Imagen tomada de taringa.net ¡Es una pena que haya tantos textos que pretenden ser odas a la mujer y acaban siendo verdaderos insultos!
Al menos, en la literatura y música mexicanas sobran ejemplos de ello.
Porque, oiga usted, señora, señorita lectora, ¿quién podría sentirse halagada, por ejemplo, con un poema como el célebre Nocturno a Rosario, escrito por Manuel Acuña hacia finales del siglo XIX? Analicémoslo: el poema, dedicado a Rosario de la Peña, empieza bien.
Digamos que uno como mujer no podría dejar de sentirse honrada si un pretendendiente le declamara las primeras estrofas.
I
¡Pues bien! yo necesito
decirte que te adoro
decirte que te quiero
con todo el corazón;
que es mucho lo que sufro,
que es mucho lo que lloro,
que ya no puedo tanto
al grito que te imploro,
te imploro y te hablo en nombre
de mi última ilusión.
II
Yo quiero que tú sepas
que ya hace muchos días
estoy enfermo y pálido
de tanto no dormir;
que ya se han muerto todas
las esperanzas mías,
que están mis noches negras,
tan negras y sombrías,
que ya no sé ni dónde
se alzaba el porvenir.
La cosa, sin embargo, empieza a ponerse extraña en la tercera estrofa, cuando el autor acepta, sin recato, que sufre un claro caso de mamitis aguda.
Veámoslo así: si un enamorado viniera y aceptara una patología semejante ante su amada, ¿podría realmente exigirle que le creyera que la respetaría y la amaría para siempre?
III
De noche, cuando pongo
mis sienes en la almohada
y hacia otro mundo quiero
mi espíritu volver,
camino mucho, mucho,
y al fin de la jornada
las formas de mi madre
se pierden en la nada
y tú de nuevo vuelves
en mi alma a aparecer
El autor, en la estrofa IV, se queja amargamente del desprecio de su amada y uno podría hasta sentir un poco de lástima por el terrible dolor de este hombre.
Comprendo que tus besos
jamás han de ser míos,
comprendo que en tus ojos
no me he de ver jamás,
y te amo y en mis locos
y ardientes desvaríos
bendigo tus desdenes,
adoro tus desvíos,
y en vez de amarte menos
te quiero mucho más.
Pero entonces viene más adelante la estrofa VII, en la que lo menos que desearía cualquier mujer sería tomar por los hombros al sujeto en cuestión, hacerlo que se volteara de espaldas, darle una patada en el trasero y hacerlo que se largara por donde vino.
Qué hermoso hubiera sido
vivir bajo aquel techo,
los dos unidos siempre
y amándonos los dos;
tú siempre enamorada,
yo siempre satisfecho,
los dos una sola alma,
los dos un solo pecho,
¡y en medio de nosotros
mi madre como un Dios!
En defensa de Manuel Acuña, cabe decir que no es el único que escribió un poema que habría de hacerse célebre con todo y el desprecio mal disimulado que se percibe en sus letras.
Ahí está también el poema A Gloria, de Salvador Díaz Mirón, que engrosa casi todas las antologías respetables de poesía mexicana que existen.
Como en el caso de Nocturno a Rosario, en este poema escrito a fines del siglo XIX también bastan un par de estrofas para darse cuenta de cuál es la postura del autor.
Por ejemplo, la primera, que empieza dirigiéndose a Gloria, la musa del poema, con un notorio desdén.
No intentes convencerme de torpeza
con los delirios de tu mente loca:
¡mi razón es al par luz y firmeza,
firmeza y luz como el cristal de roca!
“¿Mi mente loca?”, sería bueno que Gloria le hubiera preguntado al caballero. “Loco estarás tú”, hubiera agregado.
Por ahí de la tercera estrofa, también se percibe un gran desprecio hacia la mujer que sirvió de inspiración al poema.
Vanas son las imágenes que entraña
tu espíritu infantil, santuario oscuro.
Tu numen, como el oro en la montaña,
es virginal, y por lo mismo, impuro.
Pero la que en realidad es una oda al machismo es la estrofa final.
¡Confórmate, mujer! Hemos venido
a este valle da lágrimas que abate,
tú, como la paloma, para el nido,
y yo, como el león, para el combate.
En pocas palabras, "mira, vieja, confórmate con que tu lugar está en la cocina y el mío en la calle”.
Pero una vez que entramos en los terrenos del desprecio hacia la mujer incluido en algunos textos, cómo dejar de mencionar la famosa Epístola de Melchor Ocampo, que pretende ser una lista de buenos consejos para iniciar una familia (la cual se leía obligadamente en todas las bodas civiles mexicanas) y acaba siendo una lista de insultos hacia la mujer.
Claro ejemplo de ello se encuentra en los primeros párrafos.
“Este es el único medio moral de fundar la familia, de conservar la especie y suplir las imperfecciones del individuo, que no puede bastarse a sí mismo para llegar a la perfección del género humano. Este no existe en la persona sola sino en la dualidad conyugal. Los casados deben ser y serán sagrados el uno para el otro, aún más de los que es cada uno para sí. El hombre cuyas dotes sexuales, son principalmente el valor y la fuerza, debe dar y dará a la mujer protección, alimento y dirección; tratándola siempre como la parte más delicada, sensible y fina de sí mismo y con la magnanimidad y benevolencia generosa que el fuerte debe al débil, esencialmente cuando este débil se entrega a él y cuando por la sociedad se le ha confiado.”
¿El fuerte le debe al débil? ¿De verdad creería Melchor Ocampo que estaba honrando a la mujer con una frase semejante?
Pero por si no fuera suficiente, continúa con otro párrafo aún más denigrante:
“La mujer cuyas principales dotes son, la abnegación, la belleza, la compasión, la perspicacia y ternura, debe de dar y dará al marido obediencia, agrado asistencia, consuelo y consejo, tratándolo siempre con la veneración que se debe de dar a la persona que nos apoya y defiende y con la delicadeza de quien no quiere exasperar la parte brusca irritable y dura de sí mismo.”
¿Qué, qué? ¿Darle veneración y obediencia a mi marido? Digo, me parece bien el respeto, el espacio, el cariño que debe ser mutuo en una pareja sin importar quién es más fuerte y quién es más débil, pero que por ser mujer me toque ofrecer obediencia y veneración y sortear la parte brusca, irritable y dura de mi pareja francamente exacerba a la feminista que traigo adentro.
Está bien. En descargo de don Melchor Ocampo se podría decir que escribió este texto en el siglo XIX, una época en que la mujer ni siquiera soñaba con una liberación femenina.
Lo grave, lo realmente grave, es que la juez que me casó me lo entregó al término de mi boda civil, celebrada en 1995.
Eso sí, le pedí a mi marido que quitara aquella sonrisita que apareció en su cara cuando lo leímos juntos porque le aclaré que eso no aplicaba para nosotros.
Pero para que se vea que las odas a la mujer que esconden una alta dosis de desprecio también se escriben en estos tiempos, está la famosísima canción Mujeres Divinas, de la autoría de Martín Urieta.
Porque digo, por más que haya hombres que consideren que dedicarnos esto es una flor, la verdad es que de entrada resulta tremendamente insultante que un hombre se dé valor para hablar de las mujeres en medio de “las botellas”.
Además, sólo una sorda no escucharía toda la serie de insultos velados que esto conlleva.
Hablando de mujeres y traiciones
se fueron consumiendo las botellas,
pidieron que cantara mis canciones
y yo cante una que otra, en contra de ellas.
En eso se me acerca un caballero,
su pelo ya pintaba algunas canas,
me dijo...le suplico compañero..
que no hable en mi presencia de las damas.
Le dije que nosotros simplemente
hablamos de lo mal que nos trataron...
que si alguien opinaba diferente
seria porque jamas lo tracionaron...
Me dijo yo soy uno de lo seres
que mas he soportado los fracasos
y siempre me han dejado las mujeres
llorando y con el alma hecha pedazos...
Mas nunca les reprocho mis heridas,
se tiene que sufrir cuando se ama,
las horas mas hermosas de mi vida
las he pasado al lado de una dama.
Pudieramos morir en las cantinas
y nunca lograriamos olvidarlas,
mujeres...oh, mujeres tan divinas
no queda otro camino que adorarlas
¿Qué dicen mujeres lectoras? ¿Le creemos?
Con este tipo de hombres, para que queremos enemigos ¿no?