sábado, febrero 17, 2007

El alumbramiento

Abres los ojos por la mañana. Un breve calambre en el vientre te despierta. Aun no puedes identificar si se trata de una contracción. Después de todo, este es tu primer parto.
Decides tomártelo con calma, nueve meses de espera han fortalecido tu capacidad de ser paciente, así que te recuestas nuevamente en la cama, un tanto inquieta, eso sí, porque adivinas que ese puede ser EL día.
Una hora después el dolor se repite, un poco más agudo, un poco más prolongado, lo suficiente para que puedas decirte a ti misma que el proceso ha comenzado.
El doctor te dice que te lo tomes con calma, eres primeriza y tu cuerpo tardará en abrirse por la falta de costumbre en este tipo de menesteres, así que tratas de controlar tus nervios y los de tu esposo y sin prisas empiezas a verificar que todo está listo: la maleta con las pequeñas prendas de vestir, tu ropa para el hospital e incluso una sonaja de plata porque piensas que tu pequeño tendrá deseos de divertirse en sus primeras horas en el mundo.
“Es curioso”, le dices a la personita que pugna por salir de tu vientre, “¿recuerdas que ayer te decía que teníamos que ser fuertes y hábiles, y que debíamos lograr que esto del parto nos saliera bien por aquello de no darle dolores de cabeza a papá? Y mira, ya estamos aquí. No te olvides de lo que te dije, ¿de acuerdo?”.
En medio del baño, nuevamente el dolor te asalta y esta vez te toma por sorpresa, porque ocurrió 45 minutos después del anterior.
Cada vez las contracciones son más claras, así que cuando te da la siguiente tienes que apoyarte en la pared y ensayar las respiraciones que aprendiste para controlar el dolor. La verdad es que no te sirven de mucho, pero al menos te brindan serenidad.
Las horas siguientes las pasas escuchando música suave, la cual te distrae de los dolores que se suceden en lapsos de tiempo cada vez más cortos. No estás sola. A tu lado está una mano fuerte que te apoya, la de aquel que sembró en ti la semilla que hoy dará su fruto. La del amigo que te acompañó paso a paso en todo el proceso de crecimiento de tu hijo. La de tu pareja, a quien tu bebé llamará papá cuando diga sus primeras palabras.
Mientras esperas, tu mente repite las mismas preguntas que te han rondado los últimos meses, ¿Cómo será mi hijo? ¿Cuál será su rostro? ¿Qué verá en mí cuando nuestros ojos se crucen por primera vez? ¿Seré una buena madre?
También piensas en cuánto vas a extrañarlo luego de este día. Después de todo, durante nueve meses fue tu compañero, asistió contigo al trabajo, a conciertos y a reuniones con los amigos. Bailaste con él, le cantaste, le narraste durante muchos días cada uno de los pasos que ibas a dar, le inventaste cuentos y le repetiste hasta el cansancio el amor que estaba creciendo en ti.
Sin embargo, entiendes que ésta es la primera lección de tu vida como mamá. No puedes atarte a tu hijo, y tu vida con él estará llena de constantes separaciones. Cuando decidiste asumir este rol, sabías que tu papel sería construir sus alas para dejarlo volar algún día y éste, al fin y al cabo, es su primer intento de vuelo.
Te instalas en tu cuarto de hospital. Para entonces los dolores son casi insoportables, y se suceden en lapsos de cinco minutos entre uno y otro, pero decides resistir con estoicismo cuando aquellos que te acompañan te platican, sorprendidos, que apenas unos segundos antes de que sientas la contracción, tu vientre ondea, y se nota claramente como tu hijo está haciendo esfuerzos con todo el cuerpo por abrir el canal que le permita salir al mundo.
¿Cómo vas a acobardarte ahora si él está en medio de esa lucha?
Una vez que llegas a la sala de expulsión el dolor se ha vuelto intolerable. Te sujetas al brazo del doctor, del anestesista, del que se acerque. Tienes ganas de morder, de gritar. Pides sedantes y te los inyectan en la espalda; sin embargo, no sientes alivio.
De pronto, notas que un líquido sale por en medio de tus piernas. Te avergüenzas un poco porque a pesar de lo natural del asunto, te das cuenta que hay timideces heredadas de muchas generaciones atrás que han dejado huella en ti.
El doctor grita que ya viene tu hijo. Notas que hay movimiento de todos los que te rodean para cuidar que el alumbramiento salga bien, pero aun así no tienes ni tiempo de detenerte a pensar en lo que está pasando, porque en ese momento unas ganas imperiosas de pujar te asaltan. Te reprimes, te sientes extraña, pero el médico se da cuenta y te indica que pujes con todas tus fuerzas.
Ha llegado el momento, te dices. “Ahora ya no puedo echarme para atrás. Todo depende de la fuerza de mi cuerpo y del de mi hijo, y aun cuando hay tantas personas alrededor, el mundo se ha detenido y sólo depende de nosotros”.
Pujas con todas tus fuerzas, una y otra vez, rogándole a tu pequeño que no detenga la lucha, que siga adelante junto contigo, que tú estás con él tanto como lo estarás en cada paso de su vida.
“¡Ya viene la cabeza!”, oyes decir al doctor. Pero lo escuchas como si hablara a lo lejos. En ese momento, tú sólo estás concentrada en la sensación de que algo, el cuerpo de tu hijo, va transitando poco a poco por el canal que se ha abierto en tus entrañas.
Apenas unos segundos después oyes su llanto. Lo oye también el papá, que en ese preciso instante deja caer una lágrima.
Te habías prometido que no preguntarías si había llegado bien, porque decidiste que lo amarías naciera como naciera. Sin embargo, no puedes evitarlo y lo haces. El doctor responde que está perfecto.
Y sí, te das cuenta que es perfecto cuando lo acercan a tus ojos un poco más tarde. Está lleno de la sangre que quedó después de la batalla, pero crees percibir una ligera sonrisa en sus delicados labios. Te asombras de su belleza, de sus piecitos, sus manitas, de su pequeña nariz, de sus orejitas, y te sientes agradecida por el bello milagro de la vida.
No, no sientes ese instinto maternal instantáneo que habías visto mitificado en tantos y tantos libros y películas. Eso sí, te das cuenta que esa personita que tienes enfrente es tu hijo, te dices que habrá que irlo conociendo poco a poco y estás segura de que será esa interrelación la que fortalecerá tu amor, porque imaginas que será difícil no adorarlo.
Le tomas una manita, y él toma la tuya. En medio del silencio sublime que acompaña a ese gesto, descubres que ambos se están diciendo ¡lo hicimos!, y entonces, inevitablemente, rompes a llorar.









4 comentarios:

Carlos dijo...

...soy hombre, no tengo el placer de ser padre aún pero es lógico que debe ser el Don más grande que pueda alguien recibir.

Relatas de forma conmovedora la experiencia de una primeriza...espero Dios me de la dicha de ser padre.

Alguna vez escuché que cuando un niño nace, es porque Dios todavía cree en nosotros y es una forma de sonreírle a la humanidad otorgarles nuevos hijos..."

Saludos.

Isaura dijo...

Sabes? si algo me da miedo en esta vida (sé que es tonto pensarlo, pero sin embargo me sigue dando miedo) es el parto.
Y bueno, los niños me caen bien, se me hacen bonitos y tal, pero creerás que todavía no se me despierta el instinto maternal? supongo que esas cosas llegan en su momento, tal vez todavía no sea el mío.
Lo cierto, lo que la maternidad significa y lo que la femineidad brinda a la familia, la naturaleza e incluso la sociedad, es un papel preponderante y muy lindo.
Tener un bebé y no sólamente eso, sino educarlo, verlo crecer y dedicarle parte de tu vida, es una labor impresionante, a la que caray, no cualquiera se avienta. Felicidades por tener la valentía y el gusto de ser madre ;)
Saluditos Tay, abrazos y demás!

ilne dijo...

Es el milagro de la vida!!! No soy madre ni tampoco se me ha despertado el instinto maternal, pero estoy convencida que ese es uno de los momentos mas importantes y
decisivos de la vida de la naturaleza del ser humano.
Un beso querida amiga

Taito dijo...

Querido Carlos: Muy bella la frase e intuyo que detrás hay mucho de verdad. Yo veo a los niños como una esperanza, como el futuro del mundo, y te confieso tendría unos 10. Lo malo es que soy de las que opinan que mejor pocos para atenderlos bien. Gracias por tu visita siempre cariñosa.

Mi querida Ixa: ¿Sabes que yo ni siquiera sentí miedo cuando nació el primer bebé? Nunca pensé lo fuerte que sería la experiencia. Pero en estos días traigo exacerbado mi lado mamá y por eso se me ocurrió relatarla. En cuanto a lo del instinto maternal, yo pienso que estás perfectamente bien si no lo has desarrollado. ¿Sabes que yo ni siquiera lo sentí cuando vi por primera vez a mi hijo? ¡Y me preocupé mucho! A mí me parece que ese asunto tiene algo de mito. Yo creo el amor por los hijos se va dando cuando los tienes, cuando los conoces, cuando los ves crecer. Hasta entonces, ¿cómo sentir el instinto, no?. Un abrazote querida amiga.

Mi querida Ilne: Realmente sí, la vida es un milagro, y vale la pena recordarlo a veces. A mí me gusta esta idea de cada uno de nosotros es único, porque la selección de la naturaleza te eligió para existir a ti y a nadie más que a ti. ¿Es hermoso,no? Sobre todo cuando se trata de personas bellas como tú. Un abrazo.