A veces, siento que me voy hacía un lado, a veces hacia el otro, pero el caso es que nunca caigo en ninguno de los dos bandos por completo. En realidad esta situación de mi carácter no me parece una virtud o un defecto, simplemente es una cualidad que por momentos me desespera, debo decir.
Mi lado creyente tiene sus propias teorías. La más fuerte es que, si como dijo Lavoisier, “la materia no se crea ni se destruye, sólo se transforma”, el ser humano, que es mucho más que materia, mucho más que energía, no puede desaparecer así como así de la faz de la tierra y a partir de ese momento convertirse en nada.
También podría esgrimir otros argumentos basados en temas como el alma, la sensación de que el mundo no necesariamente es unidimensional y las historias que mi padre contaba que se habían vivido en la familia.
Sin embargo, estoy consciente que, como toda creencia, la mía en los fantasmas no tiene mucho sustento y, por supuesto, no parte de una explicación científica perfectamente comprobable. Vaya, ni siquiera puedo decir que nace de anécdotas personales, porque debo reconocer (con una gran dosis de decepción porque me atrae mucho el tema) que sólo he tenido un par de experiencias al respecto, y no me atrevería a asegurar que fueron sobrenaturales porque no cuento con pruebas para hacerlo.
La última de ellas me ocurrió hace tan sólo un par de días. Estaba yo sentada en la sala de mi casa, haciendo sobremesa con mis hijos. De pronto, olfatee un olor suave, pero claro, de incienso. A pesar de que desde el primer momento noté la naturaleza del aroma, me levanté del sillón en busca de la posible causa: ¿se estará quemando algo en la cocina? ¿habré prendido sin darme cuenta el repelente contra mosquitos que tiene un aroma similar? ¿habré dejado caer una ceniza por ahí y esto es el aviso de un incendio?
No llevaba ni unos segundos haciéndome estas preguntas en silencio, cuando mis dos hijos me confirmaron que no estaba loca: “huele como a incienso, mamá”, dijeron. Entre los tres tratamos de encontrar el origen del olor. “Quizá los vecinos“, dijimos, aun cuando estábamos conscientes de que ningún aroma de las casas vecinas entra con esa claridad a la nuestra.
Y de un momento a otro, así como llegó, el olor que había sido claro desapareció sin dejar rastro, lo cual me dejó aún más asombrada.
Al comentarlo, unas horas más tarde, supe que existía una teoría que dice que un fantasma puede hacerse presente a través del aroma, y más específicamente, de los aromas a incienso y/o flores. Se dice que el suceso ocurre tal y como nos ocurrió en casa: inicia el olor, permanece un tiempo y se va de pronto, sin dejar rastro.
Debo decir que cuando me enteré de esta teoría me dio un estremecimiento de alegría, porque llevaba un par de días embebida con fotos antiguas de mi padre y su familia que un primo me había hecho el favor de obsequiarme y la simple idea de que mi padre pudiera estar por ahí, visitándome y haciéndose presente, me llenó de una ternura indescriptible.
Sin embargo, como me ocurre siempre, entró mi lado escéptico en escena.
De inmediato, comenzaron las preguntas a retumbar en mi mente: ¿Pero por qué habría de oler a incienso y no a cualquier otra cosa para que un fantasma se hiciera presente? ¿Y qué tal si pasó una persona por la calle con una varita de incienso y por eso el aroma entró por un momento a la casa y se fue? ¿Y por qué, en todo caso, habrían de sucederme a mí estas cosas? ¿Y qué tal si en realidad no hay nada más allá de esta vida como dicen tantas personas a las que respeto?
Porque he de reconocer que, además de mi natural tendencia a cuestionar todo, mi escepticismo se basa, casi siempre, en que cuando escucho relatos de fantasmas y empiezo a creerlos, son los propios creyentes en estos temas los que me hacen dudar de su autenticidad.
Un día, por ejemplo, me enteré de una mujer, cercana a mi círculo, que mostró la foto de un fantasma tomada por un amigo suyo. Quien había tomado la foto juraba que nunca notó ningún movimiento extraño antes de tomar la placa. Yo pensé que al ser personas más o menos cercanas las que estaban relatando el suceso, lo más natural era creer en él.
Sin embargo, unos meses más tarde me entero que las dos personas que narraron la historia del supuesto fantasma eran apasionadas del esoterismo y no era ésta la única experiencia sobrenatural que decían que les había ocurrido.
¿Realmente es posible darle crédito a la anécdota de alguien que, de entrada, es fanático de este tipo de cosas?
Claro que, en contraparte, mi lado escéptico también se derrumba cuando oigo a muchos de los expertos “derrumbamitos” que conozco.
Lo que más me molesta de ellos es que a veces son tan fanáticos de sus creencias y tan faltos de pruebas como los creyentes, pero se consideran a sí mismos inteligencias superiores por el simple hecho de no dar crédito a fenómenos sobrenaturales que consideran “cosa de gente ignorante”.
Me ha tocado ver en la televisión, oír por el radio e incluso leer en revistas a escépticos que incluso pertenecen a asociaciones de este tema, a los cuales les son presentados videos, audios y fotos que han tomado los creyentes en fantasmas, tan sólo para que ellos respondan con aires de sabelotodo: “Eso no existe, es un truco”.
Yo siempre pienso: me parece bien, muy probablemente lo es, pero entonces demuestren que es un truco. Tomen el video en cuestión, pásenlo por un filtro, estúdienlo o qué se yo, y demuestren: “basados en tales y cuales estudios científicos concluimos que esto se hizo de tal y cuál forma y no existen tales fantasmas”. Y que sean cosas reales, creíbles, sustentables, porque simplemente negar por negar o porque a mí no se me da la gana creer, coloca a los escépticos en una posición tan ignorante como la que ellos acusan en los creyentes.
Además, rechazar o aceptar algo por completo con esa seguridad, aun con pruebas, me parece excesivamente soberbio. Siempre debe quedar, en todo, un espacio para la duda. ¿O es que acaso en la antigüedad no se aseguraba a pie juntillas que la tierra era plana? ¿Y qué tal si el día de mañana descubrimos, con pruebas incuestionables, que los fantasmas existen o que de verdad nunca existieron ni existirán?
Mientras tanto, yo sigo aquí, acumulando dudas, y sin poder dejar de hacerla de equilibrista en este tema.
