jueves, noviembre 09, 2006

Así es la vida

Se despertó porque el sol, en su cenit, le estaba cociendo la cara. Para variar no sabía dónde estaba, así que tuvo que darse unos segundos para ubicarse: una rueda aquí, otra allá, un hedor imposible en aquel charco pantanoso que está unos centímetros más allá, y un cúmulo de basura en el que había reclinado la cabeza para descansar mejor. Evaluó. Se encontraba entre dos coches estacionados en plena calle.
No recordaba siquiera cómo había llegado ahí. Para variar andaba de vagabundo con los amigos, otros callejeros como él que sabe Dios en dónde andarían para estas horas. Recordaba levemente que ya muy entrada la madrugada habían tenido un breve altercado con un grupo de provocadores que encontraron en el camino, no había sido nada de importancia ni había habido lesionados. Incluso podría decirse que fue divertido, porque uno de los placeres más grandes de su palomilla era buscar pleitos. Pero por más esfuerzos que hacía no podía traer a la memoria consciente cómo había ido a parar a ese sitio ni por qué.
Tampoco era que le importara demasiado. Había aprendido a dormir sobre alcantarillas y suelos fríos y duros desde que nació. Su madre lo había abandonado apenas aprendió a valerse por sí mismo, pero lejos de lamentarse y convertirse en una víctima del mundo, él decidió aprovechar la libertad a su favor. Amaba rondar por la noche, mirar las estrellas y encontrarse cada día con sus amigos en la misma esquina para divertirse cada vez de una nueva manera. Los despertares eran siempre igual, a mediodía y tras un sueño reparador.
Era todo un bohemio que se divertía inventándose historias sobre cada cosa que veía, el sol, los árboles, los autos, las aceras, todo era un motivo para él.
Como era de espíritu alegre y bonachón, había logrado juntar unos cuantos mecenas que evitaban que le faltara el alimento diario. De hecho, fue uno de ellos el que empezó a llamarlo Paco y él decidió que le sentaba muy bien el nombre.
Dormir tampoco era un problema, porque para eso estaba el espacio infinito del pasto y las aceras de la ciudad, y en las noches de frío, siempre encontraba un par de periódicos amontonados entre el cúmulo de basura que se apilaba por todos los rincones.
Paco decidió desperezarse. Su primera parada fue para hacer un breve desayuno en la tienda de don Chema, uno de sus protectores. Después, corrió desaforado hasta la casa de la rubiecita aquella que lo traía loco.
Salía todos los días a la misma hora, el cabello perfectamente alaciado, los ojos brillantes y la cabeza en alto, tan alto que Paco sentía a veces que le iba salir volando hacia el cielo. El la observaba fijamente, su mirada centellante, su paso coqueto y soberbio.
Cuando ella arrancaba a caminar, Paco la seguía unas cuantas cuadras, pero siempre se detenía en la misma esquina, seguro de que ella no le regalaría ni siquiera una mirada.
En alguna ocasión se había armado de valor para acercarse tímidamente a saludarla, pero ella lo había mirado con tal fiereza que fue suficiente para hacerlo comprender que un callejero como él nunca podría volar tan alto. Desde entonces, se conformaba con verla pasar, todos los días.
Luego de que partiera la rubiecita, Paco dio dos vueltas a la manzana en espera de la siguiente diversión del día. Nada menos que la salida del Negro. Era un fulano pequeño y robusto, agresivo con los débiles y cobarde con los fuertes, como todos los de su clase. Paco no toleraba este tipo de comportamiento -esas son las cosas que no se soportan cuando se ha vivido en la calle expuesto a todo tipo de humillaciones- por ello se entretenía molestándolo cuando salía a comer sus grandes filetes de niño rico.
El Negro nunca se atrevía a mirarlo, no sólo por miedo sino porque, después de todo, Paco, por muy grande que fuera, no era más que un peladito al que no había que hacerle mucho caso. El Negro tenía quien lo defendiera, Paco no, y eso les quedaba muy claro a ambos. Era un lío eterno, pero sin consecuencias.
El resto de la tarde, Paco lo pasó dando vueltas por ahí, mirando aparadores, contemplando cómo el ocaso se iba dibujando poco a poco en las fachadas de las casas.
También paseó por el parque y sintió, como siempre le pasaba, que su corazón vibraba lleno de ternura ante las madres jugando cariñosas con sus hijos. ¿Cómo habría sido yo si mi madre se hubiera quedado conmigo?, se preguntaba.
A veces, se sentaba cerca de la fuente, para sentir con la brisa le llenaba el rostro de gotitas templadas, y en otras, simplemente se dedicaba a mirar el cielo.
Esa tarde, no hubo más sobresaltos que el paso de la camioneta, aquella que asaltaba por sorpresa a todos los que, como él, vivían en la calle. Su compadre ya había experimentado el infierno. Se lo habían llevado una tarde y lo habían puesto tras las rejas sin justificación alguna. Milagrosamente, había logrado escaparse en un descuido de los guardias, pero siempre alertaba a los amigos para que evitaran a toda costa pasar por la misma situación.
- Ese es el destino de los pobres, como nosotros, compa- le había dicho en un momento de nostalgia –nadie nos ve, o nadie quiere vernos, pero un buen día llegan y te cargan. ¿Qué se puede hacer sin alguien que te defienda? En aquel lugar, los gemidos por las noches son escalofriantes, es una mezcla entre soledad y abandono. Los más suertudos han vivido para contarlo; los demás, mueren en el olvido.
Llegó la noche y Paco fue a cenar, esta vez en la taquería de don Armando. Una vez saciada el hambre y la sed, se dirigió al parque, a encontrarse con los amigos, como siempre.
Pero no llegaron. Paco no lo entendía, recorrió unas cuadras por aquí y otras cuadras por acá en espera de que alguno apareciera, pero no se veía nadie en la noche solitaria. Se sentó en la banqueta seguro de que asistirían, no tendrían por qué no hacerlo, pero pasó una hora, y otra y otra más sin noticias.
¿Los habrá cargado la camioneta? ¿Habrán cambiado el sitio del encuentro sin que yo lo supiera? ¿Qué fue lo que pasó?
Paco se sintió triste, como nunca antes. Ya estaba acostumbrado a los abandonos y nunca hacía demasiado aspaviento por ellos, ese era el destino de los pobres como él, de los que habían nacido en la calle y sin esperanzas, pero había aprendido a asumirlo casi con alegría; sin embargo, aquella vez comprendió lo que era la soledad en toda la extensión de la palabra. Después de todo, llevaba mucho tiempo con la misma palomilla.
Sintió un ardor que le quemaba la garganta, quería gritar de una vez y para siempre. Por fin se había dado cuenta que aunque se empeñara en negarlo, la vida no había sido justa con él.
¿Por qué no me tocó nacer en el calor de un hogar, con las caricias que a todos los seres les corresponden en este mundo?
- No Paco, no. Los hombres no lloran- se reprendió a sí mismo, cuando la poca fortaleza que le quedaba lo estaba abandonando.
La cosa es que Paco no era hombre, era un perro, así que se acalló la voz interna y se quedó en medio del parque, aullándole a las estrellas.

15 comentarios:

LJT dijo...

Pase a visitarla. Lei un poco de usted. Me gusto, y seguire visitandola. Visita por visita... visita al cuadrado, recorriendo buenos blogs.

Saludos, desde Barranqueria.

Gaby del Río dijo...

wow, Tay! Me recordó mucho a mi niñez, jeje, yo recogía perros de la calle, claro que mi madre no me permitía tenerlos, pero yo creo que metí por lo menos 10 perros callejeros a mi casa.. creo que siendo un niño, puedes percibir esa tristeza en los animales, te contagian y quisieras sanarlos a todos, pues así es.... Así es la vida, ahora nos preocupamos por otras cosas.
Un beso!
:)

Apologista dijo...

Taydé: me dió un poco de tristeza tu relato. Amo a los animales y pensar que ésto es en realidad lo que les pasa a los dejados de lado me pone un poco triste. Pero la historia esta hermosamente (no si existe este adjetivo) narrada -como de costumbre-
beso, Marian.

Isabel Romana dijo...

Una historia preciosa. El abandono es tremendo. Y el hecho de que el abandonado sea un perro, aún revuelve más el espíritu, aún hace sentir con más dolor el abandono de los seres humanos. Te felicito. Saludos cordiales.

Ferípula dijo...

Una vez yo me traje a casa una perrita abandonada...Fue la alegría de mi adolescencia y el paño de lágrimas de un sueño roto...
Le hice una canción, que tocaba con la guitarra...
Le cantaba mis cuitas...
Un buen día me pidieron que la dé, porque en casa había que hacer lugar para otros habitantes...(es otra historia)...
Le busqué familia...
La dejé...llorando a mares: una injusticia total...pero a esa edad no sabía pelear.
Se llamaba Ferípula... le decía Feri.
Hoy es el nombre de mi blog.
Por amor y por agradecimiento,
mi bella historia.
Besos...
Feri

Grimalkin el Bardo dijo...

Conmovedor relato. Y sorpresivo, además.
Muy bueno...

Anónimo dijo...

Me encantó, Taydé. Si todavía no lo has hecho, te recomiendo que leas el cuento "Roog" de Philip K. Dick. Te aseguro que te asombrarás y verás por qué te lo digo.
Con afecto.
Eber.

Taito dijo...

Tengo lagrimillas en los ojos, amigos. Escribí este relato inspirada en los perritos, pues siempre me ha parecido que tienen un universo propio, muy parecido al humano, por cierto, pero no esperaba tan bella respuesta. Me han conmovido todos y cada uno, y ahora mismo les respondo:

Taito dijo...

Ljt, mil gracias por la visita. Yo también seguiré por ahí, leyendo cuentos fantásticos y relatos estremecedores. Bienvenido.

Gaby, ¡como un perrito callejero puede tocarnos a todos!, no ¿es así? Nuestras historias se entretejen con ellos y sólo es cosa de sacarlas a la luz ¿no?

Sé que el cuento en triste, y es más cuando como a nosotras nos gustan los animales. Pero dice la escritora mexicana Elena Poniatowska que las mujeres escribimos triste. Gracias por ese lazo que poco a poco se va haciendo más fuerte.

Taito dijo...

Ejem... el último recado de mi comentario anterior era para ti, mi querida Marian, perdón por no poner el nombre.

Isabel: Siempre es un placer tenerte por aquí, mucho más tomando en cuenta tu maestría en la narración. Gracias por tu visita y tu hermosa reflexión.

Feri: Qué cosa linda lo que me cuentas. Fíjate, yo escribiendo del tema sin saber que tú tenías una historia tan hermosa al respecto y que le habías hecho un homenaje a tu perrita en tu blog. Eso se llama tener conexión. Un abrazo fuerte.

Eber, de entrada, eres muy bienvenido en este espacio. Gracias por los buenos comentarios y prometo leer el cuento en cuestión lo antes posible. Muchas, muchísimas gracias.

Taito dijo...

Grimalkin, es un honor lo que me dices, porque sabes que sobre todas las cosas admiro cómo escribes, así que siempre son un aliciente tus palabras. Gracias, brothi

ilne dijo...

SORPRENDENTE, al principio veía la ilusión de esos niños que dicen de mayor quiero ser vagabundo con los ojos chispeante como si eso fuese la mejor profesión, después la vida cotidiana de un sin-techo y al final ... es triste que se abandone a los animales que hemos domesticado a su suerte pero lo mas triste es que haya personas que viven como perros abandonados.
Muy bueno tu relato

Taito dijo...

Ilne, gracias por la visita y por la hermosa manera en que describiste lo que significa una vida de perro. Eres un sol. Saludos cariñosos.

Gaby del Río dijo...

¿Será cierto que las mujeres escribimos triste?, nooo, jeje. Espero que ese lazo crezca aún más.
Te quiero.
Besos
:)

Taito dijo...

Preciosisíma Gaby, lo del lazo en realidad se lo había escrito a Marian, pero tú sabes que, en tu caso, el lazo es sólido y fuerte desde hace muchos años, así que te quedó a la perfección. Te quiero.