Diario El País
La ciudad está triste. Acostumbrada a que la recorran miles, millones de pies cada día, al sonido de los cláxones y las sirenas, y al barullo nervioso de una multitud de voces, no acaba de habituarse al silencio de estos días.
¿Influenza? Ella no entiende bien a bien qué es eso. Lo que sabe es que su sol brilla en todo lo alto, el aire está inusualmente limpio, y no hay gente en la calle.
El rumor alegre de los niños que se había vuelto habitual en esta primavera, ha desaparecido. No se escucha por la mañana, pues las clases se han suspendido, y tampoco por las tardes (cuando los pequeños se congregaban a jugar en los distintos parques) porque los padres los tienen recluidos en sus casas. El silencio se torna doloroso ante su ausencia.
Parece increíble. Apenas hace dos semanas, los habitantes de la Ciudad de México nos quejábamos, como lo hacemos siempre, de la prisa, del ruido, de la contaminación, de las extenuantes horas de trabajo que muchas veces nos impiden una mejor convivencia con nuestros amigos, vecinos y familiares.
Hoy extrañamos todo aquello, como si hubiéramos perdido un tesoro muy preciado.
Hemos empezado a añorar las cosas más extrañas. Por ejemplo, un viaje en el usualmente caótico Metro de la Ciudad de México, pero sin cubrebocas, sin mirar a los ojos del de al lado con el temor de que sea el posible portador de la influenza, sin tener que salir corriendo de ahí a vaciarnos un frasco entero de gel antibacterial para prevenir posibles contagios.
También extrañamos una ida al supermercado cotidiana. De aquellas que nos permiten comprar con calma, sin prisas, sin pánicos. Un paseo en el que sepamos que podemos encontrar todos los productos que buscamos y no como ahora, que nos tenemos que topar con anaqueles vacíos de cloro, jabón, alcohol, y todo aquello que sirve para luchar contra el contagio del virus.
¿Influenza? Ella no entiende bien a bien qué es eso. Lo que sabe es que su sol brilla en todo lo alto, el aire está inusualmente limpio, y no hay gente en la calle.
El rumor alegre de los niños que se había vuelto habitual en esta primavera, ha desaparecido. No se escucha por la mañana, pues las clases se han suspendido, y tampoco por las tardes (cuando los pequeños se congregaban a jugar en los distintos parques) porque los padres los tienen recluidos en sus casas. El silencio se torna doloroso ante su ausencia.
Parece increíble. Apenas hace dos semanas, los habitantes de la Ciudad de México nos quejábamos, como lo hacemos siempre, de la prisa, del ruido, de la contaminación, de las extenuantes horas de trabajo que muchas veces nos impiden una mejor convivencia con nuestros amigos, vecinos y familiares.
Hoy extrañamos todo aquello, como si hubiéramos perdido un tesoro muy preciado.
Hemos empezado a añorar las cosas más extrañas. Por ejemplo, un viaje en el usualmente caótico Metro de la Ciudad de México, pero sin cubrebocas, sin mirar a los ojos del de al lado con el temor de que sea el posible portador de la influenza, sin tener que salir corriendo de ahí a vaciarnos un frasco entero de gel antibacterial para prevenir posibles contagios.
También extrañamos una ida al supermercado cotidiana. De aquellas que nos permiten comprar con calma, sin prisas, sin pánicos. Un paseo en el que sepamos que podemos encontrar todos los productos que buscamos y no como ahora, que nos tenemos que topar con anaqueles vacíos de cloro, jabón, alcohol, y todo aquello que sirve para luchar contra el contagio del virus.
Estoy segura que para cualquiera de nosotros sería un placer de dioses poder salir a comer a un restaurante, ir de compras a las tiendas, y no ver todo como ahora: vacío, triste.
Los chilangos queremos dormir con sueño y comer con hambre, después de horas de actividad constante, porque en estos momentos no podemos gastar la energía suficiente a lo largo del día y hemos empezado a batallar con el insomnio y la inapetencia.
Deseamos con el alma despertar sin miedo, estornudar, toser o sentir un dolor de músculo sin pensar que en unos minutos más tendremos que correr al hospital para salvar nuestras vidas.
Pero por sobre todas las cosas, deseamos el rumor alegre de nuestra ciudad.
Yo incluso extraño cosas que antes me molestaban sobremanera: los vendedores de puerta en puerta, los cláxones sonando histéricos en la avenida en la que vivo, la prisa constante de la gente, las calles repletas de peatones y automovilistas.
Queremos a nuestra ciudad de vuelta; tan caótica y adorable como ha sido siempre.
¿Alguna vez la recuperaremos?
Los chilangos queremos dormir con sueño y comer con hambre, después de horas de actividad constante, porque en estos momentos no podemos gastar la energía suficiente a lo largo del día y hemos empezado a batallar con el insomnio y la inapetencia.
Deseamos con el alma despertar sin miedo, estornudar, toser o sentir un dolor de músculo sin pensar que en unos minutos más tendremos que correr al hospital para salvar nuestras vidas.
Pero por sobre todas las cosas, deseamos el rumor alegre de nuestra ciudad.
Yo incluso extraño cosas que antes me molestaban sobremanera: los vendedores de puerta en puerta, los cláxones sonando histéricos en la avenida en la que vivo, la prisa constante de la gente, las calles repletas de peatones y automovilistas.
Queremos a nuestra ciudad de vuelta; tan caótica y adorable como ha sido siempre.
¿Alguna vez la recuperaremos?