martes, febrero 12, 2008

Un cuento de hadas

Cerró el libro y se dispuso a dormir, como todos los días.
Lo que seguía era casi una rutina. Ahora vendría el sueño en el que llegaba su príncipe azul, rubio y perfecto, montado en un caballo blanco y alado. La tomaría entre sus brazos, apretaría su cintura, le acariciaría el cabello, le daría un beso suave en los labios, y entonces se escucharía una voz optimista de narrador con el consabido “y vivieron felices para siempre”.
En el sueño, claro, ella no era ella, sino una princesa, con un amplio vestido celeste, una gargantilla de perlas y un peinado impecable.
Estaba segura que este sueño recurrente tenía que ver con su fascinación por leer cuentos de hadas. Era un vicio heredado de la infancia, un placer culpable del que casi nunca hablaba en voz alta, pero al que no lograba resistirse.
Se conocía todas las historias del género, pero su favorita seguía siendo La Cenicienta, la cual había disfrutado en sus muy variadas versiones literarias y fílmicas.
Esta noche, otra vez la había vuelto a leer, en un libro en cuyo final quedaban ciegas las malvadas hermanastras luego de que una paloma les sacara los ojos. Con todo y el final macabro, ahora vendría el sueño maravilloso, estaba segura.
Mañana, al levantarse, otra vez tendría que lidiar con la rutina de ir a la escuela, y luego al trabajo. Hablaría con muchos rostros conocidos y desconocidos, trataría de imprimirle a las cosas entusiasmo, se dibujaría una sonrisa, que a veces resultaba forzada, y lidiaría con su misantropía. Pero siempre estaba la noche, la bendita noche, que le permitía regresar a refugiarse en la fantasía de los cuentos de hadas.
Aunque triste, esta manía de apelar a la fantasía para olvidar los miedos no la convertía en un fenómeno. La única anormalidad que reconocía en sí misma era aquella incapacidad de mirarse en el espejo.
Se había negado a contemplar su reflejo un día, hacía ya muchos años, cansada de escuchar a sombras que aparecían de tanto en tanto en su vida y la llamaban fea, chaparra, morena, gorda. Decidió aprender a peinarse y a medio maquillarse a ciegas y no volvió a buscar en los espejos una autoafirmación que estaba segura que no llegaría.
Aquella noche, tras cerrar el libro, no se durmió de inmediato, como hacía siempre. Pensaba en si algún día llegaría hasta ella ese príncipe azul con caballo alado de sus sueños, pero no tenía elementos para pensar que un cuento de este tipo pudiera materializarse.
Pasaron los minutos y luego las horas y el sueño no llegaba. Se levantó a tomar un vaso de leche, contó borreguitos, dio vueltas por la casa, prendió el televisor para adormecerse con la aburrida programación nocturna y nada.
Trató de investigar en su inconsciente qué era lo que le quitaba el sueño. Buscó y rebuscó hasta que de pronto se dio cuenta. Un pensamiento empezó a taladrarla como si una vocecilla interna le estuviera hablando: “¿Realmente yo no podría materializar un cuento de hadas? ¿Realmente no merezco ser amada y valorada y vivir feliz para siempre? ¿Se puede acaso ser feliz, ya no digamos para siempre sino en el día a día?”
Pongamos, se dijo, que puedo conocer a un príncipe y además azul, ¿Pero y si llega, me ve, y lejos de mostrar ese deseo por tomarme entre sus brazos me regala una mirada de desprecio?
Después de todo, pensó, no sé siquiera si tengo algo que ofrecer. Está claro que no soy una princesa, pero hace tanto que no me miro en un espejo que tampoco puedo decir con certeza que no me he convertido en la bruja del cuento.
¿Y si empezara por mirarme al espejo?, se preguntó. Tendría que aprender a dejar de despreciarse a sí misma, aprender a quererse tal y como era y evitar volver a darle crédito a cualquier sombra que quisiera opacarla. La tarea se antojaba difícil y tenebrosa, pero en vista de que no llegaba el sueño, decidió hacer el intento por iniciarla lo antes posible.
Se levantó de la cama y fue directo al ropero. A oscuras, sacó y desempolvó el viejo espejo de cuerpo entero y lo colocó frente a ella. Antes de encender la luz decidió quitarse el camisón y la ropa interior hasta quedar completamente desnuda.
Encendió la luz y se observó. No tenía mucho que ver con aquella princesa de sus sueños, es cierto, pero no estaba mal aquella naricilla chata, ni esos ojos brillantes, ni esas piernas bien torneadas, ni la cintura estrecha, ni el cabello negro que caía como cascada sobre sus hombros.
Nada mal, se dijo a sí misma, mientras daba vueltas y vueltas para verse por completo.
Entonces, comenzó a llorar. Se pidió disculpas por haber dudado algún día de poder enamorar a un príncipe azul. Le pidió perdón a esos ojos, a ese cuerpo, a ese cabello que no eran los másperfectos del mundo, pero le servían y eran más suyos que cualquier otra cosa que la rodeara.
Por supuesto que puedo conseguir lo que quiera, se dijo. Por supuesto que puedo mirarme al espejo con orgullo. Por supuesto que puedo quererme. Por supuesto que puedo encontrar el verdadero amor.
Los días que le siguieron al descubrimiento, dejó de leer cuentos de hadas. Ya no le llamaban la atención como antes, y no encontraba hermoso imaginarse a sí misma como una princesa cuando había aprendido a aceptarse sin aquel vestido celeste y peinado perfecto. Los sueños también se habían esfumado.
Ya se miraba mucho en los espejos, y disfrutaba más de los rostros que la acompañaban, de su trabajo, de las clases, de la compañía de los amigos que le demostraban un cariño sincero.
Era un cambio de vida. Ya ni siquiera pensaba en si llegaría el príncipe azul, pues se mantenía muy entretenida en aprender a ser feliz.
Y un buen día lo descubrió. El príncipe azul había estado ahí, cerca de ella, desde hacía un par de
años atrás, pero en su imposibilidad de verse a sí misma, tampoco había podido verle a él.
Por supuesto, este príncipe no venía en caballo blanco y alado, ni vestía como el de sus sueños, pero tenía aquellos ojos serenos, aquel rostro hermoso, aquella vibración llena de bondad y calidez.
Cuando él la miró, le regaló una sonrisa de aceptación, y ella se vio, en el reflejo de sus ojos, convertida en una princesa. Él la tomó en sus brazos, le apretó la cintura, la besó muy suavemente. No vivieron felices para siempre, porque ambos consideraban que la felicidad perfecta era un mito y que, de cualquier manera, ser feliz todo el tiempo sería terriblemente aburrido. Pero vivieron enamorados, y fueron los mejores amantes, los mejores amigos y los mejores compañeros por mucho, mucho, mucho tiempo.

Como ya lo dijo mi Ovivi, “cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia”. Te amo, pollito.

6 comentarios:

Olivier dijo...

Gracias por tus palabras, amor. Me conmovieron mucho, ¿qué puedo decir? Nada, mas que esta es una de las razones más por las que te amo. Lo único decepcionante es la foto del príncipe, ja ja. Te adoro siempre

Taito dijo...

Pollito: El príncipe de la foto es el hombre más guapo del mundo, y lo sabes. No por nada es la materialización de mi príncipe azul. Te amo cada día más.

Evan dijo...

Tai, que lindo volver a leerte!

Ya te había dejado un mensaje, he leido tus otros posts sobre tu papá, pero me pareció respetable no dejar comentarios.

Tu historia de amor, me mató de amor... cuantas tendermos frente a nuestros ojos al hombre de nuestra vida y no supimos descubrirlo.

Ser los mejores amigos y los mejores amantes, debe ser una de las claves, para una buena relación y tambien encontrar en él a alguien con quien charlar siempre...

Un besito de bienvenida!

ElPoeta dijo...

Taíto linda, gracias por regalarnos esa bella historia. Yo siempre pensé que eras una princesa y veo que tenías razón, una princesa de las de verdad, no de las de los cuentos. Un beso, preciosa,
V.

Taito dijo...

Evan preciosa: Me encantó tu comentario, como siempre lleno de dulzura. Y sí, a veces no vemos lo que está ahí, porque nos negamos a vernos nosotras mismas, pero yo sé que no es tu caso y que tú sabes que eres una belleza por donde se te vea. Un abrazo, amiga, y ahora me doy mi vuelta a saludarte por allá.

Taito dijo...

Querido amigo Poeta: Ahora sí que me hiciste ruborizarme con tan bello elogio. Mil gracias por no haber dejado este espacio. Un abrazo sincero.