domingo, junio 10, 2007

Tarde y con tarea

Me ausenté mucho.
Les podría decir que el periódico me tiene comidas las horas, pero no hay pretexto para esta ausencia ingrata. Lo mejor que puedo decir en mi favor es que estoy extrañándolos como loca, que desafortunadamente la computadora del periódico no me da posibilidad para comunicarme con ustedes, pero que estoy acomodando mi vida para que me quede espacio y reanudar mi contacto con sus blogs y con el mío, que es un verdadero aliento en mi vida.
En tanto termino de organizarme, cumplo con una tarea que me encomendó mi querida J-Oda en su blog.
Tengo que decirles 8 cosas sobre mí y después, según lo indican las reglas del juego, redireccionar la tarea para otras 8 personas.
Las reglas del juego dicen también que tengo que avisarles a todos en sus blogs, pero la verdad me voy a saltar eso.
Bueno, ahí les dejo mi lista.

OCHO COSAS SOBRE MÍ

1.- Cante durante una semana en los vagones del Metro de la Ciudad de México. La verdad es que no soy una cantante muy dotada y de guitarra sé apenas unos cuantos acordes, pero lo hice como parte de una tarea cuando estudiaba la carrera de periodismo y fue una de las cosas más divertidas de mi vida. Gané dinero y la verdad es que cuando la paso mal económicamente, no descarto la posibilidad de volver a hacerlo.

2.- Me tomaron unas fotos desnuda. No, no piensen mal, no fue para el Playboy a pesar de que mi marido insiste en que nos haríamos ricos si yo aceptara posar para la revista (fíjense nomás hasta donde llega el amor de mi esposo, es un ángel). Tenía yo 19 años y posé para unas compañeras de trabajo que estaban estudiando fotografía. La verdad, nunca me he arrepentido de esa experiencia, aunque no lo haría ahora (pese a lo dicho por mi marido) porque ya no tengo el cuerpo ni la edad.

3.- Todavía, a mis 37 años, tengo el sueño de usar un vestido como de Cenicienta en el baile en el que conoce al príncipe. Verán, soy una romántica sin remedio y una niñota vive dentro de mí, así que espero, aunque sea a los 80, bailar con mi príncipe Olivier en un gran salón donde todos admiren lo hermosos que nos vemos.

4.- Mi sueño dorado sería vivir en una playa, siempre y cuando alguien me garantizara que no habrá huracanes la próxima centuria.

5.- Como diría Alejandro Dumas en los Tres Mosqueteros, para mí dormir es comer.

6.- Hubiera querido aprender a tocar el arpa, pese a que sé que no soy ningún angelito.

7.- Soy una bailarina profesional frustrada.

8.- Aunque no siempre lo menciono para mí Dios es un rector fundamental en mi vida, pero tengo una visión propia, muy alejada de lo que aprendí de niña.

Bueno, ahora ahí les van las:

REGLAS DEL JUEGO:
A. Cada jugador comienza con un listado de 8 cosas.
B. Tienen que escribir esas 8 cosas en su blog y junto con las reglas del juego.
C. Tienen que seleccionar a 8 personas mas invitar a jugar y anotar sus nombres o el nombre de su blog.
D. No Olvides dejar un comentario en sus blogs respectivos de que han sido invitados a jugar, refiriendo al post de tu blog "EL JUEGO".


Finalmente, dejo esta tarea, si tienen un tiempito, a Ilne, a Isaura, a Carlos, a Evan, a Cápsula y creo que ya.

Regreso, prometo tratar de no tardarme

jueves, mayo 10, 2007

Palabras milagrosas

Cuando llegó al espejo, pasaban las dos de la madrugada.

Se sentía cansada, con esos cansancios que duelen, que provocan escalofríos, que obligan al cuerpo suplicar descanso a gritos.

El espejo le devolvió el reflejo de un rostro con signos de agotamiento.

No cabía duda, el cabello ya no era el de antes, se dijo. Ahora lucía opaco, mal peinado y cada vez con más canas. Apenas había tiempo para pasarle un cepillo, ¡qué épocas aquellas en que podía dedicarle dos horas diarias a su cuidado!

El rostro revelaba años de desvelos y preocupaciones. Las ojeras y arrugas eran la huella del inexorable paso del tiempo.

Las manos por su parte, ya no lucían aquellas impactantes uñas largas y en color escarlata de la adolescencia que habían sido su orgullo. Ahora estaban resecas de tanto vivir en el agua, con la huella de las quemaduras por las batallas en la cocina y los rastros del resistol que habían quedado al hacer la tarea por la tarde.

Lentamente, comenzó el proceso de desvestirse para quitarse la ropa de día y vestirse con la de dormir. El cuerpo a esas horas de la noche respondía con una parsimonia desesperante, pero ya estaba acostumbrada. Se miró el torso. Los senos ya no veían hacia el frente como antes después de amantar a los hijos, y el vientre, que en algún momento de la vida había lucido una fortaleza envidiable, ahora era flácido y estriado.

“No”, se dijo a sí misma, “ya no eres la de antes”.

¿Y había valido la pena?

¿Había valido la pena renunciar al cuerpo juvenil de antaño por traer vida al mundo? ¿Había valido la pena sacrificar horas de sueño cosiendo y planchando la ropa del día siguiente, cocinando, despertando alterada en medio de la madrugada para aliviar una tos o una pesadilla? ¿Había valido la pena el esfuerzo a veces sobrehumano de darse tiempo para todo lo habido y por haber? ¿Había valido la pena aprender cosas inimaginables en la adolescencia como aprenderse de memoria una película para niños, correr en medio de un parque cuando el cuerpo reclamaba descanso, hacer manualidades cuando nunca se había servido para ello?

Cuando por fin terminó el proceso de ponerse la pijama y, como de costumbre, recorrió la casa una vez más para verificar que todo estuviera en orden, se fue hacia la cama con paso agotado dispuesta a caer rendida, como siempre.

De pronto, unos pasos distrajeron su atención.

“¿Qué haces despierto a estas horas, amor mío?”, preguntó con una lucidez que le llegó como un rayo milagroso. Solía pasarle cada vez que esa vocecita la llamaba, sin importar la hora o el momento que fuera.

“Nada, mamita, me desperté, y vine a darte un beso y a decirte que eres la más bonita y más buena del mundo”.

Las palabras del pequeño surgieron el efecto de siempre. Se convirtieron en un bálsamo que le alivió las heridas, el cansancio, y la transformó en una mujer nueva.

Miró fijamente al hijo, tan perfecto y hermoso, le regaló una sonrisa y un beso y lo mandó a dormir.

Después de esto, todo valía la pena.

Hoy, es 10 de mayo. En México se celebra el Día de las Madres. Para mí, cada día desde que di a luz ha sido una bendición que mis hijos se encargan de recordarme con cada uno de sus actos.

Sin embargo, más allá de eso, quise escribir este breve relato para felicitar a mi mamita, a mi suegra y a las mamás bloggers que he tenido la fortuna de conocer y que me han demostrado que, de verdad, el amor de una madre es infinito: Pali, J-Oda y Cápsula del Tiempo, un abrazo cariñoso.

Especialmente, quiero dedicarle este relato a Perita, mi cuñada, porque este es su primer 10 de mayo. El bebé aún está en camino, pero sé que será la mamá más buena del mundo y siempre encontrará razones para decirse a sí misma que todo vale la pena. Un abrazo, querida.

jueves, mayo 03, 2007

La batalla feliz

Aún no me lo creo.
Duré una semana en una redacción, y si bien sufrí la presión propia de los periodistas, tan parecida a la de los corredores de bolsa de Wall Street, me siento satisfecha.
Leí cada día once horas de corrido, no tuve un espacio ni para echarle una ojeada a nada que no fuera una nota informativa, regresé a casa cansada cada día y sin embargo, tan satisfecha.
La última experiencia en un trabajo me había dejado malherida, con el autoestima hecha añicos y la esperanza de un futuro en mi carrera totalmente perdida.
¿Cómo recuperé la fe?
Gracias a un jefe que ve a las personas como humanos, y no como sus sirvientes. Un editor que se esfuerza tanto como su equipo y no cree que por ser el jefe merece privilegios. Una cabeza de sección que se ha fogueado en el frente de batalla, en secciones diarias y con trascendencia periodística.
Recuperé la fe gracias a compañeros que no tienen nada qué demostrar porque han tenido grandes triunfos a lo largo de su carrera. No tienen a nadie qué pisotear, porque son seguros de sí mismos. No tienen por qué armar intrigas contra los otros miembros de su equipo, temerosos de que les ganen el hueso, porque saben que aun cuando se quedaran sin trabajo no tendrán que andar mendigando espacios.
En fin, me di cuenta que la diferencia entre trabajar feliz y no hacerlo, no siempre reside en el entusiasmo en que uno le ponga y los conocimientos que tenga sino en la gente con la que trabaje.
Ahora estoy feliz. Muy feliz.
Regresé a lo mío. Estoy en casa. Un poco desorganizada, eso sí, pero tratando de poner todo en orden. Ya me compré mi Pepto Bismol para la gastritis que seguro me va a dar, como suele pasarnos a casi todos los periodistas, pero son gajes de este oficio.
Eso sí, los extraño mucho a ustedes, mi equipo de amigos bloggers, pero como lo prometí, estaré aquí al menos una vez por semana reportándome.
Si se puede, tengo pensado escribirles un cuento en la próxima entrega. No se me desesperen.
Sólo denme un poquito de tiempo.
De verdad los quiero y los echo de menos a todos y cada uno, Rey Carlitos, Evan, Norka, Feri, Poeta, Ana Gaby, Cápsula, Gus, Fantasma (ya te lo dije, pero otra vez), mi Ixa (eres bien correspondida), Mi Ilne (dónde andarás, preciosa), Pali y princesa Pequeña, J-oda y Mr. Futuro, Citizen, Mi Apolita linda (perdón por no responder en el msn, pero andaba de vaga y deje la compu prendida), Diego, Boris. Todos, pues.
No me dejen que me hacen falta.

miércoles, abril 25, 2007

El periodismo y yo

En unas horas, otra vez estaré en medio de una redacción. Nuevamente escucharé el tecleo incesante de las máquinas, y me contagiaré del ataque de locura a las seis de la tarde, las juntas, los ojos que arden y el cerebro que empieza a rechinar después de horas y horas de ver la pantalla de la computadora.
Pero, como me suele pasar antes de todo comienzo, recapitulo.
A estas alturas, el periodismo y yo hemos tenido una larga historia de amor. El inicio fue fortuito. Tenía tan sólo 18 años y de pronto, sin darme cuenta, acabé en la redacción de un periódico. No era algo con lo que hubiera soñado. Ni siquiera me di cuenta que estaba trabajando e incluso me sorprendí cuando me llamaron para cobrar mi primer cheque. Yo tenía claro, sí, que quería ser escritora. Pero después de ver a mi papá periodista había decidido que la redacción de un diario no era algo para mí.
Sin embargo, la vida me llevó sin que yo me diera cuenta, como tantas otras veces. Y entonces, como suele pasar en toda relación, empezó la pasión. Los primeros años fueron de un amor incondicional, a toda prueba. Podía trabajar de 12 a 14 horas diarias y sorprenderme a cada día absolutamente por todo.
Tanto fue el amor que despertó en mí aquella primera redacción, ahora ya desaparecida, que me hizo tomar la decisión de estudiar la carrera de periodismo.
No me importó la oposición de mi papá, que me alertaba de lo pesada que era la vida de un reportero y de la falta de trabajo que había en esta profesión; tampoco quise escuchar las voces de alerta de algunos de mis maestros, como aquel que nos explicó que el periodista, antes que nada, debía tener capacidad para no comer, no dormir, subsistir con sueldos a veces miserables, tener paciencia para soportar llamadas en medio de la madrugada y no soñar jamás con la fama.
¡Estaba enamorada! ¡Quién podría culparme!
Y así lo estuve muchos años. Hasta que un día, como suele pasar con muchas relaciones de pareja, desperté preguntándome si quería seguir ahí. Ya no sentía aquel interés aparentemente infinito de antes, ya no me emocionaba el día a día, y todo me parecía monótono e inútil. Me asaltaban tantas dudas respecto a estar en la profesión correcta, que decidí alejarme un poco de ella.
Me di cuenta, con este distanciamiento, que mi carrera no perdona al que no tiene el valor de seguir y que puede cobrar caro una osadía de este tipo.
Después, gente intrigosa, de esa que gusta de meter las narices en los grandes amores, entró a enturbiar aún más la relación, al grado de que un día me dije: Esto se acabó, no más periodismo para ti. Y decidí, como suele pasar con las relaciones que terminan, que conservaría mi paso por esta profesión como un hermoso recuerdo.
Sin embargo, como diría el célebre Michael Corleone, "cuando quiero salirme, me vuelven a meter", y heme aquí, otra vez, con las mariposas en el estómago que siempre me ha producido este amor por el periodismo, retomando esta relación que con todo y sus altibajos se ha mantenido por más de 18 años.
Porque como me dijo una vez un sabio y respetado periodista, "el profesional de esta carrera nace no se hace. El profesional de esta carrera es aquel que no puede permanecer indiferente a la realidad y siente que le cosquillean las venas cada vez que escucha que se generó una noticia. El profesional de esta carrera lo es para siempre".
Y sí, para siempre lo seré. No puedo negar que amo a mi carrera a pesar de los pesares. La pasión ha cambiado, se ha vuelto un sentimiento más sereno y reposado, pero ahí está de alguna manera. Ahora sólo veamos cómo será esta nueva experiencia.

sábado, abril 21, 2007

¿Qué sucedería?

¿Qué sucedería si todo quedará estático, si nunca pasara nada, si la vida fuera sólo lo que tenemos hoy y nada más?
¿Qué sucedería si se suprimiera el dolor en el mundo, si no hubiera problemas? ¿Aprenderíamos realmente a disfrutar de la posibilidad de ser felices?
¿Qué pasaría si como dice el maestro José Saramago en su libro Las intermitencias de la muerte, de pronto un buen día nos despertaramos sabiéndonos inmortales? ¿Aprenderíamos a amar más y mejor, seríamos seres humanos más completos, resolveríamos los conflictos, cuidaríamos más al planeta, disfrutaríamos más de estar aquí?
Yo he llegado a algunas conclusiones. Nada absoluto, claro. Son sólo ideas muy personales ante estas preguntas que me asaltan desde siempre.
A veces los cambios tornan nuestra vida difícil, nos hacen andar por pantanos y zonas empedradas, pero hay que asumirlos.
A veces, el dolor y los problemas nos hacen ver todo oscuro, pero al final del túnel encontramos sentido cuando nos damos cuenta de que el sufrimiento en ocasiones es la única forma de aprender o de ver con claridad.
Sabernos mortales, por otra parte, no es más que una oportunidad para aprovechar el hoy. Esta vida que puede irse a cada segundo, pero que ahora tenemos a manos llenas.
Los últimos dos años me tocó transitar por un gran tunel.
En este 2007 muchas lucecitas han aparecido en mi camino.
La próxima semana vuelvo a retomar mi carrera, que por otro lado nunca he abandonado del todo.
La incertidumbre de un nuevo comienzo me asalta, como siempre, pero me propongo poner lo mejor de mí.
Lo demás, lo que venga, siempre será ganancia.
Este inicio es el que me ha mantenido un poco alejada del blog y probablemente no me dé espacio para escribir con la constancia de antes.
Pero hay algo que me queda claro.
Aquí, de la mano de tantos amigos a los que he tenido la oportunidad de conocer, y con los que he salido enriquecida en más de un sentido, he sido muy feliz.
Por tanto, me niego a dejar un espacio abierto por los nuevos retos que tengo que asumir.
Si tengo que robarle horas al sueño para escribir y vagar por la blogosfera, estoy dispuesta.
Sólo tengan paciencia si de pronto se abren pequeños compases de espera. Tengan la seguridad de que encontraré la forma de seguir aquí.
¡Cómo no hacerlo!
Por ahora, me iré a dormir, con los dedos cruzados y el corazón dispuesto.
La luz volvió a aparecer y el tiempo que dure la pienso aprovechar.

viernes, abril 13, 2007

Tiembla la tierra

Tiembla la tierra bajo mis pies y no me deja dar el siguiente golpe sobre el teclado.
Pero claro, ¿por qué tendría que saber ella que estoy trabajando a altas horas de la madrugada?
Ni modo. Tal como lo he aprendido, me apresuro a salir a la calle como muchos otros vecinos, mis hijos en pijama pero divertidos con la experiencia.
Pretendo controlar el pulso y me digo que no pasa nada. En realidad sólo estoy tratando de que no se contagie el miedo.
Sigue temblando bajo mis pies y entonces recuerdo aquella sensación, la del 85, cuando abrazada a mi hermano menor sentía que el terremoto era eterno y veía cómo en las paredes y el techo se abrían grietas.
"¡Si el edificio se cae, que me caiga a mí!", pensaba mientras pretendía cobijar a mi hermano de cinco años con mi cuerpo.
Me resulta inolvidable el estruendo de vidrios y piedras cayendo por los abismos recién abiertos en el edificio de 21 pisos en que vivía.
Hoy no se oye nada, pero de pronto se va la luz y un par de sirenas de ambulancia se escuchan a lo lejos.
¡Imposible dejar de sentir este nudo en la garganta! El recuerdo de aquellas sirenas incesantes tratando de rescatar sobrevivientes en medio de los escombros que dejó el terremoto de 1985 vuelve con toda su fuerza.
Y siento otra vez el olor a formol, a muerte, que me persiguió en tantas noches de pesadilla.
Y vuelve por sus fueros este sentimiento de indefensión ante la fuerza de la naturaleza.
Y, como hago siempre, pido con todo el corazón que cada uno de mis seres queridos esté bien, donde quiera que sea y que no se repita otra vez la experiencia terrorífica que nos cambió la vida a tantos.
La tierra detiene su movimiento. En cuanto puedo, prendo la radio para enterarme de lo que pasa en toda la ciudad. Es una acción instintiva que me quedó desde hace 22 años.
No ha pasado nada, por suerte. Sólo episodios de crisis nerviosa que se repitieron por toda la Ciudad de México ante un recuerdo colectivo que no nos abandona.
Sigo trabajando unas horas más. Las entregas tienen fecha y no conocen del miedo.
Y de pronto, otra vez, la tierra vuelve a temblar. Un crujido me lo anuncia.
Y nuevamente el corazón agitado, aunque ahora decido quedarme en casa.
Recuerdo entonces la suerte que corrió mi familia entera, que a pesar de haber vivido el temblor del 85 en algunas de las zonas de la Ciudad de México que quedaron más devastadas, logró salir con bien.
Y reaprendimos todos a vivir, a ser precavidos, a no tomar a la ligera el más mínimo movimiento telúrico.
No cabe duda que hasta de las peores experiencias se puede extraer aprendizaje y esperanza.
Termino el trabajo y estoy por irme a dormir.
Sé que mañana amanecerá, como amaneció entonces.
El sol volverá a brillar.

domingo, abril 08, 2007

La mujer más hermosa del mundo

Hace años ella me contó un cuento que a su vez sacó del programa Plaza Sésamo.
Era la historia de un pequeño que había extraviado a su madre y entonces iba por todas las comarcas preguntando: “Perdón, ¿no han visto a mi mamá? Es la mujer más hermosa del mundo”.
La gente de cada lugar, al notar la angustia del chiquillo se apresuraba a traer a todas las mujeres hermosas de la región, pero en todos los casos la respuesta del niño era la misma: “No, no, ¿qué no me oyeron? Les dije que era la mujer más hermosa del mundo”.
En uno de los pueblos, y después de que hubieran desfilado ante el pequeño las bellas del lugar, apareció de pronto una mujer pequeña, ojerosa y con el pelo maltratado, la cual caminaba encorvada y con pasos lentos.
Entonces, el niño salió a recibirla, mientras le extendía los brazos y la llamaba a gritos, “¡mamá, mamá!”
La gente inmediatamente dirigió la mirada hacia la señora. Al notarlo, el pequeño dijo orgulloso: “¿Lo ven?, les dije que era la mujer más hermosa del mundo”.
Supongo que todos los hijos lo decimos, y yo no puedo ser la excepción.
De verdad siento que mi mamá es la más hermosa del mundo.
Podría argumentar que la veo así por su sonrisa que contagia, sus ojillos llenos de luz, su nariz chatita, su cabello rizado y espeso, su juventud y coquetería eternas; pero francamente sería quedarme en la superficie.

Mi mamá es el mejor ejemplo de que cuando se encara la vida con amor y valentía, no hay obstáculo insuperable. Es una mujer en quien el adjetivo fuerte cobra un significado real, un ser humano pleno de optimismo, amoroso, honesto, trabajador y bueno como el que más.
Mi madre nació en Chihuahua, en la frontera norte de México, el 9 de abril de 1945, y desde pequeña aprendió a convertir cada obstáculo y cada prueba en una oportunidad para crecer.
A los 14 años, tras haber abandonado la escuela con sólo los estudios básicos terminados y en vista de la difícil situación económica que se vivía en su casa, comenzó a trabajar para ayudar a su familia, compuesta por padre, madre y ocho hermanos de los cuales ella era la mayor.
De su sueldo, nunca quedaba nada para ella, así que mi mamá transitó por la adolescencia sin posibilidad de construir sueños, perder tiempo en noviazgos, comprarse la ropa de moda y otras manías típicas de la pubertad.
De hecho, a los 16 años tomó una decisión que es tan sólo una mínima muestra de su vigor y su fuerza: Viajar sola a la Ciudad de México para abrirse camino y después traer al resto de su familia para que tuviera un futuro mejor.
Imagino siempre lo difícil que debe haber sido tomar una decisión como ésta, a una edad en la que la mayoría de los jóvenes no saben ni qué pasará con su vida el día de mañana. Pero me queda claro que, aunque pequeñita de estatura, a mi mamá siempre le ha parecido pequeño el mundo y nunca ha aceptado darse por vencida.
Lo mejor es que a pesar de todos los esfuerzos que tuvo que encarar, mi mamá siempre se dio el modo de disfrutar la vida, y hasta de ir a pedir autógrafo a la casa de sus artistas favoritos como César Costa y Johnny Laboriel.
Porque sí, una de las grandes virtudes de mi madre es precisamente esa capacidad de transformar una tormenta en un día de sol.
Así me tocó verla cuando tomó la valiente decisión de divorciarse y cargó con sus hijos y sus maletas sin volver la vista atrás.
Así me tocó verla los años que siguieron, cuando regresaba a casa agotada por las jornadas en dos trabajos diferentes y sin embargo se daba el modo de celebrarnos los cumpleaños, las navidades y hacernos sonreír a cada día.
Así me tocó verla también tras el terremoto que en 1985 golpeó a la ciudad de México: inventaba maneras de cocinar sin gas, tan sólo con una olla en la que ponía alcohol y un par de cuchillos para ofrecernos comida caliente; estuvo a punto de cruzar toda la ciudad con sus tres hijos para encontrar un lugar donde dormir en medio del desastre, pero no dejaba de pedirnos que no nos diéramos por vencidos y recordarnos que teníamos que ser fuertes; sabía que el siniestro me había conmocionado, y sin embargo, estuvo siempre cerca de mí hasta que se aseguro que el miedo había desaparecido.
Después, me tocaría verla reconstruir su esperanza en el amor, gracias a Adrián, quien apareció como un ángel en su vida y ha estado junto a ella durante casi dos décadas.
Sin embargo, el corazón generoso de mi mamá ha tenido para todos, y al mismo tiempo que se ha entregado a Adrián y nos ha enseñado a quererlo, se ha dado el gusto de acompañar a cada uno de sus hijos en sus respectivos caminos y con la entrega de siempre.
Y es curioso, mi mamá no estudió más que primaria y sin embargo puede dar cátedra a sus hijos sobre muchos temas, porque tiene una permanente disposición a aprender. No tiene todo el dinero del mundo y siempre encuentra la forma de estirar y darle una razón a cada centavo de manera en que le luzca. Es una mujer que podría conformarse con lo que ha logrado, pero no puede dejar de ser una idealista siempre en busca de un país y un mundo mejor. Tiene 62 años y parece casi de mi edad.
Suele pasarme que viene la gente y me dice que ella y yo parecemos hermanas, e incluso la psicóloga, tras largas terapias, me hizo comprender que yo tenía mucho de ella.
Pero no, no se confundan. No es que no quisiera aceptar que me parezco a mi mamá, lo que pasa es que sigo pensando que sería muy afortunada si tuviera un poco más de ese amor por la vida, esa juventud, esa capacidad de sanación y ese valor que la hacen única.
Espero sinceramente que la vida me dé oportunidad de lograrlo tan bien como lo ha hecho ella.
Por hoy, en su cumpleaños 62, este es un homenaje para una mujer en quien me veo reflejada todos los días, que me ha enseñado que no hay mejor camino al éxito que trabajar con amor y dar gracias a cada paso del camino por los aprendizajes adquiridos. Una mujer de quien es una suerte ser la hija mayor. Una mujer por quien soy lo que soy.
¡Te amo, mamita!
¿Ven que era cierto que es la mujer más hermosa del mundo?

ILNE

Cuando la empecé a leer, jamás pensé en la hermosa posibilidad que me regalaría la vida:
Construir con Ilne una hermosa amistad que, gracias a la tecnología, no conoce de distancias.
Hoy me toca despedirme momentáneamente de ella, pues el próximo martes sale de viaje a la India por varias semanas. (Quienes quieran despedirla sólo tienen que dar clic en su link).
No se trata de un viaje cualquiera. Es un sueño de vida, un proyecto largamente acariciado, uno de esas metas que todos quisiéramos cumplir algún día.
Es por eso que Ilne no va sólo con su cámara ni la actitud del turista que planea conocer exclusivamente los atractivos del lugar, sino que viaja a la India con el corazón y la mente abiertos, dispuesta a dejarse conmover por todo lo que sus ojos y sus poros logren rescatar.
Por supuesto, sabe que por momentos la experiencia puede no ser agradable para un ser como ella, sensible al dolor y la necesidad humanas.
De hecho, le preocupa sinceramente no poder ayudar a la gente que lo necesite.
¡Así de hermoso es su corazón!
Sin embargo, yo le dije hace unos días lo que creo y lo vuelvo a escribir en este espacio: “Amiga querida, quizá en el momento en que te topes con gente necesitada no puedas hacer nada o muy poco, pero seguramente regresarás a casa con muchas ideas sobre las acciones que puedes emprender para ayudar a aquellos que te preocupan”.
En fin, esta despedida no es amarga en lo absoluto. Ilne sabe que estaremos pendientes de su espacio por aquello de que encuentre la manera de contarnos cómo van las cosas en algún café-internet hindú.
Mientras tanto: “Amiga, me da mucho orgullo tu valor al cumplir este sueño, sabes que te llevas mi corazón en la maleta para que te acompañe. Sácalo cada vez que haga falta ¿vale? Disfruta cada tramo y trae muchas anécdotas para contar. Te deseamos todos feliz viaje, y te esperamos de vuelta con el cariño de siempre”.

martes, abril 03, 2007

¡Y al fin llegaron!

NACER

Cuenta la leyenda familiar que el 4 de abril de 1970 un hombre apareció en el bar de un hotel de Chihuahua, pasada la medianoche.
El hombre aquel, de mirada perdida, se encontraba en ese estado del Norte de México porque era reportero y le había tocado cubrir una gira política.
De pronto, otro hombre se acercó al que se hallaba cabizbajo y meditabundo. El recién llegado era nada menos que Manuel Buendía, un reportero mexicano célebre en su tiempo.
- ¿Y qué haces aquí, con esa cara?- dijo Buendía.
- Nada, que me acabo de enterar que nació una hija mía en la Ciudad de México.
- ¡Hombre!, pues si quieres vete para que estés al lado de tu esposa y tu bebé, y yo te cubro esta información.
- No, mira, de todos modos ya no la vi nacer, así que mejor me quedó hasta el final. Ya falta poco.
- Bueno, pues entonces vamos a brindar en honor al nacimiento de tu hija.
Y los dos hombres brindaron.
Manuel Buendía habría de morir asesinado unos años después y se convertiría en el más famoso ejemplo de periodista mexicano victimado a causa de sus ideas. El hombre cabizbajo era Gabriel del Río, mi papá.
No sé, tal vez fue un hecho como cualquier otro, pero me gusta pensar que este brindis entre reporteros determinó mucho de lo que soy ahora.
Por otro lado, unas horas antes de este encuentro, Taydé Ortega sintió un pequeño calambre estomacal. Como buena primeriza, no asoció el evento con una contracción por la cercanía del parto, sino que creyó que era un dolor provocado por una indigestión.
Aun así, decidió ir al hospital, pero con calma, sólo para verificar que todo estuviera bien con su embarazo.
Al llegar al metro de la Ciudad de México, recién inaugurado, no pudo entrar al primer intento, sino que tuvo que invertir dos boletos para que los torniquetes le cedieran el paso.
(Siempre pienso que éste es el primer ejemplo de la personalidad terca y expresiva que me caracteriza. Después de todo, ¡yo quería entrar con boleto de Metro aunque aún no hubiera nacido, y entré!)
Una vez ante el doctor, Mamá Taydé le explicó la molestia y le advirtió que por la tarde había comido mangos verdes con chile.
Minutos después, la joven veía correr a su lado a enfermeras y doctores ansiosos que le preguntaban si ella era la mujer a punto de dar a luz.
Mamá Taydé, con toda tranquilidad, respondía que no, que tan sólo había comido unos mangos verdes, pero un poco más tarde se vio a sí misma en la plancha del quirófano dando a luz a una pequeña que, según anunciaron los doctores, arribó al mundo a las 0:00 horas del 4 de abril.
Esa, claro, era yo.


Lo cierto es que son ellos, Taydé y Gabriel, los causantes de que yo esté aquí.

En algún momento de la vida, sus caminos tomaron rumbos diferentes, y yo crecí más cerca de mi mamá, cuyo amor y entrega ayudaron mucho en la construcción de mis valores, mis ideales, mis convicciones y mis sueños.
Aun así, también mi papá puso su granito de arena.
Y al final de cuentas, me queda claro que cada uno, a su manera, asumió el reto de educar a una hija rebelde como yo, y procuró poner lo mejor de sí para enseñarme el significado de la palabra amor.
Por eso, uno de los principales regalos que tengo en la vida es seguir siendo la Negrita de papá y la Muñequita de Plastilina de mamá.
¡A mis 37 que se cumplen hoy!

CRECER
Siempre he pensado que la vida es como un gran juego de ajedrez.
Uno tiene la posibilidad de diseñar la estrategia para lograr el ansiado jaque mate, y entonces mueve la pieza correspondiente.
A veces, el movimiento es exitoso, hábil, inteligente. Otra veces nos sirve sólo para darnos cuenta que pasamos por alto a una pieza del bando enemigo que se hallaba agazapada y que tarde o temprano nos cobra la osadía.
Yo he tenido altas y bajas como todos. Tropezones, caídas y descalabros. Pero puedo decir que he vivido de acuerdo a lo que pienso y de mis errores no puedo culpar a nadie más que a mí.
A veces, equivocarme me ha costado dolor y llanto, pero entonces recuerdo que también he tenido éxitos y me he desarrollado tanto como he querido como amiga, esposa, profesionista y la loca irremediable que soy.

¡Esa es la verdadera ganancia!.

REPRODUCIRSE

Y sí, uno de mis mayores triunfos fue haber dado frutos y contemplarme cada día reflejada en el bello brillo de mis retoños.
Soy madre por sobre todas las cosas.

Y… LA PLENITUD
Sí, ya sé. De acuerdo al ciclo de la vida que nos enseñan en biología, después de nacer, crecer y reproducirse seguiría morir. Pero siempre he pensado que esta lección carece de la parte más importante… la plenitud.
Yo ya nací, crecí, me reproduje. Aún no he plantado un árbol ni he publicado un libro, pero siento que el horizonte es amplio.
La ventaja es que ahora ya cumplí con varias etapas y sin haber perdido un ápice de la juventud y la alegría, tengo a mi favor la experiencia de los años vividos.
Así que 37 años, y yo soplaré el pastel sintiéndome bendecida por haber llegado hasta aquí.


domingo, abril 01, 2007

¡Sí se puede, México!

Me tocó verlas la semana pasada, después de meses y meses de no contactarlas, alejada como he estado del periodismo.
Y otra vez, como suele pasarme, me quedé de una pieza.
Primero, mi cita fue con Leticia Huijara, protagonista de cintas polémicas y exitosas como La Ley de Herodes y Un Mundo Maravilloso.



Un par de días después, el encuentro fue con Vanesa Bauche, quien se ha vuelto célebre gracias a cintas como Un Embrujo, Amores Perros y Las Vueltas del Citrillo, y que hace tan sólo unos meses triunfó en Londres con la obra De Insomnio y Medianoche, con lo que se convirtió en la primera latinoamericana en participar en el cerrado circuito del teatro británico.


Además de ser mujeres encantadoras, bellas, de personalidades recias e inteligentes como las que más, ambas actrices me sorprendieron como siempre porque en ellas es posible confirmar que existe un gran talento en México en cuanto a actores se refiere.
Las dos aman su trabajo, se entregan con verdadera vocación a él, tienen el talento para encarar cualquier reto que se les presente y han luchado por dignificar su profesión hasta donde les ha sido posible.
Las dos son caras conocidas en el mundo, pero para mí gusto, éste debería ser el único tipo de rostros mexicanos que fueran célebres a nivel internacional: el de profesionales realmente preparados, que hacen de cada actuación una obra de arte.
¿Y entonces, se preguntaran ustedes, cómo es que México exporta telenovelas de ínfima calidad que incluyen a personas cuyo único “talento” es que son "bonitos" o tienen un cuerpo sometido a múltiples operaciones o interminables rutinas de ejercicio?
¿Por qué, en lugar de elevar el trabajo de actrices como Leticia Huijara, Vanesa Bauche y una larga lista de etcéteras, mi país opta por mandar al extranjero la imagen de actores mediocres que no se molestan en estudiar sus escenas, sino que llegan cada día a grabar con la confianza de que el apuntador en la oreja los sacará de cualquier apuro?
Pero el problema es más hondo. En México, por ejemplo, existe también un gran talento musical. Virtuosos que si vivieran en otros países seguramente estarían en la cima, y sin embargo, ¿qué es lo que se conoce de la música de mi país en el extranjero? ¿Rebelde, que es un grupo creado a partir de los intereses de mercado? ¿O Belinda, una jovencita a quien han elevado a rango divino sólo por transmitir su música pop una y otra vez en la radio y la televisión a pesar de que no ha dado muestras de una verdadera capacidad musical ni vocal?
Otro ejemplo es de los escritores. A pesar de que hay un bajo nivel de lectura en el país, México cuenta (y me consta) con gente cuya creatividad y estilo narrativo podrían dar como fruto no sólo libros, sino guiones para cine y televisión verdaderamente originales.
El caso es que a estos escritores no sólo no se les toma en cuenta para apostar por una mejor televisión o cine, y ya no se diga para publicar libros (recuerden cuántos libros de autores mexicanos jóvenes han conocido últimamente), sino que además, la última moda es importar productos de gran calidad de otros países, como Bety La Fea, del colombiano Fernando Gaitán, tan sólo para destrozarlos incluyendo escenas enteras del humor más ramplón que uno se pueda imaginar.
Por si no fuera poco, a productos como éste, de éxito probado en el mundo, se dan el lujo de agregarles a los actores menos carismáticos que encuentran y entonces el resultado es verdaderamente lamentable.
Dicen por ahí, no sé si sea cierto, que Alfonso Cuarón dijo que directores como él, Alejandro González Iñárritu y Guillermo del Toro eran tan sólo “braceros* de lujo” que habían tenido que cruzar la frontera deseosos de encontrar apoyo para sus propuestas. Lo cierto es que, braceros o no, lograron un reconocimiento internacional que seguramente no habrían tenido de haber seguido aquí.
¿Acaso no es posible apostar por productos artísticos de exportación que reflejen el talento en México? ¿Es mucho pedir que desaparezcan las telenovelas o que por lo menos se legisle para que no sean exportadas a menos que cumplan ciertos requisitos de calidad? ¿Es imposible pensar que algún día recibirán el apoyo necesario los músicos, los escritores, los bailarines y todos aquellos que apuestan por la buena cultura en este país? ¿Es imposible pensar en sueldos dignos y tratos respetables para los verdaderos artistas nacionales?
Queda la reflexión, porque aunque sirva de poco para que las cosas cambien, siempre es bueno tener presente cómo debería ser la situación y poner un granito de arena cuando sea necesario.

* Braceros es la manera en que se conocer a los que cruzan a nado el Río Bravo para pasar ilegalmente a Estados Unidos.

miércoles, marzo 28, 2007

Se escuchan penas

En realidad, la idea no es mía. La leí hace un par de meses en la novela Vivir la Vida de Sara Sefchovich.
Resulta que Susana, la protagonista, es una mujer que va viviendo la vida casi por accidente y decide poner el letrero en la puerta de su edificio: “Se escuchan penas y pesares, departamento tres a”.
Cuando leí esta parte del libro me hipnotizó, no sólo por la originalidad de una idea como ésta, sino porque pensé que sería buen negocio el de escuchar penas.
De hecho, yo a menudo me topo con gente que apenas conozco y que decide abrirme su corazón y desahogarse conmigo.
Sin ir más lejos, el día de hoy me sucedió, cuando ya había escrito los primeros párrafos de este texto.
Me subí a un taxi a la carrera e inicié la típica conversación impersonal con el conductor sobre el clima, los hijos, la gripa. De pronto, sin que me diera cuenta, la plática dio un giro y me descubrí escuchando los problemas del taxista con su esposa.
Me contaba que su mujer había anunciado que se iría de la casa porque no estaba de acuerdo en que él ayudara a una de sus hijas que tenía problemas de dinero. Se sentía injustamente acusado, pues él lo único que quería era ser un buen padre.
Yo lo escuchaba en silencio y asentía lo suficiente para que se diera cuenta que le estaba prestando atención, pero en un punto de su plática me di cuenta que en realidad el taxista estaba hablando para sí mismo y que yo sólo había servido de pretexto para su desahogo.
Fue tan emotivo su monólogo que hubo un momento en que noté como al hombre se le quebraba la voz y le corrían las lágrimas por el rostro.
Al bajarme del taxi, él se disculpó por haberme contado su historia, pero yo le dije lo que suelo pensar en estos casos “todos necesitamos desahogarnos de vez en cuando”. A cambio, él me devolvió una sonrisa y un “Dios la bendiga”, y yo le regresé las mismas palabras con toda la sinceridad de mi corazón.
Escenas como ésta me pasan a menudo.
De hecho, una amiga fotógrafa decía que yo era especialista en hacer llorar a mis entrevistados cuando era reportera. Pero puedo decir en mi defensa que yo les hacía una pregunta cualquiera y eran ellos los que decidían abrir su corazón.
El caso es que he comprobado que las penas vienen en frascos de todos tamaños y en una gama variadísima de colores. Las hay grandes, medianas y pequeñas, lo mismo por la pérdida de un amor o un ser querido que por la enfermedad de un pariente, la situación económica o los conflictos de trabajo.
Sin embargo, este sentimiento nos es común a todos, y para cada cual, su pena es única y tan válida como todas las del mundo.
He comprobado que cuando alguien cuenta una pena, no hay palabra de aliento que valga, no sirve de nada animarlo con frasecillas hechas. En casos así, es más valioso el silencio, unos oídos atentos y unas manos dispuestas a una caricia en caso necesario.
Por supuesto, hay quien es adicto a la pena, y ningún exceso es bueno, ya lo sabemos. ¿Pero acaso es malo sentir pena cuando algo nos pasa? ¿Se vale pretender que la vida sólo son momentos felices? ¿No es mejor abrazar la pena y después dejarla ir?
En fin, que después de toda la reflexión surgida a partir de Vivir la Vida, de Sara Sefchovich, decidí que seguiré teniendo oídos atentos a los corazones atribulados. Aunque eso de cobrar, como que se me hizo un poco descabellado.
Así que, “Se escuchan penas y pesares. Zona Infinita”.


jueves, marzo 22, 2007

El meme de las rarezas

Mi querida maestra Feri me encomendó la tarea de responder a un meme, y como la quiero mucho y siempre fui una alumna responsable, vine inmediatamente a cumplirlo.
Además, en estos días las musas andan de vacaciones y esto me da un excelente motivo para escribir.
Bueno, ahora tenemos que responder cuáles son nuestras “rarezas” o “particularidades”.
Tarea difícil, sin duda, porque si soy honesta, yo soy una rareza en mí misma.
Pero bueno, veamos algunas de mis particularidades:

* No puedo irme a dormir si no he verificado dos o tres veces que la estufa está bien apagada. Esto se volvió una verdadera obsesión, tras el fallecimiento de una querida amiga y su familia a causa de una fuga de gas.

* Tengo el vicio de tomar café, pero aunque quienes me conocen creen que bebo litros y litros de esta bebida al día, la verdad es que no tomo más de tres tazas. Lo que pasa es que me sirvo un café por la mañana, pero sólo es la mitad de la taza y además le voy dando sorbitos poco a poco durante horas. Es tanto el tiempo que dejo pasar entre que me preparo un café y termino de tomarlo que me lo acabo bebiendo totalmente frío.

* Me gusta mucho bailar, pero cada vez soporto menos las fiestas y menos si hay mucho alcohol de por medio. (No se confundan, no soy abstemia, simplemente que a veces siento que el clima se enrarece con el alcohol).

* No me gusta oír sonar el teléfono. No sé bien qué me produce, pero siempre me pone nerviosa. Claro, una vez que contesto, trato de que el que llama no note el malestar.

* Pongo unos ojos de toro loco cuando alguien me interrumpe mientras estoy escribiendo.

* Cuando voy a un restaurante, no soporto a la gente que platica demasiado fuerte o ríe a carcajadas.

* Me provocan malestar los tumultos.

* Le tengo aversión a los insectos, especialmente a las arañas grandes y he llegado a pegar de gritos cuando me aparece una por sorpresa. De hecho, creo que fue una de ellas la que aceleró mi primer parto.

* No me gusta ir al dentista ni visitar al médico.

* Cuando riego las plantas, les platico.

* No puedo dormir si no lo hago recostada sobre mi lado derecho.

* Me incomoda cuando alguien me dice que soy bonita porque no me lo creo y pienso que es una broma.

* No me caen bien los hombres que se las dan de galanes.

* Siempre que me dan regalos me quedo con la sensación de que no los merecía. Definitivamente me gusta más dar que recibir.

* Cuando he tenido que ir a un funeral, siempre me siento fuera de lugar porque no encuentro palabras para consolar a los dolientes.

* El agua es un placer para mí, ya sea como bebida, cuando me baño o en una alberca.

* Hablo dormida, y siempre incoherencias.

* No puedo trabajar con música.

* No me gusta dejar un libro a medias ni estar leyendo varios al mismo tiempo.

* Me encantan los chocolates y si son semi amargos, mucho mejor.

* Me fascinan los juguetes. Si pudiera, tendría un cuarto lleno de ellos, especialmente de muñecas.

* También me gustan los zapatos. Si fuera millonaria, los tendría todos.

* A diferencia de muchas mujeres que se fijan en los hombres por su torso, su rostro, su brazos, su voz, yo en lo que me fijo es en las manos masculinas. ¡Es casi un fetiche! Me gustan las que son grandes y varoniles.

* No puedo dormir sin leer un rato.

* Me cuesta trabajo separarme de mi esposo, así sea cuando tenemos que cumplir obligaciones. Sin embargo, estoy trabajando para que se me quite esta dependencia, sobre todo ahora que está viajando mucho.

* Me enoja la gente que no hace su trabajo con alegría.

* Escribo mejor cuando estoy deprimida.

* Puedo doblar mis dedos hacia atrás (bueno, no totalmente pero sí anormalmente), como si fueran de hule.

* Tengo una rutina nocturna peculiar: Ver un poco de televisión, charlar con mi marido, leer el Tarot y el I Ching, leer un libro y ¡a dormir!

* Soy un vampiro, funciono mejor de noche que de día.

Y ya, ahí le dejo, hay más, pero creo que es muy pronto para que se den cuenta que soy o un fenómeno o una verdadera loca.

De hecho, para que comprueben que sí tengo zafado un tornillo, cierro este texto con mi última rareza.

* Entre mis canciones favoritas, hay varias que aluden al tema de la locura: Cartón Piedra, de Joan Manuel Serrat, Balada para un Loco, de Piazzola, A la Sombra de Un León, de Joaquín Sabina, en fin… loca soy, pero eso sí, muy feliz.

Y bueno, les dejo el meme a toda lista de Amigos Infinitos. Si tienen tiempo y ganas, adelante, pero sí no, que sea como ya lo dijo Feri, sin compromisos.

lunes, marzo 19, 2007

Qué bella es la vida

¿Qué significarán estas imágenes?

Mis hipótesis:
A) En realidad, mis hombres y yo fuimos una familia de osos polares en otra vida.
B) Tenemos espíritu de osos polares en casa.
C) La vida nos da siempre ocasión para recordar que formamos parte del maravilloso reino animal y para recuperar la humildad al saber que sólo somos una elemento más del universo.

En fin, de cualquier manera, son dos imágenes que me parecieron hermosas, y quise compartirlas, porque son descubrimientos como éste los que me hacen saber que soy una mujer muy afortunada.


Espacio sin límite para conocer

Como saben los visitantes de este espacio, la lista Amigos Infinitos está dedicada a todos aquellos blogs que, en mi humilde opinión, merecen ser leídos, ya sea por los temas que tratan o por la forma en que éstos son abordados.
Son, además, mis sitios favoritos, a los que acudo sistemáticamente y que me parecen ampliamente recomendables.
En esta ocasión, acabo de incluir un link especial para mí. Se trata de Espacio sin Límite, que es un blog de reciente factura, pero con mucho camino por delante.
El autor es Adrián Colín, mexicano y periodista como yo, a quien además le guardo un afecto muy especial, no sólo por ser la pareja de mi mamá desde hace 18 años, sino porque he aprendido a quererlo por su actitud siempre amable, solidaria y cariñosa.
Adrián es poseedor de una mentalidad abierta, ágil y progresista que seguramente nos regalará los más variados y ricos textos.
Yo los invito a todos a que se den una vuelta, estoy segura que no se arrepentirán. Sólo denle click al link que dice Adrián, México, ¡y listo!

Le regalo esta foto de Adrián, mi mami y doña Soco, la mamá del nuevo bloggero, para que lo vayan conociendo todos los amigos.

miércoles, marzo 14, 2007

La Mariquita

Tardé un poco, pero por fin lo reconstruí.
Les decía que este es un cuento que mande a un concurso. Se trataba de un certamen que organizó una revista femenina a nivel Latinoamérica y del cual obtuve el lugar número 15.
Pero más allá del premio, lo importante es que este cuento fue motivado por una noticia que leí algún día y me dejo sin dormir las noches siguientes.
La verdad no sé si con la reconstrucción el relato ganó o perdió, ya que, como suele sucederme con mucho de lo que escribo, perdí el orginal.
Sin embargo, me parece una historia conmovedora que siempre vale la pena rescatar.

Nadie supo nunca cuándo ni de dónde vino. Su presencia resultaba tan cotidiana que había quienes pensaban que había estado ahí desde siempre.
No tenía un nombre, al menos no uno oficial, aunque alguien le había llamado alguna vez “La Mariquita” y así era conocida por el barrio.
Su edad era indefinida. Ocho, nueve, diez años, quizá. Era casi imposible adivinar la fecha de su nacimiento y nadie se había tomado la molestia de preguntársela.
Lo cierto es que La Mariquita aparecía por todos los rincones y a toda hora del día. La veían los oficinistas que salían temprano en la mañana hacia el trabajo, las madres y los niños que iban y venían de la escuela, las amas de casa que salían a toda prisa hacia el supermercado, los viejos que gustaban de pasar un rato con sus amigos en el parque.
De baja estatura y extremadamente delgada como era, La Mariquita siempre se veía mucho más pequeña enfundada en aquellos vestidos y suéteres enormes que sacaba de quién sabe dónde.
De los zapatos, ni hablar. Cuando había suerte, traía algún par de dos o tres tallas más grandes que la suya. Cuando no, iba descalza, pisando el pavimento caliente, piedras, basura y cristales rotos sin el menor asomo de dolor.
A veces, La Mariquita aparecía en alguna esquina con una caja de dulces que ofrecía a todo el que pasaba; en otras ocasiones, se la veía con una botella de jabón líquido, dispuesta a dar servicio de limpieza en los parabrisas de los coches, y había días que aparecía sentadita en la banqueta, con el rostro moreno, cansado y sucio, y una mano extendida para pedir limosna.
Cuando corría con suerte, algunos transeúntes le regalaban una moneda, con lo cual acallaban su conciencia y podían seguir tranquilamente con su vida unos días, meses o años más.
Sin embargo, la mayoría de las veces, la gente del barrio pasaba a su lado sin prestarle atención, o bien, la veían a lo lejos y decidían ignorarla una vez que les tocara caminar a su lado.
Nadie reparaba nunca en esos ojillos negros, de mirada opaca, inusuales en una niña tan pequeña; ni en sus diminutas manos cenicientas y llenas de cicatrices, que revelaban un abandono total.
Si la hubieran observado, quizá se habrían dado cuenta que comía sólo cuando podía y que en algunas ocasiones había tenido que recurrir a la inhalación de cemento para mitigar el hambre.
Si se hubieran detenido a hablar con ella, hubieran sabido que su madre drogadicta la había echado de la casa, y sin embargo, La Mariquita regresaba de vez en cuando a darle el producto de su trabajo para que no se muriera de hambre.
Si hubieran querido conocerla, se habrían enterado que dormía donde la agarraba la noche, ya sea en una coladera, debajo de un auto o en el portón de una tienda, y a veces no contaba ni siquiera con viejos periódicos para cubrirse del frío.
Pero nadie tenía tiempo de mirar ese rostro que había perdido la inocencia; la prisa de la ciudad impedía que alguien se detuviera a preguntarle nada o a llamar a las autoridades para exigir la protección de la pequeña desamparada.
Además, todos se habían vuelto lo suficientemente desconfiados como para no contemplar la posibilidad de invitar a La Mariquita a tomar un plato de sopa o a guarecerse en una noche de frío. Mucho menos, claro, a vivir en su casa.
Y sin embargo, ¡qué reacción la que provocó su muerte!
Los vecinos se enteraron temprano por la mañana, cuando la policía se dio cita en el único lote baldío de la zona.
Ahí había aparecido el cuerpo sin vida de La Mariquita, pero los investigadores no acertaban a dar con las razones de su muerte. ¿Hambre?, ¿frío?, ¿estrangulamiento?
Tampoco le veían mucho caso a dedicar tiempo a una niña por la que estaban seguros que nadie levantaría la voz.
Entre la gente del barrio, sin embargo, había una gran conmoción.
“¡Cómo es posible que una niña pierda la vida de esta forma! ¡Qué clase de sociedad es ésta en la que vivimos!”, repetían las vecinas indignadas, e inmediatamente acallaban la voz interna que les gritaba que sí, que aunque ellas no lo quisieran, también eran parte de esa sociedad que criticaban con dedo flamígero.
Algunos emotivos decidieron poner flores en el espacio que dejó el cuerpo inerte de la niña. Otros, decidieron agregar una cruz y un grupo más extendió una petición formal para que la calle donde estaba aquel lote baldío cambiara el nombre para llamarse desde ese momento La Mariquita.
Las autoridades decidieron aceptar ese último tributo, seguros de que era lo único que podían hacer por esa niña cuyo destino final había sido la fosa común.
Sin embargo, el paso de los días, los meses, los años, y la aparición de otras tantas criaturas como ella por los rincones del barrio, cubrieron con el polvo del olvido el recuerdo de La Mariquita.
De hecho, la otra noche, entre un par de amigos que caminaba por las calles del barrio se registró la siguiente conversación.
- Oye, ¿y por qué se llamará Mariquita esta calle, si en esta colonia las avenidas tienen nombres de próceres de la historia mundial?
- Pues quién sabe, tú. Tal vez algún romántico, en un ataque de locura, decidió nombrar esta calle en honor a esos pequeños insectos de color rojo, que son inofensivos y simpáticos, que dicen que te dan mala suerte si los matas, pero a los que muchos les cortan las alas.

domingo, marzo 11, 2007

Y siguen los 52 días...

Paciencia, es una de las principales recomendaciones del I Ching, y siempre pienso que se trata de un arte difícil de cultivar.
Pero ahora me toca a mí pedirle a todos los amigos que hagan uso de ella y no se me desesperen por la lenta caída de textos.
Verán, los 52 días antes de mi cumpleaños me han regalado esta gripa de la que todavía no escapo, un ojo enfermito y muchas cosas qué reorganizar en mi casa y mi vida en general.
Pero yo lo pienso así: Los dos años pasados la vida me dio algunas palizas por aquí y por allá; conocí gente que me dejó un mal sabor de boca y viví momentos difíciles.
Ahora, siento yo, estoy entrando en un proceso de purificación, y cual si fuera una fiebre, mis poros están expulsando todas las toxinas para que el ciclo que venga sea mucho mejor.
(Hey, no se rían por favor de mi teoría, que estoy tratando de ser optimista).
Y bueno, aún así, quiero contarles que estoy recomponiendo un cuento con el que alguna vez gané el lugar 15 en un concurso. Es un cuento triste, así que recomiendo que preparen los pañuelos en lo que regreso.
Trataré de no tardar mucho.
Gracias a todos por el cariño y la paciencia.

jueves, marzo 08, 2007

La historia de Lina

La conocí hace seis años, cuando entró a trabajar conmigo para ayudarme con la limpieza de la casa una vez por semana. Venía muy bien recomendada por un círculo de amigos míos, así que la recibí con confianza y cariño, aunque nunca pensé que se volvería un ser tan entrañable para mí.
La empecé a admirar por el amor con que hacía su trabajo, siempre pendiente de que las cosas quedaran exactamente como yo quería, aun cuando no le pidiera nada en específico.
Después, me asombró saber que, aunque era tan sólo tres años mayor que yo, ya tenía hijos adolescentes por quienes profesaba un amor incondicional.
Sin embargo, no me enteré de su historia hasta un día que decidió abrirme su corazón y contarme que vivía en un matrimonio con un marido que le había llevado dos amantes a la casa, era alcohólico y acostumbraba ser violento con ella y con sus tres hijos.
Cuando me contó su situación, ella estaba empezando a barajar la posibilidad de divorciarse, así que yo, como todas las personas con las que trabajaba, le aconsejé que tomara la decisión de separarse de una vez por todas y le ofrecí mi apoyo.
Como es una mujer humilde, me tocó verla librar la batalla ante los tribunales de justicia que irónicamente acostumbran ser injustos con quien menos tiene. Más de una vez la vi a punto de desistir, pero siempre le ofrecí todos los medios a mi alcance para que continuara en su lucha.
Sin embargo, con el paso del tiempo, me enteré de que ésta era sólo una de las batallas que Lina había librado en su vida.
Nacida en un hogar humilde, su mamá la había dejado al cuidado de su abuela, quien a su vez la puso a trabajar a los cinco años de edad en el servicio doméstico.
Lina, por lo tanto, tuvo una escoba, un cepillo y un trapeador, mucho antes de saber lo que era una muñeca.
Por lógicas razones, ella se casó joven, a los 14 años.
En su matrimonio del que nació una niña y dos varones, nunca tuvo un momento de descanso, porque su marido la hizo trabajar a la par de él desde el principio, no sólo para llevar sustento al hogar y mantener la casa a flote, sino en la construcción de dos casas en las que lo mismo hizo labores de albañilería, que de plomería y electricidad.
Ella lo dice orgullosa: "Para mí no hay días de descanso, porque cuando no trabajo haciendo limpieza de casas, estoy construyendo en mi terreno".
Sin embargo, a pesar de todo, Lina siempre hace todo con alegría y cuenta su historia sin renegar de nada: ni de la madre que la abandono al cuidado de la abuela, ni de la abuela que la hizo trabajar tan pequeñita, ni del marido que le hizo la vida difícil, ni de los hijos a quienes se dedica en cuerpo y alma.
Por el contrario, si bien antes lamentaba que por trabajar desde niña no había podido conocer la playa, estudiar una carrera o esperar más tiempo para casarse, su visión de la vida siempre ha tenido un toque positivo.
De hecho, esa actitud optimista le ha permitido cumplir sueños pendientes como el de conocer Acapulco, ir al teatro, comprarse un coche y concluir su proceso de divorcio.
Además, es una mujer hermosa, que se ve joven y guapa, que se hace querer con facilidad y en quien las amarguras no han dejado huella.
La última batalla de Lina inició hace unos meses, cuando su hija de 22 años le confesó que estaba embarazada de un hombre casado.
Lina, que había tratado de aleccionar a sus hijos para que no cometieran el error de embarcarse en un matrimonio sin amor como el de ella, se sintió decepcionada. Sin embargo, fiel a su actitud de lucha ante la vida, decidió apoyarla sin condiciones.
Para cuando esto pasó, Lina ya no trabajaba conmigo, sino con mi mamá, pero aún seguía viéndola de vez en cuando, así que me tocó oírla hablar, con gran emoción, del próximo nacimiento de su nieta.
A lo largo de la semana pasada, la hija de Lina estuvo en labor de parto. Empezó el lunes, el martes fue hospitalizada pero fue hasta el miércoles que nació la bebé, porque los doctores decidieron no atenderla a tiempo. El problema es que este retraso provocó que la pequeña tragara líquido amniótico, con el peligro de sufrir daño cerebral, por lo que tuvo que ser hospitalizada en cuanto nació.
Mi mamá me cuenta que Lina, que estaba muy molesta, fue a quejarse al hospital por el retraso en la atención de su hija.
La respuesta de los médicos fue: "Debe saber que un parto es muy caro, y a usted le salió gratis porque éste es un hospital público, así que ni se queje".
Lina, acostumbrada a no dejarse vencer por la adversidad, respondió: "Mire, tal vez yo sólo soy una sirvienta y no tengo los estudios que tiene usted, pero lo único que le puedo decir es que yo siempre hago mi trabajo con amor. Usted no puede decir lo mismo".
¿Podría haber un argumento más certero?
Afortunadamente, como suele sucederle a Lina, la batalla terminó con bien, y desde ayer ya tiene a su nieta en los brazos. Una nieta que nació cuando ella no cumple todavía los 40 años. Una nieta por la que todos los que la queremos estamos celebrando con ella.
Yo sé que la historia de cada mujer es diferente, pero personas como Lina me han enseñado una de las grandes virtudes de mi género. Las mujeres difícilmente nos dejamos vencer, siempre luchamos, siempre sacamos el as bajo la manga, tenemos un nivel de tolerancia altísimo y una capacidad de adaptación fuera de serie.
Quise contar esta historia hoy, que es el Día Internacional de la Mujer, para homenajear a todas las heroínas que, como Lina, sortean día con día batallas pequeñas o grandes y aun así conservan la sonrisa, el anhelo y las ganas de seguir en la lucha.
Ya me tocará hablarles más adelante de mi mamá, la mujer más fuerte que conozco.
En tanto, muchas, muchas felicidades a todas y muchas gracias a todos los que nos complementan.

martes, marzo 06, 2007

De mis grandes placeres

Uno de mis grandes placeres son ustedes, los amigos que he hecho a través de esta Zona Infinita, como mi querida Ixa, Carlos, El Poeta, mi amigo anónimo, Boris, en fin, todos los que me orientaron para resolver el problema que tenía con el blog.
Deben saber que les hice caso y me di cuenta que sí, el canijo sistema me tendió una trampa, todo con el fin de que bajara el famoso Mozilla Firefox. Sin embargo, con tal de estar aquí con ustedes, bien valió la pena caer en la treta.
Bueno, verán, en estos días he estado de enfermera del Ghost Boy y su hermanito, así que mis neuronas andan concentradas en a qué hora dar los medicamentos, cómo hacer para bajar la fiebre y demás.
Por ello les había preparado un texto ligero sobre otro de mis placeres. Aquí se los dejo.

Debo decir que en cuanto a pasatiempos soy una mujer muy aburrida. Conozco a quienes se apasionan con la colección de los más diversos objetos, desde discos e historietas hasta monedas, llaves, cerillos y un sinfín de monerías. Hay otros más que son declarados fanáticos de la música, el cine o los videojuegos y aparte de tener un amplio archivo del tema de su interés, hablan de él tan apasionadamente que no puedo evitar sentir admiración y en algunos casos un poco de envidia.
“A mí me gusta bailar y leer”, respondo automáticamente siempre que me preguntan cuál es mi “hobbie”. Pero la verdad, ni siquiera en estos dos temas puedo considerarme una experta como tanta gente que tengo el privilegio de conocer.
El caso es que, aunque nunca la menciono por cotidiana, cocinar es una tarea que sí me apasiona.
Creo que el amor por esta actividad me llegó por herencia directa de mi mamá, que también siente la misma inclinación, aunque lo he ido perfeccionando a lo largo de mi vida.
De niña, recuerdo que jugaba, como muchas, a los pasteles y los guisos imaginarios, y por supuesto, entre mis juguetes preferidos se encontraba un refrigerador y una estufa (que sí enfriaban y calentaban un poco) y mi dotación de mini enseres de cocina.

Pero mis primeros acercamientos reales a la tarea de cocinar se los debo a mi mamá, que en la infancia me dejaba experimentar a su lado con pasteles de todos los sabores posibles, desde vainilla y chocolate hasta plátano y mamey. También a Chepina Peralta, una señora que aparecía en la tele preparando y dando recetas de cocina y cuyo programa se encontraba entre mis favoritos junto con las caricaturas, para asombro de todas mis pequeñas amigas de aquel entonces.
Después, cuando entré a cursar la secundaria, decidí estudiar el taller de cocina, a pesar de las protestas de mi mamá que anhelaba que yo entrara al taller de belleza para que aprendiera a maquillarme, peinarme y arreglarme como Dios manda. (Imagínense cómo me veía)
En el taller de cocina, tenía yo una maestra muy severa que siempre me decía, “ay, Del Río, Del Río, usted cocina delicioso, pero sus presentaciones siempre dejan mucho que desear”.
Porque han de saber que sí, me han alabado el sabor de mi comida muchas veces, a pesar de que en ocasiones el aspecto que presentan mis platillos esté años luz de las fotos que aparecen en los libros de cocina.
El caso es que ahora, si bien es una tarea que tengo que hacer diariamente, cocinar sigue siendo una de mis pasiones, un pasatiempo al que me dedicó en cuerpo y alma, no como una actividad pesada y obligatoria sino como un verdadero placer.
Cuando estoy en la cocina, me siento en mi espacio y antes de empezar el gran concierto que para mí supone hacer la comida, sigo siempre el mismo ritual: Procuro que todas las zonas estén limpias, y tener a mano todo lo necesario para preparar las recetas, tanto ingredientes como utensilios.
Después, empiezo paso por paso, primero lavo lo que haya que lavar, pico y licuo aquello que lo requiera, y entonces sí, una vez que todo está listo, llega mi proceso favorito que es mezclar los alimentos y disfrutar con los olores y las sensaciones que me producen al cocinarse.
Mientras estoy en esta tarea, yo procuro concentrar mi atención al 100 por ciento, porque una de las cosas que he aprendido es que la cocina es una amante celosa que castiga la menor distracción.
Uno de los mayores ejemplos del celo de la cocina me sucedió hace algunos años. Preparaba yo lo que en México se conoce como Pan de Muerto, que se prepara para las ofrendas del 2 de noviembre, día de los Fieles Difuntos, y de pronto, sin que me diera cuenta, se apagó el horno.
En vez de seguir la regla que indica que cuando sucede algo así uno debe esperar a que se ventile el área para volver a prender el horno, yo encendí de inmediato el cerillo y provoqué un flamazo y una pequeña explosión.


Siempre bromeo con eso y digo que en lugar de Pan de Muerto yo estaba a punto de preparar pan con muerto.
Afortunadamente, el saldo fue menor: tan sólo un par de mis dedos con quemaduras de segundo grado, pero debo confesar aquí que dejé de usar el horno varios años por temor a repetir la experiencia.
Cocinar también me ha dejado huellas en brazos y manos por quemaduras con aceite y agua que son producto de mis descuidos. Aunque déjenme decirles que estas cicatrices las muestro con orgullo, como un trofeo de las batallas que he vivido en la cocina.
Al preparar los alimentos, la práctica me ha permitido dominar cada vez más todos los aspectos e incluso experimentar en un mismo platillo, agregando y quitando especias y condimentos a mi gusto.
Además, siempre estoy en la búsqueda de nuevas y apetitosas recetas, ya sea en libros que compro, en recortes de revistas o pidiéndolas aquí y allá. Una vez que tengo la receta en cuestión procuro prepararla varias veces, porque estoy convencida que, como dice el dicho, "la práctica hace al maestro"
Sin ir más lejos, en estos días he estado trabajando en la hechura de las tortillas de harina que hace mi mamá (que son como las famosas tortillas de maíz con que los mexicanos comemos tacos, pero éstas se hacen con harina de trigo) y con un pastel de chocolate que se prepara en olla exprés.
Y como no puede hablarse de cocina sin compartir una receta (al menos en mi opinión) les dejo aquí la del pastel. Los ingredientes son fáciles de conseguir, la preparación es muy sencilla y queda delicioso. No se pierdan el placer de prepararlo.

PASTEL EN OLLA EXPRÉS (U OLLA DE VAPOR)



Ingredientes:

2 tazas de harina de trigo
2 tazas de azúcar
¾ de taza de aceite vegetal
1 ½ tazas de leche
4 huevos
2 cucharadas de vainilla
4 cucharadas de cocoa en polvo
2 cucharaditas colmadas de polvo para hornear

Preparación
1.- Engrasar y enharinar la olla exprés
2.- Mezclar los ingredientes con batidora o en licuadora.
3.- Verter la mezcla en la olla exprés. Aquí el truco es no hacerlo en directo, sino sobre una cuchara, para permitir que el engrasado y enharinado permanezcan intactos.
4.- Se tapa la olla, pero sin la válvula y se pone a cocer con fuego medio.
5.- Cuando empiece a salir humo y aroma a pastel de la olla, se baja el fuego al mínimo.
6.- El proceso de cocción, desde que se pone la olla al fuego hasta que se termina el pastel, dura 50 minutos.
7.- Una vez listo, decorarlo al gusto.

miércoles, febrero 28, 2007

Los 52 días

Yo no sé bien de dónde vino esta idea, el caso es que mi mamá dice que 52 días antes de cada cumpleaños, uno entra un periodo destructivo, en el que es presa fácil de enfermedades, pequeños obstáculos y problemas de todo tipo. De acuerdo con la autora de mis días, esto tiene que ver con el cierre de un ciclo en la vida.
El caso es que como cada año, a poco más de un mes de mi cumpleaños ya estoy con la gripe de esta temporada y a mi alrededor siento un ambiente turbulento. No sé si la teoría de mi mamá sea cierta, pero me queda claro que esto siempre me pasa un mes y medio antes del 4 de abril. Supongo que el proceso puede deberse a una simple sugestión, o quizá no me lo han detectado, pero soy alérgica a la primavera y/o a los cumpleaños.
Debería ser un aliciente la otra parte de esta hipótesis de los 52 días, que sostiene que pasado el cumpleaños, uno entra en una etapa constructiva, donde la vida le sonríe, la salud parece de hierro y las tormentas quedan atrás. Pero nunca he podido comprobar que así pase, al menos en mi caso, y además no tengo espíritu optimista para estas cosas. ¡Qué se le va a hacer!
Lo cierto es que cumplir los primeros 37 años de mi vida ya es algo inevitable, un hecho que está a la vuelta de la esquina.
No sé ni siquiera cómo me siento. Me miro en el espejo y veo que mi pelo ya peina un lunar de canas. En la calle me dicen señora, un título que me resulta un poco molesto y lo peor es que ni siquiera sé por qué. Volteó hacia atrás y veo que sí, son muchas las anécdotas que he podido acumular, los recuerdos de una vida que he transitado casi sin proponérmelo.
He sido una loca en el mejor sentido de la palabra y me gusta la idea. Me he dado permiso de cantar en el Metro, de posar desnuda para una sesión de fotos, de participar en el papel de prostituta en un cortometraje universitario, de acudir a marchas y mítines, de conocer los extremos de la sociedad, lo mismo los socialité que los espíritus desamparados. He comido y bebido cuanto he querido, he viajado tanto como he podido y he sido congruente con lo que siento y pienso.
He tratado de vivir mi vida por mí, y no pretender que los demás lo hagan. No cargo de culpa a nadie por mis éxitos o fracasos, por mi pobreza o mi riqueza. Tengo más amigos que enemigos, y estos últimos jamás me han quitado el sueño porque son completamente inofensivos. Además, a pesar de los momentos amargos y de mi natural melancolía, me revienta el hígado ser la víctima de la historia, y tengo poca tolerancia a quienes tienen esa actitud de vida.
A estas alturas, creo, debería sentir como muchos que ya me ataca la etapa de la madurez en la vida. Después de todo, ya están a la vuelta de la esquina los temibles 40 y tengo un hijo preadolescente, pero el caso es que me veo al espejo y me siento como una o dos décadas atrás, joven, traviesa, fuerte y sana.
Me sigue gustando ver caricaturas, vestirme con jeans y tenis, disfrutar el placer de un buen helado, bailar en donde me dejen y reírme a tambor batiente.
Los 37 se acercan, sin más, y me suena que es una edad considerable, sin embargo no puedo ponerme seria por más que quiero, caramba.
Así que, como siempre, por lo pronto sólo me dispongo a vivir estos 52 días destructivos, con todo y la gripe y los escollos.

lunes, febrero 26, 2007

Y al final...


Llegó y se fue la 79 entrega del Oscar y yo, como lo anuncié aquí, seguí la transmisión de cabo a rabo.
De entrada, la ceremonia inició con noticias esperanzadoras para los nominados mexicanos: las estatuillas para Mejor Dirección de Arte, Mejor Maquillaje y Mejor Fotografía se quedaron en manos de los paisanos que trabajaron para El Laberinto del Fauno, de Guillermo del Toro.
A mí me dio mucho gusto este hecho, incluso me atreví a brindarles algunos aplausos desde la lejanía, no sólo por su triunfo sino porque ver a compatriotas recibir un reconocimiento de cualquier tipo en el extranjero no es algo a lo que estemos muy acostumbrados los mexicanos.
También aplaudí cuando el argentino Gustavo Santaolalla ganó el Oscar por la banda sonora de Babel, que a decir verdad me pareció muy acertada.
Y hasta ahí quedaron las esperanzas mexicanas. No puedo decir que haya sido sorpresa que no obtuvieran el Oscar ni Babel, ni Alejandro González Iñárritu, Alfonso Cuarón o Adriana Barraza. No es que sea pesimista, pero desde siempre sentí que las posibilidades de triunfo eran escasas.
Además, sería imposible afirmar que fue una injusticia el triunfo de Martin Scorsese y su película Infiltrados, o de la actriz y cantante Jennifer Hudson quien se llevó la estatuilla en lugar de Barraza, por citar algunos ejemplos.
De hecho, el único Oscar que si lamenté que no fuera para México era el más sencillo de todos: Mejor Película Extranjera. En esta categoría estaba nominada El Laberinto del Fauno y de haber ganado, hubiera sido la primera vez que mi país se llevaba esa estatuilla.
Sin embargo, más allá de triunfos y fracasos de los mexicanos, hubo algo que llamó mi atención en esta ceremonia y que tengo que desahogar aquí porque da vueltas y vueltas por mi cabeza.
¿Recuerdan que yo decía que quizá las nominaciones de muchos de mis paisanos podrían ser un guiño para el pueblo de México?
Pues bien, al ver la ceremonia me di cuenta que en realidad el guiño no era para mi país sino para el mundo entero.
Ver la 79 entrega del Oscar fue semejante a escuchar a un niño lanzar el siguiente discurso: “Ya ven que en mi casa todos parecemos malos, y que los vecinos están enojados con nosotros porque somos intrigosos y nos metemos aquí y allá para provocar peleas y para estar presentes hasta en lo que no nos importa. Pero mírenos bien, somos buenas personas, aceptamos a todos por igual, sin importar el color, la nacionalidad, la preferencia sexual. El corazón nos alcanza para todos”.
Me di cuenta de este hecho, porque, como nunca, en esta ceremonia estaban presentes representantes de todas las razas y edades. Entre los nominados había latinoamericanos, asiáticos, negros, blancos, niños, jóvenes y viejos.
Además, la conductora era Ellen DeGeneres, una mujer que ha hablado abiertamente de su condición homosexual, y por si fuera poco, se aprovechó la presencia del Al Gore para tocar insistentemente el tema de las preocupaciones en torno al calentamiento global del mundo, las cuales fueron recreadas a través del documental An Inconvenient Truth, donde aparece este político y ex candidato a la presidencia de Estados Unidos.
Pero no sólo eso, hubo otros hechos inusitados en la ceremonia:
Antes de la entrega del Oscar a la Mejor Película Extranjera, distinción a la que generalmente se le daba el tratamiento de premio menor, se presentó un emotivo video de Giusepe Tornatore en el que se homenajeaba a la cinematografía del mundo a través de las películas de distintos países que se han hecho acreedoras a la estatuilla.
El Oscar para reconocer una trayectoria no fue, como suele ser, para un estadounidense, sino para el italiano Ennio Morricone, autor de la banda sonora de cintas como El Bueno, el Malo y el Feo, Los Intocables y Nuovo Cinema Paradiso.
Y ya para rematar, poco antes de que se entregaran las estatuillas principales para actriz, actor, director y película, se presentó un video sobre películas estadounidenses que mostraban, y en algunos casos criticaban, los verdaderos ángulos del american way of life, con todo y sus guerras y la amalgama de culturas que lo conforman.
El caso es que yo, suspicaz como soy siempre y tras haber estudiado comunicación durante mis años de universidad, sé que no hay mensajes inocentes, lanzados solamente porque sí, y me quedé pensando qué puede haber motivado esta serie de guiños al mundo que quiso lanzar la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Estados Unidos.
¿Será que les empieza a pesar saber que el mundo no siente simpatía por su país? ¿Será remordimiento porque su gobierno mantiene una guerra en Iraq sin fundamentos para ello? ¿Será que de veras se sienten apenados porque los experimentos nucleares de Estados Unidos son la causa principal del calentamiento global y ellos saben que lo sabemos? ¿Será que les pesan las críticas por el trato a los inmigrantes y a otras minorías dentro de su territorio? ¿Será que les enviaron una línea desde el gobierno de Estados Unidos para que dieran este discurso? ¿O será que, en el tenor de lo que comentó mi amigo Fantasma de la Libertad en el post pasado, decidieron darle palmaditas en la espalda al mundo en esta ceremonia para poder olvidarlo en las sucesivas?
No lo sé, y me gustaría mucho que me dieran sus puntos de vista porque después de ayer, tras ver la entrega del Oscar, sólo me quedé con una idea ambigua y simple rondando en mi cabeza:
“A veces debe resultar difícil ser ellos”.

viernes, febrero 23, 2007

Consideraciones del Oscar

Aclaración primera. La mayor parte de mi vida profesional la he dedicado a ser reportera de temas como el cine, la música y la televisión y me casé con otro periodista que se dedica al área del cine, además de ser un fanático confeso de la industria fílmica.
De ahí que para mí y para mi pequeño clan, una ceremonia del Oscar sea tan importante como para otros lo es la final de un Mundial de Futbol.
Generalmente, los días en que se entrega el premio de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos, mi marido y yo tratamos de cumplir con todos los pendientes por la mañana, preparar a tiempo una suculenta botana y a eso de las seis de la tarde desconectamos teléfono, ponemos letrero de no molestar en la puerta y nos aplastamos cual largos somos ante al televisor, dispuestos a autorrecetarnos todos los pormenores de la ceremonia: desde los vestidos y peinados que desfilan en la alfombra roja hasta la entrega de cada uno de los premios, por pequeños que sean.
Este año, la entrega del Oscar tiene un significado distinto para nosotros. Después de todo, hay una película, tres directores, una actriz, guionistas y cinefotógrafos mexicanos nominados.
En entrevista con EFE, Alejandro González Iñárritu, realizador de Babel, que es una de las cintas nominadas a Mejor Película, decía que ésta es la primera vez que hay tantas nominaciones al Oscar para personas de un país de habla no inglesa.
Sin embargo, mis sentimientos como mexicana hacia la entrega del Oscar son encontrados.
Les cuento algunas conclusiones:

1.- Lo primero que sentí fue suspicacia. Primero, porque los mexicanos estamos poco acostumbrados al triunfo en certámenes, olimpiadas, mundiales de futbol y entregas de premios.
Pero además hay un antecedente que apuntala mi desconfianza. En 1991, México y Estados Unidos estaban en pláticas para signar el Tratado de Libre Comercio (TLC), pero las negociaciones estaban en el pantano aún, debido a la resistencia de muchos sectores de la sociedad mexicana que sentían que era un acuerdo que no favorecía a mi país en lo absoluto. Entonces, de buenas a primeras, una mexicana, Lupita Jones, gana Miss Universo, en un hecho sin precedentes.
De inmediato, la señorita en cuestión fue rebautizada con el nombre de Miss TLC por sus paisanos, porque el hecho de que hubiera ganado la corona se interpretó como un guiño amistoso de parte de los estadounidenses para lograr mayor simpatía del pueblo de México en las negociaciones y no como el triunfo limpio de una concursante en un certamen de belleza.
Hasta ahora no hay nadie que haya demostrado con pruebas que el famoso guiño realmente existió, pero lo cierto es que desde entonces ninguna otra mexicana ha ganado Miss Universo y se logró la firma del TLC poco después de este “triunfo”.
Ahora, con las nominaciones de tanto mexicano al Oscar me pregunto si Estados Unidos no está queriendo hacer algo similar a lo del 91. Sabedores de que México se ha convertido en una bomba de tiempo, por el descontento que existe entre su población hacia un presidente que llegó al poder de una manera truculenta, los estadounidenses pueden querer distraer la atención de los mexicanos en esta entrega del Oscar y darnos un motivo artificial de unión para que se calmen los ánimos.
Sin embargo, también he pensado que tener esta visión de las cosas resta mérito a los personajes que fueron nominados, como Alejandro González Iñárritu, Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón y Emmanuel Lubezki, quienes han recibido reconocimiento en el mundo entero más de una vez y han crecido y dado muestra de sus capacidades a la vista de todos.

2.- De las películas mexicanas nominadas sólo he visto Babel. No puedo decir que es una mala película. De hecho, me gustó en más de un sentido con su mensaje acerca de la incomunicación humana. Me molestó, eso sí, el acto de coquetería de González Iñárritu hacia los gringos, que en su filme quedan como los buenos, los sufridos, muy en la línea del american way of life, pero entiendo que a veces el que paga manda, y fue Estados Unidos y no México quien le proporcionó los recursos para llevar a cabo este proyecto. Tampoco me gustó esta insistencia del director mexicano por unir varias historias con un mismo hilo conductor, porque es lo que hizo también en sus anteriores cintas (21 Gramos y Amores Perros), pero pienso que tal vez no iba a estar conforme hasta que el mundo le aplaudiera este estilo, y como ya lo logró, quizá se aventure por otros caminos narrativos en sus próximos trabajos.





3.- De las otras dos películas de mexicanos nominadas (El Laberinto del Fauno y Niños del Hombre) he oído buenas críticas, pero como no las he visto, sólo puedo decir que le voy mucho más al Fauno de Guillermo del Toro que a la cinta de Alfonso Cuarón, simplemente a la luz de los trabajos anteriores que he visto de ambos realizadores.



4.- Como mexicana, eso sí, me da alegría ver a compatriotas que son reconocidos en un evento de este tipo.
Por supuesto, al contrario de muchos de mis paisanos, no creo que este triunfo “sea de México”, porque son ellos, González Iñárritu, Cuarón, Del Toro, Emmanuel Lubezki, Adriana Barraza, Guillermo Arriaga y demás quienes trabajaron y destacaron y no todo el país.
Además, el hecho de que estos mexicanos hayan tenido que salir al extranjero para triunfar, porque su propia nación no les daba el apoyo que requerían, me hace sentir más tristeza que orgullo.
Sin embargo, el triunfo de mis paisanos me resulta inspirador en muchos sentidos. Porque al igual que yo, estos artistas del cine crecieron en México, estudiaron en México, trabajaron en México, pero no se quedaron con la cultura chata de su país, que los obligaba a una mediocridad por falta de apoyo, sino que tuvieron el valor de romper las fronteras, hacer suyo el mundo y triunfar.
No cabe duda que querer es poder.

Y yo me quedo con este último punto. El próximo domingo, mientras vea el Oscar trataré de no pensar en las suspicacias que me han asaltado y sí disfrutaré el hecho de que por primera vez un evento de este tipo huela a México.

miércoles, febrero 21, 2007

El arte de dejar partir



La Navidad pasada me regalaron la versión del director de Nuovo Cinema Paradiso, una película por la que siempre he sentido una fascinación particular.
En la entrevista que viene como material adicional del DVD, Giusepe Tornatore explica que en realidad esta versión que ahora se ofrece como "del director" es la original del Nuovo Cinema Paradiso y que incluso así fue presentada en un festival europeo. Sin embargo, el cineasta italiano añade que se vio obligado a cortar su propio filme cuando la crítica lo catalogó de excesivamente largo y el público respondió con tibieza ante él.
El caso es que en esta "versión del director" del Nuovo Cinema Paradiso, el romance adolescente entre Salvatore y Elena no se queda en un simple recuerdo que cobra vida cuando "Toto" regresa a su pueblo natal.
Esta vez, los protagonistas se reencuentran por casualidad, cuando ya se han convertido en un hombre y una mujer maduros y con vidas que tomaron caminos muy distantes.
A pesar del paso de los años, Salvatore y Elena se confrontan, se echan en cara el abandono, se dicen el uno al otro que nunca olvidaron aquel romance adolescente, se perdonan, se regalan un último momento de amor, y después, a pesar de las protestas de Toto, los dos personajes se despiden para siempre.
Lo que me sorprendió de esta nueva visión de la película, no fue tanto el reencuentro de la pareja como la valentía que tuvo Elena para tomar la decisión de despedirse para siempre de quien fue su gran amor.
Se utiliza mucho para frasecillas baratas, pero esto de dejar ir a los demás no es cosa sencilla.
Al menos a mí siempre me ha costado lidiar con la idea de separarme de los seres que alguna vez he querido. De niña, por ejemplo, me asaltaban unas terribles pesadillas en las que perdía a mis padres. Más adelante, me costaba trabajo aceptar que algún amigo decidiera dejar de hablarme o que un novio quisiera cortar conmigo. Hasta que un buen día comprendí que había que permitir a los demás hacer ejercicio de su libertad y decidí repetirme a mí misma la frase "déjalo ir" cada vez que me asaltara el dolor por el alejamiento de alguien, ya fuera amigo, amiga, padre, madre, hermano, esposo, hijos.
La tarea no ha sido fácil, pero cada vez me resulta más comprensible cuando alguien decide partir. Sigue doliendo a veces, pero he logrado crear un círculo en el que al dolor sigue un proceso de entendimiento de las razones que tuvo el otro para irse.
Algunos regresan, y entonces me encuentran con los brazos abiertos y sin reproches. De los que no, guardo el recuerdo, aunque eso sí, previamente trato de despojarlo del polvo de rencor, que es tan dañino, y después lo coloco en un cofre especial del que lo saco cuando necesito revivir buenos momentos de mi vida.
Sin embargo, me siguen asombrando personas como Elena, que las hay en la vida real, capaces de entender sin más explicaciones que no se puede pretender que el afecto sea para siempre, que nadie nos pertenece, que no existen los vínculos obligatorios, que siempre será mejor la separación a mantener un lazo insano y que por ello debemos cultivar el difícil arte de dejar partir.
Se dice fácil ¿no?

(Debo confesarles que decidí hablar de este tema porque me interesa, sí, pero también porque quise que fuera un pretexto para regalarles este tema de amor del Nouvo Cinema Paradiso, que a mí siempre me extrae algunas lágrimas. Ojalá lo disfruten)

martes, febrero 20, 2007

Un vicio llamado blog


Bueno, recordarán los amigos de este espacio que hace un par de entregas escribí sobre los workaholic y mencioné, de pasada, que un artículo de Wikipedia consideraba que entre quienes sufrían este trastorno se encontraban los adictos al blog.
Fue entonces que en los comentarios la bella Ferípula me sugirió escribir sobre este tema y de inmediato mi cerebro empezó a buscar la hebra de la madeja para poder abordar el asunto de una manera medianamente inteligente.
De inmediato me dirigí a Wikipedia, segura de que la definición del neologismo blogger no estaría disponible más que en un espacio como éste.
Pues bien, lo primero que encontré es una obviedad: blogger, o bloggero, como le decimos en español, es aquel que sostiene un weblog.
Sin embargo, una vez que di el correspondiente click a la palabra weblog, encontré cosas mucho más interesantes.
De entrada, claro, dice que un blog es un website generado por un usuario, con entradas estilo bitácora, con un orden cronológico invertido y que provee comentarios o noticias sobre un tema particular como puede ser comida, política, noticias locales o diarios personales (nótese lo limitado del asunto, porque si la definición fuera un poco más precisa tendría que hacer una larga lista de etcéteras, ya que éstos son sólo algunos de los muchísimos temas que se tratan en las diferentes páginas).
También se menciona la inclusión de fotografías, video y música como parte de los blog y se explica que la raíz del término proviene de la contracción de las palabras en inglés web y log.
Un poco más adelante, la enciclopedia virtual narra un poco de la historia del blog, a partir del año 1994, y menciona que es Justin Hall, un estudiante de la universidad estadounidense Swarthmore, uno de los precursores de este tipo de espacios.
En este punto, hubo un dato curioso que llamó mi atención como periodista. Wikipedia menciona que en los albores del blog la mayoría de quienes participaban en espacios de este tipo se llamaban a sí mismos periodistas o escribanos. Se me ocurrió que quizá no fuera que se autoproclamaran reporteros, sino que realmente eran profesionales de los medios que se habían sentido cautivados, como yo, por la posibilidad de tener un espacio propio, donde no hubiera limitaciones en cuanto a líneas editoriales.
Por otro lado, pensé que en caso de que los primeros bloggeros no fueran periodistas profesionales, de cualquier manera merecían llamarse así, por ser cronistas de su tiempo como lo son ahora muchos de los que participan en este tipo de ejercicio.
En fin, el caso es que me leí la definición completa, que incluía el desarrollo del blog, pero no encontré ninguna explicación para abordar el tema de la adicción a este tipo de espacios, así que, para no variar, la única forma que hallé para explicar el asunto es mi propia experiencia.
Mi primer contacto con los blog data un par de años atrás y se lo debo a Pablo, un ex alumno que abrió una página para publicar su poesía, y a mi hermano Grimalkin el Bardo, quien instaló su Región 440 tiempo ha; sin embargo, en aquellos entonces, si bien atendí la invitación para asistir a las dos páginas, no me volví fanática del tema.
Fue hasta el año pasado, después de que salí de mi último trabajo de planta, cuando empecé a entrar nuevamente a Región 440. Las primeras veces, y como suele pasarme, me quedé cautivada con el estilo narrativo de mi hermano y a ello atribuí que poco a poco se me fuera haciendo el vicio de entrar sistemáticamente a su página. Después me enteré que también podía entrar a leer lo que escribía mi cuñada, Gaby del Río y el interés creció.
De pronto, descubrí que ya se me había convertido en una blogadicta, porque noche a noche prendía con desesperación la computadora, sólo para verificar si Gaby o Grimalkin habían publicado un texto nuevo.
Así, un buen día, decidí apretar el botoncito que decía Blogger, sólo por la curiosidad de ver cómo era que se abría un espacio de este tipo. Y la curiosidad mató al gato, dice el dicho, así que cuando me di cuenta, ya había abierto Zona Infinita.
Les confieso que de entrada me dio un poco de miedo, porque siempre he sido un tanto indisciplinada para escribir. Pero por otro lado me dije, “este puede ser el motivo que te haga sentarte frente a la computadora sistemáticamente y obligarte a seguir desarrollando el oficio”.
Alguna vez el director de un afamado periódico mexicano me dijo que un estudiante había llegado hasta él pidiéndole que lo dejara escribir. La respuesta del director fue: “¿Quieres escribir? Pues escribe”. Y lo primero que pensé era que mi blog me daría la posibilidad de seguir esta receta. Creo que hasta ahora no me he equivocado y en ese sentido me ha sido de gran utilidad este espacio.
Lo que sí nunca pensé fue que hubiera alguien interesado en leer mis experimentos, y eso ha sido todo un descubrimiento para mí, pues hasta antes de Zona Infinita yo había publicado textos en periódicos y revistas para lectores que yo imaginaba que existían pero que casi nunca respondían a mis escritos.
Sin embargo, no ha sido acumular lectores, sino el deseo de escribir lo que me ha hecho adicta al blog. Además, descubrí un placer del que Grimalkin me había hablado y que he experimentado en carne propia: Una página personal nos da la posibilidad no sólo de hacer un texto sin límite de temas o espacios, sino que podemos editarla, ponerle fotos y agregar todo aquello con que a uno le gustaría aderezarla. Es como tener un periódico o una revista hecha a la medida y eso para mí siempre será un motivo de gozo.
Pero no sólo eso, ahora he desarrollado un vicio alterno, que es el de entrar casi cada noche a recorrer blogs que he ido descubriendo y me gustan por diferentes motivos. Por supuesto, el paseo nocturno inicia siempre con Región 440, bajo la impecable batuta de Grimalkin, Los Textos de Gaby del Río y la página de mi pequeño Ghost Boy, a quien le sigo la pista paso a paso.
Después, una visita que se me ha vuelto placenteramente obligada es al espacio del Fantasma de la Libertad, que siempre me cimbra con la manufactura impecable de sus textos y la profundidad de sus análisis; me doy una vuelta con mi amiga Ilne, y su visión siempre artística de las cosas y visitó más tarde a Isaura, que me asombra por esa mezcla de profundidad y buen humor con que dota a sus textos.
El recorrido prosigue con Boris, y su defensa férrea y sensible de los derechos humanos, me cargo de buenas vibraciones y de energía femenina en los blogs de Feri, Palita y Norka, le doy su visita a mi querida Apologista, y su estilo joven e inteligente de escribir, paso por Tertulias Bohemias para seguir el rumbo de cada texto, y voy descubriendo nuevos espacios que me gustan como los de Gustavo, Carlos, Diego y Cápsula del Tiempo, entre muchos otros.
El caso es que, hoy por hoy, no sé si es escribir o leer lo que me ha recrudecido la adicción por los blogs, pero la tengo.
Lo noto porque después de cenar, cuando ya se fueron mis hijos a dormir y mi esposo disfruta del ratito de silencio que priva en la casa leyendo o viendo la televisión, yo corro a la máquina, cafesito en mano, dispuesta a leer, y a veces a escribir. El caso es que no me puedo ir a la cama sin haber pasado aunque sea un rato conectada al blog.
La verdad es que empiezo a pensar que si sigo así, seré la precursora del primer grupo “blogadictos anónimos” porque me he dado cuenta que cuando estoy paseando por la bloggosfera o inyectando mi Zona Infinita con otros textos, entro en un estado de concentración tal que no me doy cuenta del paso de las horas ni de si explota una bomba a mi lado.
Si eso es ser workaholic, como dice Wikipedia, me confieso culpable.
¿Qué dicen ustedes?