miércoles, enero 24, 2007

Lo vi venir...

Lo vi venir, el paso sereno, quizá un poco inseguro, pero siempre lleno de la dignidad de antaño. Sus ojos se dirigieron hacia mí, en un acto de rebeldía ante la gente que iba por la calle. No pensaba permitirles que se dieran cuenta de que su vista se ha ido apagando hasta dejarlo viendo fantasmas.
Su fina estampa de siempre permanecía intacta: el traje sin una sola arruga, los zapatos perfectamente boleados, la corbata en su lugar, el cabello cano peinado impecablemente, sin una hebra fuera de sitio. El toque de la gabardina como perfecto complemento a su elegancia.
Sin embargo, al verlo sentí un dejo de tristeza. Era yo, ahora, la que tenía que esperarlo ahí hasta que terminara de cubrir la distancia que nos separaba para brindarle mis brazos como apoyo, del mismo modo que él, algún día, había esperado que yo y mis primeros pasos inseguros llegáramos hasta él.
Fue un breve instante, quizá un pestañeo, el que trajo mis primeros recuerdos de él a la memoria consciente. Lo recordé como cuando era niña, con su voz potente retumbando por la casa, su olor a loción, su conversación siempre inteligente, el humo de su cigarro, el sonido monótono de su máquina de escribir, ese tono lleno de diplomacia con el que hablaba por teléfono y que siempre me admiraba.
Recuerdo que alguna vez pensé que si la casa se caía encima de nosotros, yo no tenía qué preocuparme, porque él, mi padre, sería capaz de sostenerla con sus dos manos, como un Atlas moderno.
Lo vi venir, y me quedé mirando sus ojos, esos ojos en los que yo misma me reconocía, esos ojos que habían recorrido admirados los paisajes de Paris, Madrid, Praga, Budapest; esas mismas ventanas que habían conocido artistas, deportistas, políticos y hechos impactantes, para que después mi padre desahogara los hechos vividos en hojas de papel que llegaron a otros ojos, muchos ojos, los de infinidad de lectores.
Me pregunté entonces si no sería que los ojos de mi padre decidieron apagarse, poco a poco, tan sólo porque sentían que era demasiado y maravilloso lo que habían visto y era hora de descansar.
En la adolescencia, mi actitud de admiración total hacia mi padre cambió. No ayudó el hecho de que en esa época el matrimonio con mi mamá hubiera acabado en derrumbe. Mi mente juvenil le cargaba toda la culpa a él, por no haber moderado su carácter, por no haber sabido ser fiel.
Muchos de mis actos de esa época tenían su génesis en un hondo deseo de retarlo, de ponerlo de cabeza, de confrontarme con él. Un buen día, decidí dejar de verlo, por salud mental.
Dos años habrían de pasar hasta que mi padre apareció de nuevo en mi vida. Era la época en que yo estaba en la escuela de periodismo, la carrera en la que él era todo un maestro. También era la época en que había terminado un noviazgo que me hizo caer en una profunda depresión.
Mi padre apareció, y con esa sabiduría que lo caracteriza, me hizo saber que entendía mi dolor y que estaba conmigo. Aún no sé si alguien le avisó lo que me sucedía o él lo adivino, pero sé que estuvo ahí cuando más lo necesitaba.
A partir de ese momento, mi padre y yo establecimos una conexión limpia de viejos rencores, amorosa, clara, aunque no exenta de alguno que otro estallido. Al fin y al cabo, dice el dicho "de tal palo, tal astilla".
El puente que hemos construido entre los dos está hecho de anécdotas, de sueños compartidos, de una profesión que nos une, de preocupaciones comunes, de amor y de complicidad.
Al fin y al cabo soy su sangre, su Negrita, la misma que aprendió a amar la poesía de niña porque la escuchó de sus labios de declamador fuera de serie, la misma que aprendió a adorar el sonido de la máquina de escribir porque la relacionaba con el quehacer fecundo de su padre, la misma que adoptó su ideología como propia, producto de una profunda admiración por sus teorías sobre la justicia humana. La misma que adoró su manera de oír el tango, los boleros, la trova.
Al tiempo, claro, he aprendido a formar mis propios puntos de vista, a veces distantes a los de mi padre. Pero siempre, en el fondo, está su luz que me sigue indicando el camino.
Lo vi venir, paso a paso, cuidando de no tropezarse, adivinando en medio de una neblina, mi rostro, el rostro de esta Negrita, su Negrita, que se había ido transformando de niña a mujer cuando sus ojos todavía podían verla con nitidez.
Hubiera querido desatornillarme los ojos ahí mismo y entregárselos, pero una voz interna me avisó que era imposible.
Cuando llegó hasta mí, le di el acostumbrado beso en la frente, y entonces, sólo entonces, una lágrima rodó por mi mejilla.

5 comentarios:

Ferípula dijo...

(transcribo comment)...

"Tay...me preocupa...mucho!
Los "grandes" están tan ocupados que no ven que sus hijos se mueren, solos, peléandole a este mundo que está dado vuelta...
Y lo peor es la hipocresía general...Los religiosos se llenan la boca de normas...quieren cambiar el mundo, dejando de lado sus propias casas...
Los otros, ni hablemos.
Un abrazo, Tay, juntemos nuestras manos...:) "... desde el post de Anorexia y bulimia.

*
*
*
"Negrita"...después vuelvo y releo el tuyo...Un beso en la frente, como los de tu Padre. :)

Isaura dijo...

Me conmovió mucho tu post..
No cabe duda que el tiempo a su paso, va desgastando los cuerpos en un ciclo incesante, que visto en la naturaleza es bello, pero reflejado en los seres amados, puede resultar muy cruel.
Mis experiencias relacionadas con ese inexorable tránsito, son varias, pero siempre me han dejado los mismos pensamientos respecto a los seres amados: disfruta mientras los tienes, házles saber y sentir que los amas, limpia la lista de pendientes y sé feliz por el simple hecho de gozar de sus sonrisas y palabras. Eso es lo que al final quedará grabado en tu memoria y en la de ellos.
Me cae que me removiste algo dentro...
Un abrazo!
snif...

ilne dijo...

Que bella carta le dedicaste a tu padre.
Que orgullo tan grande a de sentir tu padre cuando después de los años, después de lo bueno y de lo malo su hija puede escribirle algo tan bello y tan bien escrito.
ilne

Una de las Moiras...¿O Gorgona? dijo...

La piel como vaso comunicante del tiempo, el agua y todo el resto que se desprende de ella y con el resto de la fuga, la nostalgia. Aquel que tanto nos recuerda y nos puede enfurecer; "Amo a mi padre", se ha vuelto una frase que recién pronuncio devota.

Taito dijo...

Isa, preciosa: Me da gusto haberte provocado algo. Yo siempre que visito tu espacio siento lo mismo, así que ya te tocaba. Fíjate que yo también he aprendido, al tiempo, que estar con los seres amados, es una cuestión que sirve a todos, pero que a la larga resulta en un mayor enriquecimiento para uno. Gracias por tus palabras, mi querida Ixa.

Ilne querida: Yo espero que, principalmente, se sepa querido por mí. Creo que lo sabe, porque he estado cerca de él no un día ni dos, ni sólo en uno de sus momentos alegres o tristes, sino cuando lo operaron, cuando ha sufrido caídas emocionales, en fin, he estado siempre en los últimos años y sin compases de espera. Yo soy la que más ha ganado en todo esto. Gracias por estar aquí.

Una de las Moiras: Bienvenida a esta Zona Infinita y más con tan bellas metáforas. Me da gusto que este sentimiento hacia el padre sea compartido. Un abrazo.