sábado, julio 12, 2008

La de los buenos modales


A veces, como hoy, me dan unas ganas profundas de olvidar los buenos modales
Los aprendí de niña, de la voz de mis padres, en cantaletas que a su vez ellos habían oído de los suyos. No empujes, decían. Pide permiso, decían. Cede el asiento cuando es una persona mayor, un discapacitado o una mujer embarazada o con un bebé, decían. Respeta el espacio de los demás, decían. Pide las cosas de una forma cortés, decían.
Ahora, traigo ese chip insertado en el disco duro y resuena casi a cada momento de mi vida. Lo repito, además, como una letanía, en los oídos inocentes de mis hijos. Sin embargo, hay días que quisiera arrancarlo y aprender a ser la niña maleducada que mis papás se esforzaron por no tener.
Hoy, por ejemplo, me levanté de buen humor. No me dormí los “10 minutitos más” que le solicito a mi marido cada mañana como un acto de clemencia y que generalmente me atrasan de media hora a 45 minutos. Además, el desayuno me supo delicioso y estaba segura de que no había nada que pudiera salirme mal a lo largo del día, porque mi actitud esta mañana era realmente positiva.
Para ponerme de mejor humor, mi marido decidió tomar hoy la misma ruta que yo y, por lo tanto, tendría su agradable compañía en todo el trayecto.
Salimos a la calle. Hacía frío y el cielo estaba nublado, un clima que generalmente me deprime. Sin embargo, sentí que iba lo suficientemente abrigada y, además, dispuesta a ver todo con buena cara.
Mi calvario empezó, en realidad, como empieza todos los días, tras subir los escalones del microbús que debía transportarme.
Buenos días, dijo mi esposo con una sonrisa abierta al chofer, vamos a la calle de tal, esquina con tal, y depositó en su mano el monto del pasaje.
“Falta un peso“, dijo el conductor en un tono despectivo y mandón, “¿que no sabe leer?, ya subió la tarifa”, agregó.
Pacientemente, mi esposo introdujo la mano a la bolsa y entregó el dinero, y como a mí aún me restaba mucho optimismo, fingí no darme cuenta de la actitud grosera con la que habló el chofer, e incluso decidí ignorar el tonillo monótono y sin sentido (perdón, pero a eso no le puedo llamar música) con que el conductor había decidido taladrar los oídos de los pasajeros a todo volumen.
El microbús iba lleno, así que mi esposo y yo recorrimos una buena parte del trayecto de pie, en medio de oficinistas con maleta y señoras con bolsas gigantescas que abreviaban más el espacio. No hay problema, me dije, todo es cosa de armarse de un poco de paciencia.
¡Pero más pronto cae un hablador que un cojo!, como dice el dicho. Al poco tiempo empecé a perder la paciencia cuando me di cuenta de que en cada parada había pasajeros que, como buenos mexicanotes, querían pasar primero que los demás, así que decididos a no hacer la fila que se debe hacer a la entrada del microbús, preferían subirse por la puerta trasera. Ello no habría tenido por qué molestarme si no fuera porque todos solicitaban que se le enviara al conductor el monto del pasaje de mano en mano.
¿Resultado? Mientras uno fuera parado en aquel microbús, tenía que pasarla en un absurdo jueguito de va el dinero para allá, viene el cambio de regreso.
En algún punto se subió una señora que no paraba de tocarse una desagradable cinta que traía sujeta el cabello. Pero eso era lo de menos, bastaba con no mirarla. Lo verdaderamente desesperante es que la mujer aquella insistía en querer llamar la atención. Le decía al chofer que iba retrasada, le preguntaba a los de alrededor cuántas paradas faltaban para llegar a la suya e incluso se atrevió a interrumpir al joven que venía al lado de ella, inmerso en la lectura de un libro, para preguntarle la hora como una forma de hacer plática. Fue ahí que perdí la calma porque a mí, que me encanta la lectura, eso me parece una verdadera grosería.
Pero el colmo llegó cuando la señora estaba a punto de bajarse y decidió reclamarle al conductor porque, según ella, por su culpa iba a llegar tarde a su verdadero destino. Digo el colmo, porque en medio del regaño, se atrevió a dirigir su mirada hacia nosotros, los demás pasajeros, que ni la debíamos ni la temíamos.
Mi marido dijo entonces una frase sensacional, “perdónenos, señora, por no habernos levantado más temprano”. Claro que como él también tiene el chip de los buenos modales, lo dijo bajito, así que la señora nunca lo escuchó y sin más se bajó del transporte, creyendo que estaba en lo correcto.
Por si lo anterior fuera poco, una mujer joven, cómodamente sentada en uno de los asientos al final del microbús, creyó que los que íbamos de pie no habíamos tenido suficiente diversión, así que cuando se subió un vendedor ambulante a ofrecer chocolates, decidió, ¿por qué no? pedir uno. Para cumplirle el capricho, todos tuvimos que pasar de mano en mano el dinero y después el chocolate con el cambio de regreso desde el principio hasta el final del transporte aquel.
Cuando por fin pude sentarme, resulta que el señor que me tocó a un lado iba muy cómodo con las piernas bien abiertas, supongo que porque no quería llegar entumecido a su destino. De nada valieron los empujones leves que le dí con las pantorrillas a la espera de que entendiera que estaba ocupando un lugar y medio. El siguió tan plácido como si no tuviera a nadie a un lado, y el tiempo que viajé sentada tuve que ir, como mexicanísimamente decimos, “como Horacio, con una nalga en el espacio”.
Aparte tuve que soportar a un pequeño sentado detrás de mí que se obsesionó con mi cabello y me iba dando tironcitos de vez en vez, por aquello de no aburrirse. Su mamá, que lo tenía sentado en las piernas, no abrió la boca en todo el trayecto. ¡Y mis papás que se preocupaban tanto por los buenos modales!
En vista de los hechos, hubo un punto en que mi mente decidió evadirse y viajar a una zona más placentera y me imaginé a mi misma respondiendo a todas las linduras que acababa de soportar: aventándole el dinero en la cara a los que se subían por la puerta trasera del microbús, dándole un par de bofetones a la mujer que quería llamar la atención para que le bajara a la histeria, exigiéndole al sujeto que me tenía con una nalga en el espacio que se sentara como debe ser o se largara y poniendo en su lugar a la madre indiferente que había decidido dejar que su hijo usara mi pelo como sonaja.
Ahhhh, qué placer sentí al imaginar mi mundo sin buenos modales.
Lástima, pues, que el chip está arraigado en el cerebro y no se puede lanzar por la ventana.
Mañana será otro día…

8 comentarios:

ROSA E OLIVIER dijo...

"eres como la noche, callada y constelada."...!?...

Saluto mille!

ElPoeta dijo...

Ay amiga, no sabes cómo te comprendo... pero si nos dejamos llevar por el impulso nos ponemos a su altura... Te beso con cariño,
V.

el fantasma de la libertad dijo...

Da ganas de ejercer un poco de violencia, no?

Yo hace un tiempo que decidí que iba a ser menos complaciente y tolerante. Bueno, ud debe imaginarlo. Debo decir que no ando con problemas con la gente seguido, pero ya no cargo más con la basura ajena que nos deja pensando "debí decirle x cosa".

Que pintorescos esos micros! No los conocía, muy diferentes a los de aquí.

Por último, hace un tiempo que le quiero decir una cosa (no complaciente, jajaja), pero en esa breve descripción a lo alto de su blog donde dice que es periodista y demás, termina diciendo que es amante de "...y los milagros cotidianos. Bienvenidos".
Debo objetarle que "milagros" y "cotidianos" es una paradoja, ya que un milagro es justamente algo que sale de lo cotidiano para ser maravilloso, por lo tanto, algo que sale de lo cotidiano no puede ser cotidiano para empezar. =)

No se me enoje! ;)

Taito dijo...

Gracias por pasar con un poema, Rosa.

Amigo Poeta: Tienes toda la razón, es ponerse a la altura y no vale la pena... ¡pero hay días que dan tantas ganas!

Querido Fantasma: Por supuesto que no me enojo. Un buen jalón de orejas de vez en vez no está de más. Entendí el punto de los milagros y sólo lamento que no me lo haya dicho antes para no hacer el ridículo por tanto tiempo. En fin, en un momento lo cambio. Un abrazo sincero y cariñoso.

el fantasma de la libertad dijo...

puede ud no cambiarlo, es un intercambio más bien humorístico!

espero que lo haya tomado así, le dejo un beso grande!

Taito dijo...

Yo noté que era humorístico, mi amigo querido, pero hay un dicho en México "entre y broma y broma, la verdad se asoma", lo analicé bien y coincidí con usted en el error... qué pena, caray. De cualquier manera, como ve, ya no creo en los milagros. Un beso grande.

Isaura dijo...

Jajajaja!
Bueno mi Tay, están bien los finos modales, pero también recuerda que al sitio que fueres.. De manera que si la raza se pone loca, también puedes responder siendo grosera tu, pus faltaba más manita!
jajajaja
Me hiciste recordar cuando llevaba mi tupper con atún y me empujaron, de manera que cuando vi, ya le había caído a una señorita sentada.. jajaja
Ni modo, gajes del oficio..
Saluditos!

Shirley dijo...

Estoy anonadada con todo lo vivido y comentado por tí. Evidentemente un viaje en esos colectivos son una tortura, yo no podría concentrarme nnca en el trabajo si vengo de un viaje de esa envergadura y si todavía pienso que me resta otro para regresar a mi casa...
Sabes que cuando se sube a un bus y se paga el pasaje se realiza formalmente un contrato. Ese contrato implícito implica un viaje placentero donde uno es el beneficiado por haber pagado el viaje.
Esto quiere decir que el chofer no puede poner música ni ningún programa radial que lesione la integridad de los pasajeros ni los perturbe, pues tú eres quien lo contrata y pone los términos.
Además por Dios!!! qué es eso de subir por la puerta trasera!!! También debería estar (y seguro lo está) prohibido ya que no hay quien vigile no haya accidentes por el hecho de ser un servicio colectivo!!!
Y es más, yo a ese hombre no le hubiese dado empujones disimulados; simplemente hubiese armado un escándalo.
Me aterraría vivir allí. Eso corre el turismo. Educación es lo primero que exige un turista para ir a un país.
Cariños... y un "lo siento", pero de algo estoy segura, si alguien no da el primer paso, seguro otros se adueñan de tus pasos.