Resulta que Susana, la protagonista, es una mujer que va viviendo la vida casi por accidente y decide poner el letrero en la puerta de su edificio: “Se escuchan penas y pesares, departamento tres a”.
Cuando leí esta parte del libro me hipnotizó, no sólo por la originalidad de una idea como ésta, sino porque pensé que sería buen negocio el de escuchar penas.
De hecho, yo a menudo me topo con gente que apenas conozco y que decide abrirme su corazón y desahogarse conmigo.
Sin ir más lejos, el día de hoy me sucedió, cuando ya había escrito los primeros párrafos de este texto.
Me subí a un taxi a la carrera e inicié la típica conversación impersonal con el conductor sobre el clima, los hijos, la gripa. De pronto, sin que me diera cuenta, la plática dio un giro y me descubrí escuchando los problemas del taxista con su esposa.
Me contaba que su mujer había anunciado que se iría de la casa porque no estaba de acuerdo en que él ayudara a una de sus hijas que tenía problemas de dinero. Se sentía injustamente acusado, pues él lo único que quería era ser un buen padre.
Yo lo escuchaba en silencio y asentía lo suficiente para que se diera cuenta que le estaba prestando atención, pero en un punto de su plática me di cuenta que en realidad el taxista estaba hablando para sí mismo y que yo sólo había servido de pretexto para su desahogo.
Fue tan emotivo su monólogo que hubo un momento en que noté como al hombre se le quebraba la voz y le corrían las lágrimas por el rostro.
Al bajarme del taxi, él se disculpó por haberme contado su historia, pero yo le dije lo que suelo pensar en estos casos “todos necesitamos desahogarnos de vez en cuando”. A cambio, él me devolvió una sonrisa y un “Dios la bendiga”, y yo le regresé las mismas palabras con toda la sinceridad de mi corazón.
Escenas como ésta me pasan a menudo.
De hecho, una amiga fotógrafa decía que yo era especialista en hacer llorar a mis entrevistados cuando era reportera. Pero puedo decir en mi defensa que yo les hacía una pregunta cualquiera y eran ellos los que decidían abrir su corazón.
El caso es que he comprobado que las penas vienen en frascos de todos tamaños y en una gama variadísima de colores. Las hay grandes, medianas y pequeñas, lo mismo por la pérdida de un amor o un ser querido que por la enfermedad de un pariente, la situación económica o los conflictos de trabajo.
Sin embargo, este sentimiento nos es común a todos, y para cada cual, su pena es única y tan válida como todas las del mundo.
He comprobado que cuando alguien cuenta una pena, no hay palabra de aliento que valga, no sirve de nada animarlo con frasecillas hechas. En casos así, es más valioso el silencio, unos oídos atentos y unas manos dispuestas a una caricia en caso necesario.
Por supuesto, hay quien es adicto a la pena, y ningún exceso es bueno, ya lo sabemos. ¿Pero acaso es malo sentir pena cuando algo nos pasa? ¿Se vale pretender que la vida sólo son momentos felices? ¿No es mejor abrazar la pena y después dejarla ir?
En fin, que después de toda la reflexión surgida a partir de Vivir la Vida, de Sara Sefchovich, decidí que seguiré teniendo oídos atentos a los corazones atribulados. Aunque eso de cobrar, como que se me hizo un poco descabellado.
Así que, “Se escuchan penas y pesares. Zona Infinita”.
