domingo, abril 12, 2009

¿Se debe teorizar la seducción?

Hace unos meses, Discovery Channel anunció con bombo y platillo un programa sobre “el arte de la seducción”, el cual pretendía aclarar el porqué algunas personas resultan más atractivas que otras y cómo intervienen cuestiones visuales, físicas y químicas en aquello que conocemos, simplemente, como sensualidad.
Esperé durante semanas la emisión, que duraría dos horas, según el anuncio. Sin embargo, no pude verla completa, porque a poco más de la mitad del programa concluí que hay cosas que simplemente no pueden explicarse de manera científica sin caer en teorías sin sentido.
Me pareció que las explicaciones aportadas por los distintos científicos que consultó Discovery Channel parecían más destinadas a profundizar la discriminación ya de por sí existente en la humanidad que a arrojar luz sobre asuntos que no nos quedan del todo claro.
El programa arrancó bien. Empezó por decir que el atractivo de una persona residía, en primera instancia, en el rostro.
Varios voluntarios participaron en distintos estudios cuya conclusión fue que mientras más simétrico resulta un rostro, femenino o masculino, más atractivo se vuelve a los ojos de los demás.



También se dijo que un elemento importante del atractivo de una persona era la voz. Aquí empecé a tener problemas con este asunto. Según los estudiosos, a las mujeres nos gustan los tonos de voz grave en los hombres, lo cual, acepto, es una realidad; aunque me parece que no porque un hombre carezca de una voz de trueno necesariamente resulta menos atractivo.
Sin embargo, mi verdadero desacuerdo inició cuando en el programa se aseguró que los hombres consideran a una mujer más atractiva mientras más agudo es el tono de su voz. Tras diversos experimentos, presentados en la emisión, los científicos concluyeron que una voz femenina aguda es percibida por los hombres como síntoma de juventud y buena salud. La cosa es que a lo largo de mi vida he escuchado a muchos hombres quejarse de las voces chillonas de algunas mujeres.
Claro, mientras veía el programa, y para no desilusionarme a la primera, me dije que tal vez yo tenía la idea de que la voz aguda de las mujeres no resultaba tan atractiva como se decía porque mi voz es profunda y grave. Pensé: a mí muchos me han dicho que sueno sensual, pero quizá me decían eso como un acto de simple cortesía, porque tampoco me van a decir que sueno como camionero borracho, ¿no es así?
Después, en la emisión se habló de la importancia de un cuerpo estético, de una piel que luzca saludable y hasta de un modo de caminar seguro, que, según los científicos, resultan atractivos porque son indicativos con los que las hembras le decimos a los machos: “estoy lista para procrear”, mientras los machos nos mandan el mensaje de “seré un buen proveedor y sacaré adelante a la familia”.
Ustedes perdonarán, pero llegado este punto yo me sentí verdaderamente incómoda con el programa de Discovery. Mientras escuchaba todos los “fundamentos científicos” con los que se pretendía demostrar que el atractivo reside en la capacidad femenina de procrear y la masculina de proveer, sentí que habíamos retrocedido mil años en los avances sociales que ha tenido la humanidad.
¿Qué pasa con las personas que conscientemente no quieren tener hijos?, me pregunté. ¿Acaso el instinto de todos modos los lleva a fijar su atención en aquellos que están listos para procrear-proveer?
Más aún: ¿Qué pasa con mujeres como Victoria Beckham, tan delgada como una varita, cuyo cuerpo no tiene esas caderas voluptuosas que indiquen que traerá al mundo una prole saludable y, sin embargo, se consiguió a uno de los hombres más guapos del mundo?

¿De verdad la cuestión del atractivo reside en un instinto tan animal?
Mi molestia subió de tono un poco más adelante, ante un experimento con el que los estudiosos del tema pretendían explicar el mecanismo de la seducción.
Para empezar, se eligió a 10 hombres y 10 mujeres a los cuales se les vistió, según el programa, de manera “neutral”, aunque esto se refiriera a un overol ajustado al cuerpo que, de entrada, dejaba entrever quién tenía una silueta mejor formada.
A cada hombre y a cada mujer se le dotó con un número, que indicaba el atractivo que tenía. (Si esto no se llama discriminación, no entiendo qué). El uno, era el menos agraciado; el 10, el más guapo.
A hombres y mujeres los acomodaron en filas paralelas de acuerdo a su grado de fealdad. Todos sabían dónde estaban los guapos y dónde los feos.
En un determinado momento, a todos se les hizo caminar por un salón y elegir “libremente” a quien les resultara más atractivo.
¿Qué creen que pasó? ¿Acaso el "feíto" andaba de suerte y ese día se consiguió a las mujeres más suculentas?
Pues claro que no, los guapos se fueron con los guapos, los “feos” hicieron su intento con los guapos y al final, cuando los menos agraciados se dieron cuenta de su mala suerte para ligarse a “los más populares”, acabaron aceptando, por eliminación, a los otros menos agraciados.
¿Cómo puede uno creer en la veracidad de un experimento que inicia con tal cantidad de prejuicios sobre los sujetos de estudio?
Pero el verdadero colmo, para mí, llegó cuando el programa decidió enfocarse en el que “verdaderamente es el atractivo más importante del hombre”.
Sí, sí, puede tener una voz divina, un cuerpo de Adonis, una piel saludable y un rostro simétrico, pero si no da muestras de que tiene la cartera repleta y un coche que señale su capacidad económica, no tendrá “pegue” ni en un millón de años.
“¿Qué, qué?”, me dije.
Para acabarla, ilustraron esta parte del programa con un fulano horrible, con cara de pandillero, que se había conseguido a una mujer muy suculenta pero terriblemente vulgar, tan sólo por su enorme camioneta que demostraba cuán macho era.
Ya en este punto, y medio segundo antes de apagar la tele, llegué a la conclusión de que generalizar es el peor de los defectos de la humanidad.
En gustos se rompen géneros, dice el dicho. Habrá a quien le gusten los hombres de voz aguda, las mujeres de voz grave, los sujetos clase media pero inteligentes y los niños ricos tontos.
En la variedad está el gusto, no cabe duda, y como diría mi abuelita, “siempre hay un roto para un descosido y una media sucia para un pie podrido”.
Por eso, la seducción mejor vivirla que teorizarla ¿no creen?

5 comentarios:

Vania B. dijo...

Totalmente de acuerdo!!!! hay cosas que no se pueden explicar y punto, y generalizar, pues menos.

Hay "investigaciones" que no demuestran más que lo que todos suponen cierto, pues sobre gustos y colores no han escrito los autores.

Bueno Tai, te invito a seguir un meme que tengo en mi Blog: es sobre las 5 cosas que te gustan de ser mamá. Lo interesante del meme es que se está tratando de lograr que participen mamás de todo el mundo para lograr una vuelta al mundo en 80 clicks". Ojalá te animes.

Abrazos desde el centro del sur.

Olivier dijo...

Es como los estudios donde se descubre que la cafeína es benéfica para la humanidad y resulta que cura todo; y los estudios fueron auspiciados por Starbucks.

En este caso, este programa de Discovery a lo mejor fue patrocinado por las revistas de moda femeninas, masculinas, el opus dei y los vendedores de autos.

Muchos besitos.

Isaura dijo...

Entiendo que te moleste una visión tan poco afortunada de la sociedad, pero para mi gusto, parece bastante acertada.
Esto no quiere decir que nosotras hayamos elegido a nuestras pareja basadas en estos supuestos, sino que muchos lo hacen así!!!
Tristemente conozco mujeres que todavía piensan en "conseguirse un marido rico que las saque de trabajar" y hombres que quieren una mujer buenototota para madre de sus hijos.
Creo que una fracción de la población (la pensante, digamos) y de la que gratamente nos rodeamos, es aquella que no se deja llevar por condicionamientos sociales, belleza, posición económica...
Pero tampoco podemos negar que estos roles son los que fomenta la sociedad.. Por ejemplo "Salmita Hayek" es adorada por los medios mexicanos porque "se casó muy bien". Helloooo!!! se vendió bien!
Y ahí tienes a todas las chavitas "bien" pensando en cuanta suerte tuvo Salma y deseando que algo así les sucediera...
Igual tiene que ver hasta con la edad, porque mientras los hombres están chavitos se fijan más en las buenorras y las mujeres en que el güey tenga carro.
Lo interesante es que muchos que yo conocí que tenían esos parámetros, finalmente cuando maduraron se volvieron más realistas. O el amor intervino y simplemente se quitaron de pendejadas.
No sé.. por fortuna hay muchas personas que nos planteamos las cosas de forma distinta, pero el mundo es así.. que feíto..
Te mando un abrazo, igual más vale que veas Cosmopolitan TV que el Discovery Channel: dicen lo mismo, pero los primeros no se las dan serios, no?

Carmeliux dijo...

hola Tayde.
Cada que tengo la desgracia de ver un programa de este tipo mi trauma es enorme, el simple hecho de pensar que después de tanto siglos de evolución, el ser humano se rige por su instinto animal es preocupante.
Pero entonces retomo viejos dilemas y me consuelo con el cuento de Benedetti:
La Noche de los Feos

Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.

Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.

Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.

Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.

Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.

Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.

La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.

Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.

"¿Qué está pensando?", pregunté.

Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.

"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".

Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba transpasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.

"Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"

"Sí", dijo, todavía mirándome.

"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida."

"Sí."

Por primera vez no pudo sostener mi mirada.

"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."

"¿Algo cómo qué?"

"Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad."

Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.

"Prométame no tomarme como un chiflado."

"Prometo."

"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"

"No."

"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"

Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.

"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."

Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.

"Vamos", dijo.

No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.

Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.

En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.

Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.

Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.

Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.
Mario Benedetti

y como dices tu siempre hay un roto para un descosido..
Saludos amiguita.

Evil dijo...

Me ha gustado mucho cómo explicas tus emociones visionando el programa. Entiendo que la verdad puede ser muy dura, a mí también me duele que las mujeres prefieran acostarse conmigo por mi dinero que por mi valor como persona, pero saber en qué se fija cada género puede ayudarnos a ser más felices y elegir mejor a nuestras parejas. Un saludo!