
Parece mentira, estamos en pleno siglo XXI y la palabra vagina se sigue diciendo en un susurro, como si se tratara de un término rudo, sucio, altisonante
Aún recuerdo cuando llegó a México la obra teatral Monólogos de la Vagina. Yo trabajaba entonces en un periódico y cada vez que tenía que mencionar el nombre de este montaje en las juntas editoriales, me respondía una oleada de risitas nerviosas que venían de todos los rincones. Hombres y mujeres que aparentemente deben tener una mentalidad abierta por la profesión a la que se dedican no resistían el miedo ante una palabra que les sonaba a prohibido.
Poco antes, había tenido la oportunidad de ver un video de los Monólogos de la Vagina en voz de su autora, la estadounidense Eve Ensler. El montaje me pareció francamente hermoso. No recurría a grandes trucos escénicos ni a actuaciones recargadas, sino que a través de un lenguaje sencillo e historias cotidianas invitaba a las mujeres a nombrar, reconocer, aprender a querer y valorar el inmenso poder de su vagina.
Recuerdo especialmente un tramo de este montaje en el que la autora decía que las mujeres deberíamos exigir a los ginecólogos un mejor trato para nuestras vaginas. Pedirle al doctor que por lo menos se tomara la molestia de entibiar los aparatos con que nos hace las revisiones periódicas. Después, sugería "consentir" nuestro órgano sexual con ropa cómoda, suave, que no lo maltratara.
Antes del estreno de este montaje en México, tuve oportunidad de entrevistar a la sexóloga Anabel Ochoa, por quien siento gran respeto y empatía. Ella era una de las voces que iba a dar vida a los monólogos de Eve Ensler, así que aproveché para hacerle una pregunta que circulaba en mi cabeza de tiempo atrás: ¿Por qué a las mujeres nos da miedo nombrar a nuestra vagina?
Anabel me explicó algo que de tan simple yo había pasado por alto en mi búsqueda para encontrar respuesta a esta interrogante. Yo me había dicho a mí misma que el problema estribaba en los prejucios educativos con que se dotaba a la mujer desde su más tierna infancia. La sexóloga tenía una respuesta mucho más simple: las mujeres no vemos a nuestra vagina. De ahí que desde pequeñas aprendamos a ignorarla.
Después amplió la respuesta: Desde su más tierna infancia, el hombre se familiariza con su órgano sexual porque lo tiene expuesto, lo ve todos los días, aprende tempranamente su nombre y después le pone todo tipo de apodos. Se encariña con él, juega con él, reconoce lo que siente y lo valora casi como a un amigo.
Aún recuerdo cuando llegó a México la obra teatral Monólogos de la Vagina. Yo trabajaba entonces en un periódico y cada vez que tenía que mencionar el nombre de este montaje en las juntas editoriales, me respondía una oleada de risitas nerviosas que venían de todos los rincones. Hombres y mujeres que aparentemente deben tener una mentalidad abierta por la profesión a la que se dedican no resistían el miedo ante una palabra que les sonaba a prohibido.
Poco antes, había tenido la oportunidad de ver un video de los Monólogos de la Vagina en voz de su autora, la estadounidense Eve Ensler. El montaje me pareció francamente hermoso. No recurría a grandes trucos escénicos ni a actuaciones recargadas, sino que a través de un lenguaje sencillo e historias cotidianas invitaba a las mujeres a nombrar, reconocer, aprender a querer y valorar el inmenso poder de su vagina.
Recuerdo especialmente un tramo de este montaje en el que la autora decía que las mujeres deberíamos exigir a los ginecólogos un mejor trato para nuestras vaginas. Pedirle al doctor que por lo menos se tomara la molestia de entibiar los aparatos con que nos hace las revisiones periódicas. Después, sugería "consentir" nuestro órgano sexual con ropa cómoda, suave, que no lo maltratara.
Antes del estreno de este montaje en México, tuve oportunidad de entrevistar a la sexóloga Anabel Ochoa, por quien siento gran respeto y empatía. Ella era una de las voces que iba a dar vida a los monólogos de Eve Ensler, así que aproveché para hacerle una pregunta que circulaba en mi cabeza de tiempo atrás: ¿Por qué a las mujeres nos da miedo nombrar a nuestra vagina?
Anabel me explicó algo que de tan simple yo había pasado por alto en mi búsqueda para encontrar respuesta a esta interrogante. Yo me había dicho a mí misma que el problema estribaba en los prejucios educativos con que se dotaba a la mujer desde su más tierna infancia. La sexóloga tenía una respuesta mucho más simple: las mujeres no vemos a nuestra vagina. De ahí que desde pequeñas aprendamos a ignorarla.
Después amplió la respuesta: Desde su más tierna infancia, el hombre se familiariza con su órgano sexual porque lo tiene expuesto, lo ve todos los días, aprende tempranamente su nombre y después le pone todo tipo de apodos. Se encariña con él, juega con él, reconoce lo que siente y lo valora casi como a un amigo.
La mujer, en cambio, no ve a su vagina, en muchos casos no la conoce, y por ello le resulta más fácil hacer como que no existe a pesar de estar ahí.
Esto, claro, es causa directa de muchos trastornos sexuales, de muchas represiones mentales y de una gran infelicidad.
La sexóloga sugería entonces dos cosas:
1) Repetir la palabra vagina tantas veces como fuera necesario, en un himno incesante, hasta despojarla de cualquier significado negativo y convertirla en algo tan familiar que pudiéramos hablar de ella lo mismo en la casa que un café con los amigos. Al fin y al cabo, la palabra vagina no tendría por qué tener una connotación negativa, pues decir vagina debería ser tan natural y limpio como resulta decir mano u oreja. ¿O es que acaso alguien pone cara de espanto y se tapa la boca con gesto sorprendido cuando a alguien se le escapa hablar de la nariz?
2) Decía que las mujeres deberíamos darnos el tiempo de conocer a nuestra vagina. Proponía, como primer ejercicio, sentarnos en nuestra cama, en un momento en que estuviéramos relajadas, y poner un espejo entre las piernas para saber de qué color y forma era nuestra vagina. Porque sí, es increíble, pero aquello que debería sernos tan familiar a todas las mujeres muchas veces resulta desconocido.
La vagina es la esencia misma de la feminidad, la puerta a la vida y al placer, y no tenemos otra forma de consentirla, quererla, respetarla y protegerla de potenciales agentes dañinos que reconocerla y nombrarla sin miedo, una y otra vez, no sólo las mujeres sino también los hombres.
Al fin y al cabo, si no existieran miles de millones de benditas vaginas en este mundo, tal vez la vida humana ya se hubiera extinguido.
* El cuadro que ilustra este texto, titulado Desnudo Femenino Reclinado, es de la autoría del muralista mexicano Emilio Amero.