primer momento, se creyó que la queja de Zermeño tenía que ver con un mal entendido orgullo de los mexicanos que pensaban que el hombre pequeño y moreno era un cliché sobre ellos mismos.
Sin embargo, Zermeño había aclarado en su misiva que la queja no tenía que ver con el mexicano que aparece en el anuncio, sino con el uso de la bandera:
"El aprecio y respeto por nuestra bandera es tal que en México existen normas legales claras que establecen el buen uso que se debe dar a nuestros símbolos patrios".
El antecedente más inmediato de este problema ocurrió hace dos años, cuando Paulina Rubio apareció en la portada de la edición española de la Revista Cosmopólitan cubriendo su cuerpo desnudo con la bandera tricolor, lo cual provocó un escándalo que obligó a la cantante mexicana a pedir disculpas públicas.
En aquel entonces, el blog Enigmas press mencionó al respecto: “Aquí en Venezuela la cosa es un poco diferente. La mujeres utilizan la bandera de sostén y de pantaletas. Los hombres de interiores. La ponen al revés. Le quitan una estrella. La hemos visto quemándola”.
Y sí, no sólo en Venezuela sucede. En general, en el mundo entero es práctica común usar las banderas en casi cualquier tipo de situación sin que los distintos gobiernos se quejen por ello.

¿Por qué entonces los mexicanos somos tan delicados hacia nuestros símbolos patrios?
Sin afán de justificar la actitud de mi país, me puse a reflexionar en busca de una respuesta más o menos coherente del porqué los mexicanos nos mostramos tan sensibles con el uso de nuestra bandera.
Como bien dijo Zermeño en su carta a Burger King, en México existen reglas legales que establecen que cuando se usa la bandera mexicana (así como su escudo y el himno nacional) ésta no debe presentar alteraciones, y debe dársele un trato respetuoso.
Se pueden usar los colores verde, blanco y rojo en la ropa, sí. Pero nunca la bandera completa, con todo y escudo.
El fondo del problema, sin embargo, es el mal entendido nacionalismo con el que nos educan a los mexicanos.
No nos dicen que debemos exigir mejores condiciones de vida a nuestros gobiernos. Tampoco nos educan para defendernos de los villanos que tenemos en casa ni de la corrupción, la inseguridad, el fraude o la desigualdad. Sin embargo, nos pasamos la infancia escuchando que nuestra bandera, nuestro escudo y nuestro himno nacionales son intocables, los símbolos que nos unifican como pueblo y nos dan identidad en el mundo entero.
En México, año con año, los niños de nivel primaria participan en concursos de cuento y leyenda sobre los símbolos patrios, y hay un día dedicado a la bandera (el 24 de febrero), en el que usualmente se nos recuerda su historia y su significado.
Crecemos también oyendo la historia de los Niños Héroes, seis jóvenes militares que lucharon contra el ejército estadounidense, uno de los cuales (Juan Escutia) se lanzó al vacío desde el punto más alto del Castillo de Chapultepec envuelto en la bandera mexicana, para impedir que los invasores hicieran suyo el lábaro. De niños, es lógico que esta historia nos deje conmocionados y con la moraleja de que se debe pelear con uñas y dientes por la defensa de nuestros símbolos patrios.
Y así es, los mexicanos saltamos ante el menor intento de que se dé un mal uso a nuestra bandera, nuestro himno o nuestro escudo, más por el condicionamiento mental que traemos desde la infancia que por una verdadera conciencia.
No nos importa en cambio, que se burlen en el extranjero de nuestros políticos o cualquier tipo de personalidad pública mexicana, como sucedió en el capítulo de South Park en donde se exhibe a Felipe Calderón, el sujeto que hoy por hoy se ostenta como presidente de México.

Y de hecho, a mí me parece lo más saludable que no nos importe. ¿Por qué tendríamos que defenderlos?

Si acaso, la queja debería estar encaminada a criticar la gran desinformación que existe en casos como éste (porque habría que explicarles a los creadores de esta serie animada que los parques acuáticos no fueron una decisión del fulano de quien decidieron hacer una sátira sino del gobierno de la Ciudad de México).

Pero no hay quejas, aquí no se dice nada. La bandera aparece pero no en una situación comprometedora, así que para qué decir algo.
¿Que la actitud de los mexicanos es incongruente? Se lo dejo al criterio de cada quien.

sábado, abril 18, 2009

Un meme de mamá


Este meme me lo encargó mi querida Vania hace unos días.
Ella lo respondió en su blog Cápsula del Tiempo tras conocer el dato de una bloggera canadiense (Catherine Connors), quien tuvo la iniciativa de lanzar un meme con la siguiente pregunta: "5 cosas que te encantan de ser mamá". La idea de Catherine, explica Vania en el maravilloso texto que escribió como resultado, “es juntar diferentes versiones y visiones de mamás de diferentes países del mundo sobre este tema”.
Yo, declarada admiradora de la pluma de Vania, quien es capaz de condensar en unas líneas el sentir cotidiano de las mujeres contemporáneas, decidí cumplir con entusiasmo su encargo de responder a este meme.
Pero ¿qué creen? Justo las vacaciones de mis hijos y las múltiples cosas en que me veo inmersa cuando los tengo en casa me habían impedido sentarme en la máquina y tratar de concentrar la atención más allá de unos minutos.
En fin, como dice el dicho, no hay plazo que no se cumpla, así que aquí les va mi listado.

Cinco cosas que me gustan de ser mamá:
1) Ser mamá me ha obligado a retarme a mí misma en más de una ocasión. Por ejemplo, cuando era adolescente mi mamá decretó, no sin un dejo de tristeza en la voz: “Hija, no eres buena para las manualidades. Heredaste la torpeza de tu abuelita”. Y yo lo acepté, como quien acepta cualquier mal sino que le haya tocado en la vida.
Sin embargo, gracias a mis hijos comprobé que el decreto de mi mamá era una percepción de ella. Desde que entraron a la escuela he aprendido a hacer una lapicera decorada con estampitas, disfraces para todo tipo de ocasión; bastones, pulseras y otros accesorios que los “creativos” profesores de mis hijos solicitan para los festivales escolares, y toda clase de adornos para el Día de Muertos y Navidad.
No siempre el resultado es tan bueno como yo esperaría, claro, pero nadie puede culparme de no haber intentado superarme por amor a mis retoños.
Todavía no le entro a la carpintería, herrería y trabajos que requieran conocimientos sobre electricidad… pero estoy segura que no falta mucho para que me vea obligada a hacerlo.

2) Estoy repasando con entusiasmo cada uno de mis años escolares. Quién lo diría. Yo, que siempre renegué de las tareas y las clases y que de buena gana hubiera hecho arder en una fogata mis libros de escuela en más de una ocasión, ahora estoy repasando la primaria y a punto de entrar a la secundaria nuevamente, y lo mejor de todo es que lo estoy disfrutando y aprendiendo cosas nuevas.
Además, me emociono con los eventos de cada día en la escuela de mis hijos: “Que si fulano ya le contestó a la maestra”, “que si mengano le pegó un chicle a la falda de zutana”, “que si perengano y mengana son novios”.
Por suerte, todavía no me llega la nostalgia al punto de querer ser niña nuevamente. Ser mamá no me ha hecho olvidar que este periodo, por más que todos digan que es uno de los más bellos de la vida, también tiene su lado B.

3) Estoy “in” gracias a mis hijos. La verdad estoy segura que si no fuera por mis retoños tendría pocas oportunidades de estar al tanto de absolutamente todo lo que les gusta a los niños y jóvenes en la actualidad.
En cambio, hoy por hoy estoy segura que podría sostener una amena charla con un grupo de niños o adolescentes acerca de los últimos capítulos de Bob Esponja, los atractivos de la película Dragon Ball, los videojuegos más llamativos, el juguete que todos quieren, la música más “chida” y los últimos códigos que se han inventado para mandar mensajes por celular o vía Messenger.
Lo que me preocupa a veces es que cuando trato de platicar con gente de mi edad, sobre todo aquella que libremente decidió no tener hijos, resulta que estoy tan “in” que no logró hacerme entender por los adultos. Pero todos me tienen paciencia.

4) Me siento la mujer más hermosa del mundo. No sé hasta qué punto este sea un sentimiento exclusivo de las mamás que sólo tenemos hijos varones, pero puedo decir que los mejores piropos (los más honestos) que he recibido a lo largo de mi vida son de mis hijos.
A veces, cuando menos me lo espero, me dejan el corazón pequeñito con un “¡Qué hermosa te ves, mami!” o “¡Qué bien huele tu pelo!”.
Por supuesto, son tan honestos que en más de una ocasión me han hecho correr al baño cuando me preguntan “¿Por qué te peinaste de esa manera tan rara?”, “ese vestido no está muy bonito ¿no?”.
Pero bueno, al menos sé que ellos son mi mejor espejo.

5) Han conseguido que me enamoré más de mi marido. Cada día, cuando veo a mis hijos, me emociona darme cuenta de todo lo que tienen (heredado o aprendido) de mi esposo. Y no me refiero sólo a las cosas buenas.
Me gusta, sí, ver los rasgos de mi marido en las caritas y los cuerpos de mis hijos. O ver virtudes como la bondad y la empatía de mi marido hacia los demás, repetidas en mis retoños.
Pero también me río mucho cuando veo que se enojan como él, que tienen sus mismas manías y que les molestan las mismas cosas que a su papá.

En fin, éstas son sólo cinco cosas que me gustan de ser mamá. Confieso que me costó un poco de trabajo llegar a estas conclusiones, porque a veces uno no se da cuenta de ellas por lo vertiginoso que resultan los días cuando uno está criando a un par de hijos.
Sin embargo, momentos de reflexión como éste son los que nos permiten darnos cuenta que no es un decir: ser mamá es un gran privilegio.

Ojalá este meme lo puedan contestar más mamás. Especialmente Angie, que sé que es una súper mamá.

domingo, abril 12, 2009

¿Se debe teorizar la seducción?

Hace unos meses, Discovery Channel anunció con bombo y platillo un programa sobre “el arte de la seducción”, el cual pretendía aclarar el porqué algunas personas resultan más atractivas que otras y cómo intervienen cuestiones visuales, físicas y químicas en aquello que conocemos, simplemente, como sensualidad.
Esperé durante semanas la emisión, que duraría dos horas, según el anuncio. Sin embargo, no pude verla completa, porque a poco más de la mitad del programa concluí que hay cosas que simplemente no pueden explicarse de manera científica sin caer en teorías sin sentido.
Me pareció que las explicaciones aportadas por los distintos científicos que consultó Discovery Channel parecían más destinadas a profundizar la discriminación ya de por sí existente en la humanidad que a arrojar luz sobre asuntos que no nos quedan del todo claro.
El programa arrancó bien. Empezó por decir que el atractivo de una persona residía, en primera instancia, en el rostro.
Varios voluntarios participaron en distintos estudios cuya conclusión fue que mientras más simétrico resulta un rostro, femenino o masculino, más atractivo se vuelve a los ojos de los demás.



También se dijo que un elemento importante del atractivo de una persona era la voz. Aquí empecé a tener problemas con este asunto. Según los estudiosos, a las mujeres nos gustan los tonos de voz grave en los hombres, lo cual, acepto, es una realidad; aunque me parece que no porque un hombre carezca de una voz de trueno necesariamente resulta menos atractivo.
Sin embargo, mi verdadero desacuerdo inició cuando en el programa se aseguró que los hombres consideran a una mujer más atractiva mientras más agudo es el tono de su voz. Tras diversos experimentos, presentados en la emisión, los científicos concluyeron que una voz femenina aguda es percibida por los hombres como síntoma de juventud y buena salud. La cosa es que a lo largo de mi vida he escuchado a muchos hombres quejarse de las voces chillonas de algunas mujeres.
Claro, mientras veía el programa, y para no desilusionarme a la primera, me dije que tal vez yo tenía la idea de que la voz aguda de las mujeres no resultaba tan atractiva como se decía porque mi voz es profunda y grave. Pensé: a mí muchos me han dicho que sueno sensual, pero quizá me decían eso como un acto de simple cortesía, porque tampoco me van a decir que sueno como camionero borracho, ¿no es así?
Después, en la emisión se habló de la importancia de un cuerpo estético, de una piel que luzca saludable y hasta de un modo de caminar seguro, que, según los científicos, resultan atractivos porque son indicativos con los que las hembras le decimos a los machos: “estoy lista para procrear”, mientras los machos nos mandan el mensaje de “seré un buen proveedor y sacaré adelante a la familia”.
Ustedes perdonarán, pero llegado este punto yo me sentí verdaderamente incómoda con el programa de Discovery. Mientras escuchaba todos los “fundamentos científicos” con los que se pretendía demostrar que el atractivo reside en la capacidad femenina de procrear y la masculina de proveer, sentí que habíamos retrocedido mil años en los avances sociales que ha tenido la humanidad.
¿Qué pasa con las personas que conscientemente no quieren tener hijos?, me pregunté. ¿Acaso el instinto de todos modos los lleva a fijar su atención en aquellos que están listos para procrear-proveer?
Más aún: ¿Qué pasa con mujeres como Victoria Beckham, tan delgada como una varita, cuyo cuerpo no tiene esas caderas voluptuosas que indiquen que traerá al mundo una prole saludable y, sin embargo, se consiguió a uno de los hombres más guapos del mundo?

¿De verdad la cuestión del atractivo reside en un instinto tan animal?
Mi molestia subió de tono un poco más adelante, ante un experimento con el que los estudiosos del tema pretendían explicar el mecanismo de la seducción.
Para empezar, se eligió a 10 hombres y 10 mujeres a los cuales se les vistió, según el programa, de manera “neutral”, aunque esto se refiriera a un overol ajustado al cuerpo que, de entrada, dejaba entrever quién tenía una silueta mejor formada.
A cada hombre y a cada mujer se le dotó con un número, que indicaba el atractivo que tenía. (Si esto no se llama discriminación, no entiendo qué). El uno, era el menos agraciado; el 10, el más guapo.
A hombres y mujeres los acomodaron en filas paralelas de acuerdo a su grado de fealdad. Todos sabían dónde estaban los guapos y dónde los feos.
En un determinado momento, a todos se les hizo caminar por un salón y elegir “libremente” a quien les resultara más atractivo.
¿Qué creen que pasó? ¿Acaso el "feíto" andaba de suerte y ese día se consiguió a las mujeres más suculentas?
Pues claro que no, los guapos se fueron con los guapos, los “feos” hicieron su intento con los guapos y al final, cuando los menos agraciados se dieron cuenta de su mala suerte para ligarse a “los más populares”, acabaron aceptando, por eliminación, a los otros menos agraciados.
¿Cómo puede uno creer en la veracidad de un experimento que inicia con tal cantidad de prejuicios sobre los sujetos de estudio?
Pero el verdadero colmo, para mí, llegó cuando el programa decidió enfocarse en el que “verdaderamente es el atractivo más importante del hombre”.
Sí, sí, puede tener una voz divina, un cuerpo de Adonis, una piel saludable y un rostro simétrico, pero si no da muestras de que tiene la cartera repleta y un coche que señale su capacidad económica, no tendrá “pegue” ni en un millón de años.
“¿Qué, qué?”, me dije.
Para acabarla, ilustraron esta parte del programa con un fulano horrible, con cara de pandillero, que se había conseguido a una mujer muy suculenta pero terriblemente vulgar, tan sólo por su enorme camioneta que demostraba cuán macho era.
Ya en este punto, y medio segundo antes de apagar la tele, llegué a la conclusión de que generalizar es el peor de los defectos de la humanidad.
En gustos se rompen géneros, dice el dicho. Habrá a quien le gusten los hombres de voz aguda, las mujeres de voz grave, los sujetos clase media pero inteligentes y los niños ricos tontos.
En la variedad está el gusto, no cabe duda, y como diría mi abuelita, “siempre hay un roto para un descosido y una media sucia para un pie podrido”.
Por eso, la seducción mejor vivirla que teorizarla ¿no creen?

martes, febrero 10, 2009

San Valentín en crisis


“Cuando el dinero sale por la puerta, el amor salta por la ventana”, dice el dicho.
Y sí, aceptémoslo. Es difícil tener detalles, organizar una cena en el restaurante de moda, ir a bailar o reservar en un hotel cuando el dinero sólo alcanza para vivir al día. Y eso es lo que pasa generalmente en una época como ésta, una época de crisis económica para el mundo entero, y justo cuando tenemos encima el dichoso Día del Amor y la Amistad, mejor conocido como Día de San Valentín.
Aunque, como todo, la crisis puede tener su lado positivo. Porque ¿quién quiere ir al restaurante de moda a esperar tres horas a que le asignen una mesa, si es que la encuentran, porque todo está inundado de enamorados?, o ¿quién quiere ir a hacer un tour por los atiborrados hoteles de la ciudad para tratar de reservar una habitación junto con cientos de parejas que tuvieron la misma idea? Y justamente esto es lo que sucede cada Día de San Valentín en épocas de bonanza económica.
Por eso siempre hay que buscar el lado optimista de las cosas. La crisis económica es una buena oportunidad para ser creativos y regalar a nuestra pareja cosas simbólicas, cargadas de amor y sensualidad y gastando el mínimo dinero posible.
Y como yo ya soy una experta en el “hágalo usted mismo y con poco dinero”, decidí elaborar para todos ustedes un regalito: una lista de tips de cosas divertidas con que pueden agasajar a sus parejas en este 14 de febrero.

1) Una serenata. Evidentemente, contratar a un mariachi o a un trío de cantantes para que le acaricien el oído a nuestro amado (o nuestra amada) resulta prohibitivo para nuestros bolsillos; pero siempre se puede aprender a sacarle unos cuantos acordes a la guitarra para acompañarse uno mismo, o bien, conseguir una grabadora portátil y un casete con la música de nuestra preferencia para dedicarle dos o tres melodías cargadas de sentimiento.
Si no tenemos voz, y nos preocupan los posibles zapatazos que puedan lanzar los vecinos en medio de la noche para callarnos, no importa. Es 14 de febrero, casi todo se vale.

2) Un strip-tease. Aquí hay dos modalidades, la femenina y la masculina.
a) En el caso de las mujeres se puede hacer, por ejemplo, la danza de los siete velos. Para ello se requiere un bikini sexy o un bonito coordinado de lencería, y siete trozos medianos de tela (si son de gasa, mucho mejor).
El truco aquí es sostener los siete trozos de tela en el bikini, en puntos estratégicos, para cubrir el cuerpo lo más que sea posible.
Antes de iniciar la danza, se debe crear el ambiente propicio. Escoger un lugar con suficiente espacio para colocar en el suelo un tapete, alfombra o colchoneta (lo que tengamos a mano para dar el efecto) y adornarlo con cojines o almohadas, desde las cuales nuestro amado podrá contemplar el espectáculo cómodamente.
Por supuesto, debemos acompañarnos de una música sensual (la que sea de nuestra preferencia) y una vez que esta arranque, bailar suavemente a su compás, al tiempo que vamos quitando, uno a uno, los siete velos.
Si nos gana la risa en el camino, no importa… no hay que olvidar que reír en pareja también puede ser un potente afrodisíaco.
Y por favor, este no es el día de preocuparnos por aquella molesta llantita. Dejemos que florezca la sensualidad sin inhibiciones.

b) El caso de los hombres es un poco más difícil, porque requiere habilidades para bailar y desinhibirse que muchas veces no tienen.
Si son buenos bailarines, asunto arreglado. Escojan una ropa bonita (la que más les haya alabado ella) y una melodía sexy, y entonces sí, a bailar mientras se quitan cada prenda.
Si en cambio tienen dos pies izquierdos, entonces hagan una parodia de un strip-tease. Insisto, reír también puede ser afrodisíaco.
Pueden por ejemplo vestirse de policía, doctor, médico, jugador de futbol americano (cualquier cosa que puedan inventar con la ropa que tengan a mano), escoger una melodía divertida, tipo Macho Man de The Village People, y hacerla reír.
Créanme que sus mujeres apreciarán el esfuerzo y la paga puede ser muy buena.

3) Chocolate. La idea de esta opción me surgió gracias al libro el Club del Adulterio que ya les reseñé anteriormente.
Sé que pensarán que chocolate es el regalo más común que damos en San Valentín, pero aquí no importa tanto el qué, sino el cómo.
Pueden comprar unos cuantos chocolates, y más que darlos, usarlos.
Por ejemplo, vendar los ojos a su amada (amado) y darle un chocolate antes de regalarle un beso en alguno de esos sitios que ustedes saben que la hace (lo hace) estremecer.
O bien, comprar betún y polvo de chocolate y untarlos en sitios estratégicos. Por supuesto, no se trata de quedar pegajoso al punto de no querer nada más que un buen baño, sino de dar a nuestra pareja unas probaditas del sabroso dulce sobre nuestra piel.

4) Ser EL regalo. ¿Qué requerimos para ello? Un moño, hojas de papel, pluma, velas.
El truco es colocar en sitios estratégicos de la casa frases eróticas, incluso de aquellas que acostumbramos decir en la alcoba, y en cada una poner una flecha que señale a la siguiente. Por supuesto, la idea es que nuestra pareja llegue hasta el lugar que hemos preparado previamente.
Este lugar puede ser el cuarto en el que dormimos, sólo que adornado con velas y, si les gusta, incluso una varita de incienso o un poco de popurrí para aromatizar el ambiente.
En ese lugar esperaremos a nuestro amado/amada, con un gran moño colocado donde más nos guste, y ropa sexy que puede ser lencería en el caso de las mujeres y nada más que unos jeans en el caso de los hombres.
Lo que pase después, ya depende de ustedes.

5) Vales. Este regalo es el más fácil de todos, pero requiere creatividad, porque podemos echar a perder todo con una frase tan poco atinada como, “para una noche de amor con mua”.
La cosa es que los vales sirvan para esas cosas que sabemos que le gustan a nuestra pareja: Vale para un besito en…, o Vale para una mordidita en… En fin, cada cual sabrá que es aquello que vuelve loco (a) a su amado (a) y podrán echar mano de ello.
Eso sí, procuren hacer vales bonitos, y entregarlos varias horas antes de que su pareja pueda usarlos, a fin de provocar que él (o ella) estén un buen rato imaginando lo que sucederá.

Y bueno, ahora sí no hay pretextos… a disfrutar del placer del amor, aún en época de crisis.

¡Felicidades a todos!

sábado, febrero 07, 2009

El meme de la Ixis

Pues bien, la querida y talentosa Isaura me dio la estafeta de este meme hace unos días.
Yo esperé a responderlo por dos razones. Una, que acababa de subir el post anterior cuando me di cuenta del encargo, y dos, que revisé la cuarta foto del cuarto fólder de “mis imágenes” y me di cuenta que era una gráfica que habla de amistad y de amor.
Me pareció que era la imagen ideal para poner en este espacio unos días antes de San Valentín.
Las reglas del citado meme, son las que siguen:
1. Go to the 4th folder in your computer where you store your pictures.2. Pick the 4th picture in that folder.3. Explain the picture.4.
4. Tag 4 people to do the same!
En otras palabras, y para los que son unilingues: 1) Ve al cuarto folder en el espacio de tu computadora donde tienes guardadas las imágenes; 2) Escoge la cuarta foto de ese fólder. 3) Explica la foto 4 (en tu blog, se entiende); 4) Encárgale a cuatro incautos que hagan lo mismo.
Así que, como diría Jack el destripador, me fui por partes.
Cuando di el paso 1 me di cuenta que soy una obsesiva de la organización (porque tengo hartos folders) y de la fotografía (porque tengo hartas fotos).
En el paso dos, me topé con esta foto en la que aparecemos, de izquierda a derecha, mi marido Olivier, mi amiga Lorena, Edgar (esposo de Lorena), yo, mi amiga Gaby, Butch (esposo de Gaby) y atrás, escondidito, también se ve al papá de Gaby.


El paso 3 es el que voy a dar ahora mismo:
La foto que escogí fue tomada el 26 de diciembre pasado, durante la última visita de Gaby a México (ella vive en Boston).
Fue una reunión que organizó Gaby junto con su familia, la cual está conformada por personas cálidas, inteligentes y que saben ser los mejores anfitriones, así que todos la pasamos realmente muy a gusto, y para cuando se tomó esta foto (cerca de la medianoche) ya sentíamos los estragos de las varias copas que traíamos entre el pecho y el espinazo.
Pero, y he aquí lo que dije el principio, aunque la imagen mostrada se pudiera parecer a cualquiera de las que se toman en una reunión de amigos, aquí hay lazos muy profundos y una historia compartida que hace que esta foto sea verdaderamente especial.
Conocí a Gaby y Lorena hace casi 19 años, cuando inicié la carrera en la Escuela de Periodismo Carlos Septién. No tardamos nada en volvernos amigas inseparables.
A lo largo de los cuatro años que duró nuestra licenciatura, hicimos trabajos juntas, reímos, lloramos, viajamos, compartimos fiestas y nos pusimos unas borracheras memorables.
Yo las adoré desde el principio, porque no tardé nada en descubrir que aunque cada una tenía su personalidad muy definida teníamos muchas cosas en común.
Pero además, ellas y nadie más, fueron las causantes de que yo esté aquí ahora, convertida en una señora casada y con dos hijos. Al enterarse de que me gustaba Olivier, se dieron a la tarea de unirnos… y lo lograron.
Por supuesto, al paso del tiempo y como sucede en toda amistad, en la nuestra hubo desencuentros, malos entendidos y separaciones momentáneas, pero siempre ha pesado más el cariño y la complicidad que tenemos.
Puedo decir que he crecido al lado de ellas. Sin importar las distancias físicas que a veces nos han separado, las tuve cerca en mi boda, en el nacimiento de mis hijos, en la muerte de mi padre, y yo pude asistir a sus bodas y compartir la llegada del pequeño Edgar, hijo de Lore.
A lo largo de 19 años, he visto a mis amigas convertirse en mujeres en toda la extensión de la palabra, y me he maravillado con su manera de asumir la vida, tomar decisiones, y luchar como unas leonas por aquello en lo que creen y por los proyectos de vida que decidieron defender.
Pero lo que más me maravilla es el sexto sentido que tienen. Ese sexto sentido que las hace llamarme cuando más las necesito; aparecerse con un mensaje, una palabra, una frase de apoyo y hacerme recordar que no estoy sola.
Las quiero y las respeto mucho más de lo que puedo expresar en este espacio, y ellas lo saben. Simplemente, creo que son personajes indispensables en mi vida, sin los cuales mi camino no sería tan feliz como lo es, y me esfuerzo siempre por tratar de estar a la altura de la amistad que ambas me regalan.
Gaby y Lore son una de las grandes bendiciones de mi vida, y nunca me permito olvidarlo.
Por eso, un homenaje a mis amigas queridas, para que cobre un verdadero significado el tan llevado y traído Día del Amor y la Amistad.
PD.- El paso cuatro no lo voy a cumplir a cabalidad, porque no sé a quién pasarle la estafeta, pero los invito a todos a realizar este meme. Está divertido.

lunes, febrero 02, 2009

Reflexiones sobre El Club del Adulterio

Terminé el libro y estuve a nada de encerrarlo en la nevera para evitarle toda posibilidad de hacerme sufrir otra vez en el futuro.
Curiosamente, me lo regaló mi marido, quien a su vez lo rescató de la purga de libros que se hizo en su oficina, y el título no podía ser más inquietante: El Club del Adulterio, de la británica Tess Stimson.
Creí que se trataba de un libro ligero, cómico y sexoso, sobre todo por la leyenda en la portada, sacada de un texto del Daily Mail: “Una historia magistral de lujuria e inmoralidad”.
De hecho, el Daily Mail no se equivocó al definir este texto en ese sentido. En el libro se habla tan explícitamente de las relaciones sexuales y los resortes que hacen que los personajes lleguen a ellas, que tiene una profunda carga erótica, muy disfrutable.
Sin embargo, está ese otro tema, el que da título al libro: el adulterio, el cual, aceptémoslo, es una sombra constante en cualquier matrimonio.
La historia corre a través de tres personajes: Nicholas es un abogado de prestigio, dedicado a resolver juicios de divorcio, un hombre del tipo conservador, creyente a pie juntillas en la fidelidad y que lleva una vida familiar y sexual feliz al lado de Malinche, una escritora de libros de cocina de cierto renombre. Ellos tienen tres hijas, y una vida sólida de pareja.
Pero de pronto llega Sara, una joven y suculenta abogada a la firma donde trabaja Nicholas, y de inmediato éste se da cuenta que todas sus ideas preconcebidas acerca de la fidelidad que se debe guardar en el matrimonio se caen de golpe.
Aunque de entrada se siente culpable por el profundo deseo que le provoca Sara, al final Nicholas se entrega al instinto y por meses mantiene con su compañera una relación secreta de pasión irrefrenable.
Eso sí, se promete a sí mismo que aquella relación adúltera sólo durará un tiempo, el que necesite para saciar el deseo.
Lo mismo se promete Sara, que sin pena se dice a sí misma (palabras más, palabras menos) que sólo está tomando prestado el “juguetito” de otra durante un tiempo pero que piensa devolvérselo.
En otras palabras, Sara y Nicholas creen que aquello es sólo sexo, sin daños a terceros.
Pero de pronto las cosas se salen de su cauce. Sara involucra el sentimiento y empieza a desear que Nicholas sea sólo para ella. Nicholas empieza a tener problemas para ocultar ante su esposa el adulterio y Malinche tarda más de la cuenta en enterarse de lo que está sucediendo a sus espaldas, pero al final lo logra y todo queda al descubierto.
Mientras leía la historia, más de una vez sentí estar leyendo algo que me era profundamente familiar. Pensé que se trataba de textos, cuentos, novelas que había leído antes sobre el tema del adulterio, pero de pronto caí en cuenta que no, que la historia de Tess Stimson me resultaba conocida porque justamente así se habían desarrollado muchos de los casos de adulterio que he tenido cerca en mi vida.
El de mi padre, lógico, es el más cercano de ellos. El adulterio que más me ha costado entender porque me tocó a mí ser la primera que se dio cuenta de que estaba sucediendo, y como hija, constituyó un dolor difícil de explicar.
Tal vez por ello, llevo años defendiendo la impopular teoría de que la infidelidad no debería ser una opcíón para una pareja que se comprometió a permanecer unida y fiel.
Por más que lo escucho en otras bocas, no logro entender que en una pareja que se prometió fidelidad, exista al mismo tiempo una intimidad secreta, desconocida para la otra (el otro), un espacio donde uno o los dos miembros de la relación puedan mantener sexo con otros sin que esto afecte a la pareja.
Para mí es muy simple. Cuando se abre el espacio para que en una pareja alguien desee sexo con otras personas, no hay nada más que hacer ahí, y entonces lo justo, lo que correspondería, sería que se hablara con esa claridad y se terminara aquella relación sanamente.
Lo que me parece inaceptable es el engaño. La idea de que alguien está siendo fiel y alguien infiel en una relación.
Sin embargo, al leer el Club del Adulterio, me vi obligada a cuestionarme a mí misma estos conceptos: ¿Es que acaso la monogamia es una utopía? ¿Sería más correcto que el matrimonio no existiera y nos mantuviéramos teniendo relaciones por aquí y por allá sin más compromiso que el sexo del momento?
Tendría algo de sentido, me dije a mí misma; después de todo, descendemos de los primates, y los primates no son monógamos.
Y a lo mejor, me volví a decir, se puede lograr mantener relaciones fuera del matrimonio que efectivamente no dañen a terceros.
Pero entonces recordé que no. Lo recordé porque lo he visto repetido muchas veces.
Por más que los defensores de las relaciones “sólo sexo” digan lo contrario, mantener una aventura de una sola noche es una utopía. La pasión no se desvanece en un segundo.
Justo como lo retrata Stimson en El Club del Adulterio, la pasión es como una droga, crece, nos hace querer repetir la experiencia y nos pone, inevitablemente, en el peligro de involucrar los sentimientos.
Y una vez que estamos ahí, requerimos entregarnos a la pasión con energía, dinero, detalles. Elementos todos que vamos restando a nuestra relación de pareja para obsequiarlos al objeto de nuestra pasión.
Por eso, tarde o temprano, la esposa o el marido acaban dándose cuenta del engaño, y entonces sí, hay daños a terceros, dolor, vergüenza, humillación.
¿Y se vale?, digo yo ¿Se vale que el egoísmo más puro nos haga decir que somos incapaces de controlar el instinto?
No se trata de amor o desamor aquí.
Se trata, creo yo, de simple honestidad. No puedo ser fiel, lo digo y establezco así mis relaciones. Cuando se habla claro al respecto, no puede haber infidelidad posible.
¿O qué opinan ustedes?

Para datos estadísticos de lo que la infidelidad representa, los invito a la página de mi amiga Carmeliux, quien recientemente escribió un post al respecto: http://carmeliux2008.blogspot.com/2009/01/la-perdida-de-la-fidelidad.html

sábado, enero 17, 2009

Las preguntas del millón


En los últimos meses me ha tocado escuchar a varios hombres quejarse (a veces con sarcasmo, a veces con amargura) de las dos preguntas femeninas que, al parecer, encabezan la lista de interrogantes incómodas que solemos hacer las mujeres a nuestras parejas: ¿Cuál de estos dos vestidos me pongo?, y ¿Me veo gorda?
Hace apenas unos días, el actor mexicano Héctor Suárez Gomis habló de este tema en un ingenioso texto que compartió con sus amigos en Facebook. En su artículo, Gomis se refirió a este problema con simpatía, pero al mismo tiempo con la sabiduría del que ha tratado de salir ileso, sin lograrlo, después de ser atacado con estas dos interrogantes femeninas.
De ahí que pensé en la conveniencia de escribir un texto desde el punto de vista femenino que ayudara a los hombres a medio entender el complejo razonamiento que nos lleva a las mujeres a hacer estas preguntas.
La labor, quiero decirles, ha sido titánica.
Empecé, claro, imaginando el hecho mismo, el momento en que uno, como mujer, hace estas preguntas, lo que responden los hombres y las tormentas que se generan después.

Caso A
- ¿Cuál de estos vestidos me pongo?, dice uno como mujer
- Ponte el verde.
- O sea que el negro no te gusta.
- No, no, sí me gusta, pensé que quizá sería mejor el verde.
- No. No te gusta el negro, y no me lo habías dicho hasta hoy.
- Bueno, ponte el negro.
- ¿O sea que no te gusta el verde?
La mujer se queda enojada y el hombre se queda con cara de what?

Caso B
- ¿Me veo gorda?
- Te ves muy bien.
- ¡Ay, por favor, cómo vas a decir eso! Mira estas llantas, mira esta barriga.
- Yo te veo perfecta, me gustas mucho.
- No me mientas.
- Pero si no te estoy mintiendo.
- ¡Claro que me estás mintiendo!, sabes que me veo mal y no me quieres decir.
- Pero…
Y lo que sigue a continuación generalmente es una discusión que puede adquirir los más variados matices.

Tras plantearme este par de situaciones, traté de escarbar dentro de mí misma (que soy de las que ha hecho este par de preguntas antes de saber cuán incómodas resultaban), para tratar de dar con la raíz del problema y encontrar las posibles soluciones a ofrecer al ala masculina del mundo.
Aquí fue donde la labor se puso color de hormiga y donde caí en cuenta que, en efecto, las mujeres somos más complicadas de lo que parecemos a primera vista y que entendernos no es cosa fácil.
Me pregunté, en el Caso A, ¿por qué interrogo a mi marido sobre cual ropa opina que debo ponerme?
De entrada, si quisiera justificarme (cosa que no pretendo) diría que lo hago como un detalle para que él sepa que me importa su opinión y que quiero estar tan bonita como él desee.
Pero, siendo honesta, la verdad es que cuando le pregunto a él qué vestido debo ponerme, ya está casi decidida en mi mente la opción que me gusta más y sólo estoy buscando una confirmación de su parte.
Por supuesto, como mi marido aún no desarrolla capacidades de adivino, la mayoría de las veces yerra en su respuesta y me sugiere vestir con la opción que menos me gusta… he ahí donde empiezan los problemas.
Por otra parte, a veces sucede que él acierta y me dice la opción que me gusta, pero tampoco quedo del todo satisfecha… y lo peor es que ni siquiera sé por qué.
Por lo tanto, no tengo una respuesta concreta.
Sugerencia para los hombres de la audiencia: Quizá serviría si, después de que les hacemos la incómoda pregunta del Caso A, nos contesten con algo así: ¿Y cuál opción te gusta más a ti? Porque yo veo los dos vestidos muy bonitos y te sientan a la perfección. Este resalta más tus senos, y aquel te hace ver unas caderas espectaculares…
Pero no me hagan mucho caso, porque ni siquiera estoy segura de que esto sirva. Si hacen el experimento, me cuentan.

En cuanto al caso B, aún más complicado que el A, me pregunté, ¿a qué viene esta manía de preguntar si estoy gorda?
Bueno, no sé si es así en todos los casos, pero en el mío, generalmente es porque me siento insegura en el momento que lo pregunto y generalmente la interrogante correcta, que incluyera lo que realmente estoy pensando, debería ser de una de estas dos maneras:
1) ¿Me ves gorda?... ¿No?.. ¿Y entonces por qué me dio la sensación que admirabas el cuerpazo de esa mujer que iba pasando por la calle?, o ¿por qué estabas babeando con la actriz de la pantalla?, o ¿por qué tratas tan bien a aquella mujer de senos portentosos de tu oficina?
(Y reconozco que probablemente el comportamiento que creí ver en el otro sólo sea idea mía... pero lo reconozco ahorita, porque en el momento no veo más allá de mis narices).
2) ¿Me ves gorda?.. ¿No?.. Pues yo sí, sobre todo por la llegada de esa vecina/compañera de trabajo/etc., que me hace sentir que en cuanto la veas vas a babear…

Insisto, este es mi caso. Sería una osadía pretender que en todos los casos sea así, porque de por sí las mujeres somos complicadas y si a eso le agregamos que cada cabeza es un mundo, la cosa se puede poner fea.
Sugerencia para los hombres de la audiencia: Tal vez la respuesta correcta a esta difícil pregunta sería, Yo te veo perfecta ¿por qué te sientes insegura si te ves fenomenal?
Claro, muy probablemente la respuesta tenga que ver con ustedes y no les guste, pero al menos abreviarán la guerra que ya se ve venir.
Sugerencia para mujeres de la audiencia: Amigas, después de este exhaustivo repaso a mi complicado cerebro llegué a la conclusión que a veces deberíamos hablar más claramente y esperar menos que nos adivinen el pensamiento.
¿O qué opinan ustedes?

jueves, enero 15, 2009

Bullying

*Foto de un "bully" o niño violento tomada de hubpages.com


Se llama Germán, tiene 11 años, y en los últimos meses se ha vuelto un verdadero dolor de cabeza para mi familia y para el vecindario entero.
No supe de su existencia hasta el día en que agredió a golpes a uno de mis sobrinos y a mi hijo mayor . Pensé entonces que se trataba de un niño problemático, pero como hay tantos otros.
Sin embargo, él se encargó, poco a poco de demostrarme que era mucho más que un niño problemático. Ofendía a mis hijos y a mis sobrinos si los veía rondando por el parque y trataba de amedrentarlos en compañía de una pequeña pandilla de niños de su edad que había reunido a su alrededor.
Mis hijos empezaron a abrigar la idea de detener a golpes su acoso, y yo me esforzaba, cada vez más preocupada, por desterrar ese pensamiento de su cabeza.
Poco a poco me enteré que mi cuñada y yo no éramos las únicas mamás angustiadas por el comportamiento de Germán que había en la zona. Decenas de niños se quejaban de sus amenazas y sus golpes, y muchas vecinas habían prohibido a sus hijos ir a jugar al parque para evitar problemas.
Entonces, Germán se dio cuenta que la mayoría de los niños habían decidido jugar en los alrededores de su casa en lugar del parque, y decidió que eso no era impedimento para continuar su labor de amedrentamiento.
Desde hace meses pasa cada día por las casas para amenazar, insultar, golpear si le es posible, a los niños que deciden salir un rato por la tardes a reunirse con sus amigos.
En tanto los padres de los niños agredidos, cada vez más cansados del comportamiento hostil de Germán, pasamos el tiempo con la nariz pegada a la ventana para detenerlo en caso que sea necesario.
Su violencia raya en la delincuencia, hay que decirlo. Ha robado y tiene también a su disposición a una pandilla de adolescentes siempre dispuesta a ir a golpear a un niño tras una ronda de silbidos.
Hace no mucho tiempo, una mamá lo encontró afilando una vara de madera y le preguntó para qué estaba haciendo aquello. El niño respondió: “Para picar a todos los que me molestan”.
Por supuesto, Germán es fruto de una familia descompuesta. Su madre tiene retraso mental y su padre es alcohólico.
Hay quien pudiera pensar que su situación familiar funciona como un atenuante en su caso. Pero yo me pregunto, ¿por qué se le ha de disculpar al niño problema y dejar a su merced a los niños que han sido criados en ambientes más saludables?
Por eso me fui a mi fiel Internet, a buscar qué se puede hacer contra el bullying, que es como en los países de habla inglesa se conoce el comportamiento agresivo, cruel e hiriente que registran algunos niños contra sus compañeros de juegos y escuela, y descubrí que, como sucede siempre, las sugerencias, los consejos, lo que se debe hacer en casos así no se le dicen a las autoridades o a los padres de los niños problema, sino a los que están sufriendo con la presencia de estos menores.
No se habla de la necesidad de que este tipo de niños sean rescatados de sus familias descompuestas y reubicados en ambientes más sanos, para evitar que engrosen las listas de delincuentes y drogadictos del mundo; no se les sugiere a maestros y a padres la temprana detección de estos casos para evitar que la violencia se extienda. No señor, el peso lo deben cargar, nada más, los padres que están sufriendo con la agresividad de niños como Germán.
¿Y entonces por qué nos sorprendemos tanto cuando un menor saca un arma y hiere (o mata) a un amiguito? ¿Realmente la indiferencia es lo mejor que podemos hacer como sociedad? ¿Un problema así se puede catalogar como “cosa de niños“? Y aun cuando fuera cosa de niños, ¿no son los niños el futuro del mundo? ¿Realmente es correcto que veamos crecer ante nuestros ojos a un niño con ese nivel de violencia sin hacer nada? ¿Las autoridades no pueden hacer nada?
En fin, me quedo en la reflexión y en el apoyo a mi comunidad para detener, por la vía legal si es necesario, este problema...

martes, enero 06, 2009

La reivindicación del taco

Sí, señores, sí. He venido hasta aquí a reivindicar el taco, ese sabroso bocadillo, el más popular de todos en la cocina mexicana, que sin embargo ha sido reinterpretado el todo el mundo y a veces con tristes resultados.
El taco, debo decir, es mucho más que una tortilla mexicana rellena de lo que se encuentre en la alacena.
Es un platillo que tiene sus propias reglas y también su propia etiqueta para comerlo. De ahí que decidí hacer las siguientes aclaraciones:

1) La tortilla (alimento de forma circular y aplanada hecho con masa de maíz) es la base del taco. Pero al decir tortilla, no nos estamos refiriendo a esa especie de totopos duros y en forma de taco que son tan populares en Estados Unidos.



Si bien es cierto que hay tacos como los que se elaboran en Chihuahua, que se fríen hasta que la tortilla queda un poco endurecida, lo real es que el taco tradicional se hace con tortilla suave, de preferencia recién hecha, y si se hizo a mano, mucho mejor.

2) Hay tortillas que se hacen con maíz azul, y por lo tanto tienen un tono oscuro; no obstante, no existen tortillas verde perico ni amarillo huevo. La tortilla mexicana, por lo general, tiene un color entre café y amarillo, parecido al papel envejecido. Por lo tanto, hay que dudar de la autenticidad del platillo si, como sucedió alguna vez en Canadá, se nos sirve un plato de tacos con tortillas de todos los colores del arcoiris.

3) Los tacos pueden ser de los más variados ingredientes: los hay, como los citados tacos de Chihuahua, con carne molida y lechuga, jitomate y cebolla picados; también de todo tipo de guisados, como la tinga (platillo de carne de pollo o res desmenuzada y con salsa a base de jitomate), cochinita pibil (cerdo con una gama amplia de condimentos), pollo con mole, arroz y frijoles, por citar sólo algunos; los sudados, con una especie de pure de papa, frijol o chicharrón de cerdo, y los tradicionales al pastor (con carne de cerdo adobada), de sudadero (carne de res), cachete (mejilla de res), trompa (hocico de res) y nenepil (esto último ya nomás lo entendimos los aztecas, perdón).
A los tacos, además, se les agrega generalmente cilantro y cebolla picados y salsa, hecha ya sea de jitomate o tomate verde, chile, ajo y cebolla.
Sin embargo, el queso no es un ingrediente de los tacos, por más que a Taco Bell le parezca atractivo incluirlo en sus menús.
Tampoco los chiles jalapeños picados y en vinagre.
Francamente, la inclusión de estos ingredientes es un verdadero atentado para los tacos, porque desvirtúa su verdadero sabor.

4) Servir cualquier clase de vino para acompañar el taco es un verdadero agravio.
El único maridaje que toleran los tacos es el de una buena cerveza (buena, dije, no Budweiser), un agua de horchata (bebida hecha a base de arroz), de jamaica (hecha con la flor del mismo nombre), una coca cola (los mexicanos somos, por desgracia, el país que más consume esta bebida), o bien, un Boing de mango, una Yoli, una Chaparrita de uva o un Jarrito de tamarindo (otra vez, nomás me entendieron los mexicanos; mil perdones, pero son bebidas refrescantes de una exquisitez tal que era imposible no mencionarlas).


5) La etiqueta para comer tacos es clara.
No se refiere tanto al vestir, sino a la postura que debe asumirse.
Años ha, en mis épocas de estudiante de periodismo, un maestro nos llevó un verdadero tratado de cómo se debía comer el taco. Era un artículo excelso, del que procuraré traer a la memoria algunos tips importantes.
Por supuesto, para comer tacos no se debe usar otro instrumento que no sean las manos.
Antes de tomar el taco, uno debe asegurarse de que éste ya tenga todo lo necesario para ser degustado: cebolla, cilantro, salsa y limón (para los que así lo deseen).
El taco se sostiene por la parte de arriba, con los dedos pulgar, índice y cordial, y cuidando de evitar que el relleno se salga.
Si se come sentado, es importante elevar el taco, pero procurando que sea exactamente por encima del plato donde uno lo va a comer. Así, en caso de derramar el relleno, uno puede recuperarlo. Además, es importante acercar la cara al taco y no el taco a la cara si se quiere evitar que la ropa se tiña de salsa.
Por ello, para mayor comodidad, se recomienda comer el taco pie, y en caso de estar sentado, hacer los siguientes movimientos: a) tomar el taco; b) ponerse de pie, pero con las rodillas semiflexionadas; c) inclinar el torso hacia adelante con las pompas un poco levantadas; c) llevarse el taco a la boca.
Se sugiere que, en caso de ser hombre y traer corbata, el comensal tenga el cuidado de echar este accesorio hacia la espalda, para evitar introducirlo en las salsas o quedar con huellas de la grasa que puede derramar su taco.
Por supuesto, en la degustación de tacos no se recomienda el uso de delantales o baberos, a menos que se quiera ser blanco de las burlas de quienes acompañan al comensal, sobre todo si éste se encuentra en México.

Finalmente, hay que decir, que todas estas recomendaciones son de uso común para los mexicanos.
Al parecer, desde pequeños nos insertan el chip en el que toda esta información viene condensada y por ello comemos tacos a rabiar y sin preguntamos qué se le pone y cuáles son las etiquetas.
Sin embargo, esto es para los amigos de todo el mundo que quieran disfrutar los tacos como lo que son, un manjar.
Se trata, pues, de un servicio a la comunidad internacional de parte de Zona Infinita y con dedicatoria especial para mis amigas Angie e Isaura, que sé que salivarán desde tierras bolivianas y catalanas.